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‘Lo que sé de Almudena’, de Rafael Reig
Tusquets Editores, 2025
Los escritores no despiertan el fervor popular que inspiran futbolistas, cantantes y actores famosos. Salvo excepciones. Autores de personalidad carismática, obra exitosa y proyección mediática que excede el ámbito literario. Almudena Grandes (1960-2021) fue una de ellos. Una de las más queridas, como demostró la multitud que acudió a su entierro en plena pos pandemia, formando una conmovida marea de libros y mascarillas.
Ella correspondía a ese afecto con un gran respeto y gratitud hacia sus lectores «porque gracias a su apoyo puedo escribir los libros que quiero escribir yo, y no los que los demás quieren que escriba», refirió en su último artículo de El País.
Quienes la leyeron y asistieron a alguna de sus apariciones públicas se forjaron una imagen de la mujer oculta tras la autora. No demasiado oculta, por cierto. Una mujer de izquierdas, feminista y de fuerte carácter. Sin trampa ni cartón. Una infatigable trabajadora de las palabras.
Ahora tienen la posibilidad de definir y enriquecer esa imagen. Descubrir cómo era en la media distancia, ni en la intimidad de la alcoba ni vista desde una butaca, gracias a una recopilación de reminiscencias, evocaciones y anécdotas en torno a ella reunidas por quien fue su escudero y aliado en la palestra literaria, el escritor asturiano Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), en ‘Lo que sé de Almudena‘ (Tusquets, 2025).

Reig advierte que nunca formó parte el círculo de amigos más próximos a la icónica pareja formada por la novelista Almudena Grandes y el poeta Luis García Montero –«nos vimos muy a menudo, pero rara vez nos llamábamos»–, cuya idílica relación sentimental envidiaba como tantos otros colegas de la pluma. No se separaban ni con agua caliente, bromea, y cuenta cómo una vez los encontró tumbados muy juntos sobre un lecho de cartones cuando se tomaban un descanso en una extenuante feria del libro.
Sin embargo, entre él y Almudena existía una especie de complicidad, una sintonía en cuanto a gustos literarios y, aunque ella era solo cuatro años mayor, siempre hizo el papel de mentora, tal vez por haber triunfado antes en el mundo de las letras, formando parte desde muy joven del olimpo liderado por Beatriz de Moura que Reig admiraba.
Ser tusqueto –lo logró al recibir el Premio Tusquets por ‘Todo está perdonado’ y, en parte, gracias al enchufe de Almudena–, significaba para él un sueño hecho realidad, «lo más parecido, en la edad adulta, a formar parte de la pandilla de ‘Los Cinco’, siempre de vacaciones, amigos todos, con aventuras y peripecias».
Pese al cariño que sentía hacia ella tras su fallecimiento, en noviembre de 2021, no fue a su entierro ni le dedicó ningún panegírico; pero pasados los años, mientras escribía su última novela, ‘Cualquier cosa pequeña’, un relato de espías, se embarcó en esta colección de remembranzas, porque «lo único que podemos hacer con quien echamos de menos es recordarlos, y también escribirlos para volver a vivirlos. Como si fuera un conjuro o un encantamiento (…). Por no olvidarme. Porque creo que estoy en el mejor punto de observación, ni muy cercano a ella ni demasiado lejos».

Con su personal estilo entre cáustico y tierno, con tendencia a la autopunición cuando habla de sí mismo –y habla bastante de eso–, Reig enlaza una serie de momentos compartidos casi siempre en entornos literarios, como ferias, viajes, premios y presentaciones.
Cuenta anécdotas divertidas como cuando, al término de una copiosa comida en el restaurante El Puchero –situado en un sótano–, al subir la empinada escalera, Almudena, que iba delante de él, dio un traspiés y tuvo que sujetarla por los sobacos «en defensa propia». Recordemos que su envergadura hacía honor a su apellido.
O cuando escribieron a alimón una versión para público infantil del segundo ‘Quijote’, que representaron ellos mismos –Reig en el apropiado papel de fiel escudero–. O cuando se quedó traspuesto en la presentación de un libro en Peña Pintada y así lo captaron las cámaras.
Buen humor y buena literatura. Porque este libro enjuto e intenso es una declaración de amor al arte de contar historias. Reig expresa su admiración por la prosa de Almudena, a la que conoció «vestida de rosa», con ‘Las edades de Lulú’ encuadernado en el color distintivo de la colección de novelas eróticas auspiciada por Luis García Berlanga, ‘La sonrisa vertical’.
Lo que más le asombró de su brillante debut fueron «el estilo y la carpintería de la narración (…). La construcción, como en todas sus novelas, bajo una apariencia de facilidad, se sostiene en una elaborada administración del tiempo o los tiempos narrativos». Su arrobo no le impidió reprocharle un día que iba algo achispado la «delectación morosa» de sus detalladas descripciones. La respuesta de ella da pie a lo que llama ‘La teoría del descansillo’, toda una lección de literatura.
Como la que imparte bajo el título de ‘Pirámide nutricional para las neuronas’: «Una dieta lectora debe incluir las proteínas de las grandes novelas, la grasa de una buena policíaca, la verdura de los clásicos grecolatinos, la fruta fresca de la poesía, los azúcares de un best seller y los alimentos demasiado procesados de las novedades editoriales».
Reig confiesa su añoranza por las estimulantes charlas sobre libros u otros temas que mantenía con la escritora, «una conversadora entusiasta, cualquier pequeño incidente lo transformaba en una narración apasionante (…). El entusiasmo era el rasgo dominante de su carácter». Recuerda su voz «de carraspera, grave y sonora, cordial, aunque suficiente para interrumpir al charlatán más deslenguado. Solo con oírla se sabía que fumaba demasiado».
De tácito acuerdo, no comentaban las novedades ni las obras de sus conocidos o las suyas propias. Se centraban en los clásicos del siglo XIX, títulos y autores admirados por ambos, como don Benito, del que se cuenta una jugosa anécdota, tal vez apócrifa. “Adiós, viejo chocho”, le soltó su examante doña Emilia cuando ya viejos se cruzaron en la calle San Bernardo. “Adiós, chocho viejo”, le respondió él.
Además de rendir homenaje a su colega y amiga difunta, Reig propone en este libro una incursión a la trastienda de uno de los oficios más antiguos del mundo poblado de superegos volcánicos, de historias reales e imaginarias. De palabras y más palabras.
Reig se muestra muy ufano por haber reinventado el verbo pastorear, para referirse a la labor que realizan los responsables de prensa de las editoriales dedicadas a guiar a los autores en sus duras travesías promocionales que, en ocasiones, si el triunfo es mayúsculo, requieren la inversión de más tiempo y esfuerzo que la escritura del libro en cuestión.
«A los escritores no se nos puede dejar solos. Nos metemos en líos, nunca encontramos el camino de vuelta y hacemos amistad con malas compañías en tugurios oscuros. Buscarruidos, badulaques, ofuscados y temerarios, y cabezas de chorlito, no tenemos arreglo ni compostura». Literaturizando la literatura, se podría decir.

Hay que llegar al final de este libro para descubrir el detonante que lo propició. La oleada de emoción y gratitud que devastó a su autor al leer el sexto capítulo de ‘Todo va a mejorar‘, el último escrito por Almudena antes de ser vencida por la enfermedad. En él menciona ‘Sangre a borbotones’ y a Carlos Clot, título y personaje creados por un tal Rafa Reig. Que su amiga lo tuviera in mente en esos duros momentos fue como recibir desde el más allá un mensaje en una botella al que era imperioso dar respuesta.
«Aturdido, dejé el libro boca abajo abierto por esas páginas y me puse en pie. Me fui a pasear por el monte, por el camino de las Encinillas, hasta la orilla del río Pradillo (…). Me senté sobre una piedra y, protegido por el fragor del agua, lloré sin que nadie pudiera verme».
Y sus lágrimas cristalizaron en este memento, que en latín significa acuérdate o recuerda. Memento mori. Porque todos, a la postre vamos a morir.
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