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‘La literatura de la música en Francia. Del siglo XVIII a Marcel Proust’, de Teo Sanz
Plaza y Valdés Editores, 2025
¿Es la música la más completa de todas las artes? Hasta el siglo XVII nadie hubiera osado siquiera plantearlo; en las óperas se componía primero el texto y la música después. Había una jerarquía clara. Pero en el siglo XVII se produce un movimiento de “emancipación” que luego, con los románticos, lleva a considerar la música el arte total.
Esta es una de las ideas que explica el vallisoletano Teo Sanz en su libro ‘La literatura de la música en Francia. Del siglo XVIII a Marcel Proust’ (Plaza y Valdés), un título tan estimulante como intimidante y que suscita un enorme caudal de preguntas. Pero Sanz, que es, al tiempo, musicólogo y catedrático de Literatura Francesa Comparada en la Universidad de Burgos, ha logrado trascender el ámbito académico para llegar con sus reflexiones al público general.
“En su libro están todas las preguntas de la filosofía de la música”, explica el pianista Diego Fernández Magdaleno, quien acompañó al autor durante la presentación de la obra en la Librería Sandoval de Valladolid el pasado 22 de enero. “Lo más interesante es la doble condición de Teo, que le permite afrontar la cuestión desde un ángulo original por muy poco frecuentado”.
Fernández Magdaleno destaca el interés especial que tiene el capítulo dedicado a “la disputa de los bufones”, y no le falta razón, pues es aquí donde se planta la semilla que permitirá el desarrollo del resto del trabajo. Esa semilla nos traslada al conflicto que se plantea por primera vez en el siglo XVIII entre la primacía de la armonía o la melodía en el mundo musical.

Hasta el siglo XVII primaba la visión, que defenderá Rameau, de que es la armonía, con su estructura racional abstracta, la que mejor reflejaba la naturaleza. La armonía, por tanto, debía ser lo fundamental. En el siglo XVIII, surge otra visión, encarnada por el filósofo y escritor Rousseau, que defiende que la sencillez y la expresividad de la melodía están por encima pues es el mejor vehículo para expresar la emoción.
El origen de la discusión es el estreno en París de la obra ‘La serva padrona’, una ópera bufa italiana que desencadena un vivo debate conocido como “la disputa de los bufones”. En este contexto surge una visión moderna, enfrentada a la visión clásica anterior, que defiende que la melodía está más próxima al canto y a las formas musicales originarias y que, por ello, ha de ser pieza principal de la composición musical.
“Es en el XVIII cuando se va a generar una visión que llegará hasta Marcel Proust y en la que las pasiones y la expresividad adquieren un cariz subjetivo”, explica Teo Sanz. Y esto se produce en el llamado Siglo de las Luces, en una Ilustración que no es tan exclusivamente racional como solemos creer. “Razón y emoción conviven, y surge un prerromanticismo que se desarrollará con más claridad posteriormente”.
Hoy podemos decir sin margen de error que los melódicos le ganaron la batalla a los armónicos, como revela el triunfo de la música pop en nuestra cultura. “Rousseau y Diderot tenían razón. El pop, con su conexión con el mundo de las emociones, tiene un alcance mayor. Podríamos decir que el pop demuestra que los melódicos se llevaron el gato al agua”.
En el siglo XIX, la generación romántica hereda esta visión emocional “y convierte a la música en un arte privilegiado para la expresión del yo y la subjetividad”. Una figura clave, que tiene un carácter de puente o bisagra, es Madame de Staël, quien defiende la música instrumental “como aquella que tiene capacidad para despertar un sentimiento infinito que supera los límites de la palabra”, explica Teo Sanz.
Novelistas como Stendhal (‘Rojo y negro’) o Victor Hugo (‘Los miserables’) participan de esta visión de la música como caudal de pasión y emoción. Y la escritora George Sand (‘Un invierno en Mallorca’), que fue pareja de Chopin, defiende, en obras como ‘Consuelo’, que la música es el lenguaje de la libertad.
En este contexto, Sanz reivindica el papel de Honoré de Balzac (‘La comedia humana’). “No se le conoce demasiado como filósofo de la música, pero escribió dos novelas donde plasma su visión”. Una visión que es muy avanzada para la época “pues imagina caminos, como los sonidos atonales y otros, que serán explorados luego por las vanguardias; Balzac es un visionario muy importante”.
La figura de Wagner, que ya había influido en escritores como Teophile Gautier, marca decisivamente el periodo del posromanticismo, simbolismo e impresionismo francés, con dos figuras destacadas: los poetas Baudelaire (‘Las flores del mal’) y Stephane Mallarmé. Cuando Wagner estrena ‘Tannhauser’ en París se desata un vivo debate y Baudelaire defiende al compositor alemán desde la poesía.
“A Baudelaire le interesa la capacidad de la música para abrir sentidos que el oyente debe completar luego con su imaginación”. Mallarmé, por su parte, “resalta la musicalidad infinita del alemán y la tonalidad flotante, pero, aun así, afirma que, en la jerarquía de las artes, la poesía es superior”.
El libro concluye su itinerario con el novelista Marcel Proust (‘En busca del tiempo perdido’), que es un ejemplo especialmente destacado de la conexión entre las formas literarias y las musicales.
“Proust comenzó entendiendo la música como algo misterioso y espiritual, pero luego se vuelve más intelectual. Pasa de entender la música como algo que tiene capacidad de despertar la memoria y el deseo –al modo como podía hacerlo su famosa magdalena–, incluso en sus manifestaciones fragmentarias, a buscar una comprensión de la obra musical más global e intelectual”.

Sanz nos desvela un dato poco conocido de la biografía del célebre escritor francés: era un gran aficionado a la música y frecuentaba las salas de concierto. “Pero, cuando la salud no se lo permitía, escuchaba ópera por teléfono mediante un sistema, el teatrófono, que funcionaba en su tiempo”, un medio de comunicación apto solo para las élites que se adelantó a otros ahora populares como la radio o televisión.
Lo más relevante, sin embargo, es cómo la visión de la música en Proust va en paralelo con su propia escritura. “La música es un modelo que le permite entender el tiempo. Y pasa de una memoria afectiva a otra más estructural y abstracta”. Y cuando, como escritor, se enfrenta a los límites de la palabra en ‘El tiempo recobrado’, “nos plantea si la música no será la forma más pura de comunicación entre las almas, volviendo a la idea de la música generadora de emociones”, explica el musicólogo vallisoletano.
Es curioso como también en otros campos parece haberse producido una vuelta a visiones del pasado, si bien con rasgos nuevos. Hasta el siglo XVII, la música estaba supeditada a la palabra, al libreto que narraba la historia, pero eso cambió a partir del siglo XVII, cuando reivindicó su autonomía como lenguaje.
Sin embargo, en el tiempo presente, el auge de las bandas sonoras cinematográficas apunta a que “hemos recorrido el camino inverso. Hemos superado la idea de emancipación. Si bien ahora la narración, el cine, es distinta, y ofrece más espacios para la libertad”.
Pero el debate sigue ahí y lo sufrió en sus carnes alguien tan excepcional como el compositor Ennio Morricone, al que le costó que el mundo académico reconociera la relevancia de sus trabajos para el cine. Aunque, al fin, lo hizo.
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