Iara Lee: «Chernóbil es un símbolo del peligro nuclear»

#MAKMAEntrevistas | Iara Lee
‘Stalking Chernobyl: Exploration After Apocalypse’
59′
Cultures of Resistance Films, 2020
11 de mayo de 2020

El pasado domingo 26 de abril de 2020 el International Chernobyl Disaster Remebrance Day (Día Internacional de Recuerdo de los Desastres de Chernóbil) conmemoraba los 34 años que han transcurrido desde el trágico accidente nuclear, en 1986, acaecido en la central Valdímir Ilich Lenin de Chernóbil, en el Óblast de Kiev, provincia ucraniana perteneciente, entonces, a la Unión Soviética. Uno de los más relevantes desastres medioambientales del devenir de la humanidad cuya oscurantista gestión habría influido decididamente (entre otras razones de geopolítica internacional) en el trayecto hacia la desintegración del raquis político federal y del Gobierno neurálgico de la URSS, un lustro después.

Y nada más plausible que rubricar la efeméride a través del documental ‘Stalking Chernobyl: Exploration After Apocalypse’, un palpitante e inmersivo filme de la directora, productora y activista paranaense, de ascendencia coreana, Iara Lee (Ponta Grossa, Brasil, 1966), quien se adentra en la ‘Zona de Exclusión’, de la intrépida mano tanto de stalkers (acechadores) como de guías oficiales, para radiografiar cuál es la presente situación en Chernóbil.

Un documental que ha sido estrenado mundialmente de manera online y gratuita –iniciativa en la que ha colaborado ‘Humans Fest. Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos de València’ mediante #HumansResistencias, «serie de documentales donde se denuncian situaciones de injusticia en todos los continentes»–, cuyo contenido prosigue disponible a través de las cuentas de Cultures of Resistance Films en YouTube y en Vimeo.

En consecuencia, MAKMA entrevista a la cineasta Iara Lee con el fin de acechar en su compañía los ingredientes y ponderaciones que perfilan su turbadora y audaz película.

¿Cómo se gestó el proyecto de ‘Stalking Chernobyl’?

Cuando visité por primera vez la ‘Zona de Exclusión’ de Chernóbil, en 2017, no tenía intención de hacer una película. Sin embargo, la cultura que encontré allí me cautivó. Tienes esta área que fue el sitio de uno de los desastres más terribles en la historia de la era nuclear, pero ahora han pasado tres décadas. Los bosques y la vida silvestre se han apoderado de nuevo de lugares que los humanos abandonaron. Y la gente también ha comenzado a regresar. Algunos son buscadores de emociones; algunos son artistas; algunos son científicos. Quería documentar lo que están encontrando allí y su fascinación por lo postapocalíptico.

Tal y como se menciona en el documental, las primeras grabaciones existentes después del desastre nuclear se filmaron con una voluntad histórica y sociológica, como documento para las generaciones futuras, pero también como un relato heróico de los acontecimientos. ¿’Stalking Chernobyl’ nace, salvando las distancias, con esa misma intención, 34 años después, para nuestras presentes y futuras generaciones?

Por lo general, no encaro al cine con un propósito didáctico por adelantado. Por el contrario, generalmente, encuentro un tema en mis viajes que me interesa y, si llama mi atención, lo sigo y veo qué deviene del proceso. En este caso, la ‘Zona de Exclusión’ fue un lugar muy cautivador que resuena con todo tipo de problemas sociales y existenciales. No me propuse hacer una declaración específica sobre estos, aunque creo que la película lleva muchos mensajes: incluidos los peligros de las tecnologías que no podemos controlar y el apetito de riesgo, a veces autodestructivo, de la humanidad.

La central nuclear de Chernóbil (al fondo) reporta epílogo a la vista panorámica de Prípiat. Fotografía de Thierry Vanhuysse cortesía de Cultures of Resistance Films.

A pesar de la aparente seguridad y coordinación de las visitas turísticas por los lugares menos lesivos para la salud, ¿sigue siendo Chernóbil un emplazamiento de alto riesgo?

Esta es una de las preguntas más importantes que todos nos hacemos y de la que no resulta tan fácil encontrar información. En primer lugar, no soy una experta y por la relevancia del asunto invito a cada uno a informarse por su cuenta antes de hacer la elección de visitar Chernóbil o no. El Gobierno de Ucrania habilita las visitas turísticas coordinadas declarando que no hay ningun riesgo, pero siempre que se respeten los caminos indicados por el guía. Cuando las visitas son ilegales y fuera de este marco los niveles de peligrosidad aumentan considerablemente.

¿Consideras que la popularización de Chernóbil como fenómeno cultural y singular destino turísitico pone en peligro su pervivencia y su legado?

Es sabido que los visitantes –quienes están en tours oficiales y los llamados stalkers, que entran ilegalmente– sacan objetos de la ‘Zona de Exclusión’ como recuerdos, también modifican los espacios y depositan objetos como, por ejemplo, muñecas, que son muy populares–.

La región se ha convertido en un lugar de moda para visitar, pero en lugar de concentrarse en el aspecto trágico, el Gobierno debería promover la ‘Zona de Exclusión’ como un lugar de reflexión sobre el desastre nuclear. Ahora, 34 años después, se estima que la catástrofe habría matado hasta a unas 900.000 personas y dejado a millones de afectados por las radiaciones nucleares, que provocan cáncer y otras enfermedades. Chernóbil se ha convertido en símbolo de la peligrosidad que encierra el uso de la energía nuclear, y es por eso que hay que tener respeto, tratando de conservarlo intacto para generaciones futuras.

Una pareja de stalkers contempla la central nuclear de Chernóbil. Fotografía de Vlad Vozniuk/URBEX cortesía de Cultures of Resistance Films.

¿De qué modo se fraguó el contacto con los stalkers que figuran en el documental y cuáles fueron las complejidades de incursionar junto a ellos en la zona?

Conocí al stalker Oleg Shalashov y otros más jóvenes, y formas estratégicas de obtener imágenes de ellos. Quería hacer una película sobre los stalkers, pero no convertirme en ellos. Mi aventura en la ‘Zona de Exclusión’ fue más controlada y no excedió las áreas declaradas algo seguras.

Personalmente, hago películas en zonas de guerra y zonas de conflicto del mundo –estaba en Beirut cuando Israel nos bombardeó en 2006; en el barco humanitario Mavi Marmara en Gaza cuando los comandos israelíes nos atacaron en medio de aguas internacionales y mataron a 9 personas en el barco…–, pero la radiación invisible es para mí aún más aterradora que enfrentar a los Gobiernos terroristas estatales y, a pesar de lo aventurera que soy, no estoy entusiasmada con la adrenalina posterior al colapso nuclear; sin embargo, me pareció intrigante que muchos de los padres de estos acechadores fueron «liquidadores» obligados a limpiar Chernóbil hace 34 años, mientras que sus hijos quieren ir allí voluntariamente, ahora, para la exploración aventurera. Siempre estuve fascinada por la insaciabilidad humana por la emoción, el placer, la curiosidad humana infinita, incluso si eso significa explorar sitios de radiación como Chernóbil.

¿Son necesarios los stalkers para difundir y preservar la memoria y las huellas postapocalípticas de Chernóbill?

Esto es algo que creo que los espectadores deben decidir por sí mismos. Intento incluir voces con diferentes perspectivas. Descubrí que los stalkers poseen una subcultura fascinante, pero no estoy tratando de defenderla normativamente.

Teniendo en cuenta el modo en que la naturaleza y los seres vivos se han adueñado del lugar, convirtiéndose en un gigantesco pulmón verde, ¿son las zonas de exclusión, como la de Chernóbill, imprescindibles para combatir el cambio climático?

No estoy segura de ir tan lejos para decir que son esenciales, pero creo que es interesante señalar que, incluso en medio del desastre, a veces podemos encontrar aspectos positivos inesperados. La eliminación de personas de la ‘Zona de Exclusión’ ha permitido que la naturaleza florezca. El hecho de que tantas personas estén en cuarentena durante la pandemia actual ha provocado una fuerte caída de las emisiones de CO2. Esto no es para minimizar la tragedia inherente a estos eventos, solo para señalar desarrollos que no necesariamente podrían haberse previsto, y que sugieren formas de vida que no habíamos contemplado previamente.

¿Qué claves podemos encontrar en el documental que emparenten ‘Stalking Chernobyl’ con tus proyectos y filmografía precedentes?

Sobre todo esto están las preocupaciones ambientales y de derechos humanos, críticas relacionadas con nuestro consumo de energía y si deberíamos estar buscando fuentes de energía nuclear en una era de cambio climático. Entonces, para mí, esto no es solo un vistazo a una subcultura underground, sino también una oportunidad para que el público piense más profundamente sobre algunos problemas sociales muy relevantes. Estos problemas se exhiben en la ‘Zona de Exclusión’, pero nos afectan en todo el mundo.

Uno de los testimonios de ‘Stalking Chernobyl’ asocia los espacios utópicos al concepto de paraíso: «Vivir al lado de la naturaleza, sin dañarla. Era un espacio utópico (Prípiat y Chernóbil) donde la ciencia, el progreso humano y la naturaleza se relacionaban y vivían en paz». ¿Están los espacios utópicos condenados a ser, por naturaleza, un turbio recuerdo de lo que pudieron haber sido? ¿Existe el espacio utópico sin apocalipsis?

Esta es una pregunta muy interesante, y muy filosófica. Me recuerda una cita del fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano: «La utopía se encuentra en el horizonte. Cuando me acerco dos pasos, retrocede dos pasos. Si procedo diez pasos hacia adelante, se desliza rápidamente diez pasos hacia adelante. No importa cuán lejos llegue, nunca puedo alcanzarlo. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la utopía? Es para hacernos avanzar.» Creo que la utopía es siempre un ideal que nunca se realiza, pero que nos empuja hacia algo. No creo que sea siempre un recuerdo del pasado, pero puede ser una visión del futuro.

La cineasta Iara Lee durante un instante del encuentro online celebrado el pasado 26 de abril de 2020. Foto: MAKMA.

Jose Ramón Alarcón

Leto, rock underground en la antigua Unión Soviética

‘Leto’, de Kirill Serebrennikov
Con Irina Starshenbaum, Teo Yoo y Roman Bilyk
Rusia, 2018

Mike Naoumenko y Natacha. Escena de ‘Leto’

Hacía mucho tiempo que no veía una película musical tan interesante como ‘Leto’ (y, para colmo, en el cine); supongo que en la recta final de desaparecer de la cartelera fílmica, puesto que este tipo de pelis generalmente duran cuatro telediarios. Por supuesto, el visionado fue en un cine no comercial; ya sería raro toparse con un film tan alejado de estereotipos, tan transgresor y tan alternativo en una de las grandes salas.

Y es que ‘Leto’ es pura imaginación, pura creatividad e ingenio y, lo mejor, pura contracultura underground. Su director, Kiril Serebrennikov, analiza la escena musical rocanrolera rusa de principios de los 80, en los años previos a la Perestroika y de la caída del Comunismo, a través del romance juvenil de Natacha con dos líderes de dos bandas musicales pioneras y míticas de aquella época –por una parte, Mike Naumenko, con la popular Zoopark, y, por otra, los inicios de Viktor Tsoi al frente de Kino–.

Escena de Viktor Tsoi y amigos tocando la guitarra en la playa.

Toda la cinta, rodada en blanco y negro, sorprende ocasionalmente con contrastes de color en escenas ficticias y alegóricas, sobre todo cuando los personajes interpretan en circunstancias cotidianas a clásicos rocanroleros de la talla del ‘Psychokiller’ de Talking Heads, ‘The Passenger’, de Iggy Pop, o ‘Perfect day’, de Lou Reed. Seguramente esos detalles son los que, principalmente, consiguen pillar desprevenido al espectador y, al mismo tiempo, mantenerlo en vilo.

Viktor Tsoi, Natacha y Mike Naoumenko. Escena de ‘Leto’

En este relato generacional resulta muy interesante comprobar, también, cómo se descubren y fusionan en el tiempo antecedentes musicales como Sex Pistols, Lou Reed, Marc Bolan, Blondie… coincidiendo el punk con el glam y la new wave, algo que puede evocar lo sucedido en los estertores de la dictadura franquista y de la posterior transición democrática en España. Al mismo tiempo, se describe brillantemente la represión y un desprecio del rock por parte de cierto sector conservador, cual si fuera una mala influencia del enemigo ideológico y político. Los jóvenes se defienden con rebeldía y con la misma postura, alegando que solamente es música.

Escena de ‘Leto’. Actuación de Viktor a la que se suma Mike.

Por cierto, es tan apabullante el constante fumeteo que es muy posible que al finalizar se resientan incluso los pulmones del espectador o, como mínimo, haya ansia de encederse un pitillo. Quede claro que ‘Leto’ no es una oda al cine perfecto, pero seguramente en su imperfección está uno de sus mayores encantos.

Juanjo Mestre

“Debemos aprender a ser ciudadanos críticos”

Un millón de gotas, de Víctor del Árbol
Editorial Destino

‘La tristeza del samurái’ y ‘Respirar por la herida’ son dos títulos, traducidos a varias lenguas y merecedores de distintos premios, que han consagrado a Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) como una de las voces literarias más potentes de la literatura contemporánea. Dos éxitos de crítica y público que pretende superar con ‘Un millón de gotas’, una historia, como casi todas las suyas, que se desarrolla en dos épocas distintas de la reciente historia, enlazadas por la memoria de los personajes y la huella que un pretérito imperfecto dejó en sus vidas.

Gonzalo, un abogado casado con dos hijos que ejemplariza al hombre neutro y convencional de nuestro tiempo, experimenta una transformación liberadora tras el suicidio de su hermana, policía de profesión. Por otra parte, Del Árbol recrea la peripecia vital de su padre, Elías Gil, un joven de fervientes ideas comunistas que, en 1933, llega a la Rusia de Stalin y descubre allí el horror libre de máscaras.

Detalle de la portada del libro 'Un millón de gotas', de Víctor del Árbol. Editorial Destino

Detalle de la portada del libro ‘Un millón de gotas’, de Víctor del Árbol. Editorial Destino

El influjo del pasado en el presente, su peso y huella juega un papel fundamental en su obra. ¿Es este juego entre el hoy y el ayer uno de su leit motivs?

El pasado me interesa como evocación, una idea nostálgica que sirve de refugio ante un presente que puede ser demasiado árido y un futuro que no se atisba en el horizonte más que como un borrón. La idea de inventar o recordar de un modo fraccionado ese tiempo que “decimos” que fue mejor simplemente porque ya lo dejamos atrás y resulta sencillo moldearlo a nuestro gusto. Esa idea me sirve para personajes y para contextos históricos y sociales.

¿Cómo se gesta cada historia en su cabeza? ¿Tiene algún ritual o manía a la hora de escribir?

Siempre hay alguna idea, una trama, un personaje flotando a mi alrededor esperando el momento para concretarse en un argumento. A veces la idea nace de alguna pregunta personal que me hago, o de la observación de alguien o algo que despierta mi curiosidad. A partir de ese punto de ignición empiezo a construir de manera independiente personajes que puedan ayudarme a concretar dicha idea, después paso a sus vidas, sus circunstancias y finalmente los enlazo en una trama que resulte natural a su condición. No tengo grandes manías, no soy supersticioso, pero sí unos hábitos más o menos definidos. Preferentemente, empiezo a escribir temprano, las horas del amanecer son las mejores. Suelo hacerlo en el jardín, bajo el porche, porque no fumo dentro de casa y para escribir necesito fumar, así que en invierno toca pasar frío. Otra costumbre es escribir el primer borrador, esbozos, biografías, etcétera, a mano. Me ayuda a ir más deprisa y después me sirve como primera corrección.

Víctor del Árbol. Imagen cortesía del autor.

Víctor del Árbol. Imagen cortesía del autor.

¿Por qué eligió la Rusia de Stalin como una de los escenarios de ‘Un millón de gotas’?

Es el punto de partida de uno de los protagonistas principales, Elías Gil, un joven idealista hijo de minero que llega a la Unión Soviética para trabajar en el gran Canal de Moscú y vivir en primera persona la gran Utopía de su padre, el Comunismo, que Elías ha idealizado a través de la lectura y la música soviéticas. Pronto va a descubrir qué gran prisión sin rejas es la Unión Soviética de Stalin y sus planes quinquenales. Aun así se resistirá a perder esa inocencia primigenia, hasta que sufra en sus carnes la realidad de Gulag. Este es un tema muy estudiado y no pocas veces llevado a la ficción. A mí me interesaba incrustarlo en la historia de este personaje español, que se convertirá en mi hilo conductor para hablar de los horrores del siglo XX.

¿Qué opina del panorama literario y cultural? ¿Cree que saldremos de este atolladero?

Sí, claro que saldremos; cuando decidamos que ha llegado el momento de abandonar esa idea paternalista del Estado y la Política y adoptemos la actitud de ciudadanos críticos, vigilantes y activos. Hemos pasado por el shock inicial de esta crisis, por la etapa de la indignación, la rabia y la incredulidad. Ahora ha llegado el momento de hacer algo constructivo con todo esto. Si algo nos ha enseñado esta crisis es que no podemos dejar el destino de nuestros hijos en manos de gente sin escrúpulos, que el valor de una persona no se mide en dividendos y que la manipulación y la mentira no pueden ser lo habitual en las estructuras del sistema. Y el primer paso será recuperar el valor y el prestigio de una educación que enseñe a las personas a ser críticas desde la niñez, y la literatura, como cualquier otra expresión de la cultura tiene que jugar un papel decisivo.

Portada del libro 'Un millón de gotas', de Víctor del Árbol. Editorial Destino.

Portada del libro ‘Un millón de gotas’, de Víctor del Árbol. Editorial Destino.

¿Ha votado en las elecciones europeas?

Por supuesto. Hay que entender que, pese a todas sus carencias, España ha dado un salto adelante al formar parte de Europa y no hay marcha atrás. En mi opinión cada vez debería haber menos “ismos” y más Europa. Una Europa, por cierto, de los ciudadanos, no de las estructuras financieras.

¿Algún proyecto entre manos?

Sí, leer los siete libros que tengo pendientes en mi mesa, preparar un viaje a algún lugar de África, y por supuesto, seguir escribiendo una historia que, de nuevo, me baila ante los ojos, cada vez de modo más insistente.

Víctor del Árbol. Imagen cortesía del autor.

Víctor del Árbol. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

Cazadoras Asociados pintan a Crimea

Crimea, por Cazadoras Asociados
Café Malvarrosa
C / Historiador Diago, 20. Valencia
Hoy viernes 28 de marzo, de 20.00 a 23.00 horas

Ya habían hecho una exposición express en una finca por la Petxina, ocupando las paredes de la escalera y vendiendo alguna que otra pieza entre subidas y bajadas de piso. Ahora repiten experiencia, tras haber pasado un cierto tiempo que se les hacía largo. Reunidos en el Café Malvarrosa, barruntando proyectos que no terminaban de ver la luz, decidieron espolear el ánimo con un arranque súbito. José Morea propuso una exposición sobre Crimea, porque allí terminó la segunda gran guerra y parecía iniciarse la tercera, y motivados por tan explosiva declaración de intenciones el colectivo Cazadoras Asociados se puso manos a la obra. El resultado, fruto de ese trabajo express, se verá hoy viernes en el Malvarrosa: 12 obras de 12 artistas con el conflicto ucraniano como excusa creativa.

Obra de Ximo Amigó para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Obra de Ximo Amigó para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

“Crimea se plantea más como concepto, que como cuestión política”, explica Morea, que tampoco descarta el trasfondo ideológico, porque “a los artistas nos preocupa lo que pasa a nuestro alrededor”. Y lo que pasa allá a lo lejos, con Rusia volviendo a aparecer como el malo de una película con enrevesada trama, ha servido de acicate a los artistas de Cazadoras Asociados, mezcla de sustantivo femenino y adjetivo masculino como prueba de la contradicción que motiva al grupo. Un grupo formado por 18 artistas de diferentes estilos y motivaciones que, reducido para esta ocasión a 12, han encontrado en Crimea el objeto de sus respectivas propuestas plásticas.

Juegos de palabras

Las hay, lógicamente, de todas formas y colores: “Desde el pop a la abstracción lírica, pasando por la figuración fría”, según revela Joan Verdú, que junto a Ximo Amigó, Julio Bosque, Calo Carratalá, Toni Doménech, Marcelo Fuentes, Antonio Girbes, JARR, Guillermo Peyró Roggen, Manolo Rey, Pepe Romero y el propio José Morea, conforma la docena de Cazadoras Asociados en torno a Crimea. Los desastres bélicos siempre han concitado la mirada entre estupefacta y crítica de los artistas. Quizás porque lo real de la experiencia humana, en tanto hábitat de lo incognoscible, es después de todo el motor de la creatividad: de la nada, o partir de su experiencia, nacen a duras penas ciertas pinceladas de vida.

Obra de Marcelo Fuentes para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Obra de Marcelo Fuentes para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Joan Verdú, por ejemplo, se centra en el juego de palabras. De manera que Crimea deja de ser Crimea, para convertirse en A crime por la simple traslación de una de sus letras. Y, así, el crimen, sin duda triste paisaje de todo conflicto bélico, aparece como una de las referencias mayores en la obra express de Verdú, amortiguador jocoso de ese fondo real que nubla el pensamiento durante la guerra. José Morea también hurga en la llaga del dolor con cataplasmas lingüísticas. En su caso, Crimea se transforma en Lacrimea. Una lágrima roja fruto de la herida abierta en la extinta Unión Soviética, de la que sigue manando un río de sangre roja.

Nada corriente

Como señalan Morea y Verdú, cada cual ha tratado el tema de Crimea a su manera,  a veces con alusiones más o menos directas, o bien abordando la irrupción de la nueva bestia con veladuras, metáforas o abstractos acercamientos. “No somos una corriente artística, porque cada uno es de su padre y de su madre, pero sí es verdad que solemos crear en torno a determinadas temáticas”, apunta Joan Verdú. En este caso, Crimea, como antes lo fue el tema de la escalera. Y luego vendrán otros. De hecho, ya tienen prácticamente cerradas las dos próximas exposiciones express, que prefieren no adelantar. Una en el refugio del Instituto Lluis Vives y la otra… “Mejor no lo pongas, porque falta sellar el acuerdo”, apunta Verdú.

Obra de Guillermo Peyró Roggen para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

Obra de Guillermo Peyró Roggen para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa.

“Huyendo de lo comercial”, explica Morea, Cazadoras Asociados busca mediante todas estas intervenciones plásticas de un solo día, que el arte se salga de las vías convencionales para iluminar otros derroteros, otras salidas de madre. El Café Malvarrosa, donde ahora suelen reunirse después de hacerlo en el antiguo estudio de Paco Bascuñán, será el nuevo laboratorio de experimentación de este inquieto, cáustico, dubitativo e imprevisible colectivo de artistas ahora en pie de guerra. Mejor dicho, a pie de guerra. Les duele lo que pasa y van y lo pintan.

Obra de José Morea para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Obra de José Morea para la exposición express sobre Crimea. Imagen cortesía de Café Malvarrosa

Salva Torres