La Falla Corona presenta su proyecto para 2017

Proyecto de Falla Corona 2017
Presentado en Els Tallers de la Ciudad Fallera
Sábado 5 de noviembre de 2016

El proyecto de Falla Corona para el año 2017, que lleva por título «Sense permís», ha sido presentado este primer fin de semana de noviembre en Els Tallers de la Ciudad Fallera. La Falla estará compuesta por dos volúmenes, la infantil y la grande, aunque ambas funcionarán conjuntamente creando una gran escena. En la falla infantil una niña se aúpa sobre una corona y observa otra más grande construida en madera que es sostenida por un personaje adulto, que no es otra cosa que la falla grande.

La obra, diseñada por Isidro Ferrer (Premio nacional de diseño 2002) y que realizará El Taller de Manolo Martín, tiene múltiples lecturas que no ha desvelado del todo su autor, aunque uno de los significados evidentes es la relación entre el mundo de los niños y el de los adultos.

FullSizeRender-4Mossén Sorell Corona es conocida por sus propuestas de fallas innovadoras que desde hace unos años están proyectadas por grandes nombres del diseño como Ibán Ramón, Dídac Ballester, Escif, Javier Jaen y ahora Isidro Ferrer. El taller de Manolo Martín, que realizará la falla, ya ha trabajado en numerosas ocasiones en colaboración con diseñadores e ilustradores de la talla de Sento Llobell, Sigfrido Martín Begué o Javier Mariscal.

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Martín Begué, un Sigfrido callejero

Fundación Chirivella Soriano

Sigfrido Martín Begué. El lado valenciano

Valencia

Palau Joan de Valeriola

C/Valeriola, 13

Hasta el 2 de junio

Con un nombre tan wagneriano, Sigfrido Martín Begué (Madrid, 1959-2010) parecía destinado a la rimbombancia épica. Su obra así lo atestigua y, quienes le conocieron, pueden dar fe igualmente de su deslumbrante y espitosa prodigalidad verbal. Pero habría que matizar, a su vez, esta manera intempestiva, casi nietzscheana, de recordar al que fue tildado como “pintor de la movida”. Porque Martín Begué, siendo un torrente de imaginación creativa, prefirió rebajar las alturas épicas al terreno más prosaico, mordaz y sarcástico de la cultura popular.

Y así, moviéndose a saltos entre los rápidos que van del clasicismo a la vanguardia, este artista madrileño tempranamente desaparecido ha ido dejando un reguero de pólvora con su irreverente obra. El director del Consorcio de Museos, Felipe Garín, afirma que Martín Begué aceptó las reglas del juego para subvertirlas, principio de todo acto revolucionario. Como el que protagonizó, que es a lo que íbamos, en 2001 con su Pinocho de 23 metros de altura para la falla Na Jordana. Tituló la inolvidable falla Pinotxada universal. Unos meses después, ya en el plano de la tragedia histórica, se produjo el derrumbamiento de las torres gemelas de Nueva York.

Y es que Martín Begué siempre se ha movido a rebufo de ese temperamento épico rebajado por los vientos alisios de su ironía. El Pinocho de Na Jordana, que el comisario Vicente Jarque recuerda como una de las mejores fallas que ha tenido ocasión de ver en vida, sirvió para remover las estancadas aguas de la fiesta fallera. Vestido con indumentaria del siglo XVIII, matamoscas en mano, actitud pensativa y larga, larguísima nariz afilada, el Pinocho de Martín Begué sirvió precisamente para eso: para echarle un par de narices a la tradicional quema de ninots.

De hecho, esa nariz, que al Pinocho del cuento le crece con cada mentira, es la nariz que siempre tuvo Martín Begué para la pintura. Su olfato le decía que las reglas pictóricas y sociales estaban para saltárselas, a condición de respetar el trasfondo del que se nutre su acto trasgresor. Las crecidas y oblongas narices de su Pinotxada universal revelaban cierta mentira de una fiesta fallera que pedía a gritos aires de renovación. Como la propia pintura, de la que Martín Begué se ocupó de dar cumplida cuenta. Ahí están, por ejemplo, sus versiones de La isla de los muertos, de Arnold Böcklin, y el Entierro del conde Orgaz, de El Greco, transfiguradas en La isla de los cuadros y El entierro de la pintura, respectivamente.

La Fundación Chirivella Soriano subraya el lado valenciano de un pintor siempre a orillas del humor, la irreverencia y la indudable calidad plástica. Su amistad con el artista fallero Manolo Martín, con quien trabajó en su taller para poner en pie tamaño Pinocho, le permitió a su vez realizar las Euromeninas con motivo de la presidencia española de la Unión Europea. Velázquez y Duchamp, juntos; de nuevo la tradición y el acto rupturista cogidos de la mano. Como cogidas de la mano van en la exposición de Chirivella Soriano la pintura, el diseño de muebles (con Loewe al fondo), singulares escenografías, esculturas como la “divina” de El Cid y una planta dedicada a su pasión por el cine, amén de los numerosos bocetos de Pinocho.

Martín Begué, como recuerda Vicente Molina Foix, sabía moverse “entre las grandes arterias de la ciudad y la periferia rústica y hasta un poco canalla”. Y lo hacía “sin perder la compostura”. He ahí su olfato, su enorme nariz fallera y su talento a caballo entre lo alto y lo bajo; la tradición clásica y la trasgresión vanguardista. Aquel Pinocho de 2001, realizado paso a paso y con todo lujo de detalles en el taller de Manolo Martín, se derrumbó además como mandan los cánones: con la verticalidad apropiada y sin perder, como Martín Begué, la compostura. Un artista de los pies a la cabeza.

Salva Torres

 

 

La cremà de Martín Begué

Fundación Chirivella Soriano

Sigfrido Martín Begué

Inauguración: viernes 1 de marzo

C / Valeriola, 13. Valencia

La Fundación Chirivella Soriano inaugura Sigfrido Martín Begué. El lado valenciano, una exposición comisariada por Vicente Jarque, fruto de la colaboración con el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana. La muestra no pretende presentar el conjunto de su obra pictórica posterior a la expuesta en el Centro Cultural Conde Duque, es decir, su pintura desde 2001, ya que desde ese año hasta su muerte apenas terminó algo más de veinte óleos, junto a no mucho más de otras tantas acuarelas aparte de numerosos bocetos, ilustraciones y piezas varias. Sino que, según nos explica el comisario Jarque, «las pinturas para esta exposición han sido seleccionadas con el propósito de ubicar el trabajo de Sigfrido Martín Begué en Valencia en el contexto de su trayectoria fundamental como pintor».

La idea, por tanto, de esta exposición estriba en presentar un conjunto de pinturas que sirvan para hacer entender al espectador que los años de trabajo de Martín Begué en relación con Valencia no sólo iban mucho más allá de unos intereses de orden meramente artesanal, presuntamente menor, sino que se fundaban en una poética compleja de la que podemos encontrar, en su pintura (su actividad fundamental, sin duda) hallazgos antecedentes y figuras coetáneas, en todo caso derivadas de una trayectoria tan brillante y polifacética como extraordinariamente coherente.

Jarque ha detallado algunas de las obras que forman parte de esta exposición, como antecedente y fundamento tanto visual como intelectual del conjunto de las Euromeninas. Se podrá ver, sin duda, Las Meninas-Malic, de 1995, así como Caja de música soltera (1992), en donde ya aparecen los moldes de Duchamp. Lo mismo puede decirse respecto a los muebles realizados para la firma Loewe en 1995, de pinturas como Septenario (1986), Torre con perro (1987) o Máquina de cine (1992).

La conexión entre la falla para Na Jordana en 2001 (el efímero Pinocho de 20 metros de altura, rescatado en la exposición junto a la maqueta, las figuras y los bocetos diseñados por Sigfrido) y el Pinocho de 1991 (concebido, por tanto, diez años antes) y los posteriores Pinochos de Art-cidente y Pinnarciso parece obvia, en palabras de Jarque.

Martín Begué se ha planteado la situación problemática de la pintura en el presente (algo evidente igualmente en sus Meninas duchampianas): La isla de las pinturas (2002, como evocación de la famosa obra de Boecklin), Storie della vera pintura (con estructuras arquitectónicas análogas a los muebles-ciudad para Loewe) y El entierro de la pintura (obviamente alusiva al Orgaz de El Greco).

El resto de las pinturas que se podrán ver enlazan con la misma de manera más específica, pero más suelta. L’Alpha-belgue, una imagen de Tintín, tiene que ver con registros subjetivos: el interés de Martín Begué por el personaje (posible compañero de Pinocho), por la “línea clara” de Hergé y, por qué no, por Bélgica (a la que veía, como Marcel Broodthaers, determinada por las conchas de los mejillones), en cuya capital presentó sus Euromeninas. Santa Bárbara se vincula con la afición mediterránea a la pirotecnia. Suso5V50 es la imagen de un cochecito semejante a una carroza para el 125 aniversario de la falla Na Jordana.

Salva Torres