Fuera de lo pictórico

‘Destellos’, de Juan Olivares
Set Espai D’Art
Plaza Miracle del mocadoret 4, Valencia
Hasta el 5 de noviembre de 2016

Advierte Ricardo Forriols en la hoja de sala de la nueva exposición de Juan Olivares sobre la apertura de un nuevo camino en la producción del artista valenciano. Una ventana en la que experimenta con la “objetualización de la pintura” y “su salida del cuadro”. Por supuesto, no dejaremos de observar en ‘Destellos’ esos otros caminos ya característicos del artista como son el color, la abstracción y la continúa búsqueda de representación de lo cotidiano, de lo cercano.

Esta búsqueda le ha llevado a extraer la pintura del soporte básico del lienzo o papel, compaginando los collages con piezas escultóricas que continúan con la singular línea curva del artista. Madera, plástico, y aluminio, sin olvidar el papel, componen estas esculturas. A pesar de los diferentes formatos, son la abstracción pictórica y el color los encargados de hilvanar todo el recorrido expositivo, pero el collage se convierte en protagonista cuando su función se centra en aportar el ritmo en base a componer una especie de “antiforma” en consonancia con la abstracción correspondiente. Las texturas conseguidas incitan al acercamiento y al movimiento, a descubrir nuevos patrones que Juan Olivares parece esconder entre sus piezas.

Montaje de la exposición Destellos. Imagen cortesía Set Espai d'Art.

Montaje de la exposición Destellos. Imagen cortesía Set Espai d’Art.

Por esta razón y ante todo, ‘Destellos’ es adentrarse en la experimentación y en el juego del proceso comunicativo entre vista y cerebro. La mente, probablemente sin querer, comienza a conformar imágenes reconocibles en un intento de ordenar bajo parámetros establecidos la información que le va llegando. En un punto inesperado quizá hasta nos preguntemos por el proceso de creación. Forriols vuelve a alumbrarnos sobre esto explicando que en el taller del artista “encontraremos un montón de papeles recortados donde se perfilan pinceladas, trazos, planos, que son las piezas de un puzzle con las que juega”. La manera de conformarse ese misterio nos lleva a fijarnos en cada una de las capas: la del acrílico, el papel, la lisa pared y la breve sombra proyectada sobre la misma. Una composición aparentemente alterable pero con la que remite la inherente bidimensionalidad del papel, cuestionando, con el montaje como acción imprescindible, el material usado.

‘Destellos’ surge, como el mismo artista explica, del proceso del collage, donde ese encuentro primero que permite el encaje adecuado es la clave, el destello perfecto. No deja de ser curioso como se produce esa captación del instante, estática pero fluida, que fomenta una y otra vez el dinamismo, no solo de los materiales, sino del propio visionado.

Montaje de la exposición Destellos. Imagen cortesía Set Espai d'Art.

Montaje de la exposición Destellos. Imagen cortesía Set Espai d’Art.

María Ramis

Lukas Ulmi. Laberintos visuales

Lukas Ulmi. Laberintos visuales
Set Espai d’Art
Plaza Miracle del Mocadoret, 4, Valencia
Hasta el 16 de noviembre de 2013

 Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Romper con el antiguo entendimiento de la escultura como una forma de expresión encerrada en sí misma, concibiendo la necesidad de circunscribir su potencial expresivo a unas pocas y axiomáticas categorías formales, en una búsqueda o retorno a la estructura primaria, describe el itinerario iniciático con que nos acerca Lukas Ulmi a su nueva obra. Sin embargo, al escultor le contemplan años de creación que interpretan los interrogantes del universo, dibujando el espacio mediante hermosas levedades espaciales de objetos encontrados. Restos de vida engarzados en sutiles móviles con los que nos mostraba una particular arqueología del lenguaje; ramas, piedras, esqueletos de la naturaleza que ya la pensadora malagueña, María Zambrano, en su personalísima poética concebía como las semillas del conocimiento, de la razón, y de los que ahora, el artista, en cierto modo se desprende.

Su capacidad para dialogar con el vacío trazando formas geométricas e infinitas en universos hipotéticos se define muy bien en esta nueva serie de “Laberintos visuales”, que nos presenta. Arquitecturas móviles que despliegan espacios infinitos en su interior a través de coetáneos cubos, engarzados con imanes. Una suerte de construcciones cercanas al Minimal Art con las que concebir los sencillos determinantes espaciales, como señalaba el escultor minimalista Robert Morris: simplicidad de formas no quiere decir necesariamente simplicidad de vivencia artística. Las formas unitarias no reducen las relaciones, sino que las ordenan. Cuando la hierática naturaleza dominante de las formas unitarias actúa como constante, no se neutralizan las relaciones singularizantes de dimensión, proporción, etc, sino que, por el contrario, se asocian más sólida e inesperadamente.  En este sentido, Ulmi da una vuelta de tuerca a la modernidad, circundando aquel arte cinético de mediados de siglo xx dentro de un particularísimo postminimalismo volátil.

Sus obras albergan un insólito y misterioso movimiento, intrínsecas al concepto kantiano de belleza que resume los elementos en formas simples, lidiando con el aire. Sorprendentes esculturas que debaten ilusiones ópticas mediante delicadas dobleces y estructuras simples, conforman el trabajo. Trazos de alambre asumidos como una cosmogonía, símbolo de los universos temporales, tan presentes a lo largo de su trayectoria. Amante del movimiento y la simplicidad estética, Ulmi domina la escultura como un auténtico fabulador que quiere acercarse a los misterios de la creación, sin dogmas ni aspavientos. Lugares paradójicos, fija simbólicamente un movimiento del exterior hacia el interior, de la forma a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia de espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Representa también el movimiento contrario: de dentro hacia afuera, sugiriendo una progresión simbólica hacia el infinito en todo los aspectos del proceso artístico.

Representación escultórica en que el todo se nos muestra pero nunca se nos da.

Observamos como las construcciones pueden montarse de maneras distintas, según la característica del lugar donde se efectúe la instalación, prevaleciendo la coexistencia dialéctica de las formas. Esta lógica estructural que presentan permite observar cómo Ulmi otorga un valor idéntico en la ubicación de todos los elementos. Es decir, en su obra no se percibe ningún valor jerárquico entre lleno y vacío, abierto y cerrado, delante y detrás. Paradigma insoluble de una misma realidad, donde el artista ordena el sigiloso laberinto de la mirada, mediante geometrías y juegos visuales de nuestro espacio imperecedero. Y es, en esta particular falta de jerarquía donde se haya el enigma de cualquier laberinto, no únicamente como la misteriosa estructura arquitectónica descrita a lo largo de la historia por artistas, arquitectos, o escritores, sino como la inquietud y la incertidumbre de la mente humana ante los caminos desconocidos del conocimiento, la razón, la vida.  

Una espectacular construcción vertical de cubos flanqueados por espejos, trasporta al espectador por un viaje espacial, y es al final de este recorrido donde muy a menudo el hombre se encuentra así mismo. Donde el conocimiento ulterior es el de uno mismo, la comprensión del propio yo, reflejado en el propio conocimiento, como señala Paolo Santarcangeli autor de “El libro de los laberintos”: Allí reside la razón profunda de que en el fondo del laberinto figure muchas veces un espejo, para que el hombre, al llegar por fin a la meta de su peregrinación, descubra que el último misterio de la búsqueda es el mismo.

Alegorías que encontramos a lo largo de la Historia del arte, y la literatura en esas construcciones asfixiantes sin salida, sin fin. Como describieron, por ejemplo, los grabados de Piranesi y que también narra muy sabiamente en el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, el escritor Jorge Luis Borges, acercándonos a este  misterio de la propia vida, y a la infinitud del espacio-tiempo. Cuenta la historia que el rey de Babilonia mandó construir un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Una obra escandalosa, porque la confusión y la maravilla eran operaciones propias de Dios y no de los hombres. Un laberinto que sucumbió finalmente ante la infinitud del laberinto de un rey árabe, donde no había escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que vedasen el paso. Metáfora del desierto, donde murió de hambre y de sed el mordaz rey de Babilonia.

Encontraríamos que en este caso, el laberinto simbolizaría el proceso transformador de la experiencia artística donde el hombre constantemente se enfrenta al vacío, pero también a la creación. Concepciones de universos infinitos en la levedad interior de los cubos, que el escultor extiende a través de la simplicidad formal en el horizonte. Un mismo símbolo que puede servir para evocar las realidades invisibles: el destino humano o como en el cuento, la voluntad inescrutable de Dios, el misterio de la obra de arte.

Rosa Ulpiano

 

Más madera!

Álvaro Tamarit. La vida de un árbol
SET Espai d’Art
Pl. Miracle del Mocadoret (junto Pl. de la Reina)
Valencia
Inauguración: 30 de mayo, 20h.
Hasta el 29 de junio de 2013

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Banco con sillas. Imagen cortesía SET Espai d’Art

Carl Honoré[i] es tajante cuando expresa que ha llegado el momento de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido. Ciertamente correr no es siempre la mejor manera de actuar. La evolución opera sobre el principio de la supervivencia de los más aptos, no de los más rápidos. No olvidemos quién ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura. Es evidente que la velocidad ha ayudado a rehacer el mundo de manera extraordinaria y en algunos casos liberadora, pero el problema es que nuestro amor por la velocidad, el deseo de hacer más y más cada vez en menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, en una idolatría. La argumentación de Honoré contra la velocidad empieza por la economía. El capitalismo moderno genera una riqueza extraordinaria, pero al coste de devorar recursos naturales con más rapidez que aquella con la que la madre naturaleza es capaz de reemplazarlos. El coste humano del “turbocapitalismo” hace que nuestra existencia se ponga al servicio de la economía, cuando debería ser a la inversa. Centenares de miles de kilómetros de selva tropical húmeda amazónica desaparecen todos los años. Joaquín Araujo[ii], desde una perspectiva ecológica, adelantó en España todo un exhaustivo estudio del estado de la cuestión, poniendo de manifiesto datos incómodos para los gobernantes de cualquier signo. Porque si algo acompaña de un modo indisoluble a la vida veloz es la generación de ficción, y nada gusta más en la política que la reelaboración de la realidad, su adaptación narrativa para construir el discurso más conveniente. También el arte es una herramienta de interpretación, un motor de producción de imágenes a través del cual trasladar a la sociedad interrogantes.

Tengamos en cuenta que en una sociedad de compradores y una vida de compras, somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices[iii]; estamos asegurados contra la infelicidad siempre que podamos mantener esta esperanza. En una sociedad de consumidores, todos los lazos y ataduras deben ajustarse al patrón de la relación existente entre los compradores y los artículos adquiridos: los artículos no están pensados para durar más de lo previsto y deben abandonar el escenario de la vida tan pronto como empiezan a ser un obstáculo más que un adorno, mientras no se espera que los compradores deseen jurar fidelidad eterna a las compras que se llevan a casa ni les garanticen un derecho permanente de residencia. Una reflexión que podríamos extrapolar con semejanza a las fluctuantes relaciones personales.

En este contexto de pensamiento se desarrolla el trabajo de Álvaro Tamarit (Xàbia, 1976), con La vida de un árbol pone en escena todo un desarrollo de piezas que manifiestan la idoneidad de reutilizar, las posibilidades estéticas del ejercicio de recuperación de materiales –especialmente maderas de múltiples procedencias- , convertidos en restos de la civilización que son elevados a la categoría de arte. La idea del consumo incesante extendida mundialmente en las últimas décadas, legitimando el exceso como modo de vida, ha dado lugar a una directriz fundacional de corrientes de actuación pública que han sabido fomentar el dispendio y trasladar al futuro la deuda, pero que deben ahora inevitablemente afrontar una nueva realidad.

Tamarit practica un modo de beneficioso “egoísmo” al entender que puede suministrarse de materia prima, para producir su obra, mediante la recuperación que antes mencionábamos, sin coste económico y concediéndole a los materiales una segunda vida que los aparta del fulminante concepto de desecho. El artista aborda la misión ingente de reciclar su mundo, de contribuir a transformar en útil lo que el sistema ya había dado por perdido o había convertido en un stock sin salida comercial, apostando por la sostenibilidad como un equilibrio entre la ecología y la economía.

La semilla de todos los cambios que el mundo necesita está ya depositada en el interior de cada uno de nosotros, se inicia ahora un pulso individual en el que debiéramos ser capaces de apostar por el sentido común, capaces de hacer prevalecer los valores frente a los espejismos. Álvaro Tamarit, a su manera, ha encontrado a través de su trabajo la vía para descorrer la cortina de humo con la que lo cotidiano nubla nuestra mirada, y desde ahí nos invita –también a usted- a mirar primero hacia dentro para ver con claridad lo que nos rodea.

José Luis Pérez Pont


[i] Honoré, Carl. Elogio de la lentitud. Un movimiento de alcance mundial cuestiona el culto a la velocidad. RBA, Barcelona, 2008.

[ii] Araujo, Joaquín. La muerte silenciosa. España hacia el desastre ecológico. Temas de hoy, Madrid, 1990.

[iii] Bauman, Zigmunt. El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Paidós, Barcelona, 2009.

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d'Art

Álvaro Tamarit. Alfombra arbórea. Imagen cortesía de SET Espai d’Art

Sergio Barrera «Camaleón velado»

Sergio Barrera. “Camaleón velado”

SET ESPAI D´ART

Pl. Miracle del Mocadoret, 4 (junto Pl. de la Reina). Valencia

Hasta el 6 de abril

 

Durante mucho tiempo, pensé en la fórmula secreta de Sergio Barrera, (Valencia 1967)   para realizar sus pinturas sutiles. Ya casi se me había pasado la curiosidad hasta que llegó cierto día de tormenta fugaz. Después de calurosos y secos días las altas temperaturas debieron haber secado la goma del limpiaparabrisas de mi coche. Horas antes, había estado aparcado bajo un andamio sobre el que pintaban la fachada. Debieron caer unas gotas de pintura sobre el parabrisas. Arranqué y a los pocos minutos empezó a llover, puse los limpias en marcha y la mezcla de agua con las gotas de pintura hizo el resto. Solo fue un instante, la providencia  puso un Sergio Barrera en mi parabrisas, pero en el siguiente zigzag de las escobillas se lo llevó, todo desapareció en un abrir y cerrar los ojos.

Afortunadamente, Barrera controla el deslizamiento de su pulso a la perfección y lo fija. Sus acabados pictóricos solo pueden ser realizados con movimientos armónicos. Cada obra parece fruto de un gran ejercicio de dosificación, como si  su carga creativa se quedara ahí, atrapada en cada partícula de lienzo por el que se desliza. Como el camaleón cuando cambia de color. Quieto y camuflado. Con el poder que le confiere el dominio de un sentido especial, del cual, solo unos pocos seres de la naturaleza están dotados.