¿Las apariencias engañan?

I Am a Cliché, de Natacha Lesueur
Espai Tactel
C / Denia, 25. Valencia
Hasta el 5 de agosto de 2016

“Dentro de la ornamentación encuentro una violencia que me interesa”, dice Natacha Lesueur, Premio Ricard en 2000 y cuya obra figura en las colecciones públicas y privadas más prestigiosas de Europa. En su primera exposición en nuestro país, la artista nacida en Cannes muestra en Espai Tactel esa violencia revelada por medio de la ornamentación. Lo hace a través de una serie de rostros y figuras femeninas reveladores de lo que anuncia el título de la exposición: I Am a Cliché. “Cliché en el doble sentido fotográfico y de estereotipo”, aclara Lesueur.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Fotografías y estereotipos en torno a la mujer, unas veces retratada con pelucas de época o impresiones sobre la piel a modo de tatuajes modernos, y en otras evocando iconos de la cultura como Carmen Miranda. “Es representativa de muchas cuestiones ligadas al problema de la identidad”. Y Lesueur señala la condición de portuguesa que se fue a Brasil para después triunfar en Hollywood, donde se explotó su folclorismo (famosos fueron sus peinados rebosantes de frutas): “Pasó de la fantasía a la tragedia”, subraya la artista.

Esa conjunción de imágenes aparentemente seductoras, en las que aparecen huellas de cierta degradación o violencia, constituye el sello del trabajo que presenta en Espai Tactel. “Me interesa la ornamentación como huella, ya sea a través del pelo, las joyas o la ropa, en tanto marcas identitarias impuestas a la mujer”. Ahí estaríamos hablando de cierta imposición externa, a la que se superpone otra que bien pudiera ser interna, como en esas pelucas quemadas de dos mujeres gemelas. “Agresión interior o exterior”, cuestiona la propia artista, para aceptar que pueda ser “de los dos”.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

De hecho, las pelucas, que remiten al barroco y a los tiempos de María Antonieta, fueron moda francesa impulsada por la propia reina de la corte gala. De manera que la ornamentación tiene una doble cara que Lesueur indaga en su trabajo. “Voy de la superficie a la profundidad y a esa lesión corporal focalizada en la peluca”. Y en la superficie de su obra se pueden contemplar rostros, nucas y figuras que atraen a primera vista, al tiempo que afloran señales inquietantes quebrando la imagen. “Es una crítica a la mujer como objeto de consumo”.

De ahí la importancia de Carmen Miranda: “Quedó encasillada y perdió su esencia real, acabando mal”. Lesueur rescata su imagen a través de una modelo que viene a revelar su carácter manipulable por los mass media. “Se ha utilizado su imagen como modelo de la carta del pantone, porque refleja su piel y los diversos colores de la fruta en sus peinados”. La artista toma esa referencia y le da una vuelta de tuerca: “Una mujer reinterpretando a otra mujer”. El caso de Carmen Miranda sería el de “la imagen superando al personaje”.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

I Am a Cliché reúne una decena de fotografías, dos intervenciones en la propia sala y dos videos en torno a esa mujer estereotipada que, de tanto repetirse, termina por ofrecer una imagen degradada de sí misma. Degradación que Natacha Lesueur inscribe en su obra mediante ornamentos igualmente ambiguos, tan pronto impuestos, denotando la agresividad que ello supone, como asumidos para mostrar cierta diferencia. “Ambigüedad acerca de lo que quieres y lo que no”.

El rostro de una mujer cuya cabellera cumple la función del velo ofrece de nuevo la idea de “lo que aparece y desaparece”. También hay un paisaje hecho con una cámara especial de infrarrojos, sobre el cual destaca un rostro ambiguo sobre una peana. La figura y el fondo revelando una vez más esa doblez tan del gusto de la artista francesa, que en los videos explora las posibilidades de la imagen estática y en movimiento, del rostro con unos ojos saltones de Barbie. Lesueur acoge en la superficie de su obra ese gusto por lo femenino, repleto de huellas que orientan la mirada hacia capas más profundas. Capas, en todo caso, a flor de piel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Salva Torres

Patricia Iranzo: “Me fascina el rostro humano”

Manhattan Portraits, de Patricia Iranzo
Local Project de Manhattan

Pintora de rostros. Fotógrafa de cuerpos desnudos sumergidos en el agua. Por dos diferentes caminos Patricia Iranzo llega al mismo punto. Un lugar donde se revelan los misterios de la mente más allá de la consciencia, una encrucijada en el que realidad y ficción se encuentran, y las imágenes sugieren lo que el ojo no ve. Sobre la base de sus conocimientos en psicoanálisis, sus retratos intentan captar a las personas en su estado más puro, obligándoles en cierta manera a remontarse a su infancia.

Dentro de un par de meses la artista valenciana abandonará su estudio de la calle Cordellers e iniciará un viaje en el tiempo y espacio que no está muy segura dónde la conducirá, ni cuánto durará. Su destino es Manhattan y su objetivo localizar a los últimos descendientes de los indios lenape, aborígenes que poblaban esos parajes antes de la llegada del hombre blanco.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Manhattan Portraits es el nombre de este proyecto singular que desarrollará con el apoyo de la Local Project, una galería de Long Island sobre diversos soportes audiovisuales: pinturas, fotografías, vídeos a partir de sus entrevistas y contactos con 20 nativos. Un estudio antropológico a través del arte.

Cómo surgió el interés de Iranzo por una etnia tan lejana e ignota podría ser materia de un relato o de un sueño. Todo empezó en 2003, en Nueva York, donde, gracias a unos amigos que le cedieron un loft pasó una temporada pintando rostros, una serie que llamó Portraits of nobody (Retratos de nadie). “Eran rostros  inventados a los que ponía alma y resultaban muy creíbles”, cuenta. “Con ellos pretendía hace una reflexión sobre la realidad y la construcción de la realidad”.

Tres años después tuvo ocasión de exponer estas obras en Payne Gallery, una sala de arte de la Universidad de Pennsylvania y, ante su sorpresa, muchos visitantes identificaron los retratos como de los indios de Manhattan. “A partir de ahí se despertó mi curiosidad hacia ellos y pensé que sería interesante investigar su pasado y raíces a través de los que todavía viven. Ya he conectado con dos y espero que sobre el terreno pueda localizar a más que estén dispuestos a colaborar. Mi idea es intentar elaborar un árbol genealógico que permita atisbar un mundo desaparecido hace siglos”.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Cara a cara con los últimos indios lenape, a Iranzo le espera una singular aventura para la que no tiene fecha de caducidad. “Las cosas auténticas y realmente importantes no tienen esa urgencia a la que estamos habituados”, sentencia.

Iranzo usa el gran formato, dos por dos metros, para plasmar rostros gigantes que cuentan una historia sin palabras y que tienen una vida detrás que el espectador imagina. “Utilizo técnicas mixtas y para mí la prioridad es el color”, comenta. Esa obsesión por las facciones humanas es su marchamo, su marca de fábrica. “Me fascinan las caras porque no hay dos iguales, por la cantidad de información que encierran, sobre todo a través de la mirada. Me inspiran una curiosidad insaciable. A veces paro a alguien por la calle y le pregunto si se dejaría retratar. Es Nueva York todos accedían, pero aquí la gente es más recelosa”.

Fotografía de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Fotografía de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Bajo el agua

El agua. O mejor el cuerpo humano sumergido en ella. Desnudo y prístino. Resistente y vulnerable. Es otro de los temas sobre los que pivota su trabajo, Underwater Series. “Cuando te metes en el agua ves cosas que no ves fuera”, dice. “Adoptas una perspectiva que lo cambia todo y en el medio líquido tienes la posibilidad de rodear al modelo, incluso de hacer fotos boca abajo”.

Iranzo inició su serie Retratos bajo el agua, en 2011, y cada año la amplia y renueva. “Utilizo cajas de luz, un formato más íntimo y también más cómodo sin las exigencias físicas de las grandes piezas difíciles de manipular. Con este trabajo observo que las mujeres son mucho más desenvueltas que los hombres en el medio acuático. Ellos están más rígidos”.

Fotografía de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Fotografía de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Trayectoria

Licenciada en Periodismo y estudiante de Bellas Artes, Iranzo profundiza en la psicología mediante sus conocimientos en psicoanálisis y psicología gestalt. A caballo de Valencia y Nueva York, su trayectoria es bastante inusual. Durante un tiempo trabajó en diversos oficios, incluso fue detective privado unos pocos días, aunque siempre dejaba cinco horas para poder dedicarme a lo que me gusta. Gracias al boca oreja sus obras se han vendido en Nueva York, Alemania y un importante coleccionista norteamericano compra muchos de sus cuadros.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Obra de Patricia Iranzo. Cortesía de la artista.

Bel Carrasco

Hunter, a la caza de otras miradas

La otra mirada, de Hunter (Félix Gordero)
Club Náutico de Villajoyosa. Alicante
Hasta el 20 de septiembre de 2015

El trabajo del artista Hunter se caracteriza por el uso del street art como forma de expresión. Conocido como arte urbano o callejero, haciendo referencia a todo el arte en la calle, normalmente considerado ilegal. El arte urbano engloba formas de expresión artística callejera. Desde mediados de los años 90 el concepto evoluciona para definir el trabajo de un conjunto heterogéneo de artistas que han desarrollado un modo de expresión artística en las calles mediante el uso de diversas técnicas (plantillas, murales, posters….), alejándose del famoso graffiti. El arte callejero busca sorprender al espectador utilizando lugares públicos bastante transitados.

Por regla general contiene mensajes “revolucionarios” criticando la sociedad e invitando al levantamiento y a la lucha social, la crítica política o, simplemente, a la reflexión. Todo ello ha llevado a someter a una dura crítica a los artistas que actualmente intervienen el espacio público, entendiendo como regla general que dañan el espacio tanto público como privado. Debate abierto y aún no superado, no diferenciando los conceptos de graffiti o street art con vandalismo callejero.

Hunter, a pesar de inspirarse en los conceptos tradicionales del street art, posee una mirada más global sin necesidad de acotar sus trabajos a las formas de expresión callejera. De la misma manera que el artista Banksy abandona de forma puntual las calles para trasladar su arte urbano a museos y centros de arte de todo el mundo, sin perder sus raíces artísticas; Hunter ha combinado a lo largo de su formación creativa proyectos artísticos realizados ad hoc, que le permiten conservar un lenguaje muy personal, desarrollando múltiples facetas artísticas sin perder su influencia con el street art, buscando una continua evolución y desarrollo como artista visual.

Detalle de la tarjeta de presentación de la exposición La otra mirada, de Hunter, en el Club Náutico de Villajoyosa.

Detalle de la tarjeta de presentación de la exposición La otra mirada, de Hunter, en el Club Náutico de Villajoyosa. Cortesía del autor.

De esta forma Hunter comienza su trabajo conceptual desde su ordenador creando bocetos de aquello o aquellas personas, con una mirada muy personal de la sociedad que le ha tocado vivir, también en común con la filosofía de los graffiteros que buscan diferenciarse dentro de la sociedad en la que viven. Pero no solo con una visión local, de su entorno más inmediato, sino también con un enfoque más global, utilizando internet para viajar a otras culturas y a otras sociedades.

El proyecto La otra mirada realizado expresamente para el Club Náutico de Villajoyosa no es más que esa mirada pero desde el mar, en dos direcciones, una más interna, buscando comparaciones del mundo marino con la sociedad en la que vivimos, y otra externa, tendiendo la mano a los profesionales que viven del mar.

Las personas de diferentes culturas urbanas cambian y se mutan en otra especie, esta vez recubierta de escamas y que gracias a sus branquias pueden respirar bajo las profundas aguas, agrupándose en bancos de peces que comunicados entre sí deambulan con exquisita coordinación formando figuras geométricas entre las miles de tonalidades del color azul del Mar Mediterráneo. Con grandes similitudes con la sociedad contemporánea, donde nos encontramos “en red” comunicados entre sí a través de las redes sociales.

Hunter consigue plasmar el mundo marino en sus lienzos utilizando imágenes captadas en internet, aludiendo al concepto del “apropiacionismo”, movimiento artístico que sigue el procedimiento de la apropiación de imágenes con el objetivo de articular un discurso nuevo. Tal como establece Dolores Furió Vita en su artículo “Apropiacionismo de imágenes”, Departamento de Escultura, Universidad Politécnica de Valencia, “podemos afirmar que las prácticas artísticas contemporáneas han dejado de ser algo cerrado, finalizado, convirtiéndose en una cadena infinita de producción creativa, basada en la apropiación, la intertextualidad y la relectura. Como comenta Alicia Serrano (1), el hecho de que el autor haya utilizado la apropiación como método creativo no debe llevarnos a pensar que sus obras carecen de personalidad o de calidad estética. Muy al contrario, ya sólo el proceso de selección de imágenes preexistentes denota la personalidad y las preferencias del artista”.

En esa misma línea, continuando una serie de obras que ya viene desarrollando con un lenguaje propio y muy característico, Hunter presenta en esta exposición retratos de marineros. Personajes en blanco y negro de miradas penetrantes de gran realismo, transmitiendo un dramatismo enfatizado por la utilización del carbón.

Rostros rayados con aerosoles o sprays creando líneas transversales sobre el lienzo, formando una inquietante descontextualización de la imagen, con el único fin de sorprender al espectador aludiendo a sus influencias del arte urbano.

1 SERRANO VIDAL, Alicia, Apropiacionismo, remezcla y postproducción: el Found Footage en el siglo XXI” en Estéticas del Media Art, José L. Crespo Fajardo (Coord.), Grupo de investigación Eumed.net (SEJ 309), Universidad de Málaga (España), 2013. p.16.

El viejo, de Hunter, en la exposición La otra mirada del Club Náutico de Villajoyosa. Cortesía del autor.

El viejo, de Hunter, en la exposición La otra mirada del Club Náutico de Villajoyosa. Cortesía del autor.

Antonio Cervera

Los plegamientos barrocos de Javier Palacios

Shit Behind Beauty, de Javier Palacios
Galería Espai Tactel
C / Dénia, 25 B. Valencia
Inauguración: viernes 8 de mayo, a las 20.00h
Hasta el 19 de junio

En las pinturas recientes de Javier Palacios (Jerez de la Frontera, 1985), el protagonista principal es una suerte de minucioso e infinito plegamiento de las superficies, el cual termina por apoderarse por completo de la escena, indistintamente de que ésta consista en el primer plano de una cara -anónima o conocida-, o, ya de manera autónoma, distintos materiales cuya naturaleza y origen deviene secundario en aras de resaltar, precisamente, su completo arrugado, abullonado, arrebujado, plisado…

Plásticos y envases, bolsas y blister, papeles metálicos, de aluminio, etcétera, son el repertorio iconográfico cuya notable técnica los aborda desde primeros planos que vuelven prácticamente irreconocible el motivo.

Beuys, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Beuys, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

La pintura, cuya inercia material (se arruga o se craquela) coincide aquí con los objetos representados, parece instalarse en un movimiento autorreflexivo muy de nuestros días. Pintura sobre las cualidades y los límites de la propia pintura, que indaga un doble límite frente a la abstracción: no sólo las “figuras” representadas tienden aquí, en las imágenes de Palacios, a rozar la frontera de lo irreconocible ahondando en el detalle de la reproducción, en la retórica de la mímesis (en algunos momentos hasta el borde del hiperrealismo), sino que a cada paso parece que lo que anima al pintor es cierta voluntad tautológica en torno a la capacidad de la disciplina de representarse a sí misma a partir de concentrar su figuración sobre los propios medios: el color, la materia, la unción, la capa, la adherencia…

Groov, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel

Groov, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El Barroco es el arte de lo informe por excelencia, y en esta línea, sólo que hoy ya con la ironía fría del distanciamiento, también podemos incluir a nuestro protagonista, quien por su parte ahonda en esa escuela de los pliegues de la materia ya sólo como paráfrasis e imagen-superficie.

Estas pinturas “impecables” de Palacios, que entre la abstracción y la figuración, pues, pero también entre la ventana y el espejo que ofrece tradicionalmente la vieja disciplina, nos dejan con la duda de si hablan del propio medio o se lanzan más allá.

Shroud, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Shroud, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El origen de este arrugamiento proliferante es múltiple: un síntoma de la senectud de la gran disciplina pictórica, cuya larga historia y experiencia, resabios y cuestionamiento, simulaciones y disimulos la han llevado al borde de la extenuación. Su cuerpo viejo es un campo estriado y profundo, de una densidad ya ilegible en su totalidad. Los rostros que presenta (y que la representan), ya no pueden aspirar a la inocencia, a decir las cosas por vez primera y con voz ingenua. Pero es también consecuencia de un movimiento de repliegue, que hace oscilar lo exterior frente a lo interior continuamente: la manifestación sucinta de que, casi como estroboscópicamente, lo profundo es la piel y viceversa. Lo más banal, los despojos, adquieren la forma suntuosa del drapeado, del envoltorio del cuerpo y, metafóricamente, incluso del alma; y así, los plásticos y celofanes de deshecho brillan con el tornasolado de los más suntuosos ropajes y telones, de telas damasquinadas, de la alta costura que sólo cubre un cuerpo ideal…

Lujo y luto, pues, como expresión última de cierto impulso barroco que Javier Palacios ha sacado al escenario desde el callejón trasero, donde se acumulan los desperdicios, y que haría las delicias de una sensibilidad como la de Caravaggio, tan atento a las texturas y los pliegues del mundo, de todos los rincones del mundo.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Óscar Alonso Molina

Los rostros de Carlos Sebastiá en el OCCC

Rostros, de Carlos Sebastiá
Octubre Centre de Cultura Contemporània
C / San Fernando, 2. Valencia
Inauguración: miércoles 4 de febrero, a las 19.30h
Hasta el 28 de febrero, 2015

El Instituto Confucio de la Universitat de València inaugura este miércoles día 4 de febrero la exposición ‘Rostros’ de Carlos Sebastiá en el Octubre Centro de Cultura Contemporània de Valencia. La muestra de dibujos, que podrá visitarse hasta el próximo 28 de febrero, está  inscrita dentro de la serie de actividades que tiene programada el Instituto Confucio durante la semana del 16 al 21 de febrero, con motivo del ‘Año Nuevo Chino’ también conocido como Festival de Primavera, la celebración más importante de las fiestas tradicionales chinas. El 19 de Febrero de 2015 comenzará el año 4173 según el calendario chino, y corresponde con el año de la cabra de madera.

Uno de los rostros de Carlos Sebastiá en el OCCC. Cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

Uno de los rostros de Carlos Sebastiá en el OCCC. Cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

Carlos Sebastiá Ortega (Castellón, 1975) actualmente vive y trabaja en Pekín. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, finalizó sus estudios en la Universidad de CAFA (Central Academy of Fine Arts, Beijing). Artista multidisciplinar, utiliza en sus creaciones la fotografía, el dibujo, la pintura o la instalación.

Su trabajo ha sido expuesto en España, Francia, Portugal, Estados Unidos y China. Algunas de sus obras están en la Colección DKV, considerada como una de las mejores colecciones de jóvenes artistas españoles. Sebastiá fue finalista en el Festival Internacional Incubarte y galardonado con el Premio Espacial del Club Diario Levante.

Dibujo de Carlos Sebastiá en la exposición 'Rostros' del OCCC. Cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

Dibujo de Carlos Sebastiá en la exposición ‘Rostros’ del OCCC. Cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

En el inicio de su aventura en China, Carlos Sebastiá dedicó su atención a observar la cotidianidad de una sociedad en la que la tradición se mezcla con lo moderno. Maravillado por la expresión de las emociones en su nuevo entorno, intenta capturar en sus bocetos de ‘Rostros’ el lenguaje de los gestos, la mezcla de personalidades y la diversidad de estilos.

La exposición ubicada en el Hall del Octubre, muestra una instalación en la que a través de una serie de dibujos podemos leer entre sus trazos el vertiginoso cambio social de este inmenso y complejo país.

Uno de los rostros de Carlos Sebastiá en el OCCC. Imagen cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

Uno de los rostros de Carlos Sebastiá en el OCCC. Imagen cortesía de Instituto Confucio de la Universitat de València.

Pintar el mundo mientras se hunde

Como parte del programa “Encuentros de Arte Contemporáneo”, que cada año organiza el Departamento de Arte del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, recientemente mantuve en la Casa Bardín de Alicante una conversación/entrevista en público con el artista Javier Palacios. Una de sus obras fue, en la presente edición, adquirida para la colección de la institución.

Javier Palacios y José Luis Pérez Pont en un momento de la entrevista, en el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert.

Javier Palacios y José Luis Pérez Pont en un momento de la entrevista, en el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, el 28 de octubre de 2014.

Javier Palacios (Jerez de la Frontera, 1985) es un pintor que tiene una línea de trabajo muy personal, capaz de romper con el ejercicio más intimista y abordar otro tipo de aspectos y temas. Su obra, más atenta a los modos que a las modas, está recibiendo reconocimientos y puestas en valor.

Javier Palacios. Process absence (Zeitgeist), 2012. Acrylic and oil on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Process absence (Zeitgeist), 2012. Acrylic and oil on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Javier, en tu serie de “Rostros” consigues narrar la soledad del individuo y capturar los gestos de respiración. En tu pintura existe una dialéctica que supera los límites del “yo”, una obra en la que el concepto de colectividad se condensa, pues no se trata de retratos sino de imágenes que representan a muchas personas. Háblanos del planteamiento de colectividad de tu trabajo y en qué posición personal los llevas a cabo.

Una de las principales cuestiones que el espectador se encuentra al ver esta obra es que le da el carácter de retrato, es algo que realmente me incomoda. Desde que comencé esta serie, que después de mi periodo de formación es lo primero que considero como obra personal, había un interés muy claro en conectar con el espectador. Más que hablar sobre la persona que estaba representada, se buscaba un intento de crear empatía con la persona que lo estaba viendo. De esta forma, pese que al principio algunos de los cuadros están con los ojos cerrados, poco a poco la mirada empieza a adquirir protagonismo y una necesidad de conectar con la persona que está mirando la obra.

Quizás también la necesidad de crear un formato grande, que aunque algunas veces he intentado pintar en formato pequeño, me he dado cuenta que el camino era producir algo grande a lo que el espectador tuviese la necesidad de acercarse y así crear ese contacto con la persona representada.

Es curioso que desde que nacemos hasta que nos morimos, estamos viendo rostros y siempre existe esa sensación fuerte con la persona que tenemos en frente. Quizás utilizo esa fuerza a la hora de representar esos rostros en mi obra.

Javier Palacios. Process absence, 2012. Acrylic and oil on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Process absence, 2012. Acrylic and oil on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Es interesante la reflexión que realizas sobre la respiración. Un gesto insignificante. Me gustaría que lo introdujeras.

Para mí, esa forma de representar la respiración surge en un momento en el que estoy realizando un proyecto para el Máster de Producción Artística, donde se exige que busquemos algo que decir. En ese momento me doy cuenta de que quiero hablar de lo mínimo posible y a eso mínimo, darle la mayor trascendencia. De ahí surge ese camino de trabajo de representación de la respiración como algo esencial y de lo que la mayoría de las veces no nos damos cuenta. Esa respiración repetida es la que nos recuerda que algo es real, una repetición que también se verá a lo largo de la obra sobre todo con el juego minimalista en la repetición del formato que, sin embargo la imagen no pierde la fuerza.

Esa respiración que posteriormente me va llevando a otra reflexión,  fue muy importante al principio por esa necesidad que yo tenía de transmitir más allá del concepto que había detrás de la imagen.

Javier Palacios. Myth (Daniel), 2013. Oil and acrylic on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista.

Javier Palacios. Myth (Daniel), 2013. Oil and acrylic on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista.

Representas rostros que prácticamente ocupan toda la superficie del lienzo, con el fin de establecer un juego de comunicación y cercanía con el espectador. ¿Qué tal crees que nos comunicamos los unos con los otros?

Es una pregunta interesante porque yo pienso que la relación de los unos con los otros es algo que hoy en día es una problemática de la sociedad, y al mismo tiempo algo que está evolucionando de una manera constante. Una evolución marcada por las nuevas tecnologías, que hacen que en el “tú a tú” cada vez tengamos menos estrategias de saber enfrentarnos a la persona que tenemos delante. Quizás eso es algo que también se puede llegar a reflejar en estos rostros, la necesidad personal de querer comunicarnos con el mayor número de personas posibles. Sí que pienso que es un problema, pero al mismo tiempo es algo muy especial en el ser humano, el querer comunicarse.

Javier Palacios. Myth (Luciana), 2013. Oil and acrylic on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Myth (Luciana), 2013. Oil and acrylic on board. 198 x 198 cm. Cortesía del artista

Te encuentras en proceso de investigación para tu tesis, acerca de las utilidades que se le ha dado al rostro que escapan a la definición de retrato. ¿Nos puedes dar algunas claves?

La tesis se llama ‘Utilización del rostro en la pintura valenciana de principio del siglo XXI’, lo del siglo XXI es una especie de juego para poder acotar. En esa tesis quizás también por una necesidad personal, me doy cuenta de que el rostro se estaba escapando de lo que había sido hasta ahora, la herramienta del género del retrato. En se momento empiezo a indagar, centrándome en la ciudad de Valencia y me doy cuenta de que cada artista hace una propuesta donde la herramienta del rostro la aborda de un modo diferente. Por ejemplo Chema López tiene una utilización muy documental que luego emplea para un discurso personal donde a cada imagen, cogida de diferentes medios, consigue darle una coherencia; o Carmen Calvo en su obra tapa los rostros, hablando de lo íntimo y de la imposibilidad de la memoria; también Sergio Luna, Tania Blanco… cada uno tiene su propuesta. En mi tesis doctoral doy valor a la utilización del rostro y a la importancia de que muchas veces, se relaciona con el género del retrato dándole una antigüedad que, a mi parecer no lo tiene.

Javier Palacios. Last ecstasy, 2012. Acrylic and oil on board. 195 x 146 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Last ecstasy, 2012. Acrylic and oil on board. 195 x 146 cm. Cortesía del artista

Creo que el momento que estamos viviendo es apasionante, pues existe la posibilidad –tras varias décadas- de poder introducir nuevas normas del juego, con las que regenerar una sociedad que ha caído en vicios y fraudes que urge atajar. Cada día emerge un nuevo pozo sin fondo de corrupción, al que han ido a parar los recursos públicos que habrían de garantizar el bienestar de la ciudadanía. En una conversación previa me manifestabas que tus “cabezas perplejas” condensan el estado de perplejidad en el que se encuentra tu generación, que no sabe cómo reaccionar ante un nuevo escenario en transformación. Las pautas transmitidas y aprendidas no son útiles para dar soluciones a las situaciones que nos enfrenta el día a día.

Es curioso que muchos de estos rostros, sean  personas cercanas a mí, de mi generación. Cuando me fijo en mí alrededor, voy viendo que no estamos en una buena situación, que hay lucha pero nos encontramos con una especie de muro que genera una ansiedad que es la que yo también he intentado representar por medio de esa profundización de la respiración en “Rostros”.

Mi generación es una generación bisagra, que hemos vivido los buenos tiempos y ahora nos estamos adaptando a nuevos modelos que no sabemos por donde nos van a llevar. Se le puede ver el lado positivo siempre, nosotros vamos a dar con las soluciones para intentar que esto mejore.

La realidad cambia a partir de pequeños gestos, de pequeñas acciones, que llevamos a cabo en nuestro entorno cotidiano. Nuestra sociedad durante mucho tiempo se ha dejado hacer. Ha delegado su responsabilidad en otros y ha confiado en que alguien venga a solucionar los problemas y, de alguna forma, esa renuncia nos ha llevado a una situación complicada.

Me alegra que mi trabajo pueda dar pie a ese tipo de reflexiones. Yo tengo la creencia de que mi lucha es una lucha personal que pienso que puede trascender de muchas maneras. Quiero que sea una forma de ejemplo en un contexto adverso, intentar producir un trabajo que muchas personas ya darían por supuesto que es imposible de llevar a cabo. El hecho de ir todos los días a un estudio a producir un trabajo personal y tener la creencia de que eso puede seguir repercutiendo para mejor a mi alrededor o, con las nuevas tecnologías, para quienes no están tan cerca, para mí eso es algo que me hace querer seguir trabajando. De esa forma la lucha la interpreto como algo mas intimo, creyendo que estoy contribuyendo de una forma positiva. Aunque cualquier tipo de lucha que sirva para mejor, es de valorar.

Javier Palacios. Container souls, 2012. Oil on board. 92 x 120 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Container souls, 2012. Oil on board. 92 x 120 cm. Cortesía del artista

Me gustó una frase tuya, en la que decías algo así como que los seres humanos nacemos como papeles extendidos y que la vida nos va marcando pliegues y formas que nos van definiendo. De esa idea procede tu serie de bolsas, “Almas”. Háblanos de esos trabajos.

Un dibujo de grafito fue el origen de esa reflexión. Más que hablar de conceptos, es algo poético. Mientras lo realizaba, me imaginaba que eso podía ser el alma de una persona desde un punto de vista muy general. El alma ha sido tratada desde diferentes puntos de vista a lo largo de la historia.

Si hay algo bueno ahí del momento en el que nos encontramos es que nada esta acotado y que al final, las propuestas personales surgen de la intuición y de la forma en que recuperemos el conocimiento que vamos teniendo. Esa idea de que la personas tenemos nuestras luces y sombras, y que la vida nos va creando y esculpiendo arrugas, que al mismo tiempo que nos dan brillo, nos dan oscuridad. Se trata de una estética algo barroca, que al mismo tiempo se limpia con ese espacio alrededor.

Las bolsas las empiezo a trabajar poco a poco, dándoles matices positivos mediante colores. Esculpo la bolsa, saco fotografía, con el ordenador trato el color y posteriormente la traslado a obra pictórica, sirviéndome la foto como referencia.

Para mí esta serie tiene algo de gramático, que recuerdan a las esculturas espirituales del barroco. Hay un juego formal muy evidente, sobre todo por la presencia de unos matices directos y simples junto con otros que son difíciles de explicar.

Javier Palacios. Soul, 2012. Oil on board. 70 x 70 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Soul, 2012. Oil on board. 70 x 70 cm. Cortesía del artista

Es destacable la técnica tan depurada que tienes, hasta que no te acercas a la obra puede parecer que se trata de una fotografía, pero en la proximidad nos esperan los trazos de la pintura.

En este tipo de obras llegué a un punto de refinamiento y ahora quiero ver cómo juego con ella. A mí mismo me impactó y pensé que igual tenía que dar un par de pasos atrás y utilizar esa herramienta de otra manera. Evidentemente si hubiera hecho una foto no sería mejor ni peor, simplemente sería otra forma de trabajo. Sin embargo creo que hay cosas, bajo una sensibilidad, que se ven de forma diferente. El punto cercano con la imagen digital tratada con ordenador me parece un juego, que no se podría haber dado en otras épocas de la pintura, y por eso me parece interesante jugar con ella y ver qué puede pasar.

Javier Palacios. Soul, 2013. Oil on board. 147,5 x 198 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Soul, 2013. Oil on board. 147,5 x 198 cm. Cortesía del artista

Hay una cita de Houellebecq que relaciona el arte contemporáneo con los restos de la sociedad actual, interpretando el arte como mondadura. ¿Qué aplicación tiene eso en tu obra o en tu método de trabajo?

Su forma tan dura de ver la realidad me atrae y me impresiona. Es un escritor que, mientras estoy trabajando, me hace reflexionar. No son reflexiones cerradas con las que yo trabaje, pero están dentro de mi cabeza mientras yo realizo la obra. Esa cita me encantó, esa idea de que el arte contemporáneo es una especie de resto de la sociedad que pese a que no puede tener la belleza que tenían en otros períodos, sigue siendo muy útil para entender el tiempo en el que estamos y puede llegar a ser real. A mí personalmente me hace sentir que estoy vivo.

Javier Palacios. Ente I, 2013. Acrylic fluor and pencil on board. 146 x 146 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente I, 2013. Acrylic fluor and pencil on board. 146 x 146 cm. Cortesía del artista

En una evolución de esa línea de trabajo, abres para el espectador esas bolsas de basura y nos encontramos con “Entes”, unos desconcertantes conos de luz. Háblanos de la evolución de esos trabajos.

Como sucede con las Bolsas me doy cuenta de los restos industriales que vemos por la calle, unos restos que intento transformar en algo bello, si lo queremos llamar así. Estos entes surgen de esas bolsas de basura que están cerradas y me da la curiosidad de averiguar qué es lo que hay dentro de ellas. Un día dije “voy a abrirlas” y en lugar de encontrarme basura, me encontraba estas fuentes de luz que son formas abstractas que quiero que representen de la mejor forma posible un foco, una luz física y representada que al mismo tiempo está iluminando la bolsa de basura que anteriormente no tenia luz propia. A la vez se crea ese contraste entre una forma que no se sabe muy bien lo que es, que podría tener muchos significados y que no me interesa cerrar. Por eso mismo los llamo entes, ya que el significado de ente es aquello que tiene la capacidad de existir.

Aunque visto que no era basura, sí que tenían un punto positivo y pienso que la obra nos inquieta y creo que es lo que realmente le da la fuerza visual.

Javier Palacios. Ente III, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 38 x 50 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente III, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 38 x 50 cm. Cortesía del artista

En un tiempo en el que el sentido común parece haber perdido significado y las pautas de lo preconcebido se manifiestan incapaces para generar seguridades, ¿optas por trabajar a partir de planteamientos proyectuales o de desarrollos más intuitivos?

La intuición tiene mucho que ver en mi trabajo pese a que luego las obras puedan parecer muy frías, son imágenes contundentes y directas pero la forma en la que surgen es pura intuición. Esto puede sentar mal, porque la intuición no surge de la nada sino que necesita un poso y un conocimiento que es lo que te permite jugar con unas cuestiones que de otra manera no existirían. Pienso que esto se va a ir desarrollando, porque hace poco leí un artículo que hablaba de que, en el momento en el que estamos, la creencia en el conocimiento cerrado se estaba viniendo abajo porque era lo que, de alguna manera, nos había llevado a la situación en la que nos encontramos. Por tanto cada vez se le iba a ir dando más importancia al tema de la intuición y la emoción, abriéndonos nuevas formas de conocimiento.

Pues yo creo que estaba en ese punto en el que no me creía mucho todo aquello que me llegaba e intentaba tantear cosas que no sabía lo que eran. Por eso me cuesta tanto explicarlo.

Javier Palacios. Ente IV, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 198 x 146cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente IV, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 198 x 146cm. Cortesía del artista

A los artistas se les somete a la misma lógica fungible que opera sobre la moda y la música, se les exige una renovación constante al son del impacto mediático como fe verdadera ¿En qué medida la mirada externa condiciona tus ritmos creativos y de producción artística?

Para mí es importante que haya un espectador viendo la obra. Pese a que me cueste explicarlo, no es una obra intimista sino que es bastante abierta. Es una obra que juega con elementos que pueden atraer al espectador desde muchas visiones.

Siempre trabajo pensando que hay un público. Hay un intento de comunicación con el otro, esa ansiedad creo que también se repite en mi línea de trabajo. Esa luz no deja de ser un punto de exclamación para que el espectador se pare y que exista una conexión entre la obra y el público.

En cuanto a lo que comentas del sistema que tenemos, cuando veo a artistas que llevan toda la vida trabajando, realmente los admiro. El público hoy en día es bastante duro, si algo pierde interés, mira hacia otro lado. El artista al final o se mantiene o desaparece. Esa tensión es buena pero no deja de ser dura para el artista.

Javier Palacios. Ente VII, 2014. Acrylic fluor and oil on board. 195 x 146 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente VII, 2014. Acrylic fluor and oil on board. 195 x 146 cm. Cortesía del artista

Hace unos días, preparando esta conversación, me decías: “cuando estás en la facultad te crees que eres más importante que el mundo que te rodea”. Un tiempo después, ¿cuál es tu impresión acerca del periodo de formación? ¿Qué aprendiste en la Facultad de Bellas Artes de Valencia y que fue lo que no te enseñaron?

Yo siempre me he sentido afortunado de pasar por la Facultad de Bellas Artes de Valencia porque conocía antes la facultad de Sevilla. Yo nací en Jerez y allí la cultura artística, concretamente pictórica, no se da. Entonces cuando llegué aquí a Valencia fue un mundo nuevo, tanto por profesores como por los compañeros. Siento mucha gratitud por la facultad, además también me ha generado un contexto que me permite trabajar con la intuición.  Aprendí lo que significaba estar en la facultad, poder estar horas pintando y conocer gente que tenía los mismos intereses que tú, es una forma de vida. Una vez sales de la facultad y descubres lo duro que es todo, te das cuenta de que te dieron las herramientas para intentar luchar y ahora estamos en ese punto. Muchas cosas son como te decían, otras son diferentes… supongo que al final no dista de ser como cuando te formas en otras carreras, que el titulo es un punto y seguido para enfrentarte a otras cosas.

En mi familia siempre ha habido sensibilidad artística pero no hay que restar méritos, y en la Universidad he aprendido mucho de conceptos y técnicas. Aunque hay muchas cosas que se pueden mejorar o cambiar.

Javier Palacios. Ente II, 2014. Acrylic fluor, watercolor and pencil on board. 120 x 31 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente II, 2014. Acrylic fluor, watercolor and pencil on board. 120 x 31 cm. Cortesía del artista

Lo estético es insuficiente para justificar el hecho artístico, el arte es algo más. Tampoco el mercado es el fin último de la creación artística. En tu caso, ¿por qué te dedicas a esto?

Hay una anécdota de Kooning en la que le preguntaban qué sentido tenía seguir pintado, él contestaba que le gustaba esa forma de ser. A mí me gusta levantarme por la mañana, irme al estudio, aislarme… Creo que fue Barceló que dijo “pinto porque la vida es demasiado poco”. Pues yo pinto “porque la vida me parece demasiado” y necesito aislarme en el estudio, pese a que soy una persona que luego tiene contacto social, pero quizás por eso necesito ese lugar de aislamiento.

No sé, de momento estoy a gusto. No digo que en veinte años ya no sea pintor, porque el mundo de hoy es muy dinámico y no se puede pensar que las cosas no pueden cambiar, pero por ahora las cosas salen bien y el mercado, o como lo quieras llamar, me está aceptando y pienso que tengo mucha suerte. Veo a mi alrededor gente con muy buenos trabajos que no tiene tanta suerte. Eso aunque te ponga triste, también te da mucha energía porque pienso que te da una gran responsabilidad. Por eso continúo.

Cuando miras a tu alrededor, en el mundo del arte, ¿qué ves?

Pese que en el barrio de Ruzafa, en Valencia, vivimos en una pequeña burbuja, pensando que las cosas pueden funcionar, sí que es verdad que cuando miras a otros ámbitos te das cuenta. Las cosas siguen para adelante y no sé cómo, supongo que es por el valor humano de los individuos por sí solos.

Es curioso porque yo sigo pintando en este mundo que se viene abajo. Pero pienso que es necesario que haya personas que traten de que las cosas funcionen de otra manera o que intenten emplear el margen que hay para hacer cosas buenas, para que el resto tenga la oportunidad de pensar que vivimos en un mundo que realmente puede funcionar.

El arte ha sido poco a poco absorbido por los estándares de la sociedad del espectáculo, obviándose algunos valores sociales y culturales que resultan trascendentes. ¿Crees que se puede seguir haciendo arte?

Efectivamente. A veces, uno piensa que no tiene sentido hacer lo que hace o por qué estoy haciendo esto en un mundo que esta así, pero luego piensas “¿y si dejara de hacerlo qué pasaría?”, estoy seguro que ese espacio lo ocuparían cosas mucho más negativas. Hay una pequeña barrera de personas que sigue creyendo en cosas que a lo mejor no dejan de ser espejismos. Hay que intentarlo.

Javier Palacios. Ente V, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente V, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Preguntas del público:

Reme Navarro: La luz de la bolsa de basura, ¿es algo estético o hay algo de metáfora?

Sí que es algo común en todas las imágenes, al principio pueden parecer cosas básicas pero quiero creer que todo trasciende y que todo tiene un segundo significado. Y ese significado se abre, no es definido. Lo que viene detrás está abierto y efectivamente es esa luz, más abstracto que la luz hay pocas cosas. Para mi podría ser más bien, una mancha de pigmento, de color fluorescente a la que he intentado dar esa sensación lumínica. La luz no sería luz si no fuera por otros elementos, como la bolsa que le rodea.

De todas maneras, en esta última serie, ese punto donde todo lo que tengo en mi cabeza, me está llevando a explicar de una manera un poco crítica lo que me rodea. Habla mucho de la mentira, de lo bonito. Es una crítica que se entiende en el proceso en el que cojo elementos de la basura y los pintos con colores de metales preciosos, abstrayendo lo real. Pese a que intento mantenerme al margen, este trabajo sí que intenta ser una especie de crítica entrecomillada de todo lo malo que me rodea.

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Víctor López: Cuando has hablado de tu serie de almas, de esas bolsas de basura, Me ha llamado la atención la comparación con la escultura barroca. A mí me ha venido a la mente otro género, como es el trampantojo. Esa intención del artista de engañar al espectador y hacerles creer que lo que están viendo es otra cosa, algo real. Quería preguntar si es algo intencionado por tu parte el intentar engañar al espectador, hacerle creer que es una fotografía para que se acerque y compruebe por sí mismo que lo que está viendo no es una fotografía.

Sí que hay un trampantojo desde el barroco, donde con la pintura se quiere expresar lo real, pero realmente hay que plantearse si realmente estoy intentando engañar al espectador en si eso podría ser real, o si eso podría ser una fotografía. Estamos tan mediados por la visión de lo fotográfico que no somos capaces de creer que la pintura pueda tener la capacidad de hablarnos de algo real, porque es un apartado que lo dejamos por la fotografía.

Ese trampantojo es un juego de intentar que, con el poco margen de atracción de la fotografía, el espectador se quede un segundo viendo la obra. Hoy en día tenemos un colapso de imágenes que hace que resulte complicado… el tamaño también aporta esa atracción. Ese trampantojo que al mismo tiempo intento que sea atracción, figuración, realidad e imagen ficticia. Con todo eso intento jugar cuando se observa la obra.

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Pilar Tébar: Donde te encuadras, ¿en la abstracción o el hiperrealismo?

Quizás eso forme parte de mi juego, de estar en los límites de varias cosas. No estoy descubriendo algo nuevo sino que es una de las características  del arte actual. Moverse en los límites de todas esas casillas para que, con la intuición de la que hablábamos antes, crear algo nuevo que diga cosas nuevas. Para mí es muy importante el juego de utilizar ese aprendizaje pictórico para intentar producir una obra que al mismo tiempo sea abstracta, tenga algo detrás, que sea íntima pero espectacular. Se utilizan las herramientas de hiperrealismo, de la figuración o de la abstracción, muchos lenguajes para crear uno nuevo.

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

Javier Palacios. Ente VI, 2014. Acrylic fluor and pencil on board. 27 x 22 cm. Cortesía del artista

José Luis Pérez Pont

Jules Julien, Blues en Espai Tactel

‘Blue Series: A Romantic Cluedo’, de Jules Julien
Espai Tactel
C / Denia, 25. Valencia
Inauguración: viernes 14 de noviembre
Hasta el 31 de diciembre de 2014

El misterio que desprenden las imágenes de Jules Julien sitúa al espectador en un escenario de duda. Le obliga a convertirse en parte del proceso –en “sospechoso”– de la recomposición de las memorias personales del artista, como si de un cadavre exquis se tratara, que ahora aparecen reflejadas en nuestro propio espejo. Desde hace varios años su trabajo artístico consiste en interpretar la realidad y sus experiencias pasadas a través de composiciones digitales. Unas veces son rostros o fragmentos del cuerpo en los que enfatiza diferentes aspectos mediante el encuadre. Otras se trata de objetos o situaciones. Son imágenes que dejan de ser aquello que representan al desdoblarse, se transforman en símbolo y son dotadas de una gran carga enigmática y de extrañeza.

Obra de Jules Julien en la exposición 'Blue Series. A Romantic Cluedo'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Jules Julien en la exposición ‘Blue Series. A Romantic Cluedo’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Jules Julien con ‘Blue Series: A Romantic Cluedo’ presenta su primera exposición individual en Espai Tactel. La cual articula bajo un solo color: el azul. Otras series anteriores han sido dedicadas a otros colores, como pueden ser el blanco o el rojo. Si bien es cierto que existen precedentes en la elección monocroma como es el caso de los monochromes blues del también artista francés Yves Klein o de la trilogía Trois couleurs del cineasta polaco Krzysztof Kielowski, la muestra de Julien se compone, por un lado, de una serie de imágenes digitales impresas en diversas tonalidades de color azul –unas partes más claras, con leves matices de un azul claro y otras más oscuras– que componen un fuerte universo poético fácilmente reconocible por el uso de las formas limpias y depuradas. Algunas de las imágenes aparecen duplicadas, mirándose a sí mismas en un intento de recuperar esos recuerdos.

Obra de Jules Julien en la exposición 'Blue Series. A Romantic Cluedo'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Jules Julien en la exposición ‘Blue Series. A Romantic Cluedo’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Se trata de imágenes-reflejo. Su obra rezuma una nostalgia por recoger figuras y objetos familiares. Pero siendo conscientes de que, como advierte Enrique Vila-Matas, “la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte”.

Por otro lado, encontramos una proyección en el que se superponen imágenes creando un juego visual a modo de flashback que producirá un efecto confuso y de desorden ante el espectador.

Obra de Jules Julien en la exposición Blues. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Jules Julien en la exposición ‘Blue Series. A Romantic Cluedo’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Asimismo, la muestra se completa con el libro Les Souveniers –‘Los recuerdos’. Una publicación que recoge fragmentos de aquellas situaciones vividas por el artista: desde los objetos tan bien iluminados y perfectamente definidos en una noche fluorescente azul o un hombre subido a un tractor vestido con unas bermudas azules de lycra hasta la acogedora habitación azul de una artista o las salpicaduras azul-púrpura en las manos al presionar con ellas los racimos de uva en una cubeta. Y es que el azul sirve de nexo de unión de todas sus vivencias. El azul lo impregna todo como el sonido melancólico del blues.

Obra de Jules Julien en la exposición 'Blues Series. A Romantic Cluedo'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Jules Julien en la exposición ‘Blues Series. A Romantic Cluedo’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

En definitiva, la obra de Julien reunida para esta exposición responde a su personalidad particular que logra elaborar un complejo pero homogéneo discurso poético y plástico a la vez que se constituye como sujeto dentro de su producción. Este trabajo se presenta como piezas de un relato: representaciones de objetos –flores, cráneos, urracas, chicharras, perros–, escritos y proyecciones, que narra un itinerario de las memorias de su universo personal, de su forma de entender la realidad. Además, la estructura hermética de sus obras hace que se presenten como jeroglíficos y exigen al espectador mantener una actitud consciente y activa. Es decir, a ser partícipe de este cluedo. Una verdadera invitación a andar y seguir las pistas en las habitaciones, estancias y pasajes secretos de la Mansion Boddy de Jules Julien. Pues, en cierto modo, como escribe Julio Cortázar en Rayuela: “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

Obra de Jules Julien en la exposición 'Blue Series. A Romantic Cluedo'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Jules Julien en la exposición ‘Blue Series. A Romantic Cluedo’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

José Luis Giner Borrull

Bernard Plossu, de México a Valencia

‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’
Railowsky
C / Grabador Esteve, 34. Valencia
Hasta el 15 de septiembre

El primer viaje que Bernard Plossu (Vietnam, 1945) realizó a México en 1965 fue un golpe para el alma”. Aquí se encontró con una cultura y un entorno cuya “fuerza terrenal” lo impactaron de inmediato. La belleza de los paisajes recorridos a través de serpenteantes carreteras, los contrastes entre escenarios turísticos y barrios urbanos, así como su avidez por apresar cada instante de la travesía lo transformarían en uno de los mejores retratistas del espíritu de un país que describió como sublime.

Procedente de París, Plossu llegó a México a los 20 años, su equipaje incluía una cámara Kodak Retina y un objetivo de 50 mm. Lejos estaba de saber que con esos instrumentos se convertiría en fotógrafo profesional. En la Cinemateca, donde acostumbraba pasar las tardes, había aprendido el gozo de mirar, con películas de Jean-Luc Godard, François Truffaut, Louis Malle y Luis Buñuel. De pronto, se encontraba en un universo distinto, “viviendo la vida real, no la vida a través de las pantallas”, rememora el autor francés de origen vietnamitasobre esa primera travesía en tierras mexicanas.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

Deslumbrado, se dedicó a retratar todo lo que ocurría ante sus ojos, más que la fotografía le interesaba la vida. Al final de esa aventura “estaba irreconocible y tenía un oficio: fotógrafo”, recuerda el creador. Plossu regresó en tres ocasiones más al país que le reveló su profesión y cambió para siempre su forma de ver el mundo.

No obstante la profundidad de la obra realizada y la entrañable relación que estableció con México, Bernard Plossu ha sido hasta ahora poco apreciado en el país al que dedicó incontables disparos fotográficos. Para reparar, en cierta medida, esa omisión Fundación Televisa y Ediciones Turner han publicado el espléndido libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’, que reúne 300 imágenes, algunas inéditas, capturadas por el fotógrafo durante sus cuatro viajes por nuestro país en los años 1965-66, 1970, 1974 y 1981.

“Es un fotógrafo muy escondido en la historia de la imagen mexicana a pesar de la amplitud de su trabajo. La idea es dar cuenta de esas imágenes y sacarlo de la sombra, ponerlo en el mapa de la fotografía mexicana”, registra Salvador Albiñana, editor de la publicación.

¡Vámonos! revela también el singular método del fotógrafo viajero por excelencia: “Andar, mirar y luego fotografiar”. Esta obra es también la guía de la exposición conformada por 150 imágenes a inaugurarse el próximo 28 de agosto en el Museo de Arte Moderno. La muestra, con el comisariado de Albiñana, se dividirá en cuatro secciones correspondientes a cada uno de sus viajes.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México. Imagen cortesía de Railowsky.

ESTÉTICA BEAT/HIP

Bernard Plossu se desplazó a México para vivir con sus abuelos maternos, refugiados de Indochina, e iniciar sus estudios en la Universidad de las Américas. Los planes no llegaron a realizarse: bastaron un par semanas para que el joven parisino dejara la escuela y el acomodo familiar para emprender un viaje que lejos de agotarse en la geografía se transformaría en una odisea interna.

Casi inmediatamente se encontró con un grupo de amigos ávidos, como él, de experiencias. Sobre los lazos que formó, Albiñana apunta que la mayor parte fue con estadunidenses, aunque también había franceses, latinoamericanos y, por supuesto, mexicanos como Guillermo Olguín, quien fue su guía por el país. “Los registros, las experiencias y las inquietudes de esos jóvenes oscilaban entre el ocaso beat y el preludio hippie, unidos todos ellos por su vinculación a los movimientos contra la guerra de Vietnam, por el consumo de mariguana y el desenfado amoroso”.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Durante los 15 meses posteriores, se volvió un “trotamontes” que un día deambulaba por la capital y otro transitaba por carreteras con rumbo a Michoacán, Guerrero, Oaxaca o Chiapas. “¡Nos íbamos en cualquier momento, a donde fuera, improvisando siempre, con los coches llenos! Lo mismo a Acapulco, donde dormíamos en la playa, que al magnífico Guanajuato, a San Miguel de Allende, a Uruapan… Lo que menos buscábamos era un destino preciso. Nos íbamos para irnos, para vagar; la aventura tenía que ser total, siguiendo el instinto”, registra Plossu en uno de los textos del libro ¡Vámonos!

México fue para el creador francés el escenario donde todo era posible y en su empeño por eternizar el momento destinó cientos de rollos fotográficos a registrar su travesía. Aquel fue un viaje de iniciación en el que, recuerda, se encontraba “en un estado fotográfico constante”. Las imágenes capturadas durante aquellos recorridos que se antojaban inacabables tienen algo en común, según describe Albiñana, también historiador de la Universidad de Valencia: “Una suerte de mirada interior maravillada ante el esplendor de la propia vida: el descubrimiento de la amistad, de la libertad y la belleza; una extraña luz de serenidad y de confianza, aún no dañada por la frustración de los paraísos perdidos de una generación que se adoraba a sí misma y que creó algo nuevo y glorioso: la juventud”.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

La bitácora visual de ese primer viaje se compone en gran medida de imágenes de sus cómplices de aventura: aparece Bill Coleman, quien lo inició en la cultura beat; las largas piernas de su amiga Karina Schimdt, Guillermo Olguín y Mari en la playa de Zipolite, Oaxaca; la boda de Taide, su vecina. Se advierte también en esas instantáneas una mirada sensual hacia los gestos de las mujeres: rostros, cuellos, peinados. Carreteras y automóviles son personajes siemprerecurrentes en sus fotografías.

El creador “escribió” con su cámara un apunte autobiográfico: “La escritura es lo que más se acerca a mi forma de fotografiar. Yo tomo notas sobre todo lo que veo… la fotografía es eso: tomar notas. Soy un autor que hace fotos”, dice quien ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Fotografía en Francia.

Fotografía de Bernard Plossu del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

LOS REGRESOS

Ya en 1970, Bernard Plossu vovió a México con un espíritu diferente al de la primera visita. Después de algunos años y de muchas travesías había abandonado el andar beatnik. El creador describió así su mudanza: “La época beat/hip se interrumpió por sí sola, porque ser fotógrafo y descubrir el mundo me interesaba más que quedarme sentado en una bonita playa en la India. Cuando vi que los jóvenes se quedaban en las playas de Goa en lugar de viajar, decidí dejar todo aquello”.

La serie que realizó ese año, la cual tituló “Retorno a México”, muestra a un fotógrafo socialmente comprometido. Como un homenaje a la cinta ‘Los olvidados’, de Luis Buñuel, se trasladó a los suburbios de la Ciudad de México y se enfocó en los barrios marginales. Su cámara capturó, sin concesiones, la crudeza de una realidad implacable vivida por niños y adolescentes de la periferia.

En 1974, en su tercera visita, recorrió las ciudades de Ensenada y Tijuana. Sus imágenes revelan lo que significa “estar de paso”. La temporalidad y acritud de vivir “al límite”. Para Plossu, la frontera, más que una geografía, era “una manera de vagar sin moverse… el instinto de saber estar. La opción callada de vivir perdido”, comenta Osvaldo Sánchez, en el texto publicado en el libro ¡Vámonos!

“Trópico mexicano” es la última serie de fotografías realizadas en México en 1981. Son imágenes de su cita amorosa en el norte de Veracruz, con Françoise, fotógrafa francesa que se convirtió en su esposa.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu. Imagen cortesía de Railowsky.

MIRADA PROPIA

Si bien es cierto que Bernard Plossu no fue el primer extranjero en retratar con maestría las escenas del México cotidiano, sí puede decirse que fue pionero en eludir las recurrentes imágenes de los fotógrafos europeos y estadunidenses sobre México. El autor francés construyó una mirada propia, alejada de prejuicios. No hay en su fotografía, como bien señala Albiñana, “día de muertos, volcanes, enormes magueyes, miserables casas o teporochos olvidados en una acera”.

El blanco y negro define la mayoría de su obra, pero también ha recurrido al color haciendo uso de la técnica Fresson: un proceso artesanal sobre papel carbón realizado sin transferencias. Sin embargo, ya sea desde los matices del blanco y negro o desde la infinidad cromática, su fotografía logra la intimidad con el objeto atrapado por su lente. “No hay azar para el fotógrafo: le toca el azar que merece”, asegura a sus 69 años, quien no ha perdido su condición fugitiva de viajero.

Si Henri-Cartier-Bresson es el maestro del instante decisivo, el creador viajero es justamente la contrafigura: “El fotógrafo de los instantes no decisivos”. Su mirada logró transformar cada escena, por ordinaria que pareciera, en una imagen relevante, cargada de significado. Su obra es una secuencia de momentos cotidianos convertidos en poesía. Bernard Plossu es, sobre todo, el fotógrafo de todos los instantes.

Fotografía de Bernard Plossu, del libro '¡Vámonos! Bernard Plossu en México'. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Bernard Plossu, del libro ‘¡Vámonos! Bernard Plossu en México’. Imagen cortesía de Railowsky.

Laura Cortés

Isabel Muñoz, a todo color en Centro Niemeyer

‘A todo color’, de Isabel Muñoz
Organizada por diChroma photography
Centro Niemeyer
Avda. del Zinc, s/n. Avilés
Hasta el 16 de noviembre

El Centro Niemeyer de Avilés acoge la exposición de Isabel Muñoz ‘A todo color’, que muestra 30 fotografías a color muy poco conocidas junto a otros ocho platinos en blanco y negro, de piezas más populares. Las imágenes a color, varias de ellas platinotipias, pertenecen a las series Etiopía (2002), Omo River (2005), Amor y Éxtasis (2008) y Mitologías (2012). En ellas la fotógrafa barcelonesa pasa de la fascinación por los cuerpos desnudos de los Omo y los Surma de Etiopía a la exhibición del dolor en las extremas prácticas religiosas de la cofradía Al Qadiriya en Iraq que, por otro lado, despiertan en el espectador ecos de la iconografía religiosa occidental.

Favorecidas por la sensualidad y delicadeza de la impresión de platino en gran ―incluso, muy gran― formato, las fotografías en blanco y negro de Isabel Muñoz resultan inconfundibles. Presentan, de serie en serie y de viaje en viaje, bailes tan diferentes como el tango, el flamenco, el ballet clásico cubano o la danza del vientre, mezclándolos sin problemas con instantáneas de toreros, luchadores turcos, monjes voladores chinos y acrobáticos capoeiristas brasileños. Estas imágenes, en toda su elegancia nada presuntuosa, encuadradas con una precisión tan quirúrgica que son capaces de recrear la idea de movimiento, nos hablan, colocadas unas al lado de otras, de una fascinación por el cuestionamiento del cuerpo erotizado tan intensa como su atención por las vibraciones de la luz. No cabe duda: Isabel Muñoz es una de las fotógrafas en blanco y negro más sabias y sutiles que hay.

Obra de Isabel Muñoz, de su serie Mitologías. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Obra de Isabel Muñoz, de su serie Mitologías. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Pero existe sin embargo, más allá de sus trabajos para revistas, una parte importante y muy poco conocida de la obra de Isabel Muñoz realizada en color. Si aproximamos dos series, que podríamos pensar opuestas, relacionando así dos técnicas de revelado que no tienen aparentemente nada en común, podemos vislumbrar la naturaleza del color en una artista que no cesa de explorar. La serie más espectacular es la que, al precio de mil riesgos y otras tantas trampas burladas, nos introduce en las prácticas de una cofradía religiosa, la de Al Qadiriya, redescubierta en Iraq, donde los adoradores de Alá entran en trance, se evaden de su cuerpo y no sienten dolor alguno cuando se sajan con cuchillas de afeitar que luego engullen, caminan impertérritos sobre montones de vidrio machacado o se perforan impávidos las carnes.

Resulta impresionante, más por los hechos y actos a los cuales nos remite que por el posicionamiento de la fotógrafa, que no se sabe cómo puede seguir, en un ambiente tan delirante, encuadrando con precisión y acercándose a la materialidad de las texturas y de las pieles. Sentimos aquí rápidamente los ecos de la gran pintura clásica, la misma que nos ha sido provista con abundancia desde iglesias y museos y que viene aquí servida en revelados fotográficos clásicos que nutren la profunda intensidad de los tintes y la estridencia de algunas carnaduras incendiadas por la luz. Visualmente, estos «locos de Dios» no son muy diferentes a los mártires y otros santos del catolicismo más exacerbado.

Frente a esto, las hieráticas figuras de los Surma o de los Omo de Etiopía también dialogan con la pintura. Para empezar, porque estos pastores guerreros de las altas mesetas se pasan el día pintándose el cuerpo, inventando paisajes en sus espaldas, transformando sus rostros y manos en escritura, luciendo a veces sencillas y ricas joyas de oro o de conchas, envolviéndose con simples y raídos trapos como si de chales de una gran elegancia se tratara. Pero también porque el tratamiento dado, entre retratos y detalles corporales, afirma una misma intensidad lumínica que permite que los trazos de color surjan suavemente de la fineza del grano de la piel.

El tono mate de las increíbles impresiones de platino en color permite recrear toda suerte de sutilezas materiales y tonales ―dan ganas de tocar―, mitiga el aspecto más decorativo o frívolo y, paradójicamente, intensifica en semitintado el efecto cromático. Entonces, y esto es lo que aproxima a estas dos series en su propia naturaleza, el color se convierte en el protagonista mismo de la fotografía, más allá de las temáticas representadas. Pues nos hallamos, en los dos casos, ante fotografías de color y no sólo ―lo que es atribuible a la pura técnica― ante fotografías en color.

Otra prueba de la unidad en una obra que se presenta a menudo por tramos, series, destinos, es que estos dos conjuntos tan distantes nos reenvían de nuevo a la cuestión del cuerpo y de su representación. Entre la soberbia desnudez de los africanos y el deseo de dolor para alcanzar el éxtasis de los místicos, se da ―como en dos polos que se atraen y se repelen― ese misterio de la forma que toma cuerpo, siempre en busca de una forma de placer.

De momento, el hallado por nuestra mirada es total, nutriéndose de los matices de una paleta que parece ilimitada en sus variaciones, siempre insatisfecha pues busca una totalidad que no sabemos si se halla en el exceso o bien en el absoluto de la tranquilidad reafirmada.

Detalle de una de las obras de Isabel Muñoz. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Detalle de una de las obras de Isabel Muñoz. Imagen cortesía de Centro Niemeyer de Avilés.

Christian Caujolle

Only Two: Mariona Brines y Martí Rom

Only Two, de Mariona Brines y Martí Rom
Galería del Palau
C / Palau, 10. Valencia
Hasta el 6 de junio

Only Two ofrece la apasionante experiencia de dos artistas tan distintos como Mariona Brines y Martí Rom, que, a partir de su propio mundo estético-sugestión espiritual de Brines, materialidad humanizada de Martí Rom- han confluido en una obra conjunta, turbadoramente bella, original y unitaria. Una serie de seis espléndidos collages es el resultado de este juego dialógico. Cada elemento del collage, cada trazo ajeno es como si fuera una pregunta que hay que saber oír para contestar con acierto. Podríamos decir, sin alterar en lo sustancial las palabras de Rimbaud, que “el pintor se hace vidente”. Un cuadro así sólo es factible si hay una “videncia” inteligente de sus ocultas posibilidades. Y ahí están ‘El puente’ o ‘Antes de la tempestad’, por citar sólo dos de la bella serie obtenida, para confirmar que este proceso de adivinación se cumplió con plenitud.

Mariona Brines collages

Junto a esos collages compartidos, otros ya de la exclusiva autoría de Mariona Brines (Valencia, 1962) lucen con sus enigmáticas ensoñaciones de cipreses y con sus noches de estilizadas lunas. Arte psicológico de delicado temblor, de recuperación de cosas que se creían perdidas, y de callado y compasivo dolor. Mariona Brines sabe despertar en quien contempla su obra todo un universo de sugestiones. Su serie ‘Montañas’ sorprende por la estilización y esbeltez de sus figuras, de tal manera que las formas que allí se aprecian, fácilmente reconocibles, parecen, por su impulso ascensional, lenguas de un fuego silencioso y purificador. El ciprés se ha convertido en una llamarada blanca. La mole de la montaña ha quedado liberada de su pesantez y se ofrece como un resguardo acogedor para los animales que la pueblan. He aquí, una vez más, la naturaleza esforzándose por volverse incorpórea. No es materia, es una vibración de orden espiritual. Mariona coloca sus finos papeles de arroz, casi traslúcidos, sobre la madera o la tela con el cuidado de quien trata de curar una herida. No hay sangre en sus cuadros, pero sí, del blanco al negro, toda la escala cromática de la melancolía.

Martí Rom escultura

Se ha dicho muchas veces pero conviene no olvidarlo: el arte de Martí Rom (Barcelona, 1955) sería inexplicable si él no hubiera pasado largas temporadas de niño en contacto directo con la naturaleza. El paisaje, los animales, la tierra misma, fueron su mejor libro de aprendizaje. Quizás su amor por los sencillos y nobles materiales que vemos en su pintura, y sobre todo en sus piezas escultóricas, nace de esa tierra con la que él ha convivido tanto. La madera, la piedra, los diversos metales que utiliza en delicadas láminas, como si se tratara de un collage, son de extraordinaria pureza y remiten al encanto de la materia primordial, madre y origen a la vez. La escultura de Martí Rom mantiene una visión antropocéntrica del mundo, hay una búsqueda incesante en su obra de la medida humana: unas veces son rostros de poderosa y delicada expresión (‘El faune’, ‘La jove negra’); otras, animales libres de la naturaleza (’800 de Tassili caminant’, ‘Cavall del Puig’), pero que han sido espiritualizados hasta reducirlos a ágiles siluetas. Se dirían figuras de la simbología mística. Porque él sabe que la materia, que está en la base de toda creación, es sólo el primer peldaño de una escala que aspira a la expresividad de la forma. Realidad y espíritu, presencia y misterio, se dan cita, a partes ‘iguales, en su humanísima creación.

Mariona Brines y Martí Rom, 'Only Two' en Galería del Palau. Fotografía: Xavier Deltell

Mariona Brines y Martí Rom, ‘Only Two’ en Galería del Palau. Fotografía: Xavier Deltell

Alejandro Duque