¡Qué horror!

Ni cautivos ni desarmados. Arte, memoria y dolor versus política o [violencia] en/desde [la España del] siglo XX
Colecciones de 9915 y Martínez Guerricabeitia
Centre Cultural La Nau
C/ Universitat, 2. Valencia
Hasta el 2 de octubre de 2016

Manuel Chirivella, presidente de la Fundación Chirivella Soriano, reflexionó en las páginas de la primera etapa de ARTS de El Mundo en torno al coleccionismo de arte apuntando el cambio sufrido en los últimos años a causa del capitalismo salvaje, donde el “todo vale” ha depreciado en muchos casos la labor del coleccionista vocacional. Coleccionistas que han sostenido el patrimonio artístico en momentos de crisis del Estado y que, como apuntó Mercedes Basso, de la Fundación Arte y Mecenazgo de La Caixa, invierten (se refería al auténtico coleccionista, no al arribista de turno) “no para escalar socialmente”.

Algunos de esos coleccionistas vocacionales se dan cita en La Nau de la Universitat de València para ofrecer una muestra de su labor, al tiempo que hacen memoria a través de su valioso patrimonio cultural. José Pedro Martínez Guerricabeitia recordó que las obras que coleccionaron sus padres, reunidas en la Fundación Martínez Guerricabeitia y depositadas en la propia universidad, guardaban un “marcado criterio de índole social y de denuncia de los males de la sociedad”.

Miliciana, de Alberto Korda, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural La Nau de la Universitat de València.

Miliciana, de Alberto Korda, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural La Nau de la Universitat de València.

La Asociación de Coleccionistas Privados de Arte Contemporáneo 9915, con su presidente Jaime Sordo a la cabeza, sigue ese mismo rastro al recordar el por qué de la cifra que justifica al colectivo: “El logo 9915 combina el carácter frío del número, con la historia a medio camino entre la pulsión atávica, incontrolada e irracional y el romanticismo azul de lo imposible, de lo irremediablemente humano, y del compromiso con las formas más elaboradas de la creatividad artística”. Además de ser 9915 el código con el que los organismos internacionales identifican a los coleccionistas en general.

Esa mezcla de pulsión atávica y elaboración de la propia pulsión es la que atraviesa la exposición Ni cautivos ni desarmados, que reúne en La Nau de la Universitat de València 40 obras y un mosaico de 28 fotografías pertenecientes a las colecciones de la 9915 y la Martínez Guerricabeitia. Todas ellas mostrando lo que aglutina el “largo y sonoro”, a modo de “proclama o pasquín”, subtítulo expositivo: “Arte, memoria y dolor versus política o violencia en la España del siglo XX”. Alfonso de la Torre, comisario de tan contundente razón de ser de la muestra, lo explica así: “Habla de la pervivencia de la violencia y el dolor como uno de los asuntos del arte”.

Monjas viajeras, de Carlos Saura, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural La Nau.

Monjas viajeras, de Carlos Saura, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural La Nau.

Asunto que el propio comisario localiza en los albores de las vanguardias históricas: “Ni cautivos ni desarmados reflexionan sobre la violencia y el dolor contemporáneos, un tema que persigue o, incluso, atormenta al artista y al mundo del arte, especialmente desde la llegada del surrealismo frente al arte convencional, tradicional, sacro o realista”. Diríase, por tanto, que existe cierta relación entre la quiebra de ese universo simbólico que acoge y da forma al dolor, y ese otro en cuyo interior ya nada sutura la violencia, que campa a sus anchas una vez desgarrado su tejido narrativo.

Víctimas del bombardeo (Kosovo), de Simeón Saiz, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural LaNau.

Víctimas del bombardeo (Kosovo), de Simeón Saiz, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural LaNau.

Y es que el siglo XX que sirve de contexto a las obras de ambas colecciones, provenientes de una quincena de coleccionistas, es el siglo donde parece dominar la idea del horror como verdad más palmaria. Da lo mismo que tal cosa suceda en la España del franquismo y, a su rebufo, los años posteriores, porque como explica De la Torre, lo verdaderamente importante es “la reflexión más intensa sobre la violencia y el horror”, más allá “del contexto social y político en el que se movía Martínez Guerricabeitia”. Violencia y horror del que se nutren las 24 pinturas, siete fotografías, siete esculturas y dos obras audiovisuales, además del mosaico de otras 28 imágenes, a modo de reflejo de ese arte contemporáneo atraído por el abismo de la sinrazón.

“Este es el siglo del dolor”, se apunta en una cita de Paul Lafargue extraída de su ‘Diccionario abreviado del surrealismo’. Siglo atravesado por las dos grandes guerras mundiales y otras menores igualmente sacudidas por odios enfrentados. Y si la Olympia, decía el propio Manet (tal y como se recoge en la exposición), “choca, desprende un horror sagrado”, lo mismo cabe decir de las obras que se hacen eco del dolor que caracteriza al “surrealista” siglo XX.

Guantánamo, de Joan Fontcuberta, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural La Nau.

Guantánamo, de Joan Fontcuberta, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural La Nau.

Obras que van del grito de Santiago Ydáñez, con esa boca desmesurada que parece ampliar la boca de ese otro grito famoso lanzado por Edvard  Munch, a la muerte del miliciano de Robert Capa, pasando por las víctimas del bombardeo en Kosovo (Simeón Saiz), el Guantánamo de Joan Fontcuberta o las notas por Guernica de Eduardo Arroyo. Guerras agujereando, pixelando, descoyuntando la trama interior de la obra de arte, encargada de acoger los efectos devastadores de una violencia muchas veces proyección de las propias ansias del artista.

El NO de Santiago Sierra viene a poner límite al horror, al tiempo que concede todo el protagonismo a la negación frente al carácter afirmativo de un siglo sospechosamente entregado a la destrucción. Muchas veces, autodestrucción o autocensura, como en los textos autocensurados de Concha Jerez, la cabeza demente de Darío Villalba o la Mujer de Juana Francés. También aparece el propio arte yacente, con Andy Warhol postrado letalmente en la obra de Kepa Garraza.

Fotografía de la serie España oculta, de Cristina García Rodero, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural La Nau.

Fotografía de la serie España oculta, de Cristina García Rodero, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural La Nau.

La España del siglo XX comparece nítidamente en los casos de Cristina García Rodero, revelando su cara oculta en lugares inhóspitos de pueblos desabridos, de Alberto García Alix, con el dolor de Elena Mar, de Antonio Sánchez y sus niños de la guerra, o de Juan Roig y sus toreros en la noche. Yoan Capote se sirve de una silla esposada para mostrar cómo hasta los objetos se hallan apresados, atenazados, de ese ambiente claustrofóbico dibujado por los compartimentos estancos de la guerra, en tanto vomitorio al que desemboca fatalmente la política mal digerida.

Ni cautivos ni desarmados, en alusión manida al último parte de guerra del general Franco, pretende darle la vuelta a aquel enunciado victorioso, para que sea el arte contemporáneo quien lo elabore creativamente a su favor. Elaboración, en todo caso, volcada hacia la pulsión atávica de la violencia que nos constituye y a la que conviene poner freno. De lo contrario, como recuerda Nuno Nunes-Ferreira, ahí están las 30 portadas de su ‘Primera Página’ de diversos periódicos, para recordarnos el carácter letal del siglo XX.

Dónde dormir I (Goya), de Eugenio Ampudia, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Centre Cultural La Nau.

Dónde dormir I (Goya), de Eugenio Ampudia, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Centre Cultural La Nau.

También hay movimientos de resistencia como el expresado por Eugenio Ampudia en su serie ‘Dónde dormir’, invitando el autor a tomar espacios como el Museo del Prado, donde junto a ‘Los fusilamientos del 3 de Mayo’, de Goya, descansa una persona tumbada como los fusilados del famoso cuadro. Las zonas de vigilancia, tratadas por Carlos Garaicoa, ponen el acento igualmente en la más contemporánea fijación por el control y la manipulación en tiempos donde lo bélico adquiere un carácter, no por virtual, menos violento.

Las colecciones Marrtínez Guerricabeitia y 9915, al amparo de La Nau de la Universitat de València, hacen memoria de toda esa violencia y horror del doloroso siglo XX mediante una ingente creatividad. Precisamente la que permite recordar su prevalencia sobre la barbarie. El coleccionista Fernando Saludes, insistiendo en la importancia de la cultura, concluyó entonces: “Quién se acuerda de los ministros de la corte de Felipe IV, pero en cambio todo el mundo conoce a Velázquez. ¡Fíjese si tiene importancia la cultura!” Los coleccionistas de Ni cautivos ni desarmados también lo saben. 

Marifile, de Jorge Rueda, en 'Ni cautivos ni desarmados'. Imagen cortesía de Centre Cultural La Nau.

Marifile, de Jorge Rueda, en ‘Ni cautivos ni desarmados’. Imagen cortesía de Centre Cultural La Nau.

Salva Torres

Persistiendo en el recuerdo

80 años después. Imágenes de una tragedia
Obras de Miguel March Pedrós
Museo de Historia de Valencia
C / Valencia, 42. Mislata (Valencia)
Hasta el 30 de octubre de 2016

El valenciano Miguel March Pedrós presenta en el Museo de Historia de Valencia una exposición que resulta ser un auténtico homenaje a las víctimas de la guerra civil. A partir de su colección monográfica de fotografías que lleva recopilando desde 1998, ha conformado una estética y composiciones personales centradas en breves escenas relacionadas con el belicismo y sus consecuencias durante la Guerra Civil Española.

Se sabe que es una etapa en la que los fotógrafos y su trabajo estaban cuidadosamente controlados por ambos bandos debido a que las imágenes suponían información muy valiosa. La colección de fotografías, todas de época, fueron donadas por el artista al Museo Histórico Militar en 2005. En 2010 Miguel March comienza a pintar, reinterpretando dichas fotografías, a través de la pintura acrílica. El resultado se manifiesta en 36 obras que directa o indirectamente se inspiran en hechos históricos y en la cotidianidad del momento bélico.

Cadáver solitario. Fotografía: María Ramis.

Cadáver solitario. Fotografía: María Ramis.

El ejercicio comparativo entre las fotografías y la pintura resulta doblemente impactante. Por un lado, estamos asistiendo a la realidad percibida por testigos de la talla de Robert Capa o Agustín Centelles, que captaron el auténtico horror de la guerra. Ochenta años después podemos observar  la interpretación y la consecuente creación paralela de unas imágenes completamente nuevas.

Diferentes rostros y expresiones acompañan al espectador a largo de una narración que engloba varios lugares clave del país. La muestra nos introduce en una nueva perspectiva de los hechos, desde el alzamiento, pasando por los bombardeos aéreos, e incluso aclarando referencias a las imágenes que sirvieron como herramienta publicitaria, siempre sin olvidar narrar el tratamiento de los sucesos tanto desde la visión de un bando, como de otro. Mediante esas nuevas imágenes creadas por March, y también las de época, asistimos a un recorrido donde, el reflejo del hecho histórico va quedando de lado, para centrarse en la figura humana, la del civil que ha quedado impactado, muchas veces desprendido del sentir político y obligado a batallar en una guerra fratricida que no es la suya.

En este sentido, al final de la exposición se fomenta la interacción con los visitantes, animándoles a dejar testimonio. Además, se ha puesto en marcha una iniciativa que va más allá de esta interacción y trata de recoger los datos de contacto de aquellas personas que vivieron la guerra civil y quieran compartir su experiencia. Se propone que concedan una entrevista al museo y así, añadir dicha información a un archivo. Una buena manera de recopilar fuentes de primera mano para recuperar la memoria colectiva de un momento histórico que marcó un antes y un después en la sociedad española.

Parte final de la exposición donde se anima a dejar testimonio. Fotografía: María Ramis.

Parte final de la exposición donde se anima a dejar testimonio. Fotografía: María Ramis.

María Ramis.

¡Ojos bien abiertos! 100 años de fotografía Leica

C/O Berlin
Hardenbergstraße 22-24. Berlin
Inauguración: viernes 21 de agosto, 21:00h
Hasta el 11 de enero de 2016

«La Leica es la extensión de mi ojo». (Henri Cartier-Bresson)

Dinamización, democratización, revolución – con frecuencia se atribuyen grandes cambios a la innovación técnica. Esto también se aplica a la invención de la cámara Leica hace 100 años. La cámara de 35 mm ha cambiado la forma en que se ve el mundo. Para siempre. Pero, ¿cómo puede un dispositivo, pequeño y lacado negro, desarrollar un impacto tan grande? El tamaño de bolsillo, la lente de alto rendimiento, la mecánica tranquila y la velocidad de obturación corta dieron oportunidades fotógraficos, perspectivas extremas y espontaneidad inusual de una especie, que antes no era disponible. Por el uso de rollos de película, la fotografía se convirtió en serie, a bajo precio y accesible para todos. Velocidad, libertad y facilidad inspiran la manera de trabajar de los fotógrafos y cumplen con las necesidades de una época acelerada. La miniaturización ha sido el catalizador de una enorme cantidad de imágenes, un inmenso deseo de experimentar y una extensa exploración visual de la realidad por los aficionados, artistas y reporteros gráficos. De ahí la cámara Leica se ha convertido en un instrumento de agitación, velocidad y innovación y se ha convertido en una leyenda por mucho tiempo – y lo sigue siendo hoy en día en la era digital.

Alfred Eisenstaedt. VJ Day, Times Square, NY, 14. Agosto de1945 Cortesia de Alfred Eisenstaedt, 2014 / Leica Camera AG.

Alfred Eisenstaedt. VJ Day, Times Square, NY, 14. Agosto de1945 Cortesia de Alfred Eisenstaedt, 2014 / Leica Camera AG.

El soldado cayendo de Robert Capa, el hombre que salta el charco por Cartier-Bresson, la pareja besándose en Times Square por Alfred Eisenstaedt, la huida vietnamita de Napalm por Nick Út, el izamiento de la bandera soviética sobre el Reichstag de Berlín por Jewgeni Chaldej – estas fotografías iconográficas todas son imágenes Leica y todas estan vinculadas a nuestra memoria colectiva. De hecho, en primer lugar fueron la compacidad y la innovación tecnológica de la Leica que permitían que estas fotos se crearon. Sus predecesores -, cámaras pesadas y poco practicas – eran estáticas y sólo podían producir una foto por plato. Era imposible usar ellas de manera espontánea. Antes de Leica, la fotografía parecía más a una puesta en escena que a la realidad; desde la invención de la cámara de 35 mm, los fotógrafos han mostrado al mundo tal como es. Con la Leica, la fotografía se ha liberado del estudio rígido y ha descubierto lo que está pasando en la calle. Por lo tanto, ya que documenta la condición humana, se ha convertido rápidamente en una parte de la vida humana cotidiana.

Jewgeni Chaldej. La bandera de la victoria , 1945 Cortesia Sammlung Ernst Volland und Heinz Krimmer / Leica Camera AG.

Jewgeni Chaldej. La bandera de la victoria , 1945 Cortesia Sammlung Ernst Volland und Heinz Krimmer / Leica Camera AG.

Esta exposición por primera vez pondrá de relieve un arte y una perspectiva histórica-cultural como la de la Leica y su formato de 35 mm que ha cambiado la mirada fotográfica del el siglo XX. Más de 300 fotografías, así como importantes revistas y libros de fotos documentan los diferentes aspectos de la fotografía Leica, que surgió a mediados de la década de 1920. La exposición presenta, por tanto, también la historia del estilo del medio, desde el Modernismo a la diversidad postmoderna del presente, desde Nueva Visión, a través de «photographie humaniste» a las fotografías de moda, desde la fotografía subjetiva, a través Autorenfotografie a la fotografía de calle y la fotografía artística .
En esta exposición C / O Berlin se presentarán obras de fotógrafos de renombre internacional como Alexander Rodtschenko, Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, Oskar Barnack, Christer Strömholm, Robert Frank, Bruce Davidson, William Klein, FC Gundlach, Fred Herzog, Barbara Klemm, Robert Lebeck, William Eggleston, René Burri, Thomas Hoepker, Bruce Gilden y muchos más.

Christer Strömholm. Nana, Place Blanche, Paris, 1961 Cortesia de Christer Strömholm/Strömholm Estate, 2014.

Christer Strömholm. Nana, Place Blanche, Paris, 1961 Cortesia de Christer Strömholm/Strömholm Estate, 2014.

El primer modelo Leica, cuyo nombre comercial es una combinación entre el nombre de la compañía Leitz y la palabra ‘cámara ‘, fue desarrollado en marzo 1914 por el ingeniero de precisión y fotógrafo aficionado Oskar Barnack. Él tuvo éxito en captar los motivos en una película de 35 mm. Barnack utilizó un simple truco – en la cámara Leica la película se mueve horizontalmente mientras que en las cámaras de cine convencionales la película se mueve verticalmente. De esta manera, Oscar Barnack amplió el formato de la negativa a 24 por 36 milímetros. Debido a la Primera Guerra Mundial, el empresario Ernst Leitz II no pudo poner en práctica la producción en serie y el lanzamiento al mercado hasta 1925.

Nick Út. The Associated Press, Ofensiva de napalm en Vietnam, 1972 Cortesia de Nick Út / AP / Leica Camera AG.

Nick Út. The Associated Press, Ofensiva de napalm en Vietnam, 1972 Cortesia de Nick Út / AP / Leica Camera AG.

La exposición ha sido comisariada por Hans-Michael Koetzle y está acompañada de un libro completo, publicado por Kehrer Verlag, con textos de Alejandro Castellote, Michael Ebert, Peter Hamilton, Anton Holzer, Thomas Honickel, Hans-Michael Koetzle, Franziska Mecklenburg, Rebekka Reuter, Ulf Richter, Christoph Schaden , Emilia Tavares, Enrica Viganò, Bernd Weise y Thomas Wiegand.

 

Fin de los fotoperiodistas valencianos de los 90

Fotoperiodistas valencianos de los 90, PhotOn Festival
Coordinación: Juan Carlos Barberá, Emma Ferrer y Eduardo Ripoll
Sala de La Llotgeta
Plaza del Mercat, 2. Valencia
Hasta el 28 de julio

Fotoperiodistas valencianos en la exposición de La Llotgeta. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Fotoperiodistas valencianos en la exposición de La Llotgeta. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

En los años 90 en Valencia, el fotoperiodismo está en su apogeo máximo, por numero de profesionales y por la calidad de muchos de ellos. El final de la década nos lleva al fin de siglo y al fin del fotoperiodismo con la concepción que se tenía desde Robert Capa, Gerda Taro o Chim y la guerra civil española, momento clave donde una nueva forma de ver y utilizar la fotografía en prensa hace nacer el fotoperiodismo.

Fotografía de Salva Garrigues. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Julio Iglesias y Eduardo Zaplana. Fotografía de Salva Garrigues. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Paso de siglo, fin de la fotografía analógica, y con la llegada del XXI la nueva tecnología, el digital, que acerca a toda la población a la acción de fotografiar y hace mella en los medios de comunicación. Esto lleva a pensar a muchos de estos medios que cualquiera puede hacer fotos. Con esta exposición queda claro que se equivocaron.

Rafael  Alberti en la plaza de la Virgen de Valencia. Fotografía de Manuel Molines. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Rafael Alberti en la plaza de la Virgen de Valencia. Fotografía de Manuel Molines. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Los fotógrafos de prensa cuya obra se exhibe en La Llotgeta son los que estuvieron en el día a día de esa época,  con fotografías seleccionadas por ellos de toda su vida laboral en medios de comunicación; fotografías que les traen recuerdos por los momentos pasados, por la calidad, por lo que trasmiten, o por cualquier otro motivo que les ha hecho posicionarlas en los primeros sitios de su memoria visual.

Ruiz Mateos en la cárcel. Fotografía de Jose Marín. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Ruiz Mateos en la cárcel. Fotografía de Jose Marín. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Todos los fotoperiodistas de esta exposición, que actualmente ya no trabajan en los diarios y revistas en los que estaban en los 90, la mayoría despedidos de los medios de comunicación con el pretexto de la crisis, siguen en el mundo de la imagen en otras disciplinas. Hay otros que las circunstancias les han hecho cambiar de profesión, pero todos siguen con la fotografía por bandera, ya sea de causas perdidas o de cercanía. Cuando la fotografía entra en tu vida es difícil alejarte de ella.

Fotografía de Jordi Vicent. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Fotografía de Jordi Vicent. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Actualmente, de los fotógrafos valencianos que estaban en los años 90, quedan menos del 50% trabajando en medios de comunicación y la mayoría lo hace como freelance. En esta muestra participan: Amparo Simó, Benito Pajares, Daniel García Sala, Ferran Montenegro, Jordi Vicent, Jorge Cencillo, Jose Marín, Josele Bort, Juan Navarro, Miguel Ángel Polo, Manuel Molines, Salva Garrigues, Vicente Martínez y Vicente Rodríguez.

Fotografía de Daniel García-Sala. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Fotografía de Daniel García-Sala. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

En ella se puede disfrutar de tres décadas de fotoperiodismo valenciano, que es lo que abarca el tiempo desde que Jordi Vicent fotografió a la última habitante del antiguo pueblo de Loriguilla, o Cencillo a una familia de gitanos de las “casitas de cartón” a principios de los 80, a nuestro mayor laureado, y uno de los más viajeros, como es Benito Pajares, con una foto sobrecogedora de una explosión en un oleoducto a las afueras de Nairobi, con un centenar de muertos en 2011.

Santiago Cañizares, portero del Valencia. Fotografía de Miguel Ángel Polo. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Santiago Cañizares, portero del Valencia. Fotografía de Miguel Ángel Polo. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

No dejando pasar todas las gestas deportivas del Valencia CF de los últimos años de los fotoperiodistas deportivos Polo, Simó o Vicente Rodríguez; la presencia de Alberti en la plaza de la Virgen, imagen tomada por Molines que sirve de cartel de la exposición, o las fotos de Ruiz Mateos cuando estaba en busca y captura haciendo uno de sus shows en la cárcel modelo, ya en desuso.

Fotografía de Ferran Montenegro. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Fotografía de Ferran Montenegro. Imagen cortesía de la organización de PhotOn Festival.

Y qué decir de las fotos de mitos del baloncesto como Larry Bird o Michael Jordan de la etapa americana, obra de Juan Navarro; el asesino del chat y un jovencísimo Enrique Iglesias en la sala Woody, de Vicente Martínez; los retratos de García-Sala; Julio Iglesias y Zaplana, de Salva Garrigues, y otras más que merece la pena visitar y disfrutar, mientras se leen los pies de foto que cada uno de los autores ha puesto a esta selección de sus fotografías, buscadas por ellos porque a cada uno le ha marcado en su historia de fotoperiodistas, no sólo por el personaje o lo que se ha trabajado, sino porque se han quedado en la retina visual histórica de cada cual.

Fotografía de Benito Pajares. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

Fotografía de Benito Pajares. Imagen cortesía de PhotOn Festival.

 

«A veces el escritor saca lo sucio de una época»

El amor no es un verso libre
Última novela de Susana Fortes
De venta en librerías

La Residencia de Estudiantes, en la cuesta de los chopos de Madrid, fue un epicentro intelectual y cultural en el que coincidieron grandes hombres que dejaron huella en la historia: García Lorca, Pedro Salinas, Dalí y Buñuel, entre otros muchos. Susana Fortes eligió este escenario, “el Bloomsbury español”, para situar su última novela, El amor no es un verso libre. Cuenta el tempestuoso amor imposible entre un profesor y poeta casado y una americana ingenua que llega a Madrid en el verano de 1935, en vísperas de la guerra civil, ambos inspirados en personas que realmente existieron. Como telón de fondo de la trama, un hecho histórico poco conocido: El escándalo del Estraperlo, un juego de ruleta, que llevó a la dimisión a Lerroux y muchos miembros de su Gobierno, “una especie de Gürtel de la República”.

Susana Fortes. Foto: Alfonso Martí

Susana Fortes. Foto: Alfonso Martí

Susana Fortes (Pontevedra, 1959)  reside en Valencia, donde imparte clases de Historia del Arte en un instituto y es columnista de la delegación de El País. Tiene una decena de novelas publicadas, algunas galardonadas con  importantes premios (finalista del Planeta, Fernando Lara y Primavera) que conjugan la capacidad de entretener y sugerir con una prosa impecable, muy cuidada que en ocasiones se eleva hasta el nivel de la poesía.

Pregunta.- Basta repasar su bibliografía para percibir que, a diferencia de autores que se encasillan en un género o tema, usted toca todos los palos de la baraja. ¿Es algo deliberado o le surge de forma natural?

Respuesta.- De vez en cuando me gusta cambiar de paisaje, pero  en todas mis novelas hay unas constantes vitales bastantes reconocibles.

P.-¿Cuáles son esas constantes?

R.-Cada cual tiene su propio territorio sentimental. En el mío suele haber mujeres que no se ciñen al guión que les marca la vida, un enigma cuya solución a menudo se halla en el fondo de uno mismo, un trasfondo histórico, intriga, amor, riesgo, cierta dosis de melancolía. En fin todas esas cosas que yo como lectora también busco en las novelas.

P.-¿Por qué eligió la Residencia de Estudiantes como escenario y personajes inspirados en personas reales como protagonistas?

R.-Me gusta el cóctel de ficción y realidad. Después del dry Martini, es mi favorito. La novela está inspirada en el romance real entre el poeta de la generación del 27, Pedro Salinas, y la americana Katherine Whitmoore, cuya relación alentó algunos de los más bellos poemas de amor de la literatura española. Y  la Residencia de Estudiantes, en la colina de los chopos, siempre me fascinó. Fue nuestro Bloomsbury particular, el escenario perfecto para la historia que quería contar, un ambiente  moderno, culto, cosmopolita… Todos esos chicos con pantalones de pliegues, corbatas de pajarita y jerséis blancos de pico parecía que habían venido al mundo sólo a divertirse. Bohemios, brillantes, soñadores, elegantes,… Sin embargo, todos los espejos tienen su lado oscuro y a veces al escritor le toca sacar los trapos sucios  de una época como quien mete la nariz en una alcantarilla.

P.-Un crimen horrendo, un importante escándalo político. ¿Se podría decir que su libro se adscribe al género policiaco hoy tan en boga?

R.-Bueno en realidad no sé si es propiamente una novela negra. La narración arranca con la llegada de una joven americana  a la Residencia de Estudiantes en el verano de 1935. Madrid era entonces una ciudad rugiente y fabulosa. La Residencia de Estudiantes reunía a poetas, dandys, soñadores, arribistas e intelectuales de todas partes. Pero esa atmósfera glamourosa estalla cuando el cadáver de un alumno  aparece flotando en un canal de riego próximo. Hay una trama histórica de suspense, por supuesto, con intriga psicológica de por medio. Cada personaje juega sus fichas en un brutal tablero de ajedrez con implicaciones empresariales y políticas de primer orden, como dice. Una especie de caso Gürtell de la época, para entendernos. Pero la novela más que una crónica negra,  es sobre todo una  historia de amor. Nunca se sabe qué es más peligroso.

P.-El cine, el arte, la música, el cómic…Sus novelas se alimentan de referencias culturales, pero, ¿cómo se enciende la chispa de la ‘inspiración’?

R.-Depende. Por ejemplo, la idea de El amor es un verso libre, nace con la imagen de una mujer que mira por la ventana. Cuando un hombre se asoma a una ventana suele ver lo que tiene delante. Sin embargo, cuando lo hace una mujer, acostumbra a ver también todo lo que ha dejado detrás. Kate es la mujer que se asoma a la ventana al principio de esta historia. Fuera está nevando y falta muy poco para Navidad. Lo que ocurre al otro lado de esa ventana es algo que me dio bastante que pensar. Sobre todo porque a mí nunca me ha ocurrido nunca nada parecido. Quizá es algo que sólo les ocurre a las personas especiales o a las que de verdad lo merecen.

P.-¿En qué fase se encuentra el proyecto de llevar su libro sobre el fotógrafo Robert Capa al cine?

R.-La Columbia compró los derechos de Esperando a Robert Capa, aunque de momento el proyecto está algo estancado. Al parecer la crisis también ha llegado a Hollywood. Así que ya veremos.

P.-¿Es duro resistir  la presión de las editoriales que cada equis años esperan la entrega de un original?

R.-Escribir no es un oficio duro.  Nunca entendí muy bien esa obsesión de algunos escritores por pintar este oficio como una pesada carga intelectual o una misión sagrada. Aquí no hay más presiones que las que una esté dispuesta a aceptar. Yo cuento las historias que me apetece contar e intento hacerlo lo mejor que sé, tratando de ser fiel a mí misma, a mis gustos, a las cosas que me importan, a mis amores y a mis odios.

P.-Como profesora y madre de una hija, ¿qué es lo que más le preocupa del futuro que le espera a la última generación de españoles?

R.-Sabrán sacarse las castañas del fuego. No son ningunos corderitos de Norit camino del matadero. Tienen agallas, talento, energía e ideas. Confío en su coraje para defenderlas.

P.-¿Su colaboración en ‘El País’ como columnista le aporta algo a su faceta de escritora o al revés?

R.-El columnismo tiene una cosa fascinante, y es que puedes tomarle el pulso a la vida. El periódico es algo muy vivo, directo, pegado a la calle, a la actualidad. La novela es otra cosa, una carrera de fondo, un trabajo más solitario también. Otra manera de ajustar cuentas.

Susana Fortes. Foto: Alfonso Martí.

Susana Fortes. Foto: Alfonso Martí.

Bel Carrasco