Virginia Kelle y la ciudad ideal

Virginia Kelle. Looking-off
Galeria Benlliure
Cirilo Amorós, 47
Valencia

«El pintor persigue la línea y el color, pero su fin es la poesía”
Rembrandt van Rijn

El diálogo con la arquitectura urbana solo llega después de un rato de silencio, y en el caso de Virginia Kelle, el tamiz del silencio tiene varias fases. Desde la toma de imágenes con la cámara y los apuntes manuales, hasta la composición y ejecución de la obra en soledad. En su estudio. Donde transforma el primer apunte con esmero, donde cualquier detalle urbano pre-existente es enjuiciado por su imaginación y donde le dará otra oportunidad, tanto da, puede tratarse de una gran avenida, un establecimiento comercial, un grafiti, un callejón sin salida, un logotipo maravilloso o el escaparate más atractivo. Pocas composiciones previas son definitivas, siempre suele faltar un pequeño detalle que altera el equilibrio sobre la disposición ideal. Lo incorporará, pero no será suficiente en absoluto. No para ella. Sí, para cualquier otra mirada. Se trata de inconformismo autocrítico. La búsqueda de lo perfecto.

Como base, no todo son apuntes y fotografías, los seres humanos tenemos la capacidad y el deseo de coleccionar y conservar objetos, documentos o imágenes de todo tipo, en el caso de Virginia Kelle, también personajes y perspectivas urbanas que permanecen en la colección que atesora su inconsciente, elementos que a la postre pasarán a formar parte de sus escenarios, a la reubicación que les concederá el ejercicio de su templanza. Una por una, cada pieza representada en las siguientes páginas, es un alarde de esos elementos que previamente ha coleccionado, que ha ido interiorizando para después alojar en el gran álbum imaginario que representan sus composiciones.

Probablemente se trata de la eficacia imaginativa, una condición separada de lo que entendemos por fantasía: el proceso relacionado directamente con la acción de ver, y concretamente con la visión. Visión que no necesita de los ojos, porque es precedente. Se adelanta a su tiempo.

Museum Tavern, óleo y acrícilo s/aluminio y metacrilato (90 x 120 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

Museum Tavern, óleo y acrícilo s/aluminio y metacrilato (90 x 120 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

Arquitectos, urbanistas, sociólogos, filósofos, o economistas, llevan lustros deliberando por qué determinadas ciudades, distritos, o arterias urbanas se desarrollan en positivo, y simultáneamente, otras están amenazadas por la despoblación y la degradación. Las discusiones no parecen dar con las claves definitivas, los problemas son variados y están más o menos identificados, pero siempre hay elementos que no obedecen a las estadísticas ni a las proporciones. Y sin eso, no hay soluciones. El problema de la contaminación, la sostenibilidad, el tráfico, el orden urbano y la forma de organizarse en las grandes urbes son factores clave, y la civilización entera se equivoca cuando no confía en sus creativos para visionar salidas.

UNKNOWN READER, óleo y acrílico s/aluminio y metacrilado (150 X 150 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

UNKNOWN READER, óleo y acrílico s/aluminio y metacrilado (150 X 150 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

En los escenarios de Virginia, parece que el bienestar está instalado en las tertulias de los cafés, espacios para gastronomía, o el cuidado de la salud. Pero también ante paisajes urbanos en los que el grafiti se percibe absolutamente armonizado con el entorno. Las casualidades no existen. Destaca la presencia de libros y la importancia de los personajes que intervienen entre ejemplares relacionados con el diseño (Art Cottage Bookstore), pero también con el placer de la lectura. Es evidente el disfrute sereno entre volúmenes de una librería (Unknown reader). Sin duda, el estudio y la lectura están muy asociados a la ciudad soñada.

Curiosamente, la presencia del icono urbano más representativo de la cultura en las ciudades después de la catedral: el museo, está coligado al nombre de una taberna (Abbot and holder). Lo lúdico y lo cultural se asocian, proponen cercanía y tertulia. El mensaje, suavemente se va colando. Es una vieja receta a tener en cuenta por encima de “Pan y circo para todos”. Muy por encima de la “Letra con sangre entra”. El saber, toma su ángulo más permeable, se convierte en debate. Pasará de boca en boca, desde la acera, cruzará a la terraza de un café, engordará en la librería, se aprovechará en el túnel del metro, en la sala de espera de una clínica. Siempre hay un primer paso para salvar a las ciudades. Para salvar a la humanidad. No se debe perder la oportunidad tampoco desde la pintura. Por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo un caballero, por un caballero una batalla, por una batalla una guerra, por una guerra un país, por un país el mundo entero. Lo dice el famoso verso de Shakespeare.

Cofee house teen, óleo y acrílico s/aluminio y metacrilato (90 x 150 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

Cofee house teen, óleo y acrílico s/aluminio y metacrilato (90 x 150 cm), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

“La ciudad ideal es aquella en la que todo es escuela”
Albert Jacquard

Las imágenes de espacios y vida cotidiana de Richard Estes (1932, Kewanee, Illinois, EEUU) plantean premisas estéticas y filosóficas sobre las urbes: también plasman instantes urbanos de paisajes eternos, automóviles, escenas triviales, artículos de consumo, y escaparates de establecimientos relucientes. Son referencias en la memoria visual colectiva del s. XX. Virginia las tiene interiorizadas, al igual que el propio Richard Estes debió interiorizar a Edgar Degas, Edward Hopper o Thomas Eakins en su día. La vida, y en consecuencia las urbes, siguen inspirando búsquedas y adaptaciones de autores de todos los tiempos. En el caso de Richard Estes, la presencia de vehículos relucientes es una constante que denota un determinado modelo de ciudad. En el caso de Virginia, la presencia del automóvil ha desaparecido en su obra (respecto a anteriores exposiciones).

Se trata de una ausencia notable para el análisis, -sin duda- por representar uno de los iconos del progreso, omnipresente en las metrópolis, la identidad del yo, o como objeto de deseo, capricho y ostentación.

La ausencia del vehículo a motor representa una acción de renuncia. Un cambio de dirección que se dirige hacia un modelo de ciudad que da respuesta a nuevas necesidades. Por un lado, la presencia de la bicicleta como elemento alternativo e icono de sostenibilidad (Gerken’s bike shop), y por otro, la sensibilidad sobre el problema de la contaminación acústica que parece estar presente obra por obra, cuadro por cuadro. El exceso de decibelios también se transmite en la pintura. Suena la música, ronrroneos de debates, gotas de lluvia, incluso suenan las páginas de los libros, puede percibirse la respiración, y puede escucharse el silencio, pero no hay ruido.

Reflections IV, óleo s/aluminio y metacrilato (60 x 60), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

Reflections IV, óleo s/aluminio y metacrilato (60 x 60), de Virginia Kelle. Imagen cortesía de la artista.

“Encuentro hermoso construir un edificio e imaginarlo en su silencio”
Peter Zumthor

Por poder, se puede observar la oscuridad, y puede adivinarse la emoción. Y hasta pueden sentirse los iconos publicitarios, estos últimos ordenados y ubicados al detalle en la escenografía, e integrados en estricta compensación del ya mencionado código estético propio del que participa el espectador ejerciendo el papel de observador como un personaje más. Frente al cuadro, al igual que cualquier personaje imaginario contempla la ciudad a través del escaparate que separa interior y exterior, la vida en sí, ese escenario del que todos somos partícipes.

Detiene la metrópoli, detiene el tiempo, y en ese parón, ordena detalles y busca los rincones perfectos para crear su paisaje urbano de comisuras impecables. Para el buen viajero, todas las ciudades tienen su encanto, su rincón inolvidable, los rincones de Virginia Kelle tienen el encanto propio de sus reflejos, los destellos de luces interiores, los tonos especiales de sus gamas cromáticas, y por lo tanto, tienen el encanto propio y el de todas las demás ciudades.

Vicente Chambó

Hiperrealismo: imágenes en alta definición

Hiperrealismo 1967-2013
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 19 de enero de 2015

La muestra comienza con los fundadores del fotorrealismo norteamericano de los años 60 y 70, cuando la abstracción dominaba el horizonte artístico (cumpliéndose así una vez más ese movimiento pendular que parece inevitable entre los opuestos): John Baeder, Robert Bechtle, Chuck Close, Don Eddy, Ralph Goings, Richard Estes, John Kacere, Ron Kleemann o John Salt, para continuar con su internacionalización en las siguientes generaciones hasta la actualidad: Anthony Brunelli, Davis Cone, Robert Gniewek, Gus Heinze, Don Jacot, Ben Johnson, Yigal Ozeri, Raphaella Spence o Bernardo Torrens, entre otros.

Los primeros comparten con ese otro estilo característico de la década, el arte pop, el gusto por los motivos triviales y cotidianos: coches y motos relucientes, letreros luminosos, gasolineras, escaparates, el colorido artificial de los bares de carretera… Suelen ser primeros planos, con ese efecto borroso tan propio de la escasa profundidad de campo de las fotografías que utilizan como modelo.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque estos pintores utilizan la fotografía como instrumento para la pintura, con técnicas como la proyección de diapositivas o el sistema de mallas. El proceso que siguen es el de captar la realidad mediante la fotografía para luego copiarla en el lienzo hasta en sus mínimos detalles. Pintan con pistola a través de mallas copiando la foto celda por celda, o, si utilizan pincel, raspan la pintura para quitar su huella, para no dejar ninguna textura, ninguna materia, buscando que el cuadro se limite a reproducir el efecto de la pura ilusión fotográfica. De esta manera, el aumento del realismo (hiperrealismo) es en este caso la operación que surge de esta doble manipulación de la realidad, la cual queda como bajo un efecto de postal.

Está claro que es la realidad de los objetos, no del sujeto, lo que les interesa. Tal como les llega la imagen, la devuelven aumentada. En esa devolución, en esa copia, apenas van restos de subjetividad, ningún poso ni rastro alguno de la impresión o movimiento íntimo que ha podido suscitar en ellos. Es la realidad puramente visual, la imagen como pura imagen lo que les atrae de tal manera que cualquier filtración que no sea puro dato objetivo, queda eclipsado. Aquello que no sea imagen veraz, perfectamente reconocible, cualquier interferencia del sujeto, queda excluida.

Obra de Neffson en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Neffson en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Al no haber respuesta del artista, ningún rastro de él en el cuadro a excepción de su extrema habilidad, se puede decir que este estilo es unidireccional, un viaje pictórico de sentido único.

Pero el caso es que si una obra de arte vive realmente es por la respuesta que el artista (y el espectador) dan a la realidad que les llega, y su valor está en proporción a la cantidad de interrogantes que suscita esa realidad. En el caso hiperrealista, la carencia de ida y venida, de viaje de doble sentido, es un deseo, una meta, que se consigue implacablemente.

Obra de John Kacere en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Kacere en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Llama la atención este delirio por la perfección, por la reproducción exacta, el énfasis en la precisión extrema y la minuciosidad. Hiperdefinición, exactitud, perfección, minuciosidad, son palabras extremas. Y por el hecho de serlas vienen de rebote las opuestas: vaguedad, imprecisión, improvisación, fantasía, imperfección… Parece como si lo humano fuera aquí tabú. Delirio de perfección, es decir, intolerancia del error, de la contradicción, de la sorpresa. El hiperrealismo tiene esta faceta de máquina. El hecho de querer que no exista el fallo, es decir que no haya intrusión de lo subjetivo, remarca este rasgo de reproducción androide.

La condición para este estilo es el virtuosismo, el dominio absoluto de la técnica. La obra no debe quedar fuera del control del autor. De esta manera se ejerce sobre ella absoluto poder, tanto que la obra queda amordazada, fija, tan exacta en su perfección como fría y cerrada. Todo ese virtuosismo, ese despliegue descomunal de talento y técnica, toda esa elocuencia, no evitan sin embargo que la pintura sea muda. Y es que hay que tener claro que lo que se pinta así no ha sido hecho para que el espectador vierta en la obra aquello que pueda completarla. Este sólo puede verla y dejarse asombrar por ella. Es perfecta, y su perfección es la conquista de su autor, como Pigmalión.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Pero la idea de una imagen hiperdefinida, acabada, perfectamente reconocible, es la utopía del gusto imitativo, que al no tener en cuenta la naturaleza fugaz de la imagen, su movimiento transitorio, comete el error de sobrevalorar una realidad que es sólo un estado entre otros muchos de la cosa representada. Por mucho que el hiperrealista se empeñe en lo contrario, las cosas siempre serán más y de otra manera que como las vemos o las pensamos.

En nuestro deseo de realismo para poder movernos con seguridad por el mundo, solemos tomar la idea por la cosa en una placentera ilusión de reconocimiento e inteligibilidad. Dicho con otras palabras, se suele caer en esta idealización de la imagen, de la apariencia, tomándola por lo real porque nos permite hacernos la ilusión de entender la realidad, el mundo que nos rodea y a nosotros mismos.

Obra de Raphaella Spence en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Raphaella Spence en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Nos da un placer de complacencia narcisista. El pintor que se complace en el hiperrealismo de la representación goza de sí mismo a través del cuadro. Igual que el espectador que se complace en reconocerlo, en entenderlo. La obra se convierte así en pretexto para ese tipo de narcisismo que la inspira, pues se admira la habilidad del artista, su goce, y no el valor en sí mismo de la obra, es decir, en lo que esta tiene de disparadora de contenidos del sujeto.

Lo mismo pasa con el espectador que se complace en esta relación de espejos; lo que espera del arte es lo que espera de una cámara fotográfica en su gesto objetivador: que se ajuste al orden racional de las cosas, ese orden programado para que no falle el entendimiento con la imagen. Por eso el espectador ve satisfecha en la obra que reconoce y entiende, su propia complacencia. Es así que quiera verse por encima de la obra y hacerse dueño de ella. Quizá sea por esto tan del gusto de la mayoría y esté vigente siempre en el modo de mirar (y enjuiciar) la obra artística.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque a fin de cuentas parece que el arte va a padecer siempre esta confusión, la del enfrentamiento entre dos puntos de vista paralelos, condenados a no encontrarse nunca: por un lado, el artista-espectador que se mueve en la lógica de lo que es reconocible y entendible, y por otro el que, sintiendo la experiencia de otra lógica que quiebra todo lo conocido, no puede evitar moverse a tientas en ese vasto espacio de incertidumbre.

Obra de Don Eddy en la exposición sobre el Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Eddy en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Video de Néstor Navarro sobre la exposición:

Hiperrealismo Bellas Artes de Bilbao from Makma on Vimeo.