Sempere y sus serigrafías sonoras

La música de los números que no existen, de Eusebio Sempere
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Hasta el 1 de abril de 2016

Dicen que la música de Bach conecta directamente con dios. La obra artística de Eusebio Sempere, también. Siempre que tomemos a dios como metáfora del anhelo por alcanzar lo más profundo e incognoscible del ser humano. Las “nueve joyitas”, según palabras de Rosa Castells, directora del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA), que se muestran en el Centro del Carmen, son prueba evidente de ese anhelo. En ellas, o mediante ellas, Eusebio Sempere y su “arcángel” Abel Martín logran esa conexión con las altas esferas celestes o los más telúricos abismos, gracias a La música de los números que no existen que da título al conjunto.

Las serigrafías que parecen repicar dentro del Refectorio del Carmen están acompañadas de textos de grandes poetas. Y es esa conjunción de obras, en las que se suceden delicadas geometrías y líneas finísimas o más anchas en diversa gradación tonal, y textos de intenso lirismo lo que produce finalmente esa extraña música. “La música atraviesa toda la exposición”, subrayó Castells, comisaria a su vez de una muestra enmarcada en los actos programados por el Año Sempere, con motivo de los 30 años de su fallecimiento.

Vista de algunas de las serigrafías de Eusebio Sempere en el Centro del Carmen.

Vista de algunas de las serigrafías de Eusebio Sempere en el Centro del Carmen.

Su obra, pasado el tiempo, no ha perdido un ápice de vigencia, sino todo lo contrario: “No ha pasado de moda, está de plena actualidad”, remarcó Rosa Castells. A su lado, Daniel Simón, concejal de Cultura de Alicante, lamentó la “ignorancia” de su propia ciudad hacia el más ilustre de sus artistas. “Ha habido una falta de apreciación de su obra”, manifestó el regidor, quien lo achacó a la “insensibilidad” y a la “ignorancia de los políticos”. Y todo ello a pesar, como coincidieron Castells, Simón y Felipe Garín, director del Consorcio de Museos, en el “reconocimiento de Sempere incluso en vida”. Ahí están, por ejemplo, los más de 1.500 artículos que se le escribieron durante sus años de actividad artística.

¿Entonces? “Dada su trascendencia está poco investigado”, explicó Simón. De ahí la “cuenta pendiente” que, a su juicio, tienen las instituciones universitarias en relación con la obra de un artista al que entienden mejor los niños que los adultos, según apreció Castells. Irene Mira Sempere, sobrina del pintor alicantino, apuntó que merecía la pena entrar en su obra porque destila “profundidad y altura”, al tiempo que consideraba a la sociedad “enferma” cuando se quedaba sin arte.

El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, por Eusebio Sempere, en el Centro del Carmen.

El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, por Eusebio Sempere, en el Centro del Carmen.

La música de los números que no existen. Eusebio Sempere / Abel Martín se inicia con ‘Las Cuatro Estaciones’ (1965), “la primera carpeta de serigrafías artísticas que se estampa en España”, destacó Rosa Castells, que fue más lejos: “Esto es un incunable de la serigrafía”. Nunca antes se había aplicado en nuestro país  la técnica industrial que importaron Sempere y Martín de Francia. A esta carpeta le van sucediendo otras ocho, todas ellas acompañadas de textos poéticos de Pedro Laín Entralgo, Julio Campal, José Miguel Ullán, Edmond Jabès, poetas árabes de Granada, Gabriel Miró o San Juan de la Cruz, cuyo ‘Cántico espiritual’ sirvió de testamento literario a Eusebio Sempere en 1982.

La suma de la contemplación de las serigrafías y la lectura poética es lo que confiere a la exposición un alto vuelo emotivo. Rosa Castells lo infundió leyendo alguno de ellos, a pie de obra, durante su visita guiada. María Aranguren completa la exposición con su particular visión de Sempere, plasmada en los 14 pasos del Vía Crucis desplegado alrededor del claustro gótico del Centro del Carmen. También se incluye el proyecto educativo de Elena Mora, en forma de la instalación ‘A escala de un artista, músico y poeta’. La exposición, procedente del MACA, estará abierta hasta el 17 de abril. A falta de esos estudios más profundos sobre su obra, Sempere repicará dos meses en la sala Refectorio con sus místicas serigrafías.

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Vista de la serie Homenaje a Gabriel Miró, de Eusebio Sempere. Imagen cortesía del Centro del Carmen.

Vista de la serie Homenaje a Gabriel Miró, de Eusebio Sempere. Imagen cortesía del Centro del Carmen.

Salva Torres

Tras los Goya: Magical Girl

Magical Girl. El sueño de la razón

Minimalista como un haiku o el  haiga que lo acompaña, así podría definirse la atmósfera de la última película de Carlos Vermut: sencilla, sobria y contundente. Exiliada la ampulosidad en decorados, vestuario y gestos, en Magical Girl priman las palabras y los actos: expresiones de los deseos, verdades y mentiras de sus protagonistas. Esta fábula contemporánea fundamentada en las invisibles y dramáticas relaciones de sus personajes –como ya hiciera el cineasta en Diamond Flash (2011), a cuyo estilo regresa− se erige en un thriller psicológico cuyo juego de espejos trasciende la pantalla. La situación económica actual −especialmente−, la lucha de clases y la búsqueda de la felicidad desencadenan una trama de la que emerge lo siniestro. La desesperación de un profesor de literatura en paro con una hija enferma y el miedo a la soledad de una manipuladora y caprichosa paciente psiquiátrica, se mezclan con el carácter bondadoso de un  jubilado profesor de matemáticas. La pugna entre el pasado que regresa y un futuro en calma, entre la razón y la sinrazón, la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, o las letras y los números, conducen a una violencia anunciada semejante a la que Villaronga analiza en sus obras.

Existe un fuera de campo que jamás se muestra donde los personajes se definen y se completan, radicando en él ese sutil aire misterioso que los rodea y acerca, convirtiéndolos en caras de una misma moneda que se revela dependiendo del giro. Destaca un José Sacristán mudado en superhéroe de barrio y una Bárbara Lennie de extrema e íntima complejidad. Si los espacios que la rodean resultan vacíos, fríos y asépticos, no lo es menos su vestuario. Acostumbrados a que se premien los vestidos de época, terror o fantasía, hubiera resultado alentador galardonar el trabajo de Iratxe Sanz vistiendo al personaje de Bárbara. Sus ropas, planas, simples y elegantes, más allá del aderezo, funcionan como contraste entre la hipotética serenidad exterior y un interior tan tenso y enmarañado como el que Buñuel quiso para la Deneuve de Belle de Jour (1967) que vistiera Yves Saint Laurent.

La narración dividida en actos con sus apostillas, la mezcla de cultura japonesa y tradición española –aunque a algunos les chirríe, no existe arbitrio en la inclusión del tema La niña de fuego o la referencia a la tauromaquia− junto a ese nexo de unión que vincula a sus personajes convierten Magical Girl en una apuesta diferente y atractiva. Como si de un funambulista se tratase, Vermut arriesga en el alambre. No es fácil mantener a flote una película de constante balanceo, sin embargo, le resulta. Enhorabuena.

Tere Cabello