NEBRASKA: retrato en blanco y negro

NEBRASKA

Convencido de haber ganado un millón de dólares, el anciano Woody Grant (Bruce Dern) emprende un curioso viaje dispuesto a cobrar el hipotético premio. Su hijo menor (Will Forte) le acompaña en esta odisea familiar e híbrida –drama y comedia se dan la mano−, donde la recompensa final en absoluto poseerá valor económico.

Adoptando los modos de esas pequeñas –sólo en apariencia− películas americanas de los últimos años −a saber, Buffalo ’66 (Vincent Gallo, 1998), Transamérica (Duncan Tucker, 2005) o Pequeña Miss Sunshine (J. Dayton, V. Faris, 2006)−, Nebraska ofrece una visión diferente de la familia de clase media estadounidense, sinécdoque de la cultura norteamericana de provincias cimentada en el patriotismo barato, el capitalismo y el falso sueño americano televisivo. La última película de Alexander Payne revela, de manera perspicaz, la auténtica y miserable personalidad de los codiciosos, ofreciendo un retrato extremadamente incisivo sobre la avaricia, el engaño y el abuso. Sin embargo, la mirada de David, el hijo de Woody, ofrece el antídoto a esta ruindad. Con el permiso de Charlot, ambos protagonistas bien podrían engrosar la nómina de personajes más tiernos de la historia del cine.

Un plano de vacíos en el ficticio pueblo de Hawthorne.

Un plano de vacíos en el ficticio pueblo de Hawthorne.

Un elemento a destacar: el reproche a ciertos aspectos de la cultura estadounidense. Al menos en dos ocasiones, Nebraska coloca en solfa el sistema sanitario, evidenciando carencias que debieran resultar inconcebibles en una nación democrática. Asimismo, no resulta banal que el personaje de Woody Grant critique los altos relieves del Monte Rushmore o que su hijo declare, ante el estupor de sus abúlicos primos, no poseer un coche norteamericano. Ello no es un síntoma de antipatriotismo –más si cabe, cuando el personaje principal estuvo en la guerra de Corea−, sino una crítica a quienes aceptan, sin razonamiento previo, las acciones que lleva a cabo el gobierno de su país. Rodada en blanco y negro como otras de las producciones estrenadas este año –Mucho ruido y pocas nueces (Much ado about nothing, Joss Whedon, 2012), Oh Boy (Jan Ole Gerster, 2012) o Ida (Pawel Pawlikowski, 2013)−, cabría preguntarse si no es el deseo de Payne el retrato fotográfico al estilo de Robert Frank y su obra The Americans.

En definitiva, Nebraska resulta una película sobre la familia, la falsedad y la pérdida de valores por un puñado de papeles con número de serie. Un relato en donde el viaje es la excusa para el crecimiento personal, en especial para David, quien descubre a un padre que hasta ahora le era completamente desconocido. He aquí el premio. Nebraska es la historia de un hombre sin maldad, inadaptado y confundido por tomar como cierto aquello que otros le refieren. Su tierna aventura bien vale un millón de dólares.

Tere Cabello

La familia abducida por la televisión en Nebraska (Alexander Payne, 2013).

La familia abducida por la televisión en Nebraska (Alexander Payne, 2013).