Arte japonés y japonismo

Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 15 de septiembre, 2014

La actual crisis económica es una de las muchas otras crisis que nos afectan, la punta del iceberg de una crisis más profunda que engloba a todas: la crisis de relación, con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea.

La crisis económica empieza desde el momento en que consideramos que la suma de nuestros actos se resuelve en cifras; o dicho con otras palabras, cuando existe una deformación peligrosa en la relación con el sentido de la posesión.

La misma alteración existe en la manera de tratar la naturaleza: los mares se convierten en cloacas, y países enteros en vertederos; los bosques son arrancados y quemados; los animales son abandonados, sacrificados o mutilados.

Una de las piezas mostradas en la exposición de Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Una de las piezas mostradas en la exposición de Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

A esta crisis ecológica sin precedentes, se suma la crisis de relación interpersonal (en proporción inversa al boom de las comunicaciones), donde los otros se vuelven objeto de deseo o de miedo, en ángeles o demonios, un reflejo de esa otra relación deformada –quizá la principal-, que existe interiormente con nuestras propias ideas y sentimientos. Nos vemos con otras personas, tenemos ideas, nos asaltan sentimientos, pero no sabemos nada de unas y otras; nos limitamos a establecer preferencias, sin interés ninguno por conocer y comprender.

A pesar de todo, como si fuera un diamante bajo el carbón, existe el entendimiento de una razón de ser que da valor a lo que hacemos –o dejamos de hacer. Es la razón que nos lleva a comprender en toda su compleja dimensión la interrelación de todas las cosas. Un sentido intuitivo que desmonta el engaño de esa relación personal basada en el comportamiento binario (o funciona o no funciona) que peligrosamente se está desencadenando por impacto de la tecnología informática.

De esta razón o sentido intuitivo nos habla la muestra que el Museo de Bellas Artes de Bilbao presenta hasta el final del verano sobre arte japonés. Piezas de un arte cuya belleza se hace traslúcida precisamente por el valor de lo imperfecto, lo inacabado, lo asimétrico, el carácter pasajero de las cosas, lo imprevisto, todo aquello que desafía esa relación binaria que acabamos de mencionar.

Una de las obras de la exposición sobre Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Una de las obras de la exposición sobre Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La exposición se compone de casi trescientas piezas, en su mayoría pertenecientes al período Edo (siglos XVIII y XIX): pinturas, libros y estampas, estuches, abanicos, una de las mejores colecciones europeas de tsuba (guarda de la hoja del sable japonés), inrô (cajita que cuelga del cinturón del kimono), suzuribako (caja escritorio), objetos namban y cerámica para la ceremonia del té basada en la estética Zen. Todas ellas son piezas realizadas con técnicas distintas pero que comparten el mismo interés por la belleza de los objetos sencillos. El artista japonés, profundamente vinculado con su obra, siente los materiales como parte esencial de su vida y de su relación con el medio del que forma parte.

En Japón, el arte (gei), tiene un sentido distinto que en occidente, más trasgresor de los límites impuestos por la forma sensible. Más, o de otra manera. Es un arte que explora la materia como gen creador de vida, una estética que tantea lo que la vida pueda tener de sentido por medio del arte. O para decirlo abiertamente: por medio de la belleza. Una belleza que para estos artistas es igual a armonía, un impulso poético, un principio sensitivo que lleva a la materialización de la obra, que no tiene finalidad en sí, sino que la traspasa y va a un infinito creativo.

La belleza alude directamente a la existencia; tiene por tanto carácter ontológico: consiste en alcanzar el sentido con el todo. Este tipo de arte está basado en cualidades que, desde lo aislado o separado, sugieran o remitan a la totalidad. Y lo esencial que sugiere la totalidad es el vacío, la razón de ser de todo lo que existe.

La exposición incluye además treinta obras pertenecientes a la colección del museo donde se destaca el japonismo, la influencia que el arte japonés tuvo en el arte occidental del siglo XIX (Gauguin, Mary Cassatt, Ignacio Zuloaga) y en la abstracción y el informalismo (Tàpies, Chillida).

Ilustración de una de las obras de la exposición de Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Ilustración de una de las obras de la exposición de Arte Japonés en el Museo de BBAA. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Arte en la calle: Henry Moore

Esculturas de Henry Moore
Obra social “La Caixa”, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao
Parque de Doña Casilda, entorno del Museo de Bellas Artes de Bilbao
Hasta el 17 de julio, 2014

¿Cómo sería la vida en el vientre materno? ¿Cómo fue? Y la desesperada bocanada de aire, el primer grito, ¿qué podrá nunca contener aquel desgarro, cuando un momento antes se estaba entre la vida y la muerte? ¿Y qué relación hubo luego entre la madre y su hijo durante aquellos primeros días y meses? Posiblemente, sólo la sensación de un cuerpo. Sin cambio, sin tiempo, un movimiento sostenido. La mente tiende a regresar de una manera instintiva a ese punto cero.

Lo hace Henry Moore, intentando encontrar una forma, una expresión que lo sintetice, que lo resuma. Intentando dar con la forma que haga resonar ese misterio como la invocación de una palabra mágica. La forma de un estado que como no podrá ser nunca conocido, seguirá siendo eso, un eterno misterio inviolado, y por lo tanto, inconsciente, poderoso y sobrenatural.

'Formas conectadas reclinadas', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

‘Formas conectadas reclinadas’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

Madre e hijo reclinados: el niño está hecho de ondulaciones como bocas abiertas que buscan el palpitante seno; la madre, sin boca, con ojos diminutos como los de una alienígena, muestra el seno que lo atrae y lo completa. El niño, la ondulante figura torneada que lo sugiere, se yergue probándose a sí mismo, su equilibrio; la madre se recuesta un poco cansada, lo deja hacer. El niño y la madre se funden en un solo cuerpo geométrico, porque lo geométrico es el cuerpo de la idea, y lo que aquí se expresa es la idea, el esquema de las cosas, el espectro de lo real.

'Gran figura de pie: filo de cuchillo', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

‘Gran figura de pie: filo de cuchillo’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

Es uno de los siete bronces de gran tamaño que la obra social La Caixa, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao, muestra en el entorno ajardinado del Museo de Bellas Artes. Las otras piezas, creadas entre 1960 y 1982 (como la anterior), forman parte de la apuesta de acercar el arte a la calle: “Formas conectadas reclinadas”, “Gran figura de pie: Filo de cuchillo”, “Pieza de bloqueo”, “Figura reclinada”, “Figura reclinada en dos piezas número 2” y “Óvalo con puntos”.

Aparte de la relación madre-hijo, todas ellas revelan la fascinación que sobre el artista ejerce el discurso latente entre la figura humana y el paisaje, convirtiendo los hombros, los brazos, los pechos en montañas rocosas, o las piernas y los troncos en pasadizos y grutas calizas sobre el mar…

'Figura reclinada en dos piezas, número 2', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

‘Figura reclinada en dos piezas, número 2’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

La idea de una exposición itinerante es, no sólo sacar el arte fuera del marco de los museos, sino quizá aún más importante, la de compartir el arte. En los años 70 las sondas Voyager llevaban un disco de oro con una selección de música que provenía de múltiples culturas del mundo, saludos en 55 idiomas y una mezcla de sonidos característicos del planeta, entre otros mensajes e informaciones de la tierra. Los bronces de Moore que ahora pueden verse en Bilbao, ya han estado antes en Las Palmas, Tenerife y Valencia. La idea que las mueve, la de compartir la experiencia cultural, es la misma.

'Madre e hijo reclinados', escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

‘Madre e hijo reclinados’, escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

Iñaki Torres

L’esperit català de Antoni Tàpies

L’esperit català, de Antoni Tàpies
Obra invitada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 30 de junio de 2014

Hay cuadros que descansan en sí mismos, como organismos que viven de su propia existencia, son inabarcables, inagotables, interrogantes que contienen respuestas que abren otros interrogantes. Obras que al concentrarse en sí mismas y ser su propia referencia, se destacan con un valor absoluto. Esta condición estética excluye toda función que no sea la artística, renunciando por tanto a ser panfleto político, ensayo social o mensaje moral.

Otros cuadros sirven como instrumento, como medio para conseguir otros fines que se sitúan fuera del campo artístico. Tienen por tanto un valor relativo en el sentido de que su valor está relacionado con el fin que se persigue. El centro de gravedad deja de estar en su interior para saltar fuera y convertirse así el cuadro en médium que obedece a voces extrañas a lo puramente estético. La consecuencia es que el mensaje, ese sentido ajeno a lo artístico en cuanto tal, acaba reclamando toda la atención y convirtiendo al cuadro en mera comparsa.

L'esperit català, de Antoni Tàpies. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

L’esperit català, de Antoni Tàpies. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao presenta como obra invitada este año la de Antoni Tàpies L’esperit català. Lo acompañan otras dos obras más: Gran Oval (1955) y Signe i matèria (1961). Estas pertenecen a la primera categoría que acabamos de señalar; la invitada pertenece a la última.

Creada en 1971 este cuadro de gran formato, pintado con polvo de mármol, óleo y pigmentos, dibuja cuatro barras rojas sobre un fondo amarillo oscuro. Es un gran cartel, un grafiti formado con palabras como Llibertat, Democracia, Veritat o Cultura entre otras muchas componiendo un manifiesto donde se destaca sobre todas ellas la de Catalunya como símbolo y síntesis de ese mensaje. Palabras que comparten el mismo espacio que esas huellas rojas como arañazos de los que tal vez pudieron apenas escribirlas. Agonizante el largo período franquista, disipándose como negro humo, van apareciendo debajo las señales de lo que había estado antes y estaría de nuevo, como ese ojo que mira como si no hubiera sido cerrado nunca, o esa boca abierta congelada en una voz que quiere volver a oírse con más fuerza que cuando fue callada.

Este cuadro quiere ser al mismo tiempo pancarta reivindicativa, el testimonio anónimo de un pueblo formado por esas huellas y esas palabras cuyo valor, por cierto, no está en ellas sino en quien se atreve a realizarlas.

A esto nos obliga el cuadro, a saltar fuera de él y desentrañar quizás el valor de palabras como verdad o libertad, una mera abstracción mientras no haya personas que sepan pensar por sí mismas. Este cuadro muestra las marcas dejadas por un pueblo que, para bien o para mal, siempre será la extensión de lo que cada uno es, y que se revela en la relación con uno mismo, con los demás y con todas las cosas. Palabras arañadas en ese muro que quiere denunciar la situación de autoridad y obediencia de un pasado que al basarse en una imposición, mutiló su derecho a comprender lo que puede ser la libertad, un reto que sigue vigente en nuestras relaciones.

En definitiva, un cuadro que atravesado por esa fuga a la denuncia social y política, proclama tal vez sin quererlo que lejos de esa genuina individualidad que materializa la libertad, no puede haber democracia, no puede haber cultura, y la verdad o el arte son sólo un cuento.

L'esperit català, de Antoni Tàpies. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

L’esperit català, de Antoni Tàpies. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Los ultracuerpos de Markus Lüpertz

Markus Lüpertz. 1963-2013
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 19 de mayo

Una obra de arte es como un iceberg, esconde mucho más que lo que muestra. Tan importantes son los temas que el artista escoge, como los que deshecha, tan elocuentes son los últimos como los primeros. El acto creativo desencadena sucesos, objetivos y subjetivos, que se escapan a la propia voluntad del artista, y llegan al espectador provocando sus propios interrogantes.

Uno de estos interrogantes para el espectador, quizá el que más suele quemar, es el hecho de encontrarse con una obra que se resiste a ser vista desde la perspectiva habitual, que no le da referencias conocidas que le permitan identificarse con ella, reconocerse en ella. O lo que es igual, que no puede entender. Una obra en la que todos los puentes para abordarla desde lo conocido han sido quemados y destruidos. Esto es lo que ocurre con Markus Lüpertz (Liberec, Bohemia, República Checa, 1941). Una antológica de 91 obras se expone hasta el 19 de mayo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, comprendiendo el vasto período que va desde 1963 hasta 2013.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Lo que generalmente se busca en una obra de arte, lo que se le suele pedir, es que nos facilite aquella porción de realidad con la que nos podamos identificar, o sea, que podamos reconocer y entender. Que nos permita quedarnos con la sensación narcisista, al final del encuentro con la obra, de estar por encima de ella. Lüpertz, sin embargo, no está interesado para nada en la realidad, sino en lo artístico en tanto artístico. No le interesa que haya que entender nada, ni que haya nada que reconocer, es decir, no busca presentarnos nada que ya sepamos, como él mismo reclama para sí: “yo no quiero pintar algo que ya me sé”. Y por esta razón, lo que nos muestra son precisamente objetos que apenas sabemos de ellos, o no sabemos en absoluto, objetos que gozan de autonomía propia.

Además, Lüpertz siente que el objeto solo es artístico, no sólo en la medida en que no es real, sino sobre todo mientras se cumpla un presente continuo de improvisación, el acto mismo de pintar. Cuando retrata a Circe o a Diana, no está interesado en su imagen de diosas, ni como representación, ni siquiera como alusión, sino en el puro acto de retratarlas, improvisadamente, o sea, sin premeditación, como él dice de nuevo: “El proceso creador no está planificado, es el acto”.

Para el artista alemán el objeto no es distinto de lo que representa, sencillamente porque no representa nada. Lo que hace es presentarlo como pura forma, con dibujo tosco, primitivo, con pinceladas gruesas y rápidas, improvisadas e inacabadas. Es evidente que el artista goza con el puro acto de pintar. Por eso no nos extraña cuando al hablar de lo que hace el artista, se limita a decir: “El pintor pinta”.

Y este acto es, digámoslo ya, destructivo. Lüpertz no va hacia la realidad, sino contra ella. No se acerca a lo humano (lo real, lo natural, la referencia conocida) si no es para despojarlo de todo lo que le hace humano (demasiado humano), agrediéndolo hasta deshacerlo. De esta forma cumple la exigencia del mito tal como él lo siente, ser otra cosa que individuo: “La antigüedad es un mundo que trasciende el individuo”.

Markus Lüpertz, entre algunas de sus obras. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Markus Lüpertz, entre algunas de sus obras. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Para él toda realidad que apunte a lo humano (y que por tanto le aleje del mito), tiene que ser por fuerza tabú. Y es por ello que lo suplanta en sus creaciones con la forma pura como elemento expresivo destacado, como antes que él hizo Picasso en muchas de sus producciones. La forma pura se convierte entonces, por influencia del tabú, en metáfora. Pero una metáfora que denigra y asesina la realidad que sustituye. Cuando modela, retuerce la materia y la amontona a golpes para luego despedazarla y mutilarla, hincharla y cortarla, es decir quitar rabiosamente de ella todo lo que de ella misma pueda quedar. Por eso el cuerpo que se presenta delante de nosotros parece el superviviente horriblemente deformado de un bombardeo.

Y es que salta a la vista la preferencia de este artista por el cuerpo deforme. Toma como principio el estado de conservación con que nos han llegado las estatuas clásicas, unas sin cabeza o sin pies, otras sin brazos, incompletas y heridas. Las hace cabezonas, tumefactas y lisiadas. El único parecido humano, el único rastro que nos deja es su virtualidad. Así, su Judith no tiene relación ninguna con la viuda hebrea o su Salieri tampoco ninguna con el músico que vivió a la sombra de Mozart, salvo por ser virtualmente Judith o Salieri.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Por si fuera poco, para remarcar aún más que el cuerpo que funde en bronce ha dejado de ser lo que apunta virtualmente, lo pinta con colores fuertes, lo empolva y lo maquilla exageradamente. Todo ello para remarcar la total independencia del objeto artístico por sí mismo hasta tal extremo que lo convierte en una cosa nueva, enteramente –exageradamente- artística. Una cosa nueva que se encuentra violentada y llevada al extremo, es decir, convertida en ultracuerpo. Así también sus troncos son ultratroncos, o sus velas ultravelas, un producto literalmente excesivo, o como él prefiere llamar, ditirámbico.

Ese arte exagerado del que hablamos, esa forma manifiestamente independiente que domina sus obras, es por otro lado, irónico. Lüpertz toma el arte por lo que es, una ficción. Nos invita a ver sus cuadros y bronces como una ficción y, como tal, como una broma, la burla de la propia farsa. Como cuando dice: “El negro no es un color. El blanco no es un color. Afirmación a menudo cuestionada, ¿es o no cierta? ¡Qué más da!”. La ironía queda anunciada así como código estético, como vemos claramente en sus autorretratos, o sus cuadros sobre Halloween y la navidad.

Pero hay que aclarar enseguida que esto no significa que Lüpertz no se tome en serio el arte. Al contrario, precisamente porque le interesa, porque sabe de su importancia, lo desnuda del corset en que durante décadas ha estado constreñido, el de tener que ser, como si fuera su amargo destino, grave, serio y profundo. Carga demasiado pesada para alguien que declara: “Soy artista, no pedagogo. No quiero salvar el mundo con el arte”.

Al contrario, su obra tiene la importancia de ver la ficción como pura ficción, el arte como arte, absoluto dueño de sí mismo. Sus cuadros, sus bronces, están ahí, en su ingenua desnudez, esperando que se vean simplemente tal como son. Como se ha dicho antes, no busca que el espectador goce de sí mismo reconociéndose en la obra que contempla, lo que simplemente espera es que goce del objeto artístico como tal, sin pretensiones de que sea otra cosa. Nada más, pero nada menos.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Markus Lüpertz. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Díez Alaba y sus paisajes de lo imposible

Transitando un tiempo, de Mikel Díez Alaba
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 27 de abril

Pararse a mirar. Es un acto simple, un principio del que mana toda creatividad. En situaciones como la actual donde una inundación de imágenes anega todos los medios, la mirada rebota de una en otra –en una relación de espejos- agotándose en ese desplazamiento estéril e inmunizándose contra la atención, que es lo que precisamente toda imagen reclama. El sentido de la imagen permanece ignorado, desconocido e intacto. La imagen queda a la deriva, sumergida en la corriente del puro intercambio consumista, en una circulación incesante y letárgica donde se mira sin que se vea nada, sin que se sienta nada y sin que nada sea real.

Obra de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando el tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando el tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Para encontrar ese sentido –real- que la imagen tiene, es necesario pararse a mirar.  Pararse a mirar es ver. Esa detención de la corriente del tiempo del mirar sin ver, pone en marcha precisamente la imaginación, que es un movimiento, el sentimiento, que es un valor, y la intuición, que es una brújula. En estas dimensiones, pensar es lo mismo que descubrir, un presente activo. Si algo debemos a los artistas que se han rebelado en todos los tiempos contra la continuidad imitativa, es el intento de quemar esa imaginería sin sentido, vacía y muerta.

En este punto nos encontramos con la pintura de Mikel Díez Alaba (Bilbao, 1947), cuya exposición “Transitando un tiempo”, tiene lugar estos primeros meses en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Paisajes imposibles, encendidos, oníricos, alucinantes y extraños. Mares de brasas en cielos en ascenso, perfiles insinuados de arqueros de todas las épocas, las hembras millón y su rara descendencia rasgando el aire en una danza ebria, manchas oscilantes del oro al fuego y al púrpura y al azul y al verde en los rostros que se adivinan, las canciones del invierno que transmigran a los vientos furiosos de mayo, parece concebirse algo más misterioso que la nada y sus bordes de cuchilla.

En sus paisajes reverberan las superficies crepusculares, la exfoliación de sueños dentro de otros sueños en una armonía simple, todas las degradaciones de la luz edénica y la transparencia espectral, sombras monstruo rodando en escenas interminables, como atravesadas por algún rayo inconsciente y apasionado, peces anfibio, juncos azotados por la tramontana, playas desiertas, veladas en sfumato por brumas que amenazan con borrarlo todo, como si lo que vemos fuese accidental, siendo lo habitual estar oculto.

Obra de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando el tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando el tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La paleta es rica, con pastas suaves sobre fondos líquidos que sujetan como un bastidor cromático el salpicado del dripping. La pintura se deja caer, se arrastra o se sopla, haciendo que la luz se extienda o se encrespe o se oculte en veladuras oníricas que evocan a Turner. Porque para el autor el acto de pintar es el acto de una mano que intuye, y al hacerlo se acerca al lenguaje de un arte que en sus propias palabras “escribe misterios para despertar evidencias”.

El paisaje, ese género tan manoseado y devastado, expuesto al gusto ñoño de generaciones enteras en occidente, es en esta exposición rescatado y vaciado de los adornos que la han consumido durante décadas. El paisaje recupera su forma original donde la naturaleza se revela tanto en los fondos telúricos como en los detalles sutiles y alados, en la profundidad y en la delicadeza, haciendo que lo natural vuelva ser asombroso, un vibrante signo de interrogación.

Detalle de una de las obras de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando un tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Detalle de una de las obras de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando un tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres