William Kentridge, en el diván de su estudio

‘7 fragmentos para Georges Méliès’, de William Kentridge
Incluye dos obras: ‘Día por noche’ y ‘Viaje a la luna’
Instalación de ocho canales, nueve pantallas, vídeo HD, blanco y negro, silencio
Piezas sonorizadas por Philip Miller
Comisario: Manuel Cirauqui
Fecha de realización: 2003
Sala Film & Video
Museo Guggenheim Bilbao
Hasta el 7 de febrero de 2021
Sábado 5 de septiembre de 2020

En recuerdo de Adolfo Santamaría, psicoanalista

Si hubiese una sola palabra para describir la instalación ‘7 fragmentos para Georges Méliès’, del artista William Kentridge (Johannesburgo 1955), ésta sería: Tummelplatz. Un término alemán que significa literalmente “un lugar donde hacer bullicio”, al estar compuesta con el verbo Tummein (hacer bullicio) y el sustantivo Platz (lugar). El diccionario alemán Duden define con dos acepciones el vocablo: como un lugar donde las personas de determinada categoría lo pasan bien, se sienten bien, se desarrollan en libertad y, también, como un lugar de juego.

La obra de este artista, premio Princesa de Asturias de las Artes en 2017, trasluce el significado de esta palabra, hasta tal punto que el propio Kentridge crea en 2016 un libro-exposición titulado Tummelplatz, cuyo contenido son diez fotograbados esteroscópicos.

William Kentridge en ‘7 fragmentos sobre Georges Méliès’, en el Museo Guggenheim de Bilbao. Foto: Begoña Siles

Recordar, repetir y elaborar

Estas tres palabras remiten al título del ensayo escrito por el psicoanalista Sigmund Freud en 1914: ‘Recuerdo, repetición y elaboración’. En este ensayo, Freud utiliza también el vocablo Tummelplatz para describir el  espacio entre el analista y el paciente como un lugar de debate, de representación y asociación libre de ideas y de metáforas que van derivando y entremezclándose.

William Kentridge, en la pieza ‘Viaje a la luna’ (una de las dos que compone la instalación del Guggenheim, la otra es ‘Día por noche’), recrea el estudio del artista como ese lugar de juego, de bullicio creativo y experimental, como un espacio donde el artista se debate entre la idea y la materialización creativa de la misma, donde creación y destrucción confluyen hasta llegar a la representación. Para Kentridge, el estudio es ese lugar donde el artista, al igual que el paciente en el diván del psicoanalista, indaga en sus medios y deseos pasados y presentes hasta que surja algo nuevo.

Imagen de ‘7 fragmentos de Georges Méliès’, de William Kentridge, en el Museo Guggenheim de Bilbao. Foto: Begoña Siles

El artista y el paciente psicoanalítico comparten la experiencia de reescribir en el proceso creativo y de subjetivación, respectivamente,  la huella de esos miedos, deseos, hasta sentir el movimiento de ir hacia delante desde una mirada retroactiva.

“A la hora de afrontar el trabajo no parto de un guion o un story board, tanto si se trata de una película,  de una obra escénica, como de animación. El secreto está en seguir un impulso incierto y dejar que sea el proceso de creación el que se encargue de clarificar este impulso”, precisa Kentridge en la entrevista para el programa Metrópolis de RTVE.

La instalación ‘7 fragmentos para Georges Méliès’ no sólo es una obra visual donde el artista reflexiona sobre el proceso creativo, sobre la investigación artística, como un espacio de juego y libre asociación de ideas, sino también un homenaje al gran pionero cinematográfico Georges Méliès (París-Francia, 1861-1938). Kentridge, al igual que Méliès, es un artista polifacético: no sólo indaga creativamente con la imagen en movimiento, sino también con otros medios de expresión como las artes plásticas -dibujo grabado, pintura- y escénicas -teatro, ópera y música-. Ahora bien, es el dibujo en blanco y negro la base de su proceso creativo en sus piezas audiovisuales y teatrales. Para el artista, el dibujo, en concreto al carboncillo, no sólo se acopla perfectamente al medio cinematográfico, sino que además es “un boceto visual del pensamiento”.

A la izda, imagen de ‘7 fragmentos de Georges Méliès, de William Kentridge, y a la dcha, fotograma de ‘Viaje a la luna’, de Méliès.

“Una de las cosas a tener en cuenta a la hora de hacer películas es que la velocidad del trabajo forma parte del modo de trabajo. Y, en este sentido, el dibujo al carboncillo no es como la pintura al óleo. El carboncillo te permite acelerar el proceso, porque basta pasar un paño para borrar, para que surja algo nuevo”, apunta el autor en la citada entrevista.

Kentridge, en esta  instalación ‘7 fragmentos para Georges Méliès’, se aleja de los temas que, principalmente, tratan sus obras tanto plásticas como escénicas -esto es, el apartheid, la exclusión social, el sufrimiento, la dominación y la emancipación en la era postcolonial-, para indagar en el complejo proceso creativo -la distancia entre la idea y la materialización, la investigación artística como un espacio de juego onírico y fantasmal-.

Imagen de ‘7 fragmentos sobre Georges Méliès’, de William Kentridge, en el Museo Guggenheim de Bilbao. Foto: Begoña Siles.

Para mostrarlo, el artista toma como referencia la película ‘Viaje a la luna’, realizada por Méliès en 1902, a modo de recuerdo, repetición y elaboración. Recuerdo impreso en el título dedicatorio de la instalación y en el nombre homónimo de una de las piezas del montaje instalativo. Repetición, a modo de reconocimiento, de la ilusionista técnica de montaje y planificación del fantástico director Méliès. Fantástico, en el doble sentido de la palabra: como magnífico y excelente director, y, además, como el creador de un cine singular por quimérico, mágico, fantasmagórico, a través de la explosión de apariciones y desapariciones, fragmentaciones y uniones de objetos y personas.

Y, por último, elaboración. La pieza ‘Viaje a la luna’ es una fiesta quimérica, fantasmagórica, de todos los objetos, dibujos y musas que habitan en el estudio y en la cabeza del artista en el momento de la creación. Objetos y dibujos que se desplazan de su lógica función para componer una absurda y breve metáfora a modo de greguería, tal y como  Ramón Gómez de la Serna las imaginó.

“Hay que tomarse en serio lo absurdo. Lo absurdo no es ni estúpido ni tonto. Se refiere siempre a una lógica que se ha roto. La idea de que una nariz pueda abandonar una cara plantea una lógica falsa, que nos sirve para hablar del miedo a las jerarquías o de la división de uno en varias personas. Si quieres hablar del apartheid en Sudáfrica, esos recursos sirven. El absurdo rompe la lógica racional y se apoya en lo irracional. Hay que tomarse en serio lo absurdo”, concluye Kentridge en la entrevista de Metrópolis.

William Kentridge
Imagen de ‘7 fragmentos sobre Georges Méliès’, de William Kentridge, en el Museo Guggenheim. Foto: Begoña Siles.

Begoña Siles

Tres ‘negras’ con mucha historia

‘1793’, de Niklas Nat och Dag (Salamandra)
‘Estudio en negro’, de José Carlos Somoza (Espasa)
‘Metrópolis’, de Philip Kerr (RBA)
Viernes 24 de julio de 2020

En esta sociedad de consumo cuando algo triunfa, es decir cuando algo se vende bien, está condenado a la copia y réplica ‘ad infinitum’ mientras resulta rentable. Y no sólo  ocurre con los objetos materiales, sino también con los bienes que nutren el espíritu. El ‘boom’ de la novela negra ha provocado una avalancha de ‘thrillers’ con distintas dosis de violencia, sordidez y erotismo. En vez de detectives o policías machotes y dipsómanos, ahora los protagonistas  suelen ser mujeres atractivas, bien polis, periodistas o profesiones afines que llevan la voz cantante. Se publica mucho y a destajo con el consiguiente desconcierto del lector, que ya no sabe si lo que está leyendo es una novela policíaca, costumbrista, romántica o simplemente un pestiño. Aunque, naturalmente también te tropiezas con auténticas obra de arte. Pocas.

No voy a meterme en camisa de once varas ni a trillar en esta era para separar el grano de la paja. Pero sí sugerir tres libros que serán fieles compañeros de viaje y aventuras. Ambientados, respectivamente en los siglos XVIII, XIX y XX en distintos lugares de Europa, los tres combinan una prosa brillante y una ingeniosa intriga con un transfondo histórico que aporta un rico filón de conocimientos.

Niklas Nat och Dag. Fotografía de Kiefer Lee por cortesía del autor.

Debido a la dificultad de suministro de nuevas lecturas durante el confinamiento, me zampé dos veces ‘1793’ de Niklas Nat och Dag (Salamandra). Cuando releés con gusto una novela en un corto intervalo de tiempo sólo hay dos posibilidades. O la historia es de esas con garra que te atrapan o es que eres tonto. Como no soy tonta, garantizo que la historia a la que me refiero es de las buenas.

Tiene una arranque espléndido con la presentación del dúo protagonista que entabla una simbiosis de alto voltaje. Mickel Cardell, un ex soldado mutilado que arrea mamporros con un brazo de madera y Cecil Winge un joven abogado tísico que intenta ahondar en la mente de los criminales. La historia empieza cuando el primero descubre flotando en un lago apestoso el cuerpo del delito, aunque tal vez sea excesivo llamar cuerpo a quien carece de piernas, brazos, incluso lengua y ojos. Truculento, sí. Tal vez excesivo, de acuerdo. Pero no se trata de un truco efectista con  toques macabros. A lo largo de las siguientes páginas todo va cobrando sentido en un muy bien hilvanado relato de amor, perversión y venganza.

La investigación del dúo protagonista adentra al lector en un Estocolmo asolado por las secuelas de la guerra con Rusia, epidemias, hambre, miseria y putrefacción física y moral. Con pincel hiperrealista el autor carga las tintas en la descripción de un ambiente de extrema sordidez, al tiempo que recrea con detalle una antigua ciudad que ha estudiado a fondo.

Más allá de la trama policiaca e histórica Nat och Dag (Noche y día literalmente), vástago de una familia sueca de alcurnia,  construye un retablo social al incluir otros dos personajes en sendas subtramas. Un joven pueblerino, simpático y apuesto que llega a la ciudad con el sueño de ser médico y, enganchado a la buena vida y costumbres picarescas, acaba esclavizado por un señor muy, muy oscuro. Y una joven de la calle acusada de prostitución que  logra escapar de una espantosa cárcel donde las mujeres son obligadas a hilar sin descanso.

Así, el lector disfruta arrancando distintas capas y profundizando cada vez más hondo, pues la intriga criminal se entrelaza con el retablo social y antropológico. Y en el núcleo central, el eterno debate filosófico que enfrentaba a el marqués de Sade y Jean-Jacques Rousseau. ¿Nuestra naturaleza básica es corrompida por la sociedad, según decía Rousseau, o la sociedad es el resultado lógico de nuestra naturaleza retorcida, como defendía Sade?

José Carlos Somoza. Fotografia de Nines Mínguez por cortesía del autor.

Con ‘Estudio en negro’ (Espasa) de José Carlos Somoza viajamos al Londres de 1882, donde Anne McCarey, una cuarentona poco agraciada se gana la vida cuidando ancianos adinerados, mientras mantiene una relación sentimental con un marinero que la maltrata. McCarey es la narradora y protagonista de este delicioso relato victoriano en primera persona en el que Somoza recrea los orígenes de Sherlock Holmes.

Al quedar huérfana, McCarey acepta un puesto de enfermera en la localidad portuaria de Portsmouth, en una residencia privada para caballeros de alta cuna. Allí le asignan el cuidado del señor X con quien entabla una relación peculiar que evoluciona desde el recelo mutuo a la complicidad. Dueño de una gran cabeza, enclenque de cuerpo y con un ojo de cada color, el señor X pertenece a una distinguida familia y ha pasado la vida ingresado en distintas residencias debido a su caracter singular. La aparición de un apuesto doctor que se presenta como Arthur Conan Doyle y la muerte de varios mendigos, un niño y otros habitantes de la localidad en extrañas circunstancias desencadena una investigación por parte señor X, con la ayuda de sus ‘chicos de la calle’.

El teatro, gran pasión de Somoza, es telón de fondo. Pero no el oficial que se anuncia en los diarios para un público bienpensante, sino el secreto y prohibido, los llamados escandalosos o clandestinos con una puesta en escena picante o explícitamente erótica. Diversas modalidades del teatro de variedades que nació en París, en 1790, y se extendió con gran éxito por Europa, desde el burlesque, el vodevil a la revista o cabaret.

Los dos libros que comento tienen en común el hecho de ser primeras entregas de sendas trilogías. Dado que dejan buen sabor de boca, despiertan el deseo de conocer más historias sobre unos personajes que nos han seducido.

Philip Kerr. Imagen extraída de Wikipedia.

Por desgracia la tercera novela de mi selección, ‘Metrópolis’ (RBA) no tendrá secuela, pues es la última que escribió Philip Kerr, fallecido en Londres, en 2018.   En su novela póstuma relata los inicios del personaje protagonista de su memorable serie.  Un joven Bernie Gunther que, en el Berlín de 1928, en vísperas del fin de la República de Weimar persigue a un asesino de prostitutas a las que les arranca el cuero cabelludo en plan indio y de tullidos de la guerra. Magnífico punto final para una obra memorable.

Bel Carrasco

“Nos negamos a ser expulsados del paraíso”

Malestar y cine: del desencanto a los espacios encantados
Cátedra Berlanga
Organiza: Universidad CEU Cardenal Herrera y CulturArts IVAC La Filmoteca
Colabora: Asociación Cultural Trama y Fondo
Palacio de Colomina
C / Almodí, 1. Valencia
Lunes 12 y martes 13 de diciembre de 2016

“La búsqueda de paraísos perdidos está en el corazón de la cultura occidental: no aceptamos que se nos haya expulsado del paraíso original”. Antonio Lastra, doctor en Filosofía, abre así la senda por la que sin duda transitarán las jornadas de cine organizadas por la Cátedra Berlanga del CEU Universidad Cardenal Herrera y el IVAC La Filmoteca de CulturArts, en colaboración con la asociación cultural Trama y Fondo. ‘Malestar y cine: del desencanto a los espacios encantados’ pondrá en liza en el Palacio de Colomina durante los días 12 y 13 dos películas, ‘Calabuch’ (1956) de Luis García Berlanga y ‘Horizontes perdidos’ (1937) de Frank Capra, con el fin de ahondar en las raíces de esa larga invocación utópica.

Fotograma de Captain Fantastic, de Matt Ross.

Fotograma de Captain Fantastic, de Matt Ross.

La celebración del quinto centenario del libro ‘Utopía’ de Thomas More, las obras de teatro que en su nombre se vienen representando en la actualidad y hasta la serie de TV ‘Utopia’, que Channel 4 ha estado emitiendo hasta hace bien poco, son algunas de las huellas que hoy en día se hacen eco de ese reclamo. Reclamo al que se suma ‘Captain Fantastic’, la reciente película de Matt Ross protagonizada por Viggo Mortensen, quien encarna a un padre que cría y educa a sus hijos en unos remotos bosques alejados de la civilización.

Además de Antonio Lastra, en calidad de investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá, se harán cargo del análisis de las películas y desarrollo del debate Jesús González Requena, de la Universidad Complutense de Madrid, Luis Martín Arias (Universidad de Valladolid) y José Luis Castro de Paz (Universidad de Santiago de Compostela).

Los directores valencianos Paco Plaza y José Enrique March se encargarán de indagar en las resonancias de Berlanga dentro de sus respectivas trayectorias fílmicas, en un encuentro moderado por Rafael Maluenda (Berlanga Film Museum), mientras Carmen Senabre (Universidad de Valencia) junto a Amparo Zacarés  y Nieves Alberola, ambas de la Universidad Jaume I de Castellón, ofrecerán diversos puntos de vista en torno al universo berlanguiano en una mesa redonda moderada por Nieves López Menchero, del IVAC La Filmoteca.

El Shangri-La que aparece en la película 'Horizontes perdidos', de Frank Capra.

El Shangri-La que aparece en la película ‘Horizontes perdidos’, de Frank Capra.

“La crisis radical que vivió Europa en los años 20 y 30 del pasado siglo tiene su proyección y nos devuelve al contexto de crisis radical que vivimos en la actualidad”. González Requena pondrá en contraste ‘Horizontes perdidos’ con ‘Metrópolis’ (1927) de Fritz Lang para desarrollar su tesis: “Siempre se ha dado esa idea de fantasear universos idílicos, lo que supone una aceptación anticipada de la derrota”. Europa se iría al traste, toda vez que se da por muerto su proyecto político al buscar refugios utópicos. “Buscamos una especie de Arca de Noé, ante la catástrofe evidente que se ve venir”, concluye el catedrático de la Complutense, para quien “están retornando los nacionalismos más locos”.

“Pienso que Berlanga y [Juan Antonio] Bardem son dos discípulos inesperados de Capra”, apunta Lastra, que ve en ‘Calabuch’ “una especie de remake de ‘Horizontes Perdidos’ trasladado a España”. En ambos casos, un hombre maduro y con gran reputación social decide replantearse su vida tras aterrizar en un espacio supuestamente idílico. “Capra, que abandona la comedia en esta película para adentrarse en el drama, aunque manteniendo la nostalgia por ese mundo feliz donde todos pueden vivir como quieran, pone al hombre decente que decide sobre el sentido de su vida”. En el fondo, insiste Lastra, está el paraíso perdido “al que tratamos de volver una y otra vez”.

Fotograma de Calabuch, de Luis García Berlanga.

Fotograma de Calabuch, de Luis García Berlanga.

Martín Arias recoge la idea de las jornadas, acerca del desencanto social y la búsqueda de espacios encantados que mitiguen el malestar en la cultura, apropiándose del título de la novela de Antonio de Guevara ‘Menosprecio de corte y alabanza de aldea’, para contraponer el supuesto paraíso anhelado con las dificultades inherentes a toda sociedad. “El mundo de la corte, enrevesado y complicado, frente a la caracterización de la aldea como altruista y donde reina un cierto salvaje feliz”. El deseo de una edad dorada, que viene a simbolizar la sociedad perfecta, corriendo el peligro de transmutarse en totalitarismo. “La idea de todos los totalitarismos es apropiarse de la identidad cultural y manipularla políticamente, lo cual suele ser la ruina de esa cultura”.

Por eso Martín Arias en su ponencia hablará de ‘Calabuch’ “como modelo antiplatónico, contrario a la República de Platón, que es la búsqueda peligrosa de esa sociedad perfecta en el plano político”. Berlanga, dice el profesor de la Cátedra de Cine de Valladolid, “construye un imaginario que no es político, sino cultural, con toros, fuegos artificiales y una guerra paródica”. “Por eso a los políticos no les interesa su cine”, apostilla.

Fotograma de Calabuch, de Luis García Berlanga.

Fotograma de Calabuch, de Luis García Berlanga.

A Castro de Paz le interesa el malestar que enmascara el supuesto paraíso dibujado en Calabuch. “Tal y como reflejé en un libro escrito con Julio [Pérez Perucha, ‘La atalaya en la tormenta: el cine de Luis García Berlanga’], es el camino que va del costumbrismo al sainete o el esperpento el que activa una operación compleja que gusta de ciertas artimañas, para hacer una crítica burlona del país en que Berlanga vive”. Que el científico (papel interpretado por Edmund Gwenn) idealice ese pueblo, donde policías y ladrones conviven felizmente, “es asunto nimio”, frente al “páramo tremendo” que se ve desde la atalaya a la que se refiere el historiador de cine.

Begoña Siles, directora de la Cátedra Berlanga, apunta que la elección de ‘Calabuch’, que cumple ahora 60 años, le llevó inmediatamente a pensar en ‘Horizontes perdidos’: “Vi paralelismos que me parecía interesante analizar”. De hecho, señala que el científico protagonista de la película de Berlanga “parece encontrar en ese pueblo su Shangri-La, el lugar añorado por aquellos que se sienten desencantados de la sociedad racional y pragmática”. “En las jornadas, como en años anteriores, buscamos nexos de unión entre el cine que propone Berlanga y el de otros cineastas tan relevantes como él”, concluye.

Ver noticia en ARTS de El Mundo Comunidad Valenciana

Fotograma de 'Horizontes perdidos', de Frank Capra.

Fotograma de ‘Horizontes perdidos’, de Frank Capra.

Salva Torres

Polification o la nerviosidad urbana moderna

Polification
Plastic Murs
C/ Denia, 45. Valencia
Hasta el 8 de abril de 2016

Vivimos en ciudades nerviosas -Roberto Arlt hubiera escrito epilépticas- que nos pueden. A veces es por su crecimiento extraño a través de planes generales de ordenación urbana haussmanizantes, a veces por costumbre, a veces por el modo en el que se superponen los sustratos de población, como capas de tiempo, en oleadas de emigración, como bandas organizadas, delimitando sus zonas de operación en barrios y arrabales.

Nuestro territorio, nosotros, nuestras ciudades de ahora, son la evolución post de la ciudad moderna que inventó la flânerie romántica del s.XIX y la vanguardia futurista del s.XX -siempre pienso en Metrópolis, el collage de Paul Citroën-, varias guerras mundiales y reconstrucciones postmodernas, todas las revoluciones (menos la próxima), la atención a fenómenos como la gentrificación y el sinsentido que gobierna este mundo mediático.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Cada uno en su casa y todos en nuestros distritos forzamos al límite las imposiciones de la ciudad. Empujamos las paredes de nuestros apartamentos y los mismos márgenes de lo urbano reinventando un mar de mampostería que es historia y recursos, tantas veces descuidados estúpidamente.

La pintura en cuadro de Manolo Mesa y Mohamed L’Ghacham muestran los escenarios, el espacio desgastado para la acción necesaria, fijando el lugar adecuado o las personas que lo habitan; la de Sebas Velasco traslada la potencia y urgencia del acto de pintar en la calle a través de su factura, subrayando la denuncia; por su parte, la estructuras geométricas de Alessandro Etnik construyen una visión abstracta, por ideal, de línea clara.

Los cuatro artistas anteriores desarrollan parte de su trabajo en la calle, y el contrapunto lo pone el hiperrealismo de Jessica Hess, que no interviene muros pero sí traslada al lienzo la belleza del horror vacui de una invasión total de tags y pintadas reales que, con su histeria, nos increpan contra el deterioro de nuestras ciudades.

Plastic Murs.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Ricardo Forriols

Cine y arquitectura de Brasil en Hat Gallery

Miradas sobre cine y arquitectura
Hat Gallery
C / Dénia, 37. Valencia
Estación Central: viernes 27 de marzo, 20.00h.
Ponente: Daniel Gascó

Hat Gallery acoge desde el pasado enero, a razón de película por mes, el ciclo ‘Miradas sobre cine y arquitectura’, que se traslada a Brasil, más específicamente a la ciudad de Rio de Janeiro. A través de tres grandes películas del cine brasileiro actual, se plantea un retrato de la ciudad de Rio muy amplio, complejo y diferente de la clásica imagen de tarjeta postal a la que estamos acostumbrados. Tres miradas muy distintas sobre una misma ciudad que nos ayuda a intentar entender mejor la complejidad de una metrópolis con más de diez millones de habitantes y revela las diferentes ciudades que la componen.

Fotograma de 'Ciudad de Dios', de Fernando Meirelles. Hat Gallery.

Fotograma de ‘Ciudad de Dios’, de Fernando Meirelles. Hat Gallery.

El ciclo arrancó el jueves 29 de enero con la película de Fernando Coimbra ‘El lobo detrás de la puerta’ (O lobo atrás da porta). La investigación policial sobre la desaparición de una niña en la zona norte de Rio de Janeiro descubre una red de mentiras, amor, celos y venganza. La película recibió los premios a Mejor película y mejor director en el Festival de Miami, Mejor película y mejor actriz en el Festival de Rio, Mejor película latino-americana en el Festival de San Sebastián. Carlos Perles, arquitecto y urbanista por la FAAP de São Paulo, Brasil, desde el 2001, fue el encargado de hablar sobre la película.

Fotograma de Estación Central, de Walter Salles. Hat Gallery.

Fotograma de Estación Central, de Walter Salles. Hat Gallery.

‘Ciudad de Dios’, de Fernando Meirelles fue la segunda película del ciclo, que se proyectó el jueves 26 de febrero, con coloquio dirigido por William Chinem. Y este jueves cierra el ciclo ‘Estación central’, de Walter Salles, con Daniel Gascó, del videoclub Stromboli, como ponente.

Hat Gallery, que el próximo mes de mayo cumplirá cinco años, es un espacio de diálogo y debate entre disciplinas artísticas: Arquitectura, Diseño y Arte. Iniciativa del estudio de arquitectura sanahuja&partners, Hat Gallery está situada en la sede que éste tiene en el multicultural barrio de Russafa, en Valencia, espacio que ha permitido la programación de infinidad de actividades, exposiciones, proyecciones, talleres, performance, conciertos y conferencias.

Hat Gallery con el montaje 'Silla Libre'. Imagen cortesía de la galería, a punto de cumplir cinco años.

Hat Gallery con el montaje ‘Silla Libre’. Imagen cortesía de la galería, a punto de cumplir cinco años.

A lo largo de sus casi cinco años de historia, se han organizado 16 exposiciones relacionadas con la arquitectura, el diseño y el street art. La primera de ellas fue ‘Silla Libre’, comisariada por Luis Eslava y Lorena Sauras, la cual implicó a 40 artistas de diferentes disciplinas bajo el reto de customizar una silla común. Dichas sillas son un símbolo de Hat Gallery y el mobiliario para las propias actividades que organizan.

Por otro lado, se han ido sacando de la chistera Hat Cinema, con diferentes ciclos y un total de 10 films y 10 ponentes, así como Hat Talks y el ciclo Arquitectura Escénica, que a través de tres charlas-debate, relacionó la arquitectura con la música, el teatro y la danza. También inauguraron Hat Workshops con el taller de Arquitectura Plegable de la artista japonesa Chisato Tamabayashi.

Hat Gallery ha transformado su espacio para acoger propuestas de arte escénico. A través de Hat Music, conciertos íntimos, Hat Dance, piezas de microdanza contemporánea y Hat Theatre, propuestas de microteatro, Hat Gallery se transforma en club de música o plató.

Hat Gallery ha estado igualmente muy vinculada desde sus inicios al barrio donde se sitúa, Russafa, participando activamente en festivales como Russafart, Russafa Escènica y Russafa Loves Kids, así como a la Valencia Disseny Week y su ruta por espacios del barrio.

Fotograma de Estación Central.

Fotograma de Estación Central, de Walter Salles. Hat Gallery.