Un médico árabe entre cristianos

Los señores del fin del mundo, de Enrique Vaqué
Editorial Almuzara

Aparte de su mayordomo quien mejor conoce las flaquezas de un gran señor es su médico de cabecera. En virtud de su profesión los matasanos están legitimados para moverse de forma transversal en la sociedad, lo que les hace testigos de excepción. En este sentido, al igual que periodistas, policías y detectives resultan excelentes narradores de historias.

El escritor valenciano Enrique Vaqué ha optado por el punto de vista de un galeno para remontarse al pasado, cinco siglos atrás, en su segunda novela, Los señores del fin del mundo (Almuzara). Es Sidi Umar ibn Nasar, un médico árabe de la familia real nazarí inspirado en Averroes, que se codea indistintamente con cristianos y musulmanes. Quien relata retrospectivamente sus lances es su ayudante, Hasib ibn Al-Sharif, durante una cura que realiza a la reina Isabel la Católica.

Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

De esta forma, al estilo de Las mil y una noches se desgrana un apasionante relato de amor y de muerte, de ciencia y de guerra, de viajes y aventuras que lleva a los protagonistas desde Córdoba a la batalla de Olmedo, y desde allí a La Meca, a Pakistán asolado por la peste, a Constantinopla cercada por los turcos, hasta llegar a Granada a punto de caer en manos cristianas.

“Me atraía recrear esa época, mediados del siglo XV, que marca el fin de una edad y también el fin de un mundo”, dice Vaqué. “Creo hoy que estamos al final de otro mundo, del que empezó con la revolución francesa y acabó con la caída del muro de Berlín. Quería averiguar qué hacen las personas cuando la historia da un giro tan brusco. Cómo reaccionan, qué conservan y en qué cambian”.

Vaqué es químico, trabaja en una multinacional y ha invertido todo su tiempo libre estos últimos tres años en levantar un animado mosaico de la península ibérica en perpetua lucha de tronos entre los reyes castellanos, aragoneses y navarros, así como de los lugares exóticos donde transcurre la acción.

La biblioteca como trasfondo de 'Los señores del fin del mundo', de Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

La biblioteca como trasfondo de ‘Los señores del fin del mundo’, de Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

Para empaparse de la cultura islámica pasó muchas horas en el Instituto del Mundo Árabe de París, ha contado con la ayuda de José Durán y los artículos de la Revista Española de Estudios Medievales le sirvieron para retratar el convulso mundo cristiano. Además, siguió cursos de sufismo con un maestro árabe y hasta practicó esgrima en un castillo con espadas medievales. Los viajes forman parte activa del proceso de documentación.

“Los lugares que describo en la novela los conozco sólo parcialmente”, señala. “Estuve en Punjab pero no en Pakistán, Egipto o la península arábiga. Para describirlos me he basado en la imaginación y en los escritos de los viajeros árabes. Los lugares de la trama que transcurren en Europa, incluyendo Estambul, sí los he visitado”.

Los señores del fin del mundo no es una novela de médico al estilo de Noah Gordon, indica su autor, sino “un viaje al fin de una época para indagar en la naturaleza del mundo”. Pero sí da cuenta de la evolución de la medicina desde la muerte de Avicena al fin del medievo. Por entonces ya existían las operaciones de cataratas, de  oído, la ligadura de arterias para evitar el desangramiento, el hilo de seda para las suturas, el empleo del fórceps en los partos…

La cultura árabe como marco de 'Los señores del fin del mundo', de Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

La cultura árabe como marco de ‘Los señores del fin del mundo’, de Enrique Vaqué. Imagen cortesía del autor.

“Todo esto lo habían desarrollado los árabes y era común en la medicina medieval, pero en el siglo XIII el  médico valenciano Arnau de Vilanova situó a Occidente por delante”, dice Vaqué. “No descubrió la destilación de los alcoholes pero sí su poder antiséptico. También es un teórico práctico de la dosificación  de los fármacos basados  en las propiedades medicinales de las plantas. Ya las  habían puesto los antiguos de manifiesto pero  los monjes las  sistematizaron en sus herbolarios”.

Tras su inmersión por el mundo islámico Vaqué ha reflexionado a fondo en los motivos por los cuales una civilización tan refinada dejó en un momento de evolucionar para, en ciertos aspectos, quedar anclada en la Edad Media.

“Hay un momento clave en la historia del Islam, a finales del siglo XII, cuando el influyente teólogo persa Al-Ghazali escribe La incoherencia de los  filósofos, en la que declara que éstos no pueden dar explicaciones racionales para las cuestiones metafísicas, con lo que desacredita a la filosofía y al pensamiento crítico en general. Aunque el gran Averroes intentó refutarlo, no tuvo éxito porque llegaron los almorávides y los censuraron a los dos. En esta misma época se desarrolla la secta de los asesinos que cometen crímenes políticos por el procedimiento de la autoinmolación. O sea, el terrorismo. Mi impresión es que todo esto supuso un punto de inflexión para una de las civilizaciones más brillantes de la humanidad”, concluye Vaqué.

Cubierta de 'Los señores del fin del mundo', de Enrique Vaqué. Editorial Almuzara.

Cubierta de ‘Los señores del fin del mundo’, de Enrique Vaqué. Editorial Almuzara.

Bel Carrasco

El Congo del Doctor Carsí en 800 piezas

Doctor Carsí, supongo?
Museu Valencià d’Etnologia
C / Corona, 36. Valencia
Hasta el 3 de abril de 2016

No es tan conocido como el famoso doctor David Livingstone. Pero Robert Martinez, comisario de la exposición Doctor Carsí, supongo?, utiliza el “recurso irónico” para establecer una conexión nada descabellada entre ambos médicos y exploradores del alma africana. Como apuntó Paco Tamarit, director del Museu Valencià d’Etnologia, la vida de Mariano Carsí “da para escribir un relato novelado”. Las 800 piezas que integran la exposición, desde máscaras, arcos, marfiles, tallas de madera y fetiches, a óleos, acrílicos, bronces, grabaciones y recortes de prensa, sirven para ilustrar esa novela.

María Londero, viuda del médico de Alfara del Patriarca que recaló en el Congo en 1958, ofreció algunas pinceladas. “Su vida corrió serio riesgo, estando amenazado de muerte en varias ocasiones”. Una de las publicaciones incluidas en la muestra titula: “Heroísmo de un médico español en el Congo”, por negarse a abandonar su hospital ante la llegada de los rebeldes. “Asistió a 11 matanzas en el campo de fútbol”, recuerda Londero. Dos veces estuvo a punto de ser ejecutado, en medio de aquel clima de revueltas que sacudió al país africano en los 60.

Algunas de las piezas de la exposición Doctor Carsí, supongo? Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d'Etnologia.

Algunas de las piezas de la exposición Doctor Carsí, supongo? Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d’Etnologia.

A pesar de todo, Robert Martinez matizó que Doctor Carsí, supongo? no era una exposición “sobre la historia del Congo, ni sobre el arte africano, ni sobre la ayuda humanitaria en el Tercer Mundo”. “Es una exposición sobre el origen de la pérdida”, que el comisario cifró en la melancolía que despiden los objetos en tanto emanación subjetiva de esa pérdida. “Todo objeto exótico es bello porque ha sobrevivido convertido en signo de una vida diferente”, subraya Martinez.

Objetos que han sobrevivido, en el caso de Carsí, dada la pasión del médico que los fue coleccionando y de su viuda que los ha donado al Museu Valencià d’Etnologia. Piezas que vienen a dibujar esa “vida diferente” a la que aludió el comisario y que el diputado de Cultura, Xavier Rius, dijo que era “de justicia poner en valor”, más allá de las condecoraciones que la enaltecen. Y es que por encima de todo, la figura de Mariano Carsí sobresale por el “espíritu humanista” y “carácter abnegado” con los que “se entregó a los otros”, destacaron los responsables de la exposición. Exposición que tiene su parte didáctica en forma de álbum coleccionable (hasta 550) en diversos talleres, evocando la estética de los antiguos álbumes de los 60 y 70.

Una joven observa algunas de las pieza de la exposición Doctor Carsí, supongo? Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d'Etnologia.

Una joven observa algunas de las pieza de la exposición Doctor Carsí, supongo? Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d’Etnologia.

El conocido poéticamente como ‘mal de África’, que afecta a quienes viajan al continente y quedan atrapados por él, se puede ver en Doctor Carsí, supongo?, muestra que ha llevado cinco años de preparación. Grandes colmillos, máscaras, armas de caza (“él no era cazador”), tapices y diversos utensilios dibujan el mapa de esa vida “apasionante” de quien se pasó 40 años en el Congo. Una existencia que su viuda definió así: “Principalmente humana”, en la que “éramos uno para todos y todos para uno”, dados los “vasos comunicantes entre el médico y sus pacientes”. María Londero recordó las “800 intervenciones quirúrgicas” que practicó su marido y cómo, en agradecimiento por las que realizó para superar ciertos casos de  infertilidad, algunas mujeres “pusieron el nombre de Carsí a sus hijos”.

Y aunque la exposición no se centra en la historia del Congo, en los duros avatares de su colonización y descolonización, se deja caer algún que otro mensaje: “Todas las riquezas, que son muchísimas, salen del país a cambio de armas”. No es el caso de las expuestas hasta el 3 de abril en el Museu Valencià d’Etnologia, cuyo valor se  cifra en el relato de vida que ofrecen todas esas piezas acerca de Mariano Carsí, el doctor Livingstone de Alfara del Patriarca.

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Algunas de las piezas de la exposición Doctor Carsí, supongo?. Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d'Etnologia.

Algunas de las piezas de la exposición Doctor Carsí, supongo?. Fotografía de Raquel Abulaila cortesía del Museu Valencià d’Etnologia.

Salva Torres

El inventario cromático de Angélica Dass

Humanae, de Angélica Dass
IV Festival 10 Sentidos
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Viernes 14 de noviembre, 19.00h

Si participaste en el Work in progress de la exposición de Angélica Dass ‘Humanae’ durante el IV Festival 10 Sentidos o aún no conoces la exposición, el viernes 14 de noviembre a las 19h en el Centro del Carmen de Valencia tienes una cita para asistir a la presentación de las fotografías tomadas durante los días del pasado Festival 10 Sentidos.

‘Humanae’ es un proyecto, en desarrollo, de la brasileña Angélica Dass, que pretende desplegar un inventario cromático de los diferentes tonos de piel humana. Quienes posan son voluntarios que han conocido el proyecto y deciden participar en él. No existe una selección previa de los participantes ni se atiende a epígrafes de clasificación referentes a nacionalidad, género, edad, raza, clase social o religión. Tampoco hay una intención explícita de terminarlo en una fecha determinada. Está abierto en todos los sentidos e incluirá a cuantos quieran formar parte de este colosal mosaico global. El límite solo se alcanzaría al completar la totalidad de la población mundial.

Pocas veces se ha acometido una taxonomía fotográfica de estas proporciones; quienes precedieron a Angélica Dass fueron personajes del siglo XIX que, por diferentes motivos -policiales, médicos, administrativos o antropológicos- pretendían servirse de las fotografías para establecer desde el poder diversos tipos de control social. El más conocido es el de los retratos de identidad, iniciado por Alphonse Bertillon y utilizado ahora universalmente. Sin embargo, esta taxonomía de proporciones borgianas que ha iniciado Angélica, ha adoptado un formato, el de las Guías PANTONE®, que desactiva cualquier pretensión de control o de establecimiento de jerarquías en función de la raza o la condición social.

Estas guías se han convertido en uno de los principales sistemas de clasificación de colores, que son representados mediante un código alfanumérico, lo que permite recrearlos de manera exacta en cualquier soporte: es un estándar técnico-industrial. El proceso seguido en ‘Humanae’ también es sistemático y riguroso: cada retrato se sitúa sobre un fondo teñido con un tono de color idéntico a una muestra de 11×11 píxeles extraída del rostro del fotografiado. Alineados como en los famosos muestrarios, la horizontalidad no es solo formal también es de orden ético.

Así, sin aspavientos, con la extraordinaria simpleza de esta metáfora semántica, Angélica Dass diluye la falsa preeminencia de unas razas sobre otras. Le basta con un “inocente” desplazamiento del contexto socio-político del problema racial a un medio inocuo, el de las guías, donde los colores primarios tienen exactamente la misma importancia que los mezclados. Incluso se diluye la figura de poder que suele ostentar el fotógrafo en los retratos. La utilización de códigos y materiales visuales pertenecientes al imaginario que todos compartimos, deja en un segundo plano la autorreferencialidad, a menudo insistente y cansina, de los artistas.

A la dilución de la jerarquía del autor contribuye asimismo la voluntad de que el proyecto evolucione en otras direcciones ajenas a su control: debates, usos didácticos, réplicas y un sinfín de alternativas que ya se han activado al compartir ‘Humanae’ en las redes sociales. Muchos de los ingredientes que caracterizan el [mejor] espíritu de este tiempo parecen formar parte de este proyecto: autorías compartidas, solidaridad activa, propuestas locales susceptibles de funcionar a escala global, colaboración en red, comunicación expandida a espacios alternativos de debate, concienciación sin dirigismo ideológico, horizontalidad social. El espectador está invitado a presionar el botón de compartir en su cerebro.

Obra en pantone de Angélica Dass.

Obra en pantone de Angélica Dass de su proyecto expositivo ‘Humanae’, presentado en el Centro del Carmen dentro del Festival 10 Sentidos. Imagen cortesía de la organización del festival.

Cristina Chumillas