El Persa, a modo de recortable

El Persa. Sólo para amigos

Colegio Mayor Rector Peset

Plaza Horno de San Nicolás, 4. Valencia

Hasta el 5 de mayo

A José Cardona, Pepe o El Persa, para los amigos, que es de lo que aquí se trata, lo conocí a través de Tomás Ruiz. Coincidimos una mañana, en el despacho de Tomás, sin previo aviso. Fue así, zas. Tomé asiento, me lo presentó y, en apenas una hora, El Persa fue dejando caer ideas y proyectos como quien deja caer una ceniza largamente acumulada en el cigarrillo. Entre idas y venidas de Tomás, El Persa me iba escrutando con frases cortas, que me lanzaba como si fueran migas de pan sentado en su silla, esperando mi reacción a sus palabras cebo.

No había malicia alguna. Quiero decir: en sus palabras no se adivinaba la intención de penetrar en mi alma con el objeto de saquearla. Esa sensación, en cambio, la he tenido otras veces delante de gente cuya ambición y poder le obliga a trabar conversaciones de caza y captura. En el caso de El Persa, nada más lejos de su imaginación, que la tenía y mucha. Tanta como enseguida percibí en apenas una hora de aquella mañana.

Tenía el aire desvalido de los quijotes que ven oportunidades en cada quebranto de la vida, en lugar de angustias. En todo caso, si las había (me refiero a las angustias), El Persa les daba la vuelta con esa imaginación desbordante que, a base de pequeñas píldoras, me fue suministrando esa mañana. La primera, introducida por Tomás Ruiz a modo de carta de presentación, se refería a sus recortables. Tenía infinidad y, al parecer, dispuestos a ser exhibidos en Gata de Gorgos, en lo que sería futuro Museo del Recortable. Quedamos en que me lo contaría con más detalle, con objeto de publicarlo en un artículo periodístico. Lástima…

También me habló de algunos de sus inventos, que parecían salidos del TBO. Por ejemplo, su Mascarilla Masticadora Bowerbräu. Fueron sus problemas dentales, derivados de su pasión por lo dulce, los que le llevaron (me dijo) a imaginar tamaño artefacto, que permitía la deglución de alimentos en plan hormigonera, para regocijo de su maltrecha dentadura. Tomando como referencia la revista Mecánica Popular (de la que era fan), mezclado con su afición por la filosofía esotérica, El Persa imaginaba inventos que la humanidad le agradecería con un viaje alrededor del mundo en motocicleta, otra de sus pasiones. “Las motos se llevan entre las piernas y no debajo del culo”, precisó por si las moscas. Ninguna jactancia masculina destilaban sus palabras, tan sólo el vigor producido por la sensación de libertad que le daban las motocicletas.

A The Beatles llegamos poco después, hablando de música. Sonreí al escuchar que su inglés le debía mucho a las canciones de los chicos de Liverpool. No fuimos pocos los que, como El Persa, aprendimos a defendernos con el inglés a base de memorizar sus temas más conocidos. Que cogías un pedo en Picadilly, pues A hard days night; que estabas deprimido, pues ya saldrías With a little help from muy friends… and so on. El Persa, en poco menos de una hora, me sacudió por dentro con su amable ingenio, su locuacidad disparada con silenciador y el alma serena que iba desplegando en su conversación como si fueran palabras recortables.

Y bien, todo esto viene a cuento, porque que el Colegio Mayor Rector Peset acoge hasta el 5 de mayo la exposición El Persa. Sólo para amigos. Una exposición del artista, editor e inventor José Cardona, Pepe o simplemente El Persa, en la que se muestran sus famosos recortables, publicaciones, pinturas y dibujos, muchos de ellos inéditos, a modo de singular biografía. Quienes entren a la Sala de la Muralla donde se reúnen todos esos testimonios gráficos que dibujan su perfil, y no sean amigos, reconocerán un mismo aire insultantemente desvalido. Prueben a recortarlo y verá.

Salva Torres