Javier Chapa, en busca de la belleza

Javier Chapa
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta finales de julio de 2017

“Se lleva el arte comprometido y aquí hay solo pintura”. Javier Chapa lo dice como disculpándose por transitar un camino ajeno a la moda imperante, que consiste en dejarse invadir por la ideología allí donde debería prevalecer la interrogación que caracteriza al arte y la cultura. Lo demás, como en cierto momento apunta el propia artista, es impostura. “Uno debe hacer lo que verdaderamente siente”. Y lo que Chapa siente tiene mucho que ver con la estética, que el catedrático José María Valverde ligó a la ética: “Busco la belleza, y por ahí me pueden dar caña”, reconoce quien expone una treintena de esas obras bellas en la galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Coincidiendo con su exposición, el recién inaugurado espacio de Bombas Gens se cuestiona algo parecido en la muestra ¿Ornamento=delito?, lo cual permite una revisión del supuesto carácter decorativo de ciertas obras tildadas de bellas y, por tanto, de inútiles frente a las cuestiones “auténticas” que nos aquejan. “La verdad es que cuando descubrí al autor que lo decía [Adolf Loos], sentí cierto sonrojo, porque efectivamente yo hacía cosas de esas que no son necesarias y que, por ello, se consideran delito”. Pero, como decía el personaje de la película Amistades peligrosas, también Chapa insiste en la belleza, porque no puede evitarlo.

“Puede sonar cursi, pero la verdad es que los que sentimos la necesidad de pintar lo hacemos por embellecer el mundo, a pesar de tanta fealdad como nos rodea”. Las galería Shiras, que hasta finales de mes acoge sus últimos trabajos, da fe de ello: en sus paredes cuelgan piezas realizadas sobre tela, en las que Javier Chapa mantiene un diálogo tenso entre la materia del fondo y las geometrías de la superficie con la novedad de un intenso color. “El demonio me decía ‘métele colores fuertes’ y yo me preguntaba, ¿no me estará pasando?”. Y con ese “sentido de culpa” fue avanzando felizmente el artista en busca de la emoción más sincera.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“La propia obra me anima a seguir”. Y enseguida matiza que en realidad él da el primer paso (“trabajo sin boceto ni estudio”), para que “a través de la niebla” vaya apareciendo algo “que me limito a continuar”. Para ello, como es el caso, no duda en utilizar materiales como restos de ventanas o puertas, incluso telas recicladas o estampados de tapicería, con los cuales sostiene una lucha por que aflore desde lo primario un objeto igualmente salvaje, pero más dócil. De manera que la belleza perseguida está atravesada por cierta energía telúrica que debe ser canalizada, domesticada, embridada por la obsesión creativa del artista.

Sabe, a rebufo de lo dicho por André Gide, que “con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. Y como lo sabe, los deja a un lado para centrarse precisamente en ese fondo real que descubre por la calle en cualquier material desechable, con el objeto de descifrar su enigma. “Aquí hay pintura y me parece interesante hablar de ella, incluso bien”, apunta con ironía. Es su manera de contrarrestar esa tendencia a la crítica del objeto bello, como si la belleza sin el carácter fiero del cómodamente posicionado ideológicamente no sirviera más que para epatar.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Tenemos que ser auténticos y hacer aquello que sentimos”, insiste Chapa, ahora que el color, en ocasiones rabioso, ha aparecido en su obra como por sorpresa. “Mi evolución me llevaba a la monocromía y el color se quedaba oculto. Y ahora, sin embargo, me veo pensando que se han acabado los límites”. He ahí un buen ejemplo de interrogación, de verse incomodado el propio sujeto por efecto de su búsqueda. Por eso enseguida surge la duda: “Mi deseo es volver a cierta austeridad, pero me está costando”.

A partir de lo basto, de lo rudimentario, Chapa va cubriendo su obra con esas geometrías características de lo racional. “Hay una dualidad entre lo racional y lo emocional”, dice, para subrayar a su vez la “mucha expresividad sutil, con veladuras y manchas” integradas en estos últimos trabajos. Ningún título para el conjunto, ni para cada una de sus obras. “Me encantan los títulos que veo en algunos trabajos de mis compañeros, pero yo prefiero no ponerlos, precisamente para no desorientar la mirada del espectador”. Una mirada que Javier Chapa busca toda ella volcada hacia esa belleza inútil, tan necesaria en tiempos de extrema utilidad.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Salva Torres

Pedro Paricio, rayos y centellas

Pedro Paricio
Galería Muro
C / Corregería, 5. Valencia
Hasta finales de noviembre

A Pedro Paricio lo descubrió Basilio Muro, poco antes de que pasara como un rayo por Halcyon Gallery de Londres. Cuenta el veterano galerista valenciano que Paricio le envió su obra por Internet en 2010. Como quería verla al natural, Paricio se vino desde Tenerife a Valencia y enseguida entró en una colectiva. “Le vendí lo que trajo”, recuerda Muro. Como recuerda que, al año siguiente, lo que valía 1.900€ pasó a venderse por 90.000. Corría, y de qué forma para Pedro Paricio, el año 2011. El año en que vendió en Halcyon Gallery toda la obra expuesta el día de su apertura.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Desde entonces, la obra de Pedro Paricio no ha hecho más que seguir la trayectoria que deja el rayo y la centella de que se nutre su propio trabajo. Porque rayos hay muchos en sus piezas de apabullante color y geometría. Como centellas golpean contra ese cielo arrebatado en forma de expresivos gestos. Y a base de rayos y centellas, o lo que es lo mismo, a base de chispazos eléctricos y cortocircuitos que parecen tejer insospechadas conexiones neuronales, la obra de Pedro Paricio ha ido tomando un extraño cuerpo.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Quizás se deba a la naturaleza propia del artista que siempre ha querido ser. “Cuando eres artista, la sociedad te permite hacer cosas que, de no ser por el arte, harían que te tacharan de loco. Escogí el arte porque quería vivir una vida diferente”. La máquina racional que supuestamente somos, y que en su obra diríase plasmada en esas formas geométricas, enseguida deja paso al deslumbrante color de alucinados gestos. De manera que toda su pintura se arrebata en torno a líneas que se quiebran por la fuerza de un fondo que, como si fuera un cráter, amenaza con destruirlo todo.

Basta fijarse en la pieza del Cardenal, que apunta hacia su admirado Bacon. La cabeza, todo lo geométrica que se quiera, descansa sobre unos hombros que van triturando esa geometría, en torno al pecho incandescente que alberga cierto rostro, cierta criatura. A la altura, pues, del corazón, algo inquietante provoca el desparrame formal de esa cabeza. Una vida, sin duda diferente, alojada en el interior mismo de esa otra vida más cuerda, más colorista, más geométrica.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Pedro Paricio no deja de trasladar a su obra ese vaivén entre los rayos, o corrientes eléctricas del cerebro, y las centellas que, a modo de fogonazos, vienen a perturbar la conexión lógica entre la causa y su efecto. Las obras expuestas en la Galería Muro, coincidiendo con el ‘Elogio de la pintura’, cuya muestra en el Museo Tenerife Espacio de las Artes (TEA) se inauguró al tiempo que la de la Valencia, reflejan esos dos mundos en conflicto que el artista acoge como revelación del ser. “Cuando estoy contento, voy a ver arte. Cuando estoy triste, voy a ver arte. El arte da sentido a mi vida”.

Una vida que Pedro Paricio, por ser diferente en tanto artista, muestra con toda sus contradicciones. La del ser racional próximo a perder la cabeza, y la del loco que se salva por la campana de un último gesto pletórico de sentido. Las referencias al cine (The Sopranos), la propia pintura (Cardenal) y, sin duda, también el humor (Helado atómico), convierten su pintura en un caleidoscopio de sensaciones tan pronto alegres por el arrebatado color, como alumbrando cierta tristeza al colisionar la geometría contra un fondo matérico.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Salva Torres

Rebeca Plana, en un lugar de la mancha

Top control, de Rebeca Plana
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Hasta finales de junio

Singular y plena de sentido la frase de Markus Lüpertz destacada en una de las paredes de La Gallera: “Tengo el deseo de la luz, pero estoy en la sombra”. La frase viene a expresar bien a las claras, que en su caso es bien a la sombra, lo que la propia Rebeca Plana muestra en su exposición ‘Top control’, serie de pinturas, algunas sobre colchones, dominadas por el intenso color, el trazo rotundo y las manchas. Singular y plena de sentido porque, al igual que Lüpertz, Rebeca Plana se deja llevar por cierta luminosidad interior, producto de su visceral forma de pintar, para reflejar las sombras de tan febril experiencia plástica.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Notorio, en este sentido, la utilización del colchón como soporte para algunas de las obras expuestas en La Gallera. La propia Rebeca Plana lo explica sin ambages: “El colchón porque ahí nacemos, dormimos, follamos y morimos”. Y por si hubiera alguna duda acerca de su directa forma de expresarse, verbal y plásticamente, agrega: “Me considero visceral. No me gusta la ambigüedad”. La visceralidad de su trabajo procede literalmente del lugar del cuerpo que la artista considera primordial a la hora de crear: “Pinto desde el estómago, más que desde el corazón”. Y a las pruebas hay que remitirse.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

‘Top control’ es una sucesión de obras, pensadas para ocupar el lugar que en su día fue recinto de peleas de gallos, en la que Rebeca Plana expresa su particular lucha con la materia. Una lucha, en cualquier caso, exenta de abismos interiores: “No creo en el pintor atormentado”. De manera que Rebeca Plana, dejándose llevar por las contracciones de su estómago, va soltando gruesas y rotundas pinceladas como expresión de esa visceralidad. Son obras, por tanto, producto más del cuerpo que de la mente; más fruto de los ácidos estomacales que del torrente sanguíneo impulsado por los latidos del corazón.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

Al no ser “pintora de caballete” (Rebeca, dixit), sus obras escapan al control del marco establecido, para expandirse por telas y colchones al modo en que lo hacen los sueños y, puestos a desear la luz encontrando la sombra, las pesadillas. De ahí ‘Top control’: “Yo no lo tengo, pero hay que pararse aquí en La Gallera”. De manera que Rebeca Plana, siempre atenta a esa “primera pincelada”, porque en su opinión “nunca hay una última”, pierde el control dentro de la seguridad de su taller, para terminar volcando tamaña visceralidad en el espacio expositivo que en cada caso ejerce de fin (provisional) de trayecto.

Diríase que a Rebeca Plana le duele el mundo y lo aplaca en sus trabajos mediante “saturación de color” y “manchas fuertes”. Los colchones en posición vertical, explicitando su imposible acomodo tradicional, son objeto de esa visceralidad plástica que deseando la luz se topa con el reino de las sombras. El gesto enérgico, abriéndose paso en la vida, es derroche de caudal en la obra de Rebeca Plana. Fiel a los dictados de su estómago, La Gallera arde en deseos motivados por tan efusivas manchas. ‘Top control’, a la espera de las próximas y siempre primeras pinceladas. La luz no encuentra forma de dar sentido a las sombras.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición 'Top control' de La Gallera.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición ‘Top control’ de La Gallera.

Salva Torres

Eduardo Infante: El mar es más que el cielo

Eduardo Infante: El mar es más que el cielo – Painting in Love
Parking Gallery
C/ Bailén, 15. Alicante
Inauguración: 26 de abril a las 20:00 h.
Hasta el 28 de junio de 2014

Cuando nos enfrentamos cara a cara con una pieza de Eduardo Infante (Gerona, 1973), lo primero que hace nuestro ojo, de manera instintiva, es buscar formas identificables. Al principio parecemos reconocer una figura, pero un segundo después se desdibuja con el fondo.

El artista dice de su trabajo que es una totalidad en la que el dibujo y la pintura caminan juntos, sin distinguirse, y que ambos sirven, en sus posibilidades plásticas, para mostrar mucho más allá de lo evidente. Quizá por esto yo misma sintiera, la primera vez que vi sus piezas, una especie de desconcierto visual; no sabía muy bien si estaba viendo abstracción o figuración. Y probablemente sea esta la cuestión principal para comprender mejor su trabajo: las obras de Infante son un punto intermedio entre ambos, un resquicio en el que jugar, sin miedo a equivocarse, con lo reconocible y lo abstracto.

La Historia del Arte ha tenido como eje principal de debate, durante siglos, la discusión entre los defensores de la imagen y los que la rechazaban. Las religiones monoteístas son, en el fondo, el origen de estas trifulcas. La imposibilidad de representar a Dios como ente reconocible supuso que tanto el judaísmo como el islam optasen por una total iconoclastia en su desarrollo artístico y cultural, dando paso así a la palabra escrita como una personificación de la divinidad. Frente a esto, el cristianismo entendió la imagen de Dios como inviolable pero no así todo lo derivado de esta, como la naturaleza o los Seres Humanos, permitiendo la representación fidedigna de la realidad visible.
Pues bien, Eduardo Infante intenta moverse entre ambos mundos sin decantarse por ninguno, cuestionándose también la veracidad de lo representado, e incluso se atreviéndose a negarlo.

Así, en algunas de sus piezas podemos ver el trazo de una primera figura en dibujo, como en “Prodigio abandonado”, de 2008, y sobre ella su propia inexistencia: el color que se superpone e impide reconocer lo que se esconde debajo. Dibujo frente a color. Figuración frente a abstracción.

Eduardo Infante, "El mar es más que el cielo" (fotografía: Germán Fernández). Imagen cortesía de la Parking Gallery.

Eduardo Infante, “El mar es más que el cielo”. Foto: Germán Fernández. Imagen cortesía de Parking Gallery.

Hay, pues, en la producción de Infante un punto de incertidumbre, una duda posible entre nuestra propia imaginería. ¿Qué representa mejor lo inmaterial y lo intangible, la abstracción o la figuración? Sus piezas no intentan ser una respuesta a esto, sino más bien con una continuación de la pregunta, un enfrentamiento directo a esta.

Presentando sus últimas piezas en esta exposición individual en la Parking Gallery, bajo el título de “El mar es más que el cielo”, Infante nos interpela directamente con estas cuestiones, ya que, ¿no es el mar el reflejo del cielo? ¿No es su color azul, intenso, vivo, potente, un espejo en el que se mira el cielo? Estos contrapuestos son una de las preferencias más evidentes de Infante, siempre cuestionando lo definido como estable, contraponiéndolo a algo más para cuestionarlo y de paso utilizando, como aquí, el tema como excusa para retomar el vivo color que protagoniza muchas de sus piezas. Parejas de piezas que se exponen juntas porque incluso en el proceso creativo se han ido estableciendo como contrapuestas.

Es interesante tener en cuenta también que la gama cromática que utiliza Infante es, en muchos de los casos, muy intensa y con colores muy vivos. Manchas que ocupan grandes espacios en la obra y que contrastan con el abocetamiento que se percibe en el trazo del dibujo. La delicadeza de la línea y la fuerza del color perfectamente combinados.

En sus obras encontramos también algunas referencias a la influencia oriental. Es cierto que el uso del papel y el dibujo, especialmente como él lo trabaja, nos remite a China, por ejemplo. Sin embargo aquí hay mucho más: el artista explora las posibilidades plásticas del material para incorporar lo inmaterial, como el vacío. Los grandes huecos que vemos en muchas de las piezas están tan cargados de significado como el dibujo y el color.

Desnudos sutiles con una sensualidad que se percibe a través del trazo casi infantil que Infante impronta en sus obras. Grandes vacíos, manchas de color que ocupan toda la superficie, líneas abocetadas…

Y es precisamente el papel su soporte fetiche uno de los culpables que le vinculan con la influencia oriental. Lo característico del papel es su tactilidad, su permeabilidad, capaz de absorber los colores y marcar más los trazos.
Tampoco es inocente esta relación si observamos cómo la naturaleza, en las piezas del artista, es representada de manera imaginativa, inventada y con un trazo que nos recuerda a nuestra infancia. Montañas a base de triángulos y con apenas un blanco en la cumbre, a modo de nieve, como en “Pink Dead Redemption”, de 2011. Un paisaje confuso, múltiple, ensoñado, a base de grandes manchas superpuestas y líneas imprecisas.

En el fondo, de lo que nos está hablando Eduardo Infante en toda su producción, que ahora muestra en Parking Gallery, es de la dificultad humana para definir su propia existencia. El pensamiento es propiamente, abstracto, pero nuestra realidad material es figurativa, así que, ¿cómo representamos esto en la creación artística? ¿Ha sabido el arte fluctuar entre ambas posiciones? ¿Cómo estar entre las dos sin decantarse por ninguna? La respuesta en las piezas de Infante es una mezcla de ambas, un intento por aproximar lo inmaterial y lo material.

Con esta exposición, “El mar es más que el cielo”, tenemos de nuevo la oportunidad de asomarnos a la ventana que Infante nos abre para ver que la realidad es, más allá de cómo la percibimos, mucho más compleja.

Semíramis González

Eduardo Infante fotografiado junto a la obra que da título a la exposición. Fotografiado por Germán Fernández. Imagen cortesía de la Parking Gallery.

Eduardo Infante fotografiado junto a la obra que da título a la exposición. Foto: Germán Fernández. Imagen cortesía de Parking Gallery.

El papel, auténtico protagonista

El arte del papel, exposición colectiva
Galería Rosalía Sender
C / Mar, 17. Valencia
Hasta el 14 de diciembre

El muestrario es imponente: Alfaro, Toledo, Molina Ciges, Vento, Maestre Yago, Pagola, Monjalés, Castellano. Y así hasta un total de 19 artistas cuya obra en solitario ya ha sido objeto de singulares exposiciones en la galería Rosalía Sender que ahora, a rebufo de la crisis, los reúne a todos en una brillante colectiva. Rosa Torres, Balanzà, Manchas, Brecht, Granell, Salvador Victoria, Lucebert. Artistas de renombre para una exposición en torno al papel, protagonista material de una muestra cuya selección aviva la mirada del espectador por la indudable calidad de los representados. Richard White, Inmaculada Martínez, Juan Vida, Pérez Bermúdez: 19 artistas hermanados alrededor de El arte del papel, que hasta el 14 de diciembre permanecerá en Rosalía Sender.

Obra de José Vento en 'El arte del papel'. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Obra de José Vento en ‘El arte del papel’. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Con las navidades a la vuelta de la esquina, llevarse uno de esos papeles se antoja ocasión inmejorable de elevar el tono del consumo. Los hay de todos los estilos, desde la figuración más o menos velada, más o menos explícita e incluso grotesca, hasta la abstracción. Y los hay realizados con técnica mixta, a lápiz, a base de tinta china, acuarela, grafito o acrílico sobre cartulina, cartón y, principalmente, sobre el papel que da título a tamaña reunión de talentos.

Obra de Inmaculada Martínez en 'El arte del papel'. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Obra de Inmaculada Martínez en ‘El arte del papel’. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

“Ante todo sinceridad”, decía Andreu Alfaro refiriéndose a su obra. En Rosalía Sender, esa honestidad queda reflejada en el jazz de minimalistas trazos. Y sinceridad que se observa en el conjunto, ya sea el bodegón de Molina Ciges o la “pintura de playas y bañistas” de Inmaculada Martínez, en esta ocasión concentrada en un par de sencillas figuras. Javier Pagola, para quien lo atractivo del abstracto residía en la liberación del cuadro de contenido y de sentido, muestra esa liberación en un par de obras, siendo así el único de los artistas expuestos que cuenta con dos trabajos.

Brecht, que ya expuso en la galería sus “dibujos alarmantes”, insiste en esa exclamativa atracción por la vida excesiva. Excesos que pueden verse en otras de las obras exhibidas, ya sea por la cadencia del color que explotan Rosa Torres, Bermúdez o Molina Ciges, o el riguroso trabajo formal de Castellano, Vento o Monjalés. La inquietante figuración corre a cargo de Richard White, Balanzà o Toledo, mientras el collage de Maestre Yago nos descoloca frente al rostro de Hopper. Como lo hace Juan Vida en su brumosa Notre Dame.

Obra de Maestre Yago en 'El arte del papel'. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Obra de Maestre Yago en ‘El arte del papel’. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

La variedad continúa en el taller de Manchas, o en ese soldado que Eugenio Granell muestra como si fuera una reliquia universal de la frustración ante un mundo tenebroso que parece confluir en “La casa está oscura” de Brecht. Y así, entre oscuridad y luminosidad, siguiendo el movimiento pendular de la crisis, que sin duda arroja sombras producidas por tanta demolición, al tiempo que abre agujeros por donde se filtra cierta luz, avanza la exposición El arte del papel. Una muestra colectiva en tiempos de ajuste económico que, sin embargo, permite al espectador deleitarse con una brillante selección de artistas y trabajos. Una veintena de obras en papel que Rosalía Sender muestra como antídoto visual a la penosa crisis.

Broken sibling, de Richard White en 'El arte del papel'. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Broken sibling, de Richard White en ‘El arte del papel’. Imagen cortesía de Galería Rosalía Sender.

Salva Torres

Carlos Montesinos: sin rodeos

Viaje a Ifitry. Carlos Montesinos

Galería Cuatro

C / La Nave, 25. Valencia

Hasta el 1 de julio

Carlos Montesinos se fue a Marruecos con una beca de la Fundación InspirArte y pintó como loco durante los 15 días de su corta estancia en un lugar próximo a Ifitry. Pintó como loco y, cabría decir animado por la metáfora, pintó un sinfín de vacas locas dibujadas con el brío espongiforme de su desatada pasión. Vacas con color invertido, vacas con frutas, verduras y flores, vacas solas, vacas chinas, en fuga, llenando una carretera, confundidas, en círculo, vacas y más vacas “pintadas con los dedos”, termina diciendo el propio artista.

Árbol de vacas, de Carlos Montesinos. Galería Cuatro

Árbol de vacas, de Carlos Montesinos. Galería Cuatro

La Galería Cuatro acoge 15 de esas obras bajo el título preciso de Viaje a Ifitry. Un viaje que provocó en Carlos Montesinos esa estampida de vacas llenando de trazos, colores y manchas sus trabajos sobre lienzo, papel, cartón o cualquier otro soporte que pudiera contener el torbellino de apuntes que iba tomando a pie de campo. “Dormía apenas cuatro horas; iba como desnudo, desarmado”. De manera que en lugar de ir echando el lazo a tanta vaca, Montesinos se dejó de rodeos para pintar con esos dedos henchidos de emoción cuanto iba viendo, “y empezaron a salir vacas”, apunta como imbuido de la escritura automática surrealista.

Carlos Montesinos, en lugar de rumiar sus obras como harían los bovinos que aparecen una y otra vez en Viaje a Ifitry, vomitó líneas iracundas y colores sobrecogidos por tan inmediata pintura, para dibujar el mapa sentimental de su trayecto africano. Y al igual que los excrementos de vaca se utilizan como combustible o fertilizante, las manchas dibujadas por Montesinos parecen el alimento de una obra impulsiva, directa, sin concesiones a la galería. “Tuve la valentía de soltar la mano, de no tener miedo a la mancha”, explica en ocasiones todavía arrebatado por aquella experiencia en Ifitry.

Círculo de animales, de Carlos Montesinos. Galería Cuatro

Círculo de animales, de Carlos Montesinos. Galería Cuatro

Un animal domesticado hace por lo menos 10.000 años acaba siendo volteado en la obra de Carlos Montesinos, de forma que esa vaca apacible, rumiante, bovina, se transforma en pintura rupestre, animal atávico que los dedos del artista tocan como si fuera la primera vez que pinta. Arquitecto y escenógrafo, Montesinos dejó las líneas claras y la puesta en escena ordenada para “no intelectualizar” y “probar lo que te va saliendo”. Y lo que iban saliendo eran “trazos, dibujos, manchas”, una orografía sentimental con la vaca como protagonista.

Como si de un animal sagrado se tratara, las vacas de Montesinos pueden colmar árboles, carreteras, evocar la poesía de Lorca o servir para dibujar ciertos paisajes del alma. En el fondo, muy en el fondo, a Carlos Montesinos lo que en verdad le atraía era ese carácter atávico del animal que todos llevamos dentro. Su Viaje a Ifitry, volvemos al fondo, es, después de todo, ese viaje interior despojado de amable urbanidad que te permite el reencuentro con sensaciones ancestrales. No hay rodeos que valgan, aunque finalmente Montesinos los dé, con trazo, eso sí, bien suelto, alrededor de sus más recientes pinturas. Las que pueden verse hasta el 1 de julio en la Galería Cuatro.

Carretera con vacas, de Carlos Montesinos. Imagen cortesía de Galería Cuatro

Carretera con vacas, de Carlos Montesinos. Imagen cortesía de Galería Cuatro

 Salva Torres

Carlos Sebastiá, con mucho aprecio

Zài Huì. Carlos Sebastiá

Espacio 40

C / Puerto Rico, 40. Valencia

Hasta el 15 de junio

A Carlos Sebastiá le salen chispas de los ojos cada vez que pinta, y cada vez que te cuenta lo que pinta. Son chispas que vienen a iluminar el fondo sombrío del que mama su obra. Porque hay algo que atraviesa de cabo a rabo el conjunto de piezas que muestra en Espacio 40 bajo el título de Zài Huì, traducido como un hasta pronto, que luego explicaremos. Y lo que atraviesa ese conjunto es la tensión que se percibe entre la figura y el fondo, entre las chispas luminosas y el fuego del que proceden. En suma, Carlos Sebastiá busca el aprecio en su obra, partiendo de cierto desgarro existencial contra el que lucha con brío, impulsividad y mano agitada pero firme.

Mendigo, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

Mendigo, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

Las figuras que pinta y dibuja Sebastiá son figuras como abandonadas a su triste suerte, lánguidas, cariacontecidas, con ese punto a lo Kerouac, de prosa espontánea. Y siendo esto así, o por ser esto así, hay como una reacción inmediata de querer contener ese dramatismo con enérgicos trazos y manchas de color que ansían el reposo, el contacto amable, el erotismo de la piel, el aprecio a borbotones. Es como si después de cierta tormenta interior buscara la calma. Porque habiendo desazón en su obra, o precisamente por haberla, hay al mismo tiempo una pasión por ceñir los miedos que a veces nos atenazan, bañando el cuadro de intempestivo color. Y es que, siguiendo esa instantaneidad del autor beat, también Sebastiá podría decir: “Sólo las personas amargas desprecian la vida”.

El propio Carlos Sebastiá lo cuenta: “Hablo del aprecio, del cariño”. Y salta a la vista. Para llegar a él, utiliza dos vías: la del “contacto” y la de la “comunicación”. O lo que viene a ser lo mismo: la de la memoria y lo cotidiano, y la más directamente erótica o sexual que venga a refrendar el conocimiento previamente adquirido. Por eso en su obra hay siempre figuras, más o menos veladas, “que me amarran”, y el color que tiende a superar los límites y contornos; a salirse en cierto modo de madre.

La oportunidad, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

La oportunidad, de Carlos Sebastiá. Espacio 40

He ahí la importancia de las manchas, del color, que tan pronto manifiestan su carácter volcánico, incluso orgásmico, catártico para esas figuras, como velan su presencia para convertirse en amable cobijo. La desnudez corporal en la obra de Sebastiá conduce a ambos estadios: uno explosivo,  a base de un color desmedido, literalmente alucinante, y otro más sensual, erótico, tamizado por sábanas y otras veladuras. Por eso hay rostros y cuerpos que se ofrecen sin tapujos, queriendo darse a ver, para enseguida ocultarse bajo capas de pintura. Es la cadencia que va de la necesidad de aprecio, al miedo por la falta de correspondencia.

La pintura de Carlos Sebastiá revela ecos de nuestra condición actual: individuos con posibilidades comunicativas hasta hace bien poco inimaginables, que tienen serias dificultades para establecer lazos de mayor hondura afectiva. Individuos en red, finalmente enredados en la tela de araña de una comunicación cogida con hilos. La obra de Sebastiá hurga en esa incomunicación, en esas figuras abatidas, para dotarlas de un genio que el color imprime (“pinto de manera impulsiva”). De manera que “la desazón luego la arropo”, confiesa el autor. Y le interesa marcar esa transformación, ese proceso creativo, cuyo cocinado intenta que aflore en todo momento, “que se vea la frescura en los cuadros”. Que se vea el pulso entre la figura y el fondo.

Y si Zài Huì es un “hasta pronto” se debe al viaje que Carlos Sebastiá emprenderá en julio con destino a Pekín. En la capital china se pasará un año pintando, aprovechando una beca. Un viaje que también está presente en la obra de Sebastiá, por cuanto no deja de traslucir cierto trayecto: el que va de un hondo pesar a su vigorosa contención plástica, llena de color, manchas y aprecio, mucho aprecio por la vida.

Retrato. Carlos Sebastiá. Imagen cortesía de Espacio 40

Retrato. Carlos Sebastiá. Imagen cortesía de Espacio 40

Salva Torres