Joaquín Bérchez: Miscelánea Geográfica

Joaquín Bérchez: Miscelánea Geográfica
Sala de la Muralla. Colegio Mayor Rector Peset
Plaza Horno de San Nicolás, 4. Valencia
Hasta el 25 de mayo de 2014

Joaquín Bérchez en Miscelánea Geográfica ofrece una selección de ese marco geográfico que es la Comunidad Valenciana.: «A mí me encanta narrar, narrar el paisaje, el marco geográfico… Me considero valenciano, uno es del lugar donde más tiempo ha vivido y más experiencia ha tenido». La Sala de la Muralla del Colegio Mayor Rector Peset acoge una serie de fotografías en las que Bérchez captura el entorno a través de sus elementos básicos: el agua, el río, la albufera, el mar… Sus imágenes se convierten en una crónica del momento vivido, a través de su plástica narra los acontecimientos que modifican y renuevan nuestro paisaje.

«El paisaje envejece, se trastea, necesita sobrevivir trasteándose», Esto ha sido, la foto de la alambrada de colchones, es testimonio de esa transformación. Era camino de paso hacia la zona del Cabañal, la huerta interrumpida, una resistencia de la memoria que subsistió a las sucesivas embestidas del ladrillo y que finalmente sucumbe a la vorágine del asfalto. Los círculos oxidados enfocados en primer plano difuminan el edificio que avanza hacia esa huerta ahora ya extinguida. Igual que la lonja de pescadores, arquitectura en yuxtaposición, lo nuevo y lo viejo se contrapone, un mosaico de lo valenciano. Ahí está la Fórmula 1, las rectificaciones sobre el edificio; como señala Yolanda Gil, comisaria de la exposición, Travesía de pescadores es como «una caligrafía en un manuscrito», un collage de la ciudad de Valencia en un edificio amenazado a punto de extinción. Está también la albufera, el Lluent, nos deja ver una línea de edificación Catarroja al atardecer, las luces de la civilización se reflejan en la calma del agua y la barca ancestral. A los arrozales no les acompañan ya las barracas, sino la línea de contenedores del puerto, Capricho arquitectónico con arrozal, es nuestro paisaje construido, el huerto solar en el Interludio fotovoltaico, atrapado en entre el trigo y el bosque mediterráneo. En Más allá y más acá del Edén todavía los naranjos pueblan el paisaje de Simat de Valldigna, el marco de ladrillo lo convierte en un lienzo donde se inmortaliza, un preludio quizá de lo que pronto desaparecerá.

Joaquín Bérchez, "Miscelánea Geográfica" (fotografía). Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Joaquín Bérchez, «Miscelánea Geográfica». Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

La serie se fue componiendo con motivo de encargos diferentes, algunas de las imágenes formaron parte del libro editado por Bancaja, La historia de España, veinte temas sin argumentos ni títulos en los que la imagen ilustraba un texto pero sin determinarse mutuamente. La foto germinal es la del río, con ese color de agua revuelta casi en ebullición, el Turia naciente aún es agua y tierra. Una abstracción de la fuerza y el vigor de la naturaleza, el agua vibra en busca de un camino. Mientras, la vid se retuerce en el secano, una Torsión de vida borrominesca en el ojo del profesor, del experto en narrar el Barroco. La huerta se escribe a lo Mondrian, líneas que se cruzan el verde de los cultivos con el ladrillo y la pared blanqueada; y en el centro el agua, azul intenso, Abreviatura del cielo.

Joaquín Bérchez, "Miscelánea Geográfica" (fotografía). Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Joaquín Bérchez, «Miscelánea Geográfica». Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Un paisaje que como plasmó Cézanne, se reduce a líneas geométricas esenciales, la lengua de asfalto escupiendo civilización a través de la Tierra madre geometrizada por la erosión natural. Los renglones torcidos de la piedra natural cruzados por la línea recta que escribe la casa del hombre en Alpuente, mientras permanece a sus pies el zigzag de sus huertos medievales, la Presencia del pasado. Un pasado que está presente también, en la arquitectura gótica, en esas características cúpulas de cerámica azul, yuxtapuestas a la vegetación, lo construido junto a la naturaleza. Sin embargo, es también una naturaleza construida, una línea de palmeras que también ha sido trazada por la mano humana.

Joaquín Bérchez, "Miscelánea Geográfica" (fotografía). Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Joaquín Bérchez, «Miscelánea Geográfica». Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Un repertorio que es testimonio y crónica, pero que a través de su mirada experta Joaquín Bérchez, catedrático en Historia del Arte y Académico en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, transforma jugando con sus ángulos de visión, con la luz del momento elegido, con su encuadre. Nos da su particular visión del paisaje y nos sugiere reflexión. Sobre sus imágenes afirma Bérchez: «son invenciones, no soy tendente a establecer paisanaje, quizá por eso me distancio, y aprecio el paisaje de forma distinta a otros. No es paisanaje, es admiración, sorpresa, reflexión…».

Mª Ángeles Pérez Martín.

Joaquín Bérchez, "Miscelánea Geográfica" (fotografía). Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Joaquín Bérchez, «Miscelánea Geográfica». Imagen cortesía del Colegio Mayor Rector Peset.

Carmen Grau: El arte como forma de vida

Carmen Grau (Valencia, 1950) nos abre las puertas de su taller mostrándonos sus últimas experimentaciones plásticas. La viveza de sus grandes ojos verdes, su abundante pelo rojo rizado y su risa frecuente contagian vitalidad. Una pintora en continua evolución que se expresa a través de diferentes formatos. Artista comprometida, sus creaciones exhiben una fina ironía en un juego continuo con los materiales. Utilizando el conglomerado como soporte básico surgen propuestas plásticas que incorporan materiales reciclados y objetos encontrados al discurso narrativo. Gubia en mano extrae a la madera su esencia. Su obra se explica, se argumenta, se compone de vivencias, pero es la materia la que sugiere e inspira sus piezas. Profesora de pintura en la Facultad de Bellas Artes desde 1986, para ella la pintura es un oficio que se enseña, el arte es otra cosa. Pintora de reconocido prestigio − el IVAM adquirió su obra Tarot imaginario (1983)−, Carmen es una de las pocas mujeres cuya obra (La prisión, 1988) forma parte de la histórica Colección Martínez Guerricabeitia, que se caracteriza por el compromiso político de sus pinturas. Para Carmen el arte es algo más que una expresión plástica, como ella misma afirma “el arte es una forma de vida”.

Tarot imaginario. (Col. IVAM).22 piezas de 42x29 cts. 1983-84

Carmen Grau. Tarot imaginario. (Col. IVAM).22 piezas de 42×29 cts. 1983-84

¿Cuáles han sido tus últimos proyectos?

Proyectos… ¿de qué tipo? Mi última exposición en Obrapropia en realidad no era un proyecto, surgió de repente, hacía tiempo que no exponía en Valencia, lo preparamos en menos de un mes, me ofrecieron la posibilidad y lo hicimos. Proyecto actual en firme no… hay muchas ideas, varias colectivas en preparación aquí en Valencia. He expuesto muchas veces en colectivas, fuera de España ninguna individual. Expuse en Barcelona, Madrid y Bilbao; en Ulan Bator, Helsinki, Nueva York, Marrakech, Francia, Bélgica, siempre en colectivas, surgían contactos internacionales solicitando obras mías a través de la Galería Punto y Arte Xerea, entre otros.

Nos gustaría que nos contases cómo te iniciaste como artista.

No tengo idea de un momento concreto de inicio. Mi padre era ilustrador −el decano de los ilustradores en Valencia−, José Grau. Trabajaba para Inglaterra y otros lugares donde la ilustración estaba mejor retribuida. Antiguamente los ilustradores no tenían conciencia artística, era algo que se ejercía como medio de vida, sin una consideración de arte, casi infantil. Yo dibujaba desde que tengo recuerdo. Era la única de mis hermanos −dos gemelos y yo− a la que mi padre dejaba entrar al taller. Los gemelos no podían, era un espacio reservado. Mi padre murió en 1998, conoció mis exposiciones. En mi taller está su mesa de dibujo. Una buena mesa que encargó mi abuelo cuando él tenía 17 años y le dijo: seré dibujante. Por otro lado, mis series africanas deben mucho a mi tío, vivía en Guinea Ecuatorial, enviaba tejidos, hasta un mono, tenía especial cariño hacia mí. El bolso que aún cuelga en el taller fue regalo suyo, lo llevé a la Facultad durante mis años de estudiante, lo he dibujado innumerables veces.

Carmen Grau en su taller

Carmen Grau en su taller, con el bolso de su tío. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Muchos artistas consideran que la pintura por sí misma es generadora de pensamiento, que no existe una relación formal entre el pensamiento del artista y el hecho artístico ¿Qué opinas?

La obra es generadora de pensamiento, te hace ir más allá. Cuando creas el esfuerzo mental y físico te hace indagar, aprendes de la vida, del mundo. Había un profesor, don Víctor Gimeno, que decía: “el arte es todos los días”. Es un carrito que va por un camino recogiendo cosas, el carro anda, pero a la que te descuidas tienes que correr detrás de él, se va si no sigues creando. Por eso todos los días hay que ir al taller. Yo así lo hago. Para mí todo es secundario, todo excepto mi trabajo. La facultad es algo accidental, en principio fue transitorio y se ha convertido en continuo. Necesitaba asegurar el futuro, la inestabilidad del artista no se puede compaginar con una familia. Se dio la posibilidad de entrar como docente en una ampliación. Mi idea no era dar clase, aunque fueran solo dos o tres días suponía una distracción de mi trabajo, además yo no pensaba que tendría mucho que decir. Tras la solicitud me devolvieron la instancia desestimada, leer aquello sacó el samurái que llevo dentro y lo impugné. Nadie había impugnado, mucha gente se siente prisionera de las decisiones de otros, pasaron nueve meses, aporté nueva documentación más explícita y fui seleccionada, era 1986.

Tu trayectoria docente ¿piensas que ha ampliado tus horizontes en la investigación plástica? ¿Qué recursos plásticos aportas a tus alumnos?

La investigación plástica se da solo por el hecho de preparar una clase. Te hace estar más atenta. A mí no me interesa profundizar en otros derroteros creativos. Me gusta mi propio camino creativo. Como profesor debes dar lo mejor, debes estar informado. Por supuesto, eso repercute en tu obra, en tu conocimiento de la creación. La relación con los alumnos no es una alimentación, yo tengo mi propio sentido plástico creado, es una rueda que ya está en marcha. Entre los alumnos hay gente interesante como personas, algunos creativamente pueden serlo.

Comenta Horacio Silva que no echa de menos la docencia y que tantos estudiantes que no llegarán a ser artistas es algo desesperanzador, ¿qué piensas acerca de ello?

No echaré de menos la docencia. No está la carrera de Bellas Artes preparada para formar artistas. Antes casi el 95 % éramos pintores o queríamos serlo, un  2 o 3 % ya sabían que iban a dar clases, eran monjas o frailes, profesores de dibujo que ya tenían esa predeterminación; solo un pequeño porcentaje de chicos y chicas que no sabían lo que querían ser. Ahora el porcentaje se ha invertido, es facultad, ahora hay administrativos que les gusta dibujar, muchos estudian por obtener la titulación, no son pintores, en dibujo también se nota y en escultura.

La mayoría de tus obras tienen título. En tus dibujos aparecen personajes polémicos…

En cierto modo los títulos vienen de mi carácter comprometido. Mis temas son la mujer, el medio ambiente… el dibujo –en el que está trabajando actualmente− se inicia con músicos, aparecen personajes que me interesan, Michael Moore, Susan Sarandon, Hugo Chávez, Antich, falta Renau, se genera un caos. Estados Unidos no es un lugar al que me gustaría ir. Renau es un referente, realicé mi particular American Way of life en homenaje a Renau, aparecen citas, su “Hello Stupid”, todas iguales, la calavera. Es una obra del 84 de la que no me puedo deshacer. Realizada con fotocopias, algo que entonces era muy poco habitual, pero yo pensé que no iba a volver a dibujar lo que ya había trabajado otro.

Chillida comenta su sufrimiento creativo… ¿Qué proporción de sufrimiento e ironía hay en tus creaciones?

Creando se disfruta y también se sufre, pero está la satisfacción del resultado. No solo es diversión el trabajo; el esfuerzo, hasta el agotamiento físico se siente. Hay diversión, el montaje de personajes en un dibujo tiene cierta dosis de juego. Se hace con un objetivo claro, pero cuando te introduces dentro de un formato, cuando la técnica ya te ha agotado, pierde emoción el trabajo y, de repente, te entra el pánico, es algo cíclico, suele sucederle a muchos artistas.

Tú dominas el conglomerado…

Es mi material, siempre será mi soporte, le sigo viendo posibilidades, a veces solo como soporte, pero se hace presente en la obra. Ahora estoy haciendo collage con piel. Al llegar a esta casa había retales de piel, el antiguo dueño lo iba a tirar, a mí me había sugerido cosas, le dije ya lo tiraré yo si no le encuentro utilidad. Le fui dando vueltas hasta que me di cuenta de lo que debía hacer, el díptico azul de mi última exposición surgió de ahí. Necesitas aportar a lo que haces, cuando creas el material carece de lo que quieres, el arte es un enamoramiento que acaba apagándose si no se renuevan los estímulos.

En tus ensamblajes se ve una tendencia clara hacia la tridimensionalidad ¿se debe a una vocación escultórica?, ¿son estas piezas las que te llevaron a tu Taller narrativo?

Todo eso funciona. Los ensamblajes tienen incisiones de gubia, máscaras inacabadas. Trabajé en la serie de máscaras a finales de los ochenta. La escultura que hay en el Campus de la Universidad Politécnica de Valencia fue presentada en la exposición del Taller narrativo en el Almudín. Realicé en madera dos obras, en bronce no era posible entonces. El rector invitó a hacer algo para el Campus, le presenté las maquetas y fue aceptado, quiso una de las más grandes. Era el rector Justo Nieto, sincero y humano, escuchaba siempre sin evasivas, si era blanco, blanco, si era negro, negro.

Obras de Carmen Grau en su taller

Obras de Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Un elemento común de tu obra son esos personajes de pequeño tamaño que se pierden en espacios vacíos evocando a los primitivos románticos ¿cómo surgieron en tu obra?

El personaje viene del rastro. A veces es romántico, pero a veces es malo, está en la picota, como los falleros, los quemo, otros están a punto de caer. Me encontré un futbolín muy antiguo, todavía conservo alguno de los muñecos, la varilla era aún de madera. Estaban en el suelo en el rastro, la vendedora me dijo: lléveselos todos, no se arrepentirá. Me los regaló porque se estaban rompiendo. Nada más verlo supe que encontraría algo, eran personajes, lo vi claro. En una primera etapa el personaje formaba parte de un todo repetitivo, entre ellos había uno señalado, a uno le pasaba algo, como la vida misma, el listillo, el que destaca.

Había uno que era el ecológico, un experimento. A mí me interesa el elemento plástico, dependiendo de la técnica surge algo propio, que ya lleva implícito, si lo que creo no es novedoso no me interesa. El ecológico surgió de un problema. Yo había detectado que en toda la historia del arte no aparecía el verde en pintura, nunca en una obra que no fuera un paisaje o bodegón. Es un color que da problema, siempre aparece como complementario si no es en paisaje. Nada me gustaba al componer. De repente puse verdes, vejiga, hiedra, esmeralda, verdes evidentes, con el blanco y el negro y su mezcla, los grises, y las figuritas del personaje como motivo. Ya apareció claramente. La obra fue premiada en Pego y la adquirió el Ayuntamiento.

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Esculturas de Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Tu obra La prisión en la colección de la Universitat de València incluye un texto poético, algo recurrente en otras de tus piezas ¿qué surge primero el texto o la materia?

Fue una compra de la Fundación Martínez Guerricabeitia, esa serie no ha salido a la luz, únicamente esta obra, en ella aparecen textos de poetas vascos. En una exposición celebrada en los ochenta en La Lonja, una colectiva, conocí a unos chicos vascos, yo ya tenía libros de Oteiza, hablé con ellos y me trajeron una antología de poetas vascos. A raíz de esa obra hice la serie, ya tenía la idea desde que leí los poemas de Oteiza. Había uno que describía una cárcel, cómo era, leí el texto y lo vi claramente, surgió la obra apenas en dos sesiones. Fue muy duro, es de las pocas obras que he concluido con esa rapidez. Cuando creo hay piezas que están cerca de lo que quieres, pero a veces el material se rebela y no acaba de quedar tu idea. Normalmente suele salir bastante cercano, mi proceso es lento, se pierde mucho por el camino, son muchas sesiones, pero este salió a la primera y al día siguiente lo acabé. Fuimos a Arco al día siguiente, acudimos unos cuatro años seguidos con Punto, una galería puntera en aquellos momentos. Luego, tras abandonar Punto en los noventa, fui con Arte Xerea durante tres años más. Arte Xerea fue un proyecto ilusionante, pero no acabó de afianzarse. Nunca tuve un catálogo, pero las ventas fueron numerosas.

Algunos pintores afirman que cuando tienen que abandonar su taller les supone una gran pérdida, un divorcio… una muerte… ¿hasta qué punto es fundamental el espacio creativo?

Yo he cambiado mucho de taller, pero lo puedo entender, te quedas mal. Añoro momentos puntuales, obras que hice en el piso donde vivíamos, de allí salieron cosas fantásticas. El espacio habitable estaba ocupado por la obra de los dos, Mariano hizo en el suelo murales, no teníamos ni paredes, aquello no era un estudio, y con un niño por ahí haciendo agujeros en las paredes. Esa época la recordamos con cariño, dentro de la precariedad era ilusionante. Luego nos trasladamos a un piso en la calle Orihuela solo taller, ya teníamos dos hijos. Después alquilamos otro arriba y me quedé yo en el taller, mi pintura ensucia más.

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Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

¿Crees que el hecho de ser mujer ha condicionado tu proyección artística o ya es un tema superado?

No, no es un tema superado, sigue habiendo predominante artistas hombres en las galerías. Condiciona mucho en la vida, es una especie de engaño la igualdad, es una mentira, debemos seguir luchando por ello. Hay más mujeres de las que se hacen visibles. Estudian más chicas que chicos, pero hay de todo. Ahora es la animación lo que distrae, la pintura no tiene actualmente mucho seguimiento. No se imparte la docencia como debe ser. Si te impones vas por mal camino, no es un colegio, ni un instituto, Bellas Artes es otra cosa, aún no podemos explicarnos que sea una titulación, vienen porque quieren aprender a pintar. Yo enseño a alumnos de cuarto y quinto, pintar es un oficio, la creatividad es otra cosa. A veces los docentes no saben ver al artista. Es enseñar un oficio, hay que practicar, atender a las claves, no solo hay una técnica. Pintar es una manera de hacer visual algo que se puede hacer con una foto. Se puede dibujar con proyector, pero a mí me gusta equivocarme, ganarle al dibujo. Si un alumno decide usar el proyector no es mi problema, pero todos los grandes sabían dibujar, Lucien Freud, todos, sus bocetos estaban hechos a mano.

Hacerlo bien como docente es respetar la forma de hacer de cada uno, da igual que sea abstracción, academicismo, Pop Art, lo que hagan yo lo potencio. Da lo mismo lo que se trabaje, mi gusto personal lo dejo fuera del Campus, hacer discípulos sería un error. Siempre algún alumno sigue la estela, pero no necesariamente, eso no se impone. Estoy dirigiendo cuatro tesis, tengo un proyecto de investigación vigente, aunque a nivel institucional está detenido. Tuve subvención de la Generalitat, se hicieron muchas cosas, ahora sin recursos no se puede hacer nada, pero el proyecto está ahí durmiendo. Está la publicación de todos estos años de investigación preparada pero pendiente.

El IVAM tiene obra tuya ¿no es así? ¿Cómo ha sido tu relación con instituciones y galerías a lo largo de tu dilatada carrera?

Mala relación, no he tenido ayuda institucional. Mi obra la compró Carmen Alborch. Vinieron a mi estudio cuando estaba en Arte Xerea, Carmen era vecina mía de pequeña, nos conocemos de hace mucho tiempo, pero no era una amistad. El último año de su mandato −fue ministra en el 90− vino con Todolí a elegir una obra, se iban a llevar el Autorretrato barroco, pero al final se llevaron el Tarot. Me dijeron: ¿no has expuesto aún? Pues vas a exponer. Pero luego se marchó y el proyecto quedó en eso. Este verano se hizo una exposición en el IVAM de Jaime Siles con fondos propios sobre pintores que han pintado poesía. Allí estaba el Tarot (el mago es Borges), se ha expuesto únicamente ese fragmento de la obra en esta exposición, nunca nada más. No hay posibilidades de exponer allí, es algo sabido, siempre ha sucedido así, se ha privilegiado a algunos artistas y se han ignorado otros, desde el inicio ha sido catapulta política.

Eduardo Arroyo comenta que el estado del arte actual le aburre, que está muy burocratizado y que en todos los museos se ve lo mismo ¿qué piensas que se podría hacer para mejorar el empobrecimiento de la cultura en Valencia?

No hay empobrecimiento, hay cantera, pero si solo se potencia a unos cuantos la obra permanece en el estudio, no se hace visible. El arte −no solo en Valencia− no es “los que llevan el arte”, el arte es quien lo hace, es él mismo, no tiene edad, no tiene sexo, es bueno o es malo. Los que lo gestionan, los que parece que lo promocionan, casi todos los que han llevado el arte han sido ineptos, personas que solo han hecho su carrera. No se trata de promocionar solo a la gente joven, hay artistas consagrados a los que se ignora, no todo es emergente, yo sigo contenta, creando cosas nuevas. No hago las cosas pensando en los demás, es todo una mediocracia, no solo en Valencia. Yo no estoy en contra de nadie concreto, yo soy yo misma, más bien estoy en contra de todo, solo creo en las individualidades. Yo encuentro a gente humana y me fascina, pero las masas no las soporto. El arte no es un elemento de consumo, es una forma de vida.

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Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Mª Ángeles Pérez Martín

La femme fatale: continuidades y rupturas

Gilda vs Casino. El arquetipo femenino de la femme fatale. Continuidades y rupturas

Los hombres actúan y las mujeres aparecen.
Los hombres miran a las mujeres.
Las mujeres se contemplan a sí mismas mientras son miradas.(BERGER, 2000)

De la parte baja del plano surge como una lengua de fuego una larga y abundante cabellera de color rojo. Iluminada como una verdadera diosa, Gilda aparece como un volcán, sacude hacia atrás su seductora melena, que como un auténtico látigo se prolonga en un largo y esbelto cuello. Cautivadoramente, sonríe a los dos hombres que, expectantes en el contraplano, le preguntan: «Gilda ¿estás visible?». Mientras el primer plano medio deja ver únicamente su rostro y sus hombros desnudos su provocadora respuesta: «¿Quién, yo?», sugiere intencionadamente que no lo está. Ballin, su marido, hace las presentaciones: «Johnny, esta es Gilda». El plano se abre y comienza la representación. Vemos en el plano general a Gilda en el tocador, con las cortinas a modo de escenario. Tras ella, un espejo nos devuelve su imagen desdoblada. De espaldas, en el horizonte lejano, otra mujer – su pasado− se oculta tras su fascinante presencia. Johnny y Gilda intercambian miradas, ella sostiene sensualmente un cigarro en su mano, mostrando el hombro que su vestido a punto de deslizarse deja al desnudo, mientras mantienen un enigmático diálogo. La escena los sitúa a ambos juntos en el mismo plano, dejando al marido al margen, fingen sorpresa al conocerse. En la pantalla, a la izquierda vemos la espalda de Johnny, – su parte oculta, él también tiene un pasado−, y a Gilda, que como objeto de su mirada se sitúa a la derecha, frente al espectador. Su posición coincide con el lugar al que dirige la mirada el sujeto occidental, en la habitual lectura de izquierda a derecha que se hace de imágenes y objetos. En el contraplano vemos que el origen de la mirada es el hombre, Johnny, situado a la izquierda del plano. Es él, con su rostro hacia el espectador quien dirige nuestra mirada hacia la derecha, hacia el pasado oculto de Gilda.

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Fotograma de la película Gilda (1946), de Charles Vidor

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Fotograma de la película Gilda (1946), de Charles Vidor

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Fotograma de la película Gilda (1946), de Charles Vidor

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Fotograma de la película Gilda (1946), de Charles Vidor

En el cine clásico de Hollywood predomina la mirada masculina dominante, que cargada de poder social, político, económico y sexual, relega a las mujeres a la ausencia, el silencio y la marginalidad, mediante una serie de mecanismos cada vez más perversos. Los mecanismos que controlaban la sexualidad femenina en el cine de los años treinta y cuarenta, admitían de forma implícita el poder y el peligro de la sexualidad femenina. Los años cincuenta marcan una inflexión en el cine clásico: cuando el miedo a esa sexualidad parece reprimido, es cuando se desborda por todas partes sin aparecer en ninguna. La liberación de la mujer, y la ruptura con ese modo de representación institucional que realizaron las nuevas olas cinematográficas y el cine independiente de los sesenta a los ochenta, han sido asimiladas por el cine de Hollywood. Las producciones de fin de siglo han seguido métodos de narración distintos que recuperan u homenajean la esencia del cine clásico, manteniendo los estereotipos que, sin embargo, carecen de su halo mítico. «En las narrativas dominantes en el cine, en las formas clásicas, las mujeres, tal como las han representado los hombres en esos textos, adoptan imágenes que poseen una categoría “eterna” y se repiten en lo esencial a través de las décadas: la representación cambia superficialmente con arreglo a los estilos y modas de cada momento, pero, si se rasca esa superficie, se halla un modelo conocido» (KAPLAN, 1998: 31).

Gilda, dirigida por Charles Vidor en 1946 es uno de los títulos míticos del cine negro, una película con personajes rotundos, pero sobre todo, una película de diálogos, irónicos y agresivos, cargados de dobles sentidos. Un prototipo de la concepción del cine clásico americano de serie negra. «El personaje de Gilda ha generado una auténtica mitomanía, su presentación, su striptease, la bofetada y las canciones están en el imaginario cinematográfico de generaciones enteras.» (SÁNCHEZ NORIEGA, 2002: 161). Casino, producción de 1995, dirigida por Martin Scorsese, es la última de las películas que su director realizó para la Universal, su guión está basado en hechos reales. Aunque los parámetros en los que se desarrolla la historia son similares a los de Gilda, la denominación de cine negro suele circunscribirse al cine clásico, mientras que las producciones posteriores adoptan la calificación más genérica de cine de gánsteres. Uno de los elementos característicos del cine negro ha sido la mujer fatal, un estereotipo de mujer perversa, maligna, seductora o caprichosa que asigna a la mujer un poder del que ella es la principal víctima.

El concepto de femme fatale surge en la segunda mitad del siglo XIX, un término que recoge una imagen ya creada años antes por la literatura que luego se plasma en las artes plásticas. Los rasgos, tanto visuales como psicológicos, de la mujer fatal eran descritos ya en 1884 por J. K. Huysmans, en su novela A rebours, al describir a la Salomé pintada por Gustave Moreau. La apariencia física de esta mujer se describe como una belleza turbia, perversa, de larga y abundante cabellera y, en muchas ocasiones, rojiza. Su aspecto físico debe ser voluptuoso y seductor, debe encarnar todos los vicios. En cuanto al psicológico se define por su capacidad de dominio, de incitación al mal, y su frialdad. Sin embargo, se le hace poseedora de una fuerte sexualidad, «lujuriosa y felina». El mito es asimilado por la industria del celuloide, cuando los productores norteamericanos crearon en la primera década del siglo XX el star system, actualizando en una serie de personajes seductores de voraz sexualidad y peligrosa cabellera la fascinación que sintió la sociedad masculina del siglo XIX, que el cine recuperó para alimentar «su mundo de quimeras eróticas en la oscuridad de las salas cinematográficas» (BORNAY, 1990: 115).

Las protagonistas de estas dos películas, Gilda y Ginger, en Casino, tienen en común que habitan un mundo de hombres, su papel está limitado y previamente asignado. Ambas aparecen como objetos de deseo, se configuran bajo la atenta mirada de los hombres, mientras la cámara nos sitúa en la piel del hombre que las contempla. Como afirma Berger, según las convenciones, la presencia social de hombres y mujeres es diferente, mientras que el hombre encarna una promesa de poder, «sugiere lo que es capaz de hacer para ti o de hacerte a ti, la presencia de una mujer expresa su propia actitud hacia sí misma, y define lo que se le puede o no hacer» (BERGER, 2000: 54). Su presencia se manifiesta a través de sus gestos, ropas, expresiones, gusto, voz, sus actos no son más que manifestaciones de su apariencia, y así, la apariencia es percibida por los hombres como esencia. De su habilidad dependerá la afirmación personal que obtengan, bajo esa tutela masculina a la que se someten, siempre encerradas en esos parámetros de lo femenino. Ser ella misma es ser como los otros la ven, el aspecto que tenga una mujer para un hombre determina cómo será tratada por él. De este modo, una mujer debe contemplarse a sí misma, supervisar su imagen, todo lo que es y todo lo que hace, porque su presencia ante los demás, ante los hombres, es fundamental para obtener éxito en la vida. Gilda y Ginger lo saben, aparecen como radiantes bellezas a las que admirar, su futuro está en manos de los hombres que las desean, son portadoras del deseo, ellas no lo construyen, en silencio son prisioneras del orden simbólico que las convierte en destino de las fantasías y obsesiones del hombre, poseerlas es una demostración más de poder. Gilda y Ginger construyen su imagen en base a esa seducción que ejercen, su supuesta frialdad, sus gestos, sus frases, su indiferencia, su fortaleza está en la capacidad de atraer el interés del protagonista. En su papel tradicional, las mujeres son miradas y exhibidas bajo «una apariencia muy codificada para causar un fuerte impacto visual y erótico, por el que connotan una “ser-mirada-idad”. La mujer sostiene la mirada, representa y significa el deseo masculino» (MULVEY, 1988: 10). Una mujer que es exhibida como objeto sexual y sobre la cual recae el espectáculo erótico.

La continuidad de un modelo del cine clásico que perdura, así podemos observar en Casino, que Ginger también aparece en pantalla como Gilda, bajo la atenta mirada masculina, en este caso de Ace, el verdadero protagonista de la película, el héroe masculino. Ginger, con la mirada puesta en la mesa de juego, sonríe en primer plano junto a un hombre que a su espalda la observa, a continuación, con la barra de labios en la mano, es observada por el mismo hombre mientras con la boca entreabierta desliza la barra sensualmente por sus labios. En el contraplano tres hombres la miran, Ace, en actitud firme, con los brazos cruzados, impasible observa sus argucias mientras se le dibuja una sonrisa en el rostro. Una belleza rubia, fascinantemente atractiva le devuelve la mirada con una seductora sonrisa. Todos la observan, y Ginger se contonea mientras se desplaza entre la gente, estableciendo un intermitente juego de miradas que acaba en un primerísimo plano del rostro de Ace, que, algo circunspecto, ha sido atrapado ya por el atractivo de esta mujer fatal. Tras la conquista de Ginger, en la escena siguiente se produce la declaración de Ace, un primer plano de ambos mientras se besan, continúa con un plano detalle en el que las manos de él depositan billetes en las de ella. Un travelling circular realiza un recorrido desde el plano fragmentado del rostro de ella que sonríe mientras le mira, al plano siguiente que muestra el rostro de él mirando su dinero, y de nuevo, otra vez las manos que intercambian dólares, ascendiendo la toma hacia el rostro de ella, mientras nos enseña la joya que lleva en su pecho. Acto seguido, el montaje sitúa ya a la protagonista en la siguiente escena, deslumbrante, bajando de un fastuoso vehículo, luce un llamativo abrigo de visón blanco bajo un techo de focos de luz que la ilumina como una auténtica joya, ella se revaloriza gracias al dinero de él.

Fotograma de la película Casino

Fotograma de la película Casino (1995) de Martin Scorsese

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Fotograma de la película Casino (1995) de Martin Scorsese

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Fotograma de la película Casino (1995) de Martin Scorsese

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Fotograma de la película Casino (1995) de Martin Scorsese

Poco después, convertida ya en madre, pero como si fuera algo ajeno a ella, se celebra la boda. Durante la fiesta Ginger se encierra en una habitación a hablar por teléfono con el chulo de tres al cuarto que la explota. Ella llora frente a un espejo escuchando las falsas palabras de ánimo de él, mientras él, junto a una prostituta, esnifa la coca que ha comprado con el dinero que ella le ha dado. Y podemos comprobar que tal como afirma Balló (2000: 60): «la imagen especular tiene en el cine un sentido metalingüístico». Ginger se mira en el espejo consultando, meditando, desdoblándose en dos, toma conciencia de ser mirada por Ace, que entra en el cuarto mientras su reflejo le devuelve una mujer que no tiene salida alguna. Es bella, tiene dinero, coches, pieles, joyas, un hombre que la colma de cosas pero para el cual es solo un objeto precioso más que poseer. Un hombre que acabará maltratándola, física y psicológicamente, cuando sea consciente de que nunca conquistará su alma. Porque ella no la tiene, él nunca la podrá poseer, la temible femme fatale pende psicológicamente de un hilo, perdió su alma al dejarse atrapar por un chulo al que está unida por una necesidad protectora, que aquel alimenta con su dependencia económica.

El prototipo tiene continuidad, Ginger como Gilda, aparecen dejándose fascinar por el dinero. Gilda durante la cena de la presentación enseñaba a Johnny la pulsera de 50.000 pesos que Ballin le ha comprado. Pero tiene otro sentido, para Gilda forma parte de un papel, Gilda interpreta a una mujer fatal con el fin de desatar los celos de Johnny. Es la escena que transcurre alrededor de la mesa del casino, la noche de la presentación, la pareja está en el mismo plano mientras con insinuantes diálogos frente al marido, que solo, en el contraplano les contempla. Brindan y él dice que: como el bastón, una mujer aparenta ser una cosa y, de repente, se convierte en otra.

Ginger y Gilda son dos mujeres que, a pesar de la distancia cronológica de los filmes, asumen un rol semejante. El cine se refuerza con patterns preexistentes de fascinación, que el sujeto tiene aprendidos de la sociedad en la que se desenvuelve. El inconsciente de la sociedad patriarcal configura los modelos cinematográficos. El cine refleja, y a la vez participa de la forma erótica de mirar, controlando las imágenes con la interpretación correcta de la diferencia sexual que la sociedad establece. La presencia visual de la mujer funciona contrariamente al desarrollo fílmico, congela la acción mediante la contemplación erótica. Así es más importante que ella misma lo que representa, lo que la heroína provoca. «Es ella, o el amor o miedo que inspira en el héroe, o la atracción que él siente hacia ella, la que le hace actuar en el sentido en que lo hace. En sí misma la mujer no tiene la menor importancia» (MULVEY, 1988: 10). Tradicionalmente, el papel de la mujer exhibida funciona como objeto erótico tanto para los personajes de la historia diegética como para el espectador en la sala. De acuerdo con las ideologías dominantes y las estructuras psíquicas que las sostienen, la división heterosexual divide el sexo en activo/pasivo, lo cual condiciona y controla también las estructuras narrativas. El rol del hombre en tanto que sujeto activo, hace que las cosas sucedan, es él quien controla la fantasía fílmica. Mientras, adicionalmente, aumenta su poder como poseedor de la mirada del espectador.

Mulvey (1988: 10) afirma que «existen tres diferentes miradas asociadas con el cine: la de la cámara en la medida que registra el acontecer profílmico, la del público que mira el producto final, y la de los personajes que se miran entre sí en el interior de la ilusión cinematográfica». Según define Kaplan: «en el cine dominante se juega con el acto de mirar para crear un placer, que posee orígenes eróticos». La mirada se construye sobre las diferencias de sexo que establece la cultura y también para Kaplan (1998: 37) hay tres formas de mirar en el cine: dentro del propio texto fílmico, los hombres miran a las mujeres, que se convierten en objetos de la mirada, como vemos en la aparición de Ginger. La segunda mirada es la del espectador, que «se ve obligado a identificarse con esa mirada masculina y a cosificar a las mujeres de la pantalla, y por último, la mirada original de la cámara que actúa en el hecho de la filmación». Algo que vemos claramente en sus apariciones, tanto Gilda como Ginger son objeto de la mirada de los hombres en la pantalla, ambas películas encuadradas en el género del cine criminal están dirigidas al espectador masculino, que se identifica con esa mirada cosificándolas a ellas. Mientras la mirada original, la del director que ubica la cámara, también es también masculina.

El lenguaje elíptico y críptico del relato en el cine negro está condicionado por la censura política y comercial que el Código Hays implantaba acerca del sexo y la violencia. Una censura autoimpuesta por el sistema de estudios norteamericano que acabó abandonando paulatinamente el cine de Hollywood, mientras dejaba de ser clásico. Gilda y Casino se desarrollan en el mundo del crimen, ambas películas comienza con una agresión durante la presentación de los dos protagonistas masculinos.

Sin embargo, en esto sí hay claras diferencias y rupturas, mientras en Gilda la violencia se omite y únicamente vemos, en un plano detalle, el elegante bastón con el que Ballin realiza la agresión, en Casino, es una diminuta pluma en manos de Niki la que provoca una truculenta escena. La cámara nos muestra, también en un plano detalle, el cuello de la víctima en el momento de la agresión. La pluma penetra en el cuello haciendo saltar un chorro de sangre enorme. Y, a diferencia también de Gilda, en la que los golpes durante la pelea son sugeridos, Casino no ahorra al espectador las violentas patadas con las que arremete Niki, el verdugo, contra su víctima ya en el suelo. Ginger es víctima de la violencia de los hombres que supuestamente la aman, y se deja maltratar, Ace la tira de casa arrastrada casi por los pelos, Niki la empuja cruel y sanguinario por una escalera mientras la expulsa hacia la calle como a un perro, la violencia es clara y explícita. La mujer no tiene dignidad alguna para ellos, y así lo vemos, sin tapujos ni justificaciones, una mujer así no merece ser tratada de otra manera por los hombres, y el director no le ahorra ni un ápice de crueldad al espectador. Eso, presentado con toda su crudeza es el maltrato a una mujer, a eso lleva la consideración de la mujer como objeto. Frente a esta violencia, la famosa bofetada que Johnny propina a Gilda tras el striptease más mítico del cine, la situaba en un plano de igual. Equiparándola frente a frente con su amante, quedaba clara la supremacía masculina, pero ella mantenía la dignidad, aunque asumiendo su subordinación al poder del hombre.

Podemos afirmar que el modelo perdura, en ninguna de las dos películas, la narración se realiza en ningún momento desde el punto de vista de las mujeres. Ni a Ginger ni a Gilda se les otorga autoridad alguna, no se les da el protagonismo, no se introduce su mirada sobre los acontecimientos en la narración, no dominan la acción, únicamente aparecen como objetos por su valor estético. Sus gestos, sus peinados, el fabuloso despliegue de vestuario, las convierten en el objeto al que se dirigen las miradas y los deseos, pero nunca encarnan el deseo. Sin embargo, en su papel de falsa mujer fatal, Gilda mantiene inteligentes diálogos que tienen como fin crear una imagen icónica a la que adorar, para finalmente descubrirse su condición de mujer enamorada del primer hombre y, tras la muerte de su ex-marido, ser rehabilitada convertida en una respetable mujer casada. Este es el modo en el que el cine clásico hace perdurar los modelos, la mujer perversa debe ser redimida, en este caso era falsa su apariencia, tras purgar durante años el desprecio de su amado, retorna al camino que la sociedad patriarcal asigna a la mujer. La escena final en la que vestida de manera austera, eliminando lo erótico y perverso espera con anhelo las palabras de su héroe que la lleven de vuelta a casa, una vez redimida.

Ginger, en cambio, fuera ya del estricto patrón moral ideal del cine clásico, es claramente solo un objeto, y como tal se comporta. Su estatus de vamp se lo dan sus fines perversos, a Ginger solo le interesa el dinero. Pero Ginger ha nacido en otra época, una época en la que el espectador ya no espera redenciones. En la que la autodestrucción es el único destino de una perversa y atormentada mujer, que acabará muriendo como un verdadero despojo en el pasillo solitario de un hotel. Una mujer que encarna las dos grandes constantes vitales, sexo y muerte, principio y final que conforman a esta femme fatale de fin de siglo. Una mujer que es suma a partes iguales de Eros y Tánatos.

Mª Ángeles Pérez Martín