Horror bajo la nieve

Solovki, de Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello
Centre Fotogràfic La Llotgeta
Plaza del Mercado, 4. Valencia
De 24 de septiembre al 5 de enero de 2020

La temperatura en el Centre Fotogràfic La Llotgeta ha descendido simbólicamente este otoño/invierno por debajo de los 0ºC. Es debido a la exposición presentada por la Fundación Caja Mediterráneo y la Fundación Railowsky, Solovki de Juan Manuel Castro Prieto (Premio Nacional de Fotografía, 2015) y Rafael Trapiello que, a lo largo de unas 60 imágenes singulares, demuestra cómo la belleza y el horror pueden estar conectados en una sola pieza como las dos caras de la misma moneda. 

Los rusos llaman Solovki al archipiélago Solovetsky situado en mitad del Mar Blanco, que debe su nombre al hecho de permanecer congelado durante casi la mitad del año. En la zona más protegida de la isla, a orillas de un puerto natural, se encuentra el complejo ortodoxo Monasterio Solovetsky, Patrimonio de la Humanidad. Además de centro religioso, Solovki fue una prisión soviética, y no una cualquiera. Según Aleksandr Solzhenitsyn, Solovki albergó la madre del Gulag, el terrible sistema soviético penal de campos de trabajo. Activo desde 1924 hasta 1939, sirvió de modelo y base para todas las prisiones que vendrían después.

Una de las fotografías de la exposición ‘Solovki’, de Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Castro Prieto y Trapiello exponen un relato en dos secuencias. Exteriores de una grandeza desolada; infinitas planicies nevadas, deteriorados edificios, barcos varados en el hielo bajo un cielo cuajado de estrellas. Y también interiores en distinto grado de deterioro, solitarios o habitados por personajes que encarnan una vida dura pero digna de ser vivida. Capaces de sobrevivir y sobreponerse.

Como el anciano que mira fíjamente a la cámara rodeado de sus magras posesiones, como vanagloriándose de su digna pobreza. O las preciosas niñas que miran embelesadas la tele, o los críos que juegan en un rudimentario parque infantil. Una de las imágenes más elocuentes es la del hombre sentado en una de las endebles literas de hierro, con medio metro de separación donde dormían los cautivos en el campo de prisioneros. La religión también está presente en procesiones o escenas dentro de templos ornamentados con el lujo barroco característico de la Iglesia ortodoxa.

Castro Prieto y Trapiello exploran visualmente un territorio inédito buscando la relación entre infierno y paraíso que lo define. Utilizando una estrategia narrativa más cercana a la poesía que al documental, reflejan la extraña tensión que existe entre la espiritualidad y la belleza del entorno y el terrible pasado que forma parte de la memoria de este lugar. “Hemos optado por un lenguaje simbólico cercano a la poesía que busca generar unas sensaciones determinadas más que presentar unos hechos de manera documental”, comentan los artistas.

Fotografía de la exposición ‘Solovki’, de Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Es la primera vez que comparten un proyecto, un encargo de la revista alemana MARE a Castro Prieto.  “Juan Manuel me pidió que le acompañara para echarle una mano con el inglés”, cuenta Trapiello. “Pero una vez allí los dos empezamos a fotografiar y como tenemos sensibilidades muy parecidas decidimos realizar un proyecto conjunto, firmado por los dos, sumando nuestras visiones respectivas para formar un cuerpo de trabajo que tuviera una mayor entidad que si lo hubiéramos acometido por separado. Hemos trabajado codo con codo. Cada imagen la hemos tomado juntos. De ahí la decisión de no consignar la autoría  de la exposición ni del libro que ha generado”.

El objetivo del proyecto era fotografiar tanto la vida cotidiana, el monasterio Solovetsky, Patrimonio de la Humanidad y sus monjes, como los restos del primer Gulag de la Unión Soviética que funcionaba allí. “Al encontrarnos con que los restos habían prácticamente desaparecido por las obras llevadas a cabo por las autoridades del monasterio con la connivencia del gobierno ruso, tuvimos que optar por un lenguaje más simbólico que nos alejaba de un encargo editorial convencional y nos acercaba hacia nuestros trabajos más personales”, señalan los artistas. 

Fotografía de la exposición ‘Solovki’, de Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Estuvieron allí en un par de ocasiones, en verano de 2015, aproximadamente tres semanas, y otra vez al principio de la primavera de 2016, otras dos semanas. “Lo primero que me impactó al llegar fue la maravillosa luz para fotografiar. Solovki se encuentra a 150 kilómetros del Círculo Polar Ártico, por lo que en verano, la época en la que nosotros estuvimos por primera vez, apenas se hace de noche un par de horas. La segunda vez que fuimos era como estar en un sitio nuevo, ya que todo estaba cubierto de nieve y el Mar Blanco congelado.

La sensación de estar caminado por donde en verano habíamos visto pasar barcos era indescriptible. Y quizás el sentimiento más fuerte que se te queda es la sensación de estar en un lugar hermosísimo, pero al mismo tiempo sentir una cierta angustia al pensar los hechos terribles que allí ocurrieron y que de alguna manera todavía lo impregnan”, concluyen Castro Prieto y Trapiello.

Fotografía de la exposición ‘Solovki’, de Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello. Imagen cortesía de La Llotgeta.

Bel Carrasco

La memoria ancestral de Castro Prieto

Etiopía, de Juan Manuel Castro Prieto
PhotOn Festival
Octubre Centre de Cultura Contemporània
C / Sant Ferran, 12. Valencia
Hasta el 18 de junio de 2017

El jurado que le concedió en 2015 el Premio Nacional de Fotografía destacó la manera que tenía Juan Manuel Castro Prieto de “explorar las huellas latentes de la memoria”. Huellas que en su obra permiten hacerse cargo de aquello que se resiste a desaparecer, incluso de diluirse en un todo homogéneo carente de singularidad. Huellas que él rastrea en busca de lo que constituye la esencia del ser humano, ajena a la identidad uniforme. Por eso la fotografía de Castro Prieto, hurgando en esa memoria, refleja lo más propio al tiempo que conecta con las raíces que nos atraviesan a todos.

“La memoria es un eje fundamental de todo mi trabajo”, dice. Y extiende esa característica al trabajo mismo del fotógrafo que, según él, consiste en “salvaguardar la vida, recogerla y registrarla en imágenes que queden para las futuras generaciones”. De ahí el “compromiso con la sociedad y consigo mismo” que a su juicio tiene el artista que trabaja con fotografías. Un total de 30, reunidas en la sala de exposiciones del Octubre Centre de Cultura Contemporània (OCCC) de Valencia, se fija en cierta Etiopía ancestral que Castro Prieto muestra en el marco del PhotOn Festival.

Juan Manuel Castro Prieto junto a algunas de sus fotografías de la exposición Etiopía. Imagen cortesía del OCCC.

Juan Manuel Castro Prieto junto a algunas de sus fotografías de la exposición Etiopía. Imagen cortesía del OCCC.

En el texto que acompaña la exposición, precisamente titulada Etiopía y cuya producción corre a cargo de DKV Seguros, señala el artista: “[Trato de] buscar lo que queda de la memoria ancestral del ser humano y ver en qué modo esa forma de vida ancestral se está contaminando con la cultura occidental”. ¿Contaminando? “Es evidente. No sólo en Etiopía, sino en la India y muchos otros países, la cultura occidental se solapa sobre la tradicional, de manera que puedes estar en medio de una tribu y ver cómo de pronto alguien saca un móvil, o hallarte en un poblado remoto con su placa solar”.

Castro Prieto se limita a mostrar esas “paradojas vividas acerca de lo que es el progreso”. La huella de lo ancestral resistiéndose a ser borrada; resistencia que el propio artista ejerce con su afinado trabajo testimonial. “Se trata de salvar lo que queda de sus costumbres y registrar los cambios que se producen a causa de los avances técnicos y el progreso”. No tanto una labor antropológica, como social, subraya el fotógrafo.

Vista de la exposición 'Etiopía', de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía de OCCC.

Vista de la exposición ‘Etiopía’, de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía de OCCC.

Etiopía está poblada de rostros, de escenas cotidianas de escaso relieve, de gestos, lugares y, por encima de todo, de un lirismo sobrecogedor. “Toda mi obra tiene un punto onírico; a veces mágico, incluso inquietante”. Bastaría contemplar su Hombre atómico, figura borrosa en medio de un despojado paisaje; Mike con ídolo, en la que tanto uno como otro parecen hechos de la misma materia, o Manos Karo, hombre de piel tatuada evocando la huella ancestral de la que proviene.

Ya sea en color o en blanco y negro, las fotografías de Castro Prieto se hacen eco de esa memoria que funde al cuerpo con su entorno. “El blanco y negro lo utilizo para dar esa sensación de atemporalidad, mientras que el color me transmite una atmósfera”. Y los utiliza indistintamente: “Cada momento tiene una luz y destila un ambiente”. Como lo hacen los diferentes rostros reunidos en el único políptico de la exposición, compuesto de 20 caras: “Es un mosaico de las diferentes etnias que hay en Etiopía; en un corto espacio puede haber hasta 10 ó 15, cada una con sus ritos”.

Castro Prieto distingue entre el desenfoque tan característico igualmente de su trabajo y el movimiento: “Con el primero lo que hago es centrar la atención sobre aquello que aparece por contraposición más nítido, mientras que en el caso del movimiento revelo que allí está pasando algo”. Como sucede con PhotOn, un festival dedicado al fotoperiodismo que, a juicio de Castro Prieto, “realiza una labor extraordinaria”, en medio del páramo actual debido a la desaparición de tantos medios. A pesar de tan esquilmado contexto, “nunca ha habido tantos fotógrafos de reportaje como ahora y tan buenos”. “Tenemos a los mejores en nuestro país”, concluye.

Exposición de Juan Manuel Castro Prieto.

Vista de la exposición de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del OCCC.

Salva Torres

Cara a cara. La fuerza del retrato en la fotografía

Fundación Foto Colectania. Cara a cara
Julián Romea, 6. Barcelona
Hasta el 13 de febrero de 2016

La Fundación Foto Colectania muestra desde el 6 de octubre la fuerza del retrato en la fotografía a través de una selección de más de cien obras de 49 fotógrafos de su colección, algunas de las cuales se presentan por primera vez al público. La diversidad de esta selección nace de sumar al retrato de estudio – la aproximación más común sobre este género – la instantánea de la fotografía de calle. El principal objetivo de esta exposición colectiva es enseñar al público destacados ejemplos de fotografía española y portuguesa desde la década de los cincuenta hasta la actualidad. Una licencia que permite descubrir trabajos que se acercan a la temática desde ópticas tan diferentes, y a veces tan opuestas, como la racionalidad, el control, la complicidad, la espontaneidad o el azar.

Alberto García-Alix, Benedicte, 1987. Còpia actual, 105 x 105 cm. Cortesía del arista y VEGAP, Barcelona 2013.

Alberto García-Alix, Benedicte, 1987. Còpia actual, 105 x 105 cm. Cortesía del arista y VEGAP, Barcelona 2013.

El retrato está contemplado a veces como un enfrentamiento en el que el fotógrafo debe vencer, como es el caso de Humberto Rivas; otras veces como un proceso de seducción, como en las fotografías de Leopoldo Pomés; o una experiencia tan intensa como entrar en trance. Este último es el caso de Alberto García-Alix que en palabras propias describe: “A mí, las fotos que realmente me gustan son las que hago cuando estoy en trance. Si no he vivido ese trance, si la sesión ha sido anodina, las fotos podrán resultar buenas, pero no tendré la sensación de haberlas hecho.”

El retrato es uno de los géneros más atractivos del medio porque remite a algo muy próximo: nosotros mismos y los otros. La tendencia de los fotógrafos a prestar atención a los detalles les convierte en diestros analistas de las miradas y de los gestos; ellos saben captar como nadie la manera de posicionarnos, la gestualidad corporal que nos identifica y nos delata. Por todo ello, las obras de esta exposición se agrupan alrededor de dos elementos que concentran la atención de los fotógrafos cuando se enfrentan al cara a cara con el retratado: la mirada y el cuerpo. El espectador vivirá la experiencia de verse envuelto y rodeado de una infinidad de miradas: directas, provocadoras, esquivas, cruzadas, miradas que se esconden. Junto con ellas, los autorretratos: la mirada del fotógrafo sobre sí mismo.  Seguidamente, el espectador se encontrará con una serie de fotografías caracterizadas por la expresividad de los cuerpos, que también nos miran y que nos hablan con sus gestos.

Miguel Trillo, En un Allnighter mod de la discoteca Savoy, 1992. Cortsesía del artista.

Miguel Trillo, En un Allnighter mod de la discoteca Savoy, 1992. Cortsesía del artista.

La exposición «Cara a cara» no pretende ser un recorrido por el género del retrato en la fotografía, pero sí quiere mostrar ejemplos destacados de fotografía española y portuguesa desde los años cincuenta hasta la actualidad a través de la colección de la Fundación Foto Colectania. Presentada ya en varios municipios de Barcelona gracias a un programa de itinerancias organizado por la Diputació de Barcelona, «Cara a cara» culmina con su presentación en la propia ciudad después de estar revisada y ampliada para esta ocasión.

Autores participantes:
Helena Almeida, Manel Armengol, Atín Aya, Javier Campano, Vari Caramés, Josep Maria Casademont, Gérard Castello-Lopes, Juan Manuel Castro Prieto, Francesc Català-Roca, Toni Catany, Joan Colom, Gabriel Cualladó, Ricky Dávila, José Miguel de Miguel, Jordi Esteva, Manuel Ferrol, Eugeni Forcano, Albert Fortuny, Alberto García-Alix, Cristina García Rodero, Francisco Gómez, Inês Gonçalves, Fernando Gordillo, Jorge Guerra, Cristóbal Hara, Gloria Giménez, Fernando Lemos, Ramón Masats, Oriol Maspons, Xavier Miserachs, Jorge Molder, Nicolás Muller, Isabel Muñoz, Francisco Ontañón, Carlos Pérez Siquier, Leopoldo Pomés, Jorge Ribalta, Xavier Ribas, Humberto Rivas, Pablo San Juan, Gervasio Sánchez, Rafael Sanz Lobato, Alberto Schommer, António Sena da Silva, Ricard Terré, Miguel Trillo, Javier Vallhonrat, Antoni Vidal, Virxilio Vieitez.

Cristóbal Hara, Retrato. Cortesía del artista y VEGAP.

Cristóbal Hara, Retrato. Cortesía del artista y VEGAP.

La Fundació Foto Colectania es una entidad privada sin ánimo de lucro (nº reg. 1554) que se inauguró en Barcelona en el año 2002 y cuya finalidad es difundir la fotografía y el coleccionismo a través de exposiciones, actividades (coloquios, seminarios, viajes) y la edición de catálogos. Foto Colectania cuenta además con una colección de fotografía que reúne más de 2.000 obras de autores españoles y portugueses desde 1950 hasta la actualidad. Además, dispone de una biblioteca de consulta libre y de una cámara de conservación donde se guarda el fondo fotográfico, el archivo de Paco Gómez (donado por su familia en 2001) y el depósito de una parte de la colección de Juan Redón.

Valencia y Perú, tan lejos, tan cerca

‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, organizada por DKV Seguros
‘La Valencia olvidada’, de Joaquín Collado
Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 6 de julio

Dicen que la primera fotografía fue realizada por Niépce hacia 1826. El título ya era elocuente: Vista desde mi ventana. La luz asoladora apenas dejaba ver muros, tejados y fachadas. Martín Chambi, casi un siglo después, se hizo cargo de esa luz borrosa, en su Cuzco natal, mejorándola en ese avance de la fotografía por captar con nitidez la realidad. Joaquín Collado, ya desde Valencia, siguió acercando la calle a su objetivo, prendado de los mismos rostros que Chambi captó a miles de kilómetros de distancia muchos años antes. Juan Manuel Castro Prieto, imantado por esa fotografía humanista, siguió los pasos de sus antecesores para darle una nueva vuelta de tuerca a esas imágenes tomadas a ras de tierra.

Fotografía de Joaquín Collado. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Joaquín Collado en la exposición ‘La Valencia olvidada’. Imagen cortesía del MuVIM.

El MuVIM, inaugurando al alimón dos exposiciones, ‘Perú. Martín Chambi-Castro Prieto’ y ‘La Valencia olvidada’ de Joaquín Collado, no hace más que reconocer los estrechos vínculos que unen a los tres fotógrafos implicados, por muy distantes que sean geográficamente sus respectivas experiencias. “Lo local y lo global dialogando entre sí”, según destacó Joan Gregori, director del Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Martín Chambi (1891-1973) se hizo cargo de la sociedad peruana de principios del pasado siglo, haciendo buena la frase del propio Collado: “Me gusta fotografiar los ojos,…en los ojos está todo”. Y éste (Valencia, 1930), valiéndose de esa declaración de intenciones, reflejó la Valencia de los años 70 como si fuera un avezado carterista de imágenes prohibidas. Castro Prieto (Madrid, 1958), en comunión con ese “gusto por el ser humano”, según sus propias palabras, siguió el trayecto del maestro peruano para tomar las mimas calles, pero en color, del cronista visual Chambi.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición 'Perú. martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi en la exposición ‘Perú. martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Un siglo entero les contempla a los tres, arrancando con Martín Chambi, pasando por Collado y desembocando en Castro Prieto. Un siglo de fotografía a pie de calle, cuyo epígrafe de fotografía documental más que revelar cierta forma de mirar, lo que hace es ocultar la singularidad de sus imágenes. Chambi retrata de tal manera a sus personajes que, como decía Barthes, sus rostros parecen asaltar al espectador en el ‘punctum’ exacto en que algo se sale de su torpe adscripción documental. Lo mismo sucede con la Valencia de Collado: gitanos, prostitutas y diversas gentes de la calle son atrapadas por su cámara, dando cuenta de una vida que, aún congelada en el tiempo, parece renacer en cada mirada presente.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Martín Chambi, en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Juan Manuel Castro Prieto, conocedor de ambos, se siente fotógrafo a la antigua, más que artista. De ahí su atracción por esa calle repleta de gente, de personajes, de vivencias. “El paisaje y la arquitectura me interesan en cuanto que lo habita el ser humano”, dijo en la presentación de la muestra que le emparenta con Martín Chambi, organizada por la Diputación de Valencia y DKV Seguros, y comisariada por Alejandro Castellote y Alicia Ventura. Dialogando en la Sala Parpalló con el maestro peruano, las casi 100 imágenes de Chambi y Castro Prieto evocan el Perú habitado por indígenas alejados del exotismo folclórico e impregnados de dignidad.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Imagen cortesía del MuVIM.

Luis Carrasco, comisario de ‘La Valencia olvidada’, aseguró que el espectador que acuda a la exposición de Collado se sentirá “observado” por esos personajes capturados al natural. “Sabía lo que me jugaba”, dijo Collado, que tosía cada vez que tomaba una foto para silenciar el ruido del disparo. Esa fotografía callejera, que comparte con Martí Chambi y Castro Prieto, fruto de un intenso humanismo, es la que acerca a Valencia y Perú, más allá de distancias espaciales y temporales.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición 'Perú. Martín Chambi - Castro Prieto', en el MuVIM.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto en la exposición ‘Perú. Martín Chambi – Castro Prieto’, en el MuVIM.

Salva Torres

Adsuara, el mayor coleccionista de cuerpos

El cuerpo de la fotografía
Colección de Alberto Adsuara

No hay otra igual. No, al menos, de imágenes sobre el cuerpo y el desnudo contemporáneos. Alberto Adsuara posee tan inigualable colección de más de medio millar de fotografías, realizadas por autores prestigiosos y grandes fotógrafos, tras años de intenso intercambio, búsqueda y captura. La colección destaca no sólo por su cantidad, sino por lo que el propio Adsuara considera primordial: “El conjunto posee una alta calidad debido a la excelencia de las imágenes seleccionadas”. Por eso junto a autores de la talla de Toni Catany, Sally Mann, Alexis Edwards o Isabel Muñoz, figuran otros que por su sobresaliente trabajo profesional rayan a igual altura: Pedro Hernández, Paco Moltó, Joaquín Collado, JAM Montoya, Miguel de Miguel, Juan Manuel Castro Prieto, Mariano Vargas o Manuel Sonseca.

Fotografía de Miguel de Miguel, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Fotografía de Miguel de Miguel, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

La mayoría de esas fotografías que se refieren al cuerpo, en sus diversas modalidades representacionales, son fotografías analógicas en toda su amplitud. Otro hecho destacable de la colección. “Son fotos positivadas en papel químico a partir de un negativo de celuloide y, por tanto, fotografías irrepetibles”. Es decir, que no hay dos iguales y encima con la notable peculiaridad de que, como subraya Adsuara, “ya hace años que nadie copia en químico”. “Son fotos vintage que adquieren después en subastas los precios más altos”. Y pone como ejemplo las dos imágenes que tiene de Sally Mann, cuyo valor rondaría los 15.000€ cada una.

Fotografía de Isabel Muñoz, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Isabel Muñoz, de la colección de Alberto Adsuara.

SIN TRADICIÓN FOTOGRÁFICA

Para denominar su colección, Adsuara ha optado por El cuerpo de la fotografía. ¿Por qué ése y no el más directo de El cuerpo en la fotografía? “Es más ambiguo el primero”, dice, para redondear la respuesta con otra pregunta: “¿La fotografía de un cuerpo se parece más un cuerpo o a otra fotografía?”. Y así, mediante ese cuerpo a cuerpo de unas fotografías con otras, es como Alberto Adsuara ha ido montando tan singular colección, apenas vista públicamente. Sólo Railowsky y una sala de Vinaroz perteneciente a la Universidad Jaume I han tenido el privilegio de una reducida exhibición.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto. Colección de Alberto Adsuara.

“No ha habido tradición fotográfica en España, tal y como ha existido en Francia, Inglaterra o Dinamarca”, afirma quien hace tres años dejó la profesión de la fotografía “porque no daba más de sí y no quería repetir lo mismo”. De manera que su colección está a la espera de que una institución pública o privada se atreva con ella. Lo cual se antoja difícil, no sólo por los tiempos que corren, que se precipitan, sino por el terreno escasamente abonado con que cuenta Valencia. “Mientras en París había cuatro galerías por cada uno de los 16 distritos de la ciudad, aquí apenas contábamos en los 80 con Railowsky, Visor y la Sala Parpalló, hoy desaparecida como tal y en la que Artur Heras hizo un trabajo excepcional”.

Fotografía de Joaquín Collado, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Joaquín Collado, de la colección de Alberto Adsuara.

CIUDAD CAINITA

De aquella tímida efervescencia fotográfica (“había cuatro salas dedicadas a la fotografía en toda España y dos estaban en Valencia”), ahora “no queda prácticamente nada”. Los directores de museos, según Adsuara, se han ido cargando el tema de la fotografía (“algunos lo han incluso reconocido”). De hecho, la bienal Fotográfica Valencia, que se celebró de 2006 a 2010, no ha tenido continuidad y, cuando la tuvo, tampoco llegó a contar con el suficiente calado, proyección y cuerpo que, precisamente, tiene la colección de Adsuara. “Somos una ciudad cainita”, remacha.

Fotografía de Toni Catany, de la colección de Alberto Adsuara.

Fotografía de Toni Catany, de la colección de Alberto Adsuara.

Mientras tanto, ahí está la estupenda serie de Paco Moltó sobre El Balnerario de Las Arenas, la de Joaquín Collado sobre el barrio chino de Valencia, el autorretrato de Isabel Muñoz, el “increíble” Alexis Edwards, los desnudos siniestros de JAM Montoya, el “menos habitual desnudo” de Castro Prieto, la carnalidad de Pedro Hernández o el excelente trabajo de Toni Catany. Todos ellos esperando algún día ver la luz pública a través de una colección que Adsuara completa, aunque “en tono menor”, con una serie sobre el paisaje y el entorno. Medio millar de fotografías con el cuerpo como protagonista. Una sorprendente historia del ojo en imágenes que cautivan por su alta calidad, su rareza y el misterio de su privacidad.

Fotografía de Alexis Edwards, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Fotografía de Alexis Edwards, de la colección de Alberto Adsuara. Imagen cortesía de Alberto Adsuara.

Salva Torres