Tiempo para cazar

Tiempo de Caza, de Roberto Rodríguez
Plastic Murs
C / Denia, 45. Valencia
Inauguración: viernes 28 de octubre de 2016

El tigre depredador o el jaguar deportivo nos observan desde la espesura de la selva igual que el ciervo asustado desde el medio del prado. Igual, un terremoto de emociones, miedos y expectativas compartidas. Su mirada fija es la cifra de su presencia pero también delata la nuestra como presas. Cazadores de todo como somos, esa sensación es habitual. No obstante, la cantidad, el desorden, la frondosidad y la confusión que suponen la selva o el bosque se magnifican y paralizan en la maravilla, se condensan, si sucede, en un punto mágico, en dos: esos ojos que siempre escrutan. En ocasiones, descubrir a un animal mirándote fijamente es descubrirte perdido, tu posición en peligro directo: el mejor espectáculo de la naturaleza olímpica.

Supongamos que las fieras pintadas por Roberto Rodríguez podrían ser inofensivas y hasta tiernas en la escena, paralizadas o avanzando hacia nosotros. Nuestras formas de manipular la naturaleza son muy sibilinas y hacemos del encuentro maravilloso una cuestión idílica. Pero lo que fascina es la maravilla, lo que atrae y engaña, aunque haya tanta pintura de caza que se haya fijado en lo contrario ad paradiso.
Una de las obras de la exposición 'Tiempo para cazar' de Roberto Rodríguez. Imagen cortesía Plastic Murs.

Una de las obras de la exposición ‘Tiempo para cazar’ de Roberto Rodríguez. Imagen cortesía Plastic Murs.

Si hay algo que llama la atención en estas obras es el modo en el que se trata la naturaleza (y todo: el paisaje es un constructo botánico) en planos que sobresalen de la superficie “natural” de la pintura para evocar esos estratos de vegetación provocando una profundidad espacial muy evocadora, inusitada, de ensueño incluso, tanto por los fondos universales y estelados como sobre todo en las capas superpuestas que, igual que las plantas, son el mejor marco para el cuadro natural: el lugar integrador a través del que vemos y somos observados. Porque lo que hay en la pintura nos mira, y en estas obras de clara factura sintética, más.
Obras directas que aciertan en su particular psicodelia asiática respecto de la construcción del paisaje y son deudoras de una época (y su cultura) que nos hace pensar en Hawai y el surf, el pop exótico, la música de garaje y hasta el skate, todo ello pasado por el recuerdo atemporal de un señor francés conocido como El aduanero Rousseau (que nunca vio la jungla pero sí a las fieras).
Ricardo Forriols

Gatos, mujeres y arte de Shag

‘Drinking Spree’ de Josh Agle
La Fiambrera Art Gallery
C / Pez 7. Madrid
Del 9 de septiembre al 5 de noviembre de 2016

La exposición ‘Drinking Spree’ se construye alrededor de seis obras nuevas, realizadas especialmente para esta muestra. En todas ellas, pinturas acrílicas sobre madera, los protagonistas son una mujer, una obra de arte, un gato, y un cóctel (varios de los elementos y símbolos recurrentes en los cuadros de Shag). Acompañan a estas pinturas originales una selección de serigrafías procedentes de la colección privada del artista y otras de su producción reciente, todas ellas a la venta. ‘Drinking Spree’ hará las delicias de los muchísimos seguidores de Shag, además de ser una ocasión inmejorable para conocer al artista (que asistirá a la fiesta de inauguración), y disfrutar de su obra original en directo.

Sobre el artista

Detrás de la firma Shag se esconde el artista norteamericano Josh Agle, nacido en California en 1962 (su nombre artístico está formado por las dos últimas letras de su nombre y las dos primeras de su apellido). Shag, que empezó siendo un favorito de culto después de su primera exposición en la influyente galería californiana La Luz de Jesús en 1998, es uno de los más conspicuos representantes del movimiento Lowbrow. En los últimos años se ha convertido en un exitoso artista cuyas obras son coleccionadas por famosas estrellas de Hollywood, (como Whoopi Goldberg, Ben Stiller, Seth Green, Rob Zombie, o Nancy Sinatra entre otros muchos) y  expone en las mejores galerías de Nueva York, Los Angeles, o Sidney.

La obra de Shag se distingue por un estilo único que partiendo de la ilustración y el grafismo americano de mitad del siglo veinte, recrea escenas teñidas de ironía y de humor travieso más características de nuestro tiempo. Sus cuadros, de apariencia kitsch, líneas claras y colores brillantes, celebran el consumismo y la buena vida; sus personajes beben, fuman, y comen en escenarios estilosos y sofisticados, en casas de Richard Neutra o John Lautner, amuebladas por los Eames, Eero Saarinen, Arne Jacobsen y George Nelson. El punto de vista de Shag es el de un espectador distante, al que lo que realmente interesa es la historia que se intuye detrás de las imágenes, la cual no explica, y su narrativa misteriosa e inquietante. No faltan la crítica y la sátira, que utiliza a veces en la ridiculización de algunos personajes.

Pousse Cafe, Shag. Imagen cortesía de la galería.

Pousse Cafe, Shag. Imagen cortesía de la galería.

“Inicialmente estaba inspirado por artistas anónimos de los años 50 y 60, así como por algunos ilustradores que me eran familiares como Gene Deitch, Jim Flora o Rolly Crump. Mi idea era coger lo que era viejo arte comercial y promocional de la época y usarlo de una forma más contemporánea añadiendo un poco de sarcasmo, ambigüedad, y humor negro. Conforme mi carrera ha ido avanzando he mirado a otros artistas cuya obra es plenamente reconocible y forma parte del panorama de la cultura pop, como Edward Gorey, Keith Haring o Andy Warhol”.

Agle, nacido en el seno de una familia mormona, creció en Hawai y luego Los Angeles. Comenzó estudios de contabilidad y arquitectura para abandonarlos al poco tiempo por Bellas Artes, graduándose en la Universidad de California en Long Beach. Al principio de su carrera se dedicó a la ilustración comercial, apareciendo sus diseños en medios como TIME o FORBES entre otros clientes, (y a tocar la guitarra con grupos como The Tiki Tones o The Huntington Cads) pero a finales de los años 90, con la explosión del arte lowbrow y la cultura tiki, decide centrarse principalmente en su arte y sus exposiciones, seleccionando enormemente desde entonces sus encargos comerciales (por ejemplo la serie de cuadros realizados para Disney para la conmemoración del 40 aniversario de Disney World). En palabras de Billy Shire, coleccionista y fundador de la galería La Luz de Jesús, “Shag ha creado un nuevo estilo que podría denominarse como el hipster-cool del siglo XXI”.

Malvarrosa, años 80

Railowsky

Paco Moltó

Valencia

C / Grabador Esteve, 34

No sabía qué hacer con aquella cámara sofisticada que ganó en un prestigioso premio. Y la cambió por una de tipo submarino. Con ella podía meterse en el mar y fotografiar como pez en el agua. Nada de algas y trasfondos marinos, sino la más carnal fauna playera de los años 80. Hablamos de la Malvarrosa, de la playa Las Arenas. Y hablamos de Paco Moltó (Valencia, 1939), un fotógrafo acostumbrado al cuerpo a cuerpo que vio, en aquella cámara sumergible, la oportunidad de pescar estampas veraniegas sin más cebo que su tímido arrojo interior.

De eso hace ya tres décadas. Y otras dos han pasado desde la publicación de su libro Las Arenas, donde recoge todo ese material playero. ¿Todo? No. Railowsky ha recuperado para su exposición 34 imágenes inéditas. Imágenes en las que Paco Moltó se moja para traernos el salitre de aquellos años 80. Ya sea en la orilla o con el agua al cuello, Moltó dispara su cámara como los trileros mueven los cubiletes desafiando la pericia del ojo avizor. Y así, visto y no visto, va metiendo en el zurrón de su cámara hombres panzudos, señoras embutidas en bañador saco, jóvenes con la testosterona a flor de piel y muchachas a cuyas curvas el fotógrafo se acerca sigilosamente rápido.

Paco Moltó recuerda cómo una vez, tan lejos como Hawai, estuvo a punto de ahogarse tras ir nadando con su cámara al encuentro de unos surfers. Cuando le rescataron exhausto, aún tuvo fuerzas para fotografiar el salvavidas dibujado en la tabla del socorrista que le devolvía a la orilla. He ahí el espíritu de Paco Moltó. Se sumerge tanto en lo que hace que termina perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Lo pierde para que el espectador lo gane, al encontrarse con unas imágenes frescas, espontáneas, puro documento vivo.

Las Arenas que Railowsky nos acerca, en pleno invierno ventoso, tiene ese aire de tiempo pasado que sigue soplando con fuerza. Y es que Paco Moltó se crece en las distancias cortas, de ahí el carácter intrascendente del tiempo lejano al que aluden sus imágenes. Están ahí, vivitas y coleando, como recién pescadas. Su objetivo no es posar con el mejor ejemplar, sino mostrar los diversos ejemplares que van cayendo en la trampa de su cámara. A veces la oculta bajo el agua, la hace emerger, dispara y vuelta al agua. En otras ocasiones, tan sólo tiene que esperar el momento en que la presa, atraída por el reflejo de su propia vanidad, cae absorta en sus redes.

Paco Moltó, a pesar de todo, no es un depredador. Necesita tanto de la gente que acude mansa a su objetivo que, una vez atrapada, él la suelta. Por eso las fotografías de Moltó, con todas sus imperfecciones, respiran. No es un artista que pretenda inmortalizar instantes o figuras altaneras, sino pasar de puntillas por los lugares para que el ritmo de la vida siga su curso natural. Si Paco Moltó se esconde tras el burladero de su cámara no es por cobardía, sino por temor a espantar ese gesto, esa postura, ese encuentro fugaz por el que él mismo daría la vida. Así le ocurrió en Hawai y así le viene pasando desde que en 1955 comenzara a fotografiar con una pequeña cámara Univex de su padre. De hecho, tal vez sea la cámara su mejor salvavidas. Con ella, desde luego, ha logrado salvar del olvido aquella inédita Las Arenas de los años 80.

Salva Torres

Moltó3

 

Moltó2