15.000 valencianos a la conquista del Oeste

Barras y Estrellas. Los valencianos y los USA
Museu Valencià d’Etnologia
C / Corona, 36. Valencia
Hasta el 24 de mayo de 2015

“A principios del siglo XX un valenciano de la comarca de la Safor o de la Marina, vivía en un contexto socioeconómico desde el que la percepción de lo ‘norteamericano’ resultaba cuanto menos exótica”. Lo dice Joan Seguí, director del Museu Valencià d’Etnologia. Luis García Berlanga se hizo eco de ese mismo exotismo en su genial ‘Bienvenido Mr. Marshall’. Eran tiempos de penuria en España, que miraba hacia América como la “tierra de oportunidad” tantas veces mostrada en las películas del Oeste. Y hacia allí se fueron, hace un siglo, los 15.000 valencianos de los que se hace eco la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los Estados Unidos’.

Algunos de los objetos incluidos en la exposición 'Barras y estrellas. Los valencianos y los USA'. Museu Valencià d'Etnologia.

Algunos de los objetos incluidos en la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los USA’. Museu Valencià d’Etnologia.

El “99’9%” de los que emigraron regresó tiempo después, porque como apuntó Robert Martínez, comisario de la muestra junto a Sunció García, el viaje tenía como objetivo lo que Woody Allen sintetizó en una de sus obras: “Coge el dinero y corre”. La tierra de oportunidad americana consistía en eso, algo que también recoge Dos Passos en su emblemático ‘Manhattan Transfer’: “Quiero llegar a algo en este mundo. Europa está podrida, apesta. En América uno puede abrirse camino”.

Una de las imágenes pertenecientes a la exposición 'Barras y estrellas. Los valencianos y los USA'. Museu Valencià d'Etnologia.

Una de las imágenes pertenecientes a la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los USA’. Museu Valencià d’Etnologia.

Y para abrirse camino, esos 15.000 valencianos no dudaron en cruzar el Atlántico y, a través de Ellis Island, entrar en los Estados Unidos en busca del sueño que destilaba tan exótico territorio. Comparado con otras migraciones, la valenciana fue como “una milésima parte de una gota de agua”, si, como apuntan los comisarios siguiendo al historiador James D. Fernández, las demás oleadas representan “una gota en un océano”.

Barras y estrellas. Los valencianos y los USA. Museu Valencià d'Etnologia.

Barras y estrellas. Los valencianos y los USA. Museu Valencià d’Etnologia.

El Museu Valencià d’Etnologia recoge la huella de su paso minúsculo por aquel inmenso país, mediante fotografías, cartas y diversos objetos personales, entre los que se encuentran visados, monedas, el baúl de Concha Piquer o multitud de gorras (“allá donde dejo mi sombrero, allá es mi casa”, como dice un proverbio anglosajón señalado por los comisarios). El montaje de la exposición tiene un marcado carácter escenográfico, lo que permite entroncar ese viaje de ida hacia el exotismo de los Estados Unidos, con el posterior retorno y la influencia de aquella cultura en la sociedad valenciana.

Instalación perteneciente a la exposición 'Barras y estrellas. Los valencianos y los USA'. Museu Valencià d'Etnologia.

Instalación perteneciente a la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los USA’. Museu Valencià d’Etnologia.

La segunda parte de la exposición ‘Barras y estrellas’ supone una reflexión acerca de esa “apabullante influencia cultural” (Seguí) de los Estados Unidos en nuestra sociedad más próxima. “Un reflejo poliédrico en el cual encontramos desde la emulación hasta la crítica, pero nunca la indiferencia”, destacan Robert Martínez y Sunció García. De la emulación se encargan los numerosos objetos que, a modo de iconos, representan aquella cultura del rock, el cómic, el cine y la televisión. Hay chapas de Coca-Cola y Pepsi, referencias a Elvis Presley, carteles con frases alusivas al universo mediático (“siempre nos quedará París”), la famosa sopa Campbell y hasta una Harley Davidson.

Pieza de José Sanchis en la exposición 'Barras y estrellas. Los valencianos y los USA'. Museu Valencià d'Etnologia.

Pieza de José Sanchis en la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los USA’. Museu Valencià d’Etnologia.

Y como reverso, la crítica acerada contra esa cultura tan omnipresente como avasalladora. Hay piezas de Equipo Crónica, de Josep Renau o de Rafael Calduch, dando paso a una instalación con disfraces tipo Superman y otra con hueveras, un sillón y diversas series de televisión, desde Mad Men a Equipo A. De manera que el viaje de aquellos 15.000 valencianos se torna agridulce. Aquella cultura exótica, de la que muchos regresaron con los bolsillos vacíos y una vieja maleta, dejando paso al seductor encanto de unas imágenes con el The End interminable sobre una pantalla.

Obras de Josep Renau en la exposición 'Barras y estrellas. Los valencianos y los Estados Unidos', en el Museu Valencià d'Etnologia.

Obras de Josep Renau en la exposición ‘Barras y estrellas. Los valencianos y los Estados Unidos’, en el Museu Valencià d’Etnologia.

Salva Torres

Raíces rebeldes del rock

Young Americans. La cultura del rock 1951-1965, de Alejandro Lillo y Justo Serna
Punto de Vista Editores

Justo Serna y Alejandro Lillo pertenecen a distintas generaciones. Uno nació en 1959, el otro en 1977, ambos son licenciados en Historia Contemporánea de la Universitat de València, doctor y doctorando, respectivamente. Juntos han creado la plataforma Serna&Lillo Asociados y puesto en marcha el proyecto  CoolTure, cuyo objetivo es producir análisis culturales que permitan a la gente entender mejor el mundo en el que vivimos en un estilo ágil y ameno. Uno de los frutos de esta asociación es ‘Young Americans. La cultura del rock, 1951-1965’ (Punto de Vista Editores), un viaje a las raíces rebeldes de esta música,  nacida en la próspera América de Kennedy, la guerra fría y la carrera espacial.

“En este libro contamos una historia sobre los reclamos de una sociedad de consumo y la publicidad de un capitalismo doméstico”, dice Lillo. “Pero también de una rebeldía, la oposición de los jóvenes, el malestar de unos muchachos que hicieron del rock su afirmación. Analizamos una sociedad que hizo del derroche y de la juventud su gloria”.

Serna y Lillo se aproximan a ese mundo sin pretender exhumarlo. “No obramos como eruditos y dejamos, deliberadamente, cosas sin tratar. Mostramos y sugerimos, exponemos y revelamos. Lo que fue portada tapó a la vez la discriminación, la pobreza, lo feo, lo viejo. La televisión recreaba y multiplicaba las posibilidades de aquella sociedad. La música retenía y difundía.  El rock no sólo era sexo. Era deseo, expectativa, mezcla y porvenir. Los jóvenes lo querían todo y lo esperaban todo. Únicamente faltaba su cumplimiento”.

Portada del libro de Alejandro Lillo y Justo Serna, durante un acto de presentación. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Portada del libro de Alejandro Lillo y Justo Serna, durante un acto de presentación. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Conciencia generacional

El surgimiento de los jóvenes como grupo diferenciado de los adultos fue un proceso lento que tuvo su punto de inflexión en los Estados Unidos de los cincuenta a causa de distintos factores. “Por esa época los jóvenes se saben diferentes”, señala Lillo. “Comparten tiempo en el colegio y en la universidad, tienen dinero para gastar debido a la buena situación económica de sus padres, y lo demuestran. Principalmente, uniformándose, vistiéndose de manera similar -cazadoras de cuero, gorras, pantalones vaqueros, tupés-, diferenciándose del estilo de los adultos. Critican el mundo de sus mayores con descaro y rompen las reglas establecidas. La sociedad norteamericana de la época era muy conservadora, muy mojigata, muy reprimida. Los jóvenes no quieren formar parte de un mundo que perciben como hipócrita y falso. Necesitan liberarse, expresar lo que sienten, decidir sobre sus propias vidas”.

El rock´n´roll es la música que aglutina las aspiraciones y canaliza  el malestar y la insatisfacción de los jóvenes. Elvis Presley, Eddie Cochran, Chuck Berry, Little Richard y tantos otros ídolos expresan a través de sus canciones los anhelos de su generación. “Los chicos y chicas se identifican con su música”, apunta Lillo. “Por fin alguien les entiende, por fin alguien expresa lo que ellos sienten pero no son capaces de verbalizar. Pero ese es un éxito que sólo puede llegar con la sociedad del bienestar. Elvis vuelve locos a más de 70 millones de adolescentes sólo cuando en todos los hogares de Estados Unidos hay una televisión y todos pueden verlo cantando y moviendo las caderas. Para los adultos era una obscenidad; para los jóvenes, una liberación”.

Música comprometida

¿El rock de hoy día mantiene todavía su fibra rebelde? “Es una pregunta difícil de contestar”, responde Lillo. “Creo que la música siempre tendrá algo de revolucionaria, de rebelde e inconformista, con independencia de su estilo. Hay una cierta domesticación del rock, sí, pero también hay espacios de fricción, de conflicto. El sistema capitalista asimila con relativa facilidad los movimientos contestatarios. Sin embargo, en la música sigue existiendo, en algunos ámbitos, una fuerte resistencia a determinadas prácticas, a determinados comportamientos del mundo adulto que resultan criticables o inadmisibles. Lo que está pasando en España durante estos años de crisis es significativo. Los músicos se posicionan. Muchos de ellos también dan la cara. Como hicieron otros durante la transición. Eso es algo que necesitamos y que es muy de agradecer”.

Justo Serna y Alejandro Lillo se conocieron fuera del ámbito académico y poco a poco descubrieron que tenían muchos intereses comunes. “Compartíamos la pasión por el cine, por la literatura, por la música y por la historia, claro”, dice Lillo. “Descubrimos también que nuestros diagnósticos, que nuestras opiniones y pareceres también eran similares, que nuestra forma de entender el oficio de historiador y de abordar el estudio de la cultura eran coincidentes y enriquecedoras. Se nos hizo difícil desaprovechar la oportunidad de trabajar juntos”, concluye este joven historiador valenciano.

Justo Serna y Alejandro Lillo firmando ejemplares de su libro. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Justo Serna y Alejandro Lillo firmando ejemplares de su libro. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Bel Carrasco