¿A qué huele una exposición?

¿A qué huele una exposición?
LABoral Centro de Arte y Creación Industrial
Los Prados, 121. Gijón
Hasta el 13 de octubre

La colección olorVISUAL es una colección de arte contemporáneo formada según la visión personal del creador de esencias y coleccionista Ernesto Ventós. Desde los primeros encargos realizados directamente a los artistas en el año 1978 hasta la actualidad, el común denominador de la colección olorVISUAL ha sido la transformación de olor a color, a luz, a sugestión, sueño, memoria y a un sinfín de connotaciones que se han convertido en el personal discurso de esta colección. Un conjunto de obras reunidas bajo esa “nariz subjetiva” del coleccionista.

'NanoEsencia_Grafeno' de Hugo Martínez-Tormo en '¿A qué huele una exposición?'. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

‘NanoEsencia_Grafeno’ de Hugo Martínez-Tormo en ‘¿A qué huele una exposición?’. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

‘¿A qué huele una exposición?’ presenta una selección de piezas audiovisuales de la colección olorVISUAL que configuran discursos alrededor de temas de corte social y político, reflexionan sobre lo ficcional, lo performativo y lo onírico, o se proponen simplemente como ejercicios del imaginario. Los artistas presentes en la muestra trasladan al espectador a universos espacio-temporales distintos, en los que otras relaciones con lo real son posibles.

'Genoma' de Charles Sandison en '¿A qué huele una exposición?' de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

‘Genoma’ de Charles Sandison en ‘¿A qué huele una exposición?’ de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

A través de una beca de producción convocada conjuntamente con LABoral, la colección olorVISUAL incorpora la obra nanoEsencia_Grafeno, de Hugo Martínez-Tormo. La pieza, presente en la exposición, propone un acercamiento al arte y a la ciencia desde la íntima visión sinestésica del artista.

La sinestesia -mezcla de sensaciones percibidas por los distintos sentidos- es precisamente el eje conceptual de ‘¿A qué huele una exposición?’, una muestra que invita al espectador a acercarse a las obras a través de “su olor”, a permitir que éstas despierten sus recuerdos y experiencias.

'Red' de Marina Núñez en '¿A qué huele una exposición?' de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

‘Red’ de Marina Núñez en ‘¿A qué huele una exposición?’ de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

Este particular enfoque reivindica la trascendencia sensorial y el potencial evocador del olfato y, también, permite redescubrir desde una perspectiva inédita obras relevantes de la creación audiovisual contemporánea. Favorece, en definitiva, repensar el arte como espacio de evolución y creación desde el que generar nuevas sensaciones, nuevas imágenes, nuevas texturas y, naturalmente, nuevos olores.

Los artistas que participan con sus obras en ‘?¿A qué huele una exposición?’ son: Andrea Bátorfi (Unfolding; Democracia, Charity); Nanna Hänninen (Meditation Practices II. Trying to Be a Better Me); Carlos Irijalba (Inercia); Clare Langan (Glass hour); Cristina Lucas (El eje del mal); Hugo Martínez-Tormo (nanoEsencia_Grafeno); Albert Merino (La esencia de la piedra); Fleur Noguera (Smoke); Marina Núñez (Red); Javier Peñafiel (Conquista básica te vuelvo a pedir que te definas); Benet Rossell (Mil a Miró); Charles Sandison (Genoma); Amparo Sard (Hauptpunkt – Esencia); Martín Sastre (U from Uruguay – Sé rico, sé famoso, sé maravilloso… O sé tú); Hiraki Sawa (Sleeping machine I); Mariana Vassileva (Tango); Tim White-Sobieski (On the Wing); Carla Zaccagnini (E pur si muove).

'Sleeping' de Hiraki Sawa en '¿A qué huele una exposición?' de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

‘Sleeping’ de Hiraki Sawa en ‘¿A qué huele una exposición?’ de la colección olorVISUAL. Imagen cortesía de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

Oliver Johnson, gota a gota en Área 72

Oliver Johnson
Frequency & Pitch. The Dripping Tap
Área 72
C / Barón de Cárcer, 9. Valencia

Diez años después de su última individual en Valencia y de la mano del nuevo proyecto de la renovación de Galería Punto (Área72), Oliver Johnson vuelve a exponer en la ciudad para mostrar al público sus obras más recientes. Bajo el título ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, la exposición reúne los últimos cuadros del pintor inglés afincado en Valencia desde 1995.

Vinculada a la extensión de la pintura de campos de color, al postminimalismo y a la perversión misma de la idea de monocromo, la obra de Oliver Johnson mantiene el pulso de su evolución con la fuerza y la calidad de la mejor pintura contemporánea.

Hace unos meses, Jorge Wagensberg publicaba el siguiente aforismo en El País: «Una ballena de 200 toneladas vive más de ochenta años y una musaraña de 2 gramos apenas dos, pero si no medimos sus vidas en años, ni en días, sino en número de latidos del corazón, igual resulta que viven lo mismo.» Y desde que lo leí, no puedo separar esta comparación de mi opinión y gusto sobre los cuadros de Oliver Johnson (Londres, 1972), que siempre me han parecido ballenas —por su tamaño, por su belleza, por su textura— mientras los contemplo absorto como una musaraña.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Por otro lado, el abismo que supone el recuento de latidos, esa imagen, nos aboca a algo casi imposible pero factible en la mente. Como cuando en la noche insomne ajustamos el ritmo de nuestros latidos y por lo tanto el tiempo, la vida, al gotear perdido de un grifo, allí al fondo, quizás desde la cocina nueva.

Estas son las ideas que situaríamos como notas al margen del trabajo de pintura y que nos permiten explicar si acaso algo de los últimos cuadros de Oliver Johnson. Como una parte de la ciencia contemporánea, se trata de interpretar y no de explicar el fenómeno. Se trata, en su caso, de orquestar una serie de cuadros poniendo en escena ideas y conceptos en los que participan la física de la luz y el color y donde la implicación del espectador delante de las obras es siempre fundamental, su participación activa.

Además, de fondo, se trata en definitiva de una experiencia del fenómeno convertida en pintura, de un juego de tiempos y gotas, de latidos y gotas que nos plantean, sobre la superficie del cuadro, secuencias de equilibrio en una estructura compleja de belleza caótica (Mitchell J. Feigembaum), la del aparente y completo desorden de las partículas de pintura.

Digamos que podemos intuir cómo actuará la pintura en un momento dado pero luego su comportamiento —incluso desde el principio del proceso, al pintar— se nos aparece azaroso, quizás errático o irregular, difícil de conducir por la potencialidad de los efectos ópticos, las variaciones lumínicas según la posición detrás de una armonía general, la indeterminación en los bordes, la casualidad en las transiciones y, así, todo marcado por el principio de incertidumbre.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Pero, como comprobó John von Neumann al estudiar la complejidad del caos en el goteo perdido de un grifo, incluso en el desorden caótico de lo que aparentemente sigue un patrón matemático o pretendidamente circular, existen turbulencias y secuencias de equilibrio. Dicho de otro modo y en relación a estos cuadros de Oliver Johnson, es algo que podríamos formular, como en un juego de palabras de concentración, de esta forma: las variables inciertas de la luz sobre cierto orden compositivo de color y el desorden siempre de las partículas elementales de la pintura, depositada gota a gota.

El título que agrupa esta docena de obras, ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, ha sido elegido por la sonoridad de unas palabras (algo así como frecuencia y tono, el grifo goteando) que evidencian una extensión musical en referencia a las composiciones de color en las que viene trabajando Oliver Johnson. De hecho, ‘Colour Composition’ ha sido la forma con la que ha titulado buena parte de su obra hasta hace relativamente poco, cuando comienzan a aparecer palabras o frases seleccionadas por su sonoridad fonética y con alguna vinculación (o no) con lo que se ha pintado. Por otro lado, el título encierra ese vínculo con el pensamiento científico fascinado por la interpretación de determinados fenómenos complejos y, especialmente aquí, con la teoría del caos con la que se intenta explicar el mundo desde hace medio siglo.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

En esta nueva etapa en la obra de Oliver Johnson destaca su madurez de estilo y una mayor concentración en los efectos ópticos y cromáticos a través de cuadros realizados sobre soportes de aluminio con pinturas industriales destinadas a colorear las carrocerías de los automóviles y aplicadas siguiendo los mismos procedimientos técnicos. De ahí que el resultado sea realmente impactante, por sus mezclas, contrastes y degradados metalizados, tanto en la mirada del espectador mientras se desplaza delante de la pintura como sobre la perfecta superficie pulida de las obras que actúan como espejos.

Así funcionan sus degradados sutiles, tanto en formatos rectangulares a modo casi de monocromos paisajísticos como los circulares, quizás recordando al iris de un ojo, en los que es casi imposible calibrar las transiciones y tomar su medida. También las composiciones a partir de barridos verticales donde las características de la pintura se descubren más camaleónicas todavía, absolutamente cambiantes y mágicas al ojo del espectador. Y en la serie de cuadros en los que recupera el empleo de la trama y la cuadrícula, en este caso como veladuras, para dibujar unas composiciones de puntos —de nuevo la retícula y la ameba de Alfred H. Barr— que podrían recordar las imágenes ampliadas de las secuencias del genoma.

Esta es la manera de proceder de un pintor magnífico que se plantea trabajar en el taller a partir (o a través) de una teoría, de un argumento que, aunque pudiera parecer alejado de la pintura, supone el mejor ejercicio mental desde el cual abordar el proceso de trabajo de estas superficies pulidas y metalizadas que a su manera toman la naturaleza como modelo y, de la naturaleza, su manera de responder tantas veces arbitraria o caótica, con su propio orden interno. Por ejemplo, si acertamos a pensar en esos horizontes imposibles, siempre en transición, o en los juegos de reflejo y virado de los colores, siempre una variable importante en la pintura de Oliver Johnson.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Ricardo Forriols