Del Sol Negro al oscuro misterio femenino

Sol Negro, de Rubenimichi, y Similar Soul, de Seven Moods
Plastic Murs
C / Denia, 45. Valencia
Del 3 de junio al 29 de julio

Sol Negro es uno de los múltiples nombres que recibe Saturno, dios de la cosecha que representa los ciclos de la vida, pero también el paso implacable del tiempo y, por lo tanto, la muerte. Conocerlo es intentar entender nuestro significado y nuestro fin, y buscar su influjo es abrazar el conocimiento, aunque sea atravesando la oscuridad.

Lo saturniano nos rodea. Existen miles de símbolos que nos indican el camino, tratan de darnos las respuestas. Y aunque no queramos verlos, todos responden a un lenguaje único. Todo: lo referente a lo bueno y a la luz, y lo que representa lo malo y la oscuridad.

Sol Negro. Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Titan, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Sobre este planteamiento Rubenimichi consiguen acercarse a ese lenguaje cósmico, rastreando los símbolos, asumiéndolos como propios y jugando con su misterio. Porque si algo fascina a Michi, Rubén y Luisjo, es lo oculto, lo secreto, lo oscuro o lo mágico, que mueve y domina una buena parte de su trabajo. Y también todos sus ritos, aplicados incluso al propio proceso creativo. A nadie se le escapa. Algo hay de brujos en esta oscura y, en apariencia, simpática trinidad.

En sus cuadros, Rubenimichi se dejan llevar por una audaz intuición que parte del asombro por ciertas realidades cotidianas y que culmina en la asimilación de cualquier fenómeno que se presente como indescifrable. Según sus planteamientos ahí es donde está el poder, la energía o la magia. Y es ahí donde encuentran su espacio, uno en el que especular a través de la pintura, buscando las respuestas, ofreciendo una documentación exahustiva de su fascinación. Hay que añadir aquí, aunque suene excesivo, que su trabajo es un fiel reflejo de sus dogmas e ideales.

Dione, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Dione, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Las respuestas están más cerca de lo que creemos y posiblemente jamás permitirán que las descubramos. Sin embargo, y mientras tanto, podemos comenzar a observar estos símbolos como lo han hecho Rubenimichi, con curiosidad y delicadeza, con placer persuasivo.

En ‘Sol Negro’ comulgamos con este conocimiento oscuro, diferente y atractivo, seductor, cercano a la frivolidad o a lo sádico, pero también a lo poético, a lo luminoso y a lo inspirador. Es un poder contradictorio y fascinante colmado de claroscuros en los que encontramos ritos y diosas, jóvenes vírgenes y sacerdotisas en Misas Negras o Saturnalias, envueltas en una voluptuosidad romántica…

Hermandad, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Hermandad, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

En estos cuadros fluye como un torrente la imaginería de lo oculto: el velo que cubre y esconde. La hoz, el estramonio, los altarcillos, los huesos y todo lo mortuorio. El hexágono, como el triple seis satánico o como el hexagrama o estrella de seis puntas, que se transforma en cubo en su perspectiva caballera. Pero también el hexágono como la celdilla de la abeja, representación de las sociedades secretas. Es un juego acumulativo, sí pero… ¿sólo un juego? ¿O más bien un lenguaje?

Si hay algo después de la muerte, sólo Saturno nos lo puede explicar. Ése es el poder del Sol Negro: la oscuridad total que nos deslumbrará a la vez que nos dará las respuestas.

Texto sobre Rubenimichi, de Roberto Salas

Por su parte, las nuevas obras de Seven Moods nacen evidentemente de varios elementos recurrentes que, al entrelazarse entre sí, dan origen a una serie de obras de arte que cuentan un secreto, una historia misteriosa y altamente sugerente que se ocupa de la representación de las mujeres y de sus alter egos. El elemento principal de cada composición es de hecho la figura femenina: las mujeres están en el centro de cada pieza, ocupando casi toda la configuración. Estas parecen acabadas de aterrizar del futuro, o desde el espacio exterior.

Kinoly, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Kinoly, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Según el artista, las mujeres poseen múltiples expresiones; pueden ser madres, amantes, santas, o por el contrario, demonias. Así pues, la figura femenina se convierte en una forma viva, una esencia que respira, un símbolo de una dimensión humana universal, así como de una sensibilidad intelectual individual. Sus miradas fuertemente emocionales nos dicen que están enfocadas en algún pensamiento muy personal.

Casi todas las mujeres representadas, por otra parte, están llorando. Las lágrimas que caen por sus caras actúan como un medio de interacción para conectar al artista con los seres en sus obras. Sin embargo, estos llantos no son causados por el sufrimiento, sino más bien por una conmoción fuerte frente a la belleza -en particular la belleza de la naturaleza-; alternativamente, son causadas por una necesidad de purificar y liberarse de negatividad.

Make me laugh, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Make me laugh, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Tal tensión emotiva habita en cada escena y también gira alrededor de los otros elementos principales de la composición: las formas geométricas y los animales.

La geometría está siempre presente en las creaciones de Seven Moods, pero especialmente estas nuevas obras representan una selección de formas que le concede un cierto carácter a los escenarios. Maestros del pasado como Salvador Dalí han comentado, que la geometría es esencial y se tiene que seguir durante la composición la obra de uno; pero aquí, la geometría va incluso más allá; se convierte en los medios y el objeto de las piezas.

Las formas se utilizan no sólo para definir el espacio, pero sobre todo para la adquisición de nuevos significados, fluctuando en torno a las figuras y emanando toda esa belleza intrínseca que existe en la naturaleza, que demasiado a menudo es invisible al ojo humano. La tarea de los artistas es, por lo tanto, dejar que su belleza salga de las formas geométricas que organiza cuidadosamente en sus obras de arte.

Dorian, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Dorian, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Los animales, también, constituyen uno de los elementos principales de las composiciones. Ellos son el gran misterio, una fuerza iconográfica que posee también una cierta función esotérica. Estos animales, que crecen junto con las mujeres representadas, están fuertemente entrelazados con estas figuras femeninas y representan una clave para interpretar la pintura a la manera personal de cada uno.

La relación entre los animales y las niñas representadas es misteriosa, pero muy profundamente arraigada. La presencia de estos seres representa la terminación de la estructura de las piezas, que se hace eco de la misma integridad nata que existe entre los seres humanos y los animales. Por otra parte, la unión entre las mujeres y los animales se convierte en paralelo a la conexión establecida entre las figuras de las obras de arte y los espectadores.

Esta sensación de plenitud, la atmósfera misteriosa y la complicidad entre todos estos factores es lo que hace que estas obras destaquen como una excepcional nueva serie que puede hablar en silencio a los corazones de los espectadores. Al invitar a los espectadores a encontrar su propia interpretación de cada obra, el artista también les anima a pasar por una experiencia catártica y purificante, con el fin de escapar, aunque sólo sea por unos minutos, su realidad.

Texto sobre Seven Moods, de Alessandra Manzanatti

Rea, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Rea, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

 

Lukas Ulmi. Laberintos visuales

Lukas Ulmi. Laberintos visuales
Set Espai d’Art
Plaza Miracle del Mocadoret, 4, Valencia
Hasta el 16 de noviembre de 2013

 Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Romper con el antiguo entendimiento de la escultura como una forma de expresión encerrada en sí misma, concibiendo la necesidad de circunscribir su potencial expresivo a unas pocas y axiomáticas categorías formales, en una búsqueda o retorno a la estructura primaria, describe el itinerario iniciático con que nos acerca Lukas Ulmi a su nueva obra. Sin embargo, al escultor le contemplan años de creación que interpretan los interrogantes del universo, dibujando el espacio mediante hermosas levedades espaciales de objetos encontrados. Restos de vida engarzados en sutiles móviles con los que nos mostraba una particular arqueología del lenguaje; ramas, piedras, esqueletos de la naturaleza que ya la pensadora malagueña, María Zambrano, en su personalísima poética concebía como las semillas del conocimiento, de la razón, y de los que ahora, el artista, en cierto modo se desprende.

Su capacidad para dialogar con el vacío trazando formas geométricas e infinitas en universos hipotéticos se define muy bien en esta nueva serie de “Laberintos visuales”, que nos presenta. Arquitecturas móviles que despliegan espacios infinitos en su interior a través de coetáneos cubos, engarzados con imanes. Una suerte de construcciones cercanas al Minimal Art con las que concebir los sencillos determinantes espaciales, como señalaba el escultor minimalista Robert Morris: simplicidad de formas no quiere decir necesariamente simplicidad de vivencia artística. Las formas unitarias no reducen las relaciones, sino que las ordenan. Cuando la hierática naturaleza dominante de las formas unitarias actúa como constante, no se neutralizan las relaciones singularizantes de dimensión, proporción, etc, sino que, por el contrario, se asocian más sólida e inesperadamente.  En este sentido, Ulmi da una vuelta de tuerca a la modernidad, circundando aquel arte cinético de mediados de siglo xx dentro de un particularísimo postminimalismo volátil.

Sus obras albergan un insólito y misterioso movimiento, intrínsecas al concepto kantiano de belleza que resume los elementos en formas simples, lidiando con el aire. Sorprendentes esculturas que debaten ilusiones ópticas mediante delicadas dobleces y estructuras simples, conforman el trabajo. Trazos de alambre asumidos como una cosmogonía, símbolo de los universos temporales, tan presentes a lo largo de su trayectoria. Amante del movimiento y la simplicidad estética, Ulmi domina la escultura como un auténtico fabulador que quiere acercarse a los misterios de la creación, sin dogmas ni aspavientos. Lugares paradójicos, fija simbólicamente un movimiento del exterior hacia el interior, de la forma a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia de espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Representa también el movimiento contrario: de dentro hacia afuera, sugiriendo una progresión simbólica hacia el infinito en todo los aspectos del proceso artístico.

Representación escultórica en que el todo se nos muestra pero nunca se nos da.

Observamos como las construcciones pueden montarse de maneras distintas, según la característica del lugar donde se efectúe la instalación, prevaleciendo la coexistencia dialéctica de las formas. Esta lógica estructural que presentan permite observar cómo Ulmi otorga un valor idéntico en la ubicación de todos los elementos. Es decir, en su obra no se percibe ningún valor jerárquico entre lleno y vacío, abierto y cerrado, delante y detrás. Paradigma insoluble de una misma realidad, donde el artista ordena el sigiloso laberinto de la mirada, mediante geometrías y juegos visuales de nuestro espacio imperecedero. Y es, en esta particular falta de jerarquía donde se haya el enigma de cualquier laberinto, no únicamente como la misteriosa estructura arquitectónica descrita a lo largo de la historia por artistas, arquitectos, o escritores, sino como la inquietud y la incertidumbre de la mente humana ante los caminos desconocidos del conocimiento, la razón, la vida.  

Una espectacular construcción vertical de cubos flanqueados por espejos, trasporta al espectador por un viaje espacial, y es al final de este recorrido donde muy a menudo el hombre se encuentra así mismo. Donde el conocimiento ulterior es el de uno mismo, la comprensión del propio yo, reflejado en el propio conocimiento, como señala Paolo Santarcangeli autor de “El libro de los laberintos”: Allí reside la razón profunda de que en el fondo del laberinto figure muchas veces un espejo, para que el hombre, al llegar por fin a la meta de su peregrinación, descubra que el último misterio de la búsqueda es el mismo.

Alegorías que encontramos a lo largo de la Historia del arte, y la literatura en esas construcciones asfixiantes sin salida, sin fin. Como describieron, por ejemplo, los grabados de Piranesi y que también narra muy sabiamente en el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, el escritor Jorge Luis Borges, acercándonos a este  misterio de la propia vida, y a la infinitud del espacio-tiempo. Cuenta la historia que el rey de Babilonia mandó construir un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Una obra escandalosa, porque la confusión y la maravilla eran operaciones propias de Dios y no de los hombres. Un laberinto que sucumbió finalmente ante la infinitud del laberinto de un rey árabe, donde no había escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que vedasen el paso. Metáfora del desierto, donde murió de hambre y de sed el mordaz rey de Babilonia.

Encontraríamos que en este caso, el laberinto simbolizaría el proceso transformador de la experiencia artística donde el hombre constantemente se enfrenta al vacío, pero también a la creación. Concepciones de universos infinitos en la levedad interior de los cubos, que el escultor extiende a través de la simplicidad formal en el horizonte. Un mismo símbolo que puede servir para evocar las realidades invisibles: el destino humano o como en el cuento, la voluntad inescrutable de Dios, el misterio de la obra de arte.

Rosa Ulpiano