Sebastián Nicolau, ¿sin trampa ni cartón?

Duplum, de Sebastián Nicolau
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta finales de julio de 2016

“No hay voluntad de engañar; no hay nada oculto”, insiste una y otra vez Sebastián Nicolau, cuyos últimos trabajos se muestran en la Galería Shiras de Valencia hasta finales de julio. Y sin embargo… Sucede que su obra invita a la duda, a la interrogación: ¿son planchas metálicas lo que el espectador ve o reproducciones infográficas que dan esa impresión? “Yo no hago trampantojo, todo es muy evidente”, recalca.

Y lo que resulta evidente en su obra, que muestra en Shiras bajo el título de Duplum, es su intención de “llevar las cosas al extremo”, de tensar el diálogo entre “lo que es real y lo que no lo es”, explica el artista. De manera que esa mezcla de planchas de aluminio que parecen ser lo que son y esas otras que simulan su carácter metálico, cuando en realidad son impresiones digitales, forma parte del juego al que nos convoca Sebastián Nicolau y para el que cuenta “con la buena voluntad del espectador”.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Yo no he dejado nunca de ser pintor figurativo”

Por eso el artista no esconde nada, sino que pone sus cartas boca arriba para todo aquel que quiera saber en qué consiste el juego, cómo está hecho. Ahí lo tienen, delante de sus ojos: chapas de aluminio manipuladas, cortadas y dobladas sobre las que trabaja Sebastián Nicolau para convertirlas en soporte de sus dibujos y pinturas que terminan comportándose como esculturas. “Es todo muy tradicional: pintura al óleo sobre metal”. Y añade: “Yo no he dejado nunca de ser pintor figurativo y realista, porque más realismo que lo que es físico no hay; yo diría que casi es hiperrealismo”.

Ese carácter escultórico tiene, no obstante, su viaje de vuelta, en forma de imagen plana que evoca el volumen original. “A la pieza tridimensional luego le doy una vuelta de tuerca y la convierto en objeto bidimensional, al que el ollado y cosido le da volumen”. Ese juego del prestidigitador cuya actuación sabemos que se sustenta en el engaño del ojo, en la trampa, al que aún así le demandamos el más verosímil de los engaños, está sin duda en el trabajo de Sebastián Nicolau.

Obras de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obras de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“En mi obra no hay truco, todo es dibujo, pintura, escultura”

De nuevo el espectador y su complicidad. “Sí, es como en los trucos de magia, que aunque sepas que lo son y busques la explicación te siguen maravillando”. Dicho lo cual, insiste en que, en su caso, “no hay truco, todo es dibujo, pintura y escultura”, para concluir que, después de todo, “es el espectador el que se oculta a sí mismo”. Podría decirse, al hilo de los pliegues y dobleces que conforman su Duplum, que es el propio artista también el que se oculta, para dejar que sea la ambigüedad de la realidad y la ficción la que reclame para sí toda la emoción.

Conviene destacar la importancia del juego, del artificio y del doble sentido en la obra de Sebastián Nicolau. Siempre que lo entendamos no como mentira, sino como la manera de producir una emoción interrogativa en el espectador. Arte y artificio colocados en el mismo registro. “Es como salir del cine y pensar lo bien construido que está el guión”. Porque de eso se trata: de construir una ficción que emocione, que sacuda la percepción y “te lleve a preguntarte por el modo en que está hecha la maquinaria”.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Yo siempre he trabajo en espiral, más que en línea recta”

El análisis sería en su caso otra vuelta de tuerca más en el deleite de la emoción, nunca la forma de aniquilarla. De hecho, se acuerda de un espectador inquieto que le demandaba conocer la “verdad” del trampantojo, las tripas del artificio, para mejor degustarlo. “Yo no he sido pintor abstracto nunca, porque empecé haciendo una especie de realismo mágico y, en el fondo, continúo jugando con la realidad y la ficción”. Por eso destaca su trayectoria como un camino alejado de la “somnolencia” rectilínea: “Yo siempre he trabajado en espiral, más que en línea recta”. Y la espiral adquiere resonancias manieristas, por ser una de las figuras señeras de ese movimiento artístico. Espiral que a Sebastián Nicolau le lleva a entender su trabajo repleto de “cambios paulatinos, sin grandes saltos”. Más que concebido como un despliegue lineal, preñado de pliegues.

La veintena de piezas que integra Duplum revela ese carácter espiral, sinuoso, ondulante, por el que las luces y las sombras, lo rígido y lo dúctil, van dialogando. “Hay cierta tensión dramática”, dice. “La cuerda parece tensionar el metal, que se comporta como una tela que al principio coses con mimo y luego avanza en agresividad con el dibujo”. Puro artificio mediante el cual Sebastián Nicolau provoca emociones en un espectador que puede hacer de todo menos aburrirse. Como el propio artista, que ya está pensando en su siguiente serie, en nuevos pliegues y dobleces: “No me gusta dormirme”.

Sebastián Nicolau delante de algunas de sus obras en la galería Shiras.

Sebastián Nicolau delante de algunas de sus obras en la galería Shiras.

Salva Torres

Alegorías del consumo en la obra de Carlos Saura

Crónicas del No-Tiempo, de Carlos Saura
Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’
C / Cervantes, 16. Villanueva de los Infantes (Ciudad Real)
Hasta el mes de julio de 2016

En un lugar de la Mancha… Villanueva de los Infantes, se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’, que conmemora su quinto aniversario con la exposición ‘Crónicas del No-Tiempo’ del pintor Carlos Saura, nativo de la localidad, pero criado y residente en Valencia.

La exposición ‘Crónicas del No-Tiempo’ hace un recorrido por la obra realizada en la última década del pintor. Un recorrido sin orden cronológico que se inicia con el cuadro ‘Arquetipos 2008’. Un acrílico donde se muestra a cinco espectadores con una mirada entre interrogativa y sorprendida al contemplar/se en los bustos expuestos sus propios rostros. Una alegoría de la posición del espectador con respecto a la obra de arte: esto es, el espectador como parte indisoluble de la obra, y la obra como un espacio de disolución para el espectador al abrir cierta interrogación en sus pensamientos, en sus valores prefijados.

Arquetipos, de Carlos Saura, en 'Crónicas del No-Tiempo'. Museo de Arte Contemporáneo 'El Mercado'. Foto: Begoña Siles.

Arquetipos, de Carlos Saura, en ‘Crónicas del No-Tiempo’. Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’. Foto: Begoña Siles.

La obra de Carlos Saura y, en concreto, la expuesta en ‘Crónicas del No-Tiempo’, interpela al observador hasta disolverle en la indisoluble interrogación que el contenido y la estética de la representación plantean.

Obras como ‘She loves cakes & dogs’ (2011), ‘La sangre del ídolo’ (2011), ‘El ídolo’ (2010), ‘Star system’ (2010), ‘Reality blinds you’ (2010), ‘Superposición cuántica’ (2010) y ‘Seguridad ficticia’ (2008), representan aspectos y objetos de la realidad financiera, de consumo y mass-mediática de nuestra sociedad neocapitalista posmoderna. Aspectos y objetos convertidos en ídolos que ciegan la verdadera experiencia humana, tal y como reflejan los cuadros y los alegóricos títulos de los mismos.

The Idol, de Carlos Saura, en 'Crónicas del No-tiempo'. Museo de Arte Contemporáneo 'El Mercado'. Fotografía: Begoña Siles.

The Idol, de Carlos Saura, en ‘Crónicas del No-tiempo’. Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’. Fotografía: Begoña Siles.

La interrogación en la obra de Carlos Saura surge no sólo del contenido de la representación y de sus títulos, sino también de todos esos objetos y de las figuras geométricas que irrumpen en su trabajo. Cierto universo pictórico que entronca, bajo la mirada lúdica del pastiche, con muchos aspectos del capitalismo multinacional asociado a la sociedad de consumo. Unas cualidades temáticas y estilísticas propias del arte posmoderno de las últimas décadas del siglo XX, tal y como señala Frederic Jameson, en su artículo Posmodernismo y sociedad de consumo.

La mirada crítica de Carlos Saura orienta al espectador a interrogarse en la misma dirección que sugiere el inicio del ensayo ‘El malestar en la cultura’ de Freud: “No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida ofrece”. ¿Cuáles serían esos valores genuinos que ofrece la vida y que son menospreciados?

The Drama (Key Largo), de Carlos Saura en 'Crónicas del No-Tiempo'. Museo de Arte Contemporáneo 'El Mercado'. Foto: Begoña Siles.

The Drama (Key Largo), de Carlos Saura en ‘Crónicas del No-Tiempo’. Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’. Foto: Begoña Siles.

Una pregunta a la cual Carlos Saura intenta dar respuesta. Por una parte, en  los retratos de matemáticos, de físicos y de músicos que componen las series tituladas ‘Science as Art’ y ‘Chronicles of the Nontime I, II y III’, ambas de 2015; y, por otra, en los cuadros dedicados a la naturaleza: a la diosa madre naturaleza -‘La Novia del Sol’ (2014), ‘Das Rheingold: Freida III’ (2007) y ‘Erda’ (2011)-  y al mar Mediterráneo -‘Autofocus’ (2014), ‘Verdeazul I y II’, (2014), ‘Mediterráneo’ (2013)-.

La ciencia como arte y lo femenino como naturaleza parecen ser los espacios que pueden trascender a la idolatría de los valores económicos y de consumo propuestos por la sociedad neocapitalista. Probablemente por ello, en esa serie de cuadros la mirada pastiche del trazo posmoderno del autor se disimula tras la admiración y fascinación por lo representado: el genio del músico y del científico y la diosa femenina de la naturaleza.

Erda, de Carlos Saura. Museo de Arte Contemporáneo 'El Mercado'. Foto: Begoña Siles.

Erda, de Carlos Saura. Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’. Foto: Begoña Siles.

Ahora bien, la mirada posmoderna de la obra de Carlos Saura retorna al espectador en los cuadros de referencia cinematográfica: ‘The drama (Key largo)’ (2014) -fotograma de la película ‘Cayo Largo’ de John Huston (1948)- ‘Tomato sauce’ (2013) -pintura del rostro de Christopher Lee como Drácula-  y ‘El ataque’ (2013) -‘Con la muerte en los talones’ de Alfred Hitchcock (1959)-. En estos cuadros, las escenas cinematográficas se ven invadidas por objetos que deconstruyen hasta la ironía el drama, la angustia y el terror inherentes en la obra fílmica tomada como referencia.

Carlos Saura en su exposición 'Crónicas del No-Tiempo'. Fotografía: Begoña Siles.

Carlos Saura en su exposición ‘Crónicas del No-Tiempo’. Fotografía: Begoña Siles.

En el universo pictórico de Carlos Saura la alegoría crítica surge de esos objetos que irrumpen en sus cuadros: navajas, tomates, pasteles, tostadoras,  pistolas de juguetes, playmobil, calaveras, planetas, etc… Objetos que se fusionan con el mundo representado en la obra y con el título de la misma para crear la metáfora que moviliza al observador hacia la interrogación.

Reality blinds you, de Carlos Saura en 'Crónicas del No-Tiempo'. Museo de Arte Contemporáneo 'El Mercado'. Foto: Begoña Siles.

Reality blinds you, de Carlos Saura en ‘Crónicas del No-Tiempo’. Museo de Arte Contemporáneo ‘El Mercado’. Foto: Begoña Siles.

Begoña Siles

Yo también soy sospechoso

300,4 litros, de Fermín Jiménez Landa / Miopía, de Escif
Galería pazYcomedias
Plaza Colegio del Patriarca, 5. Valencia
Hasta el 12 de septiembre

Fermín Jiménez Landa reconoció ser sospechoso. Con la actual Ley Mordaza, a la que aludió en cierto momento, el artista navarro se podría meter en más de un problema, a los ya habituales que tiene que sortear con sus sorprendentes propuestas. Para traer a España los 300 litros de agua del lago de los cisnes en Moscú, en el que se inspiró Tchaikovsky para su famoso ballet, necesitó cuatro largos meses de permisos. “Las autoridades entendían que se trataba de recursos naturales de Rusia”.

El lago de los cisnes, de Fermín Jiménez Landa. Cortesía de pazYcomedias.

El lago de los cisnes, de Fermín Jiménez Landa. Cortesía de pazYcomedias.

Lo mismo le pasó al incrementar esos 300 litros con otros 0,4, pensados para su exposición en pazYcomedias, de agua con líquido de frenos y Valium en sendos recipientes. “Pedir tantas pastillas tranquilizantes ya levanta sospechas”. Como las levanta enterrar nueve alfombras persas en diferentes lugares de España, para escenificar los ficticios asesinatos y posterior desembarazo de los cadáveres, sugeridos a partir de cierta lectura de Patricia Highsmith. Una vez desenterradas, limpias del barro y la humedad, cuatro de ellas se muestran en la galería valenciana enrolladas como si todavía guardaran el cuerpo del delito.

El trabajo artístico de Fermín Jiménez Landa se nutre de esos “procesos ocultos” que luego dan pie a sus enigmáticas instalaciones. El espectador que contempla su obra necesita primero “hacer el esfuerzo de leer la hoja de sala”, que le permita luego acceder libremente a cada historia narrada. “Odio el exceso de intelectualidad, porque expulsa al público, pero tampoco me gusta que mi obra caiga del lado del chiste o del gag”.

Cul de sac, de Fermín Jiménez Landa. Cortesía de pazYcomedias.

Cul de sac, de Fermín Jiménez Landa. Cortesía de pazYcomedias.

Inclinación al humor que sería fácil al ver esas alfombras enrolladas en el suelo de la galería junto a unas palas de cavar la tierra (Cul de sac), bidones con los 300 litros del agua del lago de Novodevichy (El lago de los cisnes), unos radiadores con tubos de cobre para pulsar la temperatura ambiental (Fiebre) o dos mesas en frágil equilibrio al estar montadas una sobre la otra con simples canicas de por medio (Ecuestre). Por no mencionar los 64 bocetos de otras tantas ideas dibujadas durante sus viajes (Periplanómenos).

Detrás de cada uno de esos proyectos, mostrados en pazYcomedias hasta el 12 de septiembre, hay un trabajo que conjuga “la física, la política, la poesía y la ley de la gravedad”, afirma, aspectos integrados en la forma que tiene Fermín Jiménez Landa de explorar la naturaleza en general y la humana como parte indisoluble de ella. Por ejemplo: de los radiadores dice que le parecen “objetos preciosos”, al tiempo que “cadáveres fríos”. De manera que “lo visual y el tacto” van de la mano. En el Artium de Vitoria, donde expuso estas obras, los radiadores conectados con esos tubos de cobre estaban a 40 grados. En pazYcomedias se muestran fríos, amputados, ¿sin vida?

Ecuestre, de Fermín Jiménez Landa. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Ecuestre, de Fermín Jiménez Landa. Imagen cortesía de pazYcomedias.

De la instalación Ecuestre, por aquello de las patas hacia arriba de unas mesas que se comportan como caballos relinchando, dice: “Pueden ser las grandes mesas donde se sientan los poderosos en sus reuniones de Estado”. Las canicas en las que se apoyan ambas mesas le recuerdan a esas otras que se lanzaban contra los caballos en las manifestaciones con cargas policiales. Poder y contrapoder. Orden y caos. Lo duro y lo frágil. Así es el trabajo de Fermín Jiménez Landa, al que acompaña Escif con una intervención mural en el escaparate de la galería. Miopía se titula. Miopía extensible a un artista de difícil visión, celoso de su intimidad, que en última instancia excusó su presencia ante los medios. Los 300,4 litros de Jiménez Landa llenaron su vacío.

Obra de Escif. Cortesía de pazYcomedias.

Obra de Escif. Cortesía de pazYcomedias.

 

Salva Torres

Oliver Johnson, gota a gota en Área 72

Oliver Johnson
Frequency & Pitch. The Dripping Tap
Área 72
C / Barón de Cárcer, 9. Valencia

Diez años después de su última individual en Valencia y de la mano del nuevo proyecto de la renovación de Galería Punto (Área72), Oliver Johnson vuelve a exponer en la ciudad para mostrar al público sus obras más recientes. Bajo el título ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, la exposición reúne los últimos cuadros del pintor inglés afincado en Valencia desde 1995.

Vinculada a la extensión de la pintura de campos de color, al postminimalismo y a la perversión misma de la idea de monocromo, la obra de Oliver Johnson mantiene el pulso de su evolución con la fuerza y la calidad de la mejor pintura contemporánea.

Hace unos meses, Jorge Wagensberg publicaba el siguiente aforismo en El País: «Una ballena de 200 toneladas vive más de ochenta años y una musaraña de 2 gramos apenas dos, pero si no medimos sus vidas en años, ni en días, sino en número de latidos del corazón, igual resulta que viven lo mismo.» Y desde que lo leí, no puedo separar esta comparación de mi opinión y gusto sobre los cuadros de Oliver Johnson (Londres, 1972), que siempre me han parecido ballenas —por su tamaño, por su belleza, por su textura— mientras los contemplo absorto como una musaraña.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Por otro lado, el abismo que supone el recuento de latidos, esa imagen, nos aboca a algo casi imposible pero factible en la mente. Como cuando en la noche insomne ajustamos el ritmo de nuestros latidos y por lo tanto el tiempo, la vida, al gotear perdido de un grifo, allí al fondo, quizás desde la cocina nueva.

Estas son las ideas que situaríamos como notas al margen del trabajo de pintura y que nos permiten explicar si acaso algo de los últimos cuadros de Oliver Johnson. Como una parte de la ciencia contemporánea, se trata de interpretar y no de explicar el fenómeno. Se trata, en su caso, de orquestar una serie de cuadros poniendo en escena ideas y conceptos en los que participan la física de la luz y el color y donde la implicación del espectador delante de las obras es siempre fundamental, su participación activa.

Además, de fondo, se trata en definitiva de una experiencia del fenómeno convertida en pintura, de un juego de tiempos y gotas, de latidos y gotas que nos plantean, sobre la superficie del cuadro, secuencias de equilibrio en una estructura compleja de belleza caótica (Mitchell J. Feigembaum), la del aparente y completo desorden de las partículas de pintura.

Digamos que podemos intuir cómo actuará la pintura en un momento dado pero luego su comportamiento —incluso desde el principio del proceso, al pintar— se nos aparece azaroso, quizás errático o irregular, difícil de conducir por la potencialidad de los efectos ópticos, las variaciones lumínicas según la posición detrás de una armonía general, la indeterminación en los bordes, la casualidad en las transiciones y, así, todo marcado por el principio de incertidumbre.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Pero, como comprobó John von Neumann al estudiar la complejidad del caos en el goteo perdido de un grifo, incluso en el desorden caótico de lo que aparentemente sigue un patrón matemático o pretendidamente circular, existen turbulencias y secuencias de equilibrio. Dicho de otro modo y en relación a estos cuadros de Oliver Johnson, es algo que podríamos formular, como en un juego de palabras de concentración, de esta forma: las variables inciertas de la luz sobre cierto orden compositivo de color y el desorden siempre de las partículas elementales de la pintura, depositada gota a gota.

El título que agrupa esta docena de obras, ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, ha sido elegido por la sonoridad de unas palabras (algo así como frecuencia y tono, el grifo goteando) que evidencian una extensión musical en referencia a las composiciones de color en las que viene trabajando Oliver Johnson. De hecho, ‘Colour Composition’ ha sido la forma con la que ha titulado buena parte de su obra hasta hace relativamente poco, cuando comienzan a aparecer palabras o frases seleccionadas por su sonoridad fonética y con alguna vinculación (o no) con lo que se ha pintado. Por otro lado, el título encierra ese vínculo con el pensamiento científico fascinado por la interpretación de determinados fenómenos complejos y, especialmente aquí, con la teoría del caos con la que se intenta explicar el mundo desde hace medio siglo.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

En esta nueva etapa en la obra de Oliver Johnson destaca su madurez de estilo y una mayor concentración en los efectos ópticos y cromáticos a través de cuadros realizados sobre soportes de aluminio con pinturas industriales destinadas a colorear las carrocerías de los automóviles y aplicadas siguiendo los mismos procedimientos técnicos. De ahí que el resultado sea realmente impactante, por sus mezclas, contrastes y degradados metalizados, tanto en la mirada del espectador mientras se desplaza delante de la pintura como sobre la perfecta superficie pulida de las obras que actúan como espejos.

Así funcionan sus degradados sutiles, tanto en formatos rectangulares a modo casi de monocromos paisajísticos como los circulares, quizás recordando al iris de un ojo, en los que es casi imposible calibrar las transiciones y tomar su medida. También las composiciones a partir de barridos verticales donde las características de la pintura se descubren más camaleónicas todavía, absolutamente cambiantes y mágicas al ojo del espectador. Y en la serie de cuadros en los que recupera el empleo de la trama y la cuadrícula, en este caso como veladuras, para dibujar unas composiciones de puntos —de nuevo la retícula y la ameba de Alfred H. Barr— que podrían recordar las imágenes ampliadas de las secuencias del genoma.

Esta es la manera de proceder de un pintor magnífico que se plantea trabajar en el taller a partir (o a través) de una teoría, de un argumento que, aunque pudiera parecer alejado de la pintura, supone el mejor ejercicio mental desde el cual abordar el proceso de trabajo de estas superficies pulidas y metalizadas que a su manera toman la naturaleza como modelo y, de la naturaleza, su manera de responder tantas veces arbitraria o caótica, con su propio orden interno. Por ejemplo, si acertamos a pensar en esos horizontes imposibles, siempre en transición, o en los juegos de reflejo y virado de los colores, siempre una variable importante en la pintura de Oliver Johnson.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Ricardo Forriols

Circo Gran Fele, de ‘Viaje a la luna’

Viaje a la Luna, de Circo Gran Fele
Auditori de Torrent
C / Vicente Pallardó, 25. Torrent (Valencia)
Domingo 18 de mayo, a las 18.00h

La compañía valenciana Circo Gran Fele, después de su gira interplanetaria por Navarra, Castilla-La Mancha y Extremadura, regresa a su tierra para seguir con su divertido y apasionante Viaje a la Luna. El domingo 18 de mayo, al Auditori de Torrent llega el exitoso espectáculo que dejó con la boca abierta a los espectadores del Teatro Principal de Valencia.

Viaje a la Luna es su espectáculo Especial XX Aniversario, en el que la compañía ha versionado las obras de dos grandes genios de la cultura: De la Tierra a la Luna de Julio Verne y la película Viaje a la Luna del ilusionista y cineasta Georges Méliès. Se trata de un Viaje a la Luna circense, arriesgado y muy divertido, con acróbatas, equilibristas y saltimbanquis, automatismos, danzarines, excéntricos, experimentos científicos, trucos, magia, retrofuturismo, surrealismo, proyecciones y transparencias, sombras, payasos, músicos, cantantes, cañones…

Una de las escenas de 'Viaje a la luna'. Imagen cortesía de Circo Gran Fele.

Una de las escenas de ‘Viaje a la luna’. Imagen cortesía de Circo Gran Fele.

El espectáculo comienza con los preparativos del Viaje a la Luna: decidir las características del cañón, trazar la trayectoria en base a complicadas fórmulas físicas y matemáticas, construir el cañón… Tareas encomendadas a tres miembros de un selecto club, el Gun Club. Se estrujan los sesos, intercambian impresiones, discuten… Entre tanto desentendimiento, se dispara un divertido duelo entre Barbicane y Nicholl, que se resuelve sin heridos, solo algún que otro muerto de la risa. Al fin unirán sus esfuerzos para disparar el cañón. ¿Conseguirán llegar a la Luna?

La compañía demostrará una vez más que es capaz de mandar a artistas de dos continentes y pico, y de más de cinco países, ¡hasta la Luna! Durante sus veinte años de historia, y muchos más de prehistoria, Circo Gran Fele ha ido construyendo un concepto diferente de circo, un espectáculo total, con acróbatas, con música en directo… con el humor de los insustituibles payasos Pla y Pla. Algunos de los galardones que han recibido a lo largo de sus años de andadura son el Premio Nacional de Circo 2008, el último Premio Max de las Artes Escénicas Especial de Circo o el Premio Programa Caleidoscopio de la U.E. como Proyecto Cultural de Gran Interés.

Una escena de 'Viaje a la luna'. Imagen cortesía de Circo Gran Fele.

Una escena de ‘Viaje a la luna’. Imagen cortesía de Circo Gran Fele.