Un adiós a Rinaldo Paluzzi

Rinaldo Paluzzi, el humanista constructivo.

Rinaldo Paluzzi en su estudio. Imagen cortesía de J. Martín

Rinaldo Paluzzi en su estudio. Imagen cortesía de J. Martín

Mi interés por la pintura geométrica y constructiva, me ha impulsado a visitar muchas exposiciones de esta tendencia artística, tan poco valorada por el gran público español. Una de estas ocasiones fue en diciembre de 2000, cuando conocí por azar la obra de un artista llamado Rinaldo Paluzzi. Al ver la muestra titulada Rinaldo Paluzzi. Pinturas 1988-2000, comprendí de inmediato que aquellos lienzos y tablas que observaba eran de una geometría limpia, sin adornos innecesarios, y que obligatoriamente su autor no podía ser una persona joven. Tras investigar sobre el pintor, me puse en contacto con él, y antes de una semana estábamos tomando un café después de visitar de nuevo su exposición. Descubrí que habíamos tenido amigos comunes, como Eusebio Sempere y Abel Martín. Me explicó cómo había llegado a España a mediados de los años sesenta desde Pennsylvania, donde había nacido en 1927; sus primeros contactos  con Fernando Zóbel o Gerardo Rueda y su relación con la galería Juana Mordó, donde realizaría su primera exposición individual en 1966. La tarde pasó rápida y quedé en visitarle en su estudio de Pozuelo de Alarcón.

Un mes más tarde me reencontraba con Paluzzi, en el estudio que tenía cerca de su casa. Lo primero que llamaba la atención era la pulcritud de la sala, el orden, y una mesa de trabajo forrada con papel marrón de embalar perfectamente ajustada en sus lados y esquinas, sin un pliegue del papel fuera de lugar. La mesa era de una altura mayor de lo corriente, pero siendo Paluzzi persona que fácilmente superaría el metro noventa estaba claro que era su lugar de trabajo habitual, donde trazaba aquellas figuras geométricas que ofrecían al espectador una sensación tridimensional. 

Rinaldo Paluzzi. S/T, 2000, acrílico sobre tabla, 60 x 45cm. Imagen cortesía de J. Martín

Rinaldo Paluzzi. S/T, 2000, acrílico sobre tabla, 60 x 45cm. Imagen cortesía de J. Martín

Deseoso de poder tener uno de aquellos cuadros, le pregunté su precio, a lo que recuerdo perfectamente me contesto: “vamos a comer y luego te haré una oferta que no podrás rechazar”.

Esa misma tarde visité su casa. De sus paredes colgaban obras de amigos, regalos o intercambios que los pintores solían hacerse cuando eran menos conocidos y el precio de las obras no era lo importante para ellos, pues todos formaban un grupo que intentaba hacer llegar la pintura contemporánea a un público anclado en una  figuración de otro siglo.

No volví a ver más a Paluzzi. Me llamó por teléfono en una ocasión para comunicarme que había trasladado su estudio a Madrid, cerca de la plaza de España y le prometí que iría cuando realizase su exposición programada en el Conde Duque, lo que con la crisis no llegó a buen fin.

Mi última conversación por correo electrónico fue en febrero de 2012, a propósito de que una de sus obras estaría presente en la exposición 30 pintores de una generación irrepetible, montada en el Museo Salvador Victoria de Rubielos de Mora, en la provincia de Teruel. Le prometí reproducir una de sus obras en el tríptico que se iba a hacer para la ocasión, y se lo hice llegar tras su edición,  ignorando que esa iba a ser una manera bonita de despedirnos.

Javier Martín                                                                                                                                              

Serigrafías de Ibero-Suiza en la colección UPV

Universidad Politécnica de Valencia.    Edificio Rectorado.  Camino de Vera s/n.  Valencia

Hasta el 25 de marzo de 2013

Serigrafías de Ibero-Suiza en la colección UPV

Sin duda, la obra gráfica ayudó a democratizar el arte en el s. XX, y concretamente en España, los procedimientos y técnicas de producción seriada comenzaron a tener protagonismo a mitad de los años sesenta, década en la que los ciudadanos con inquietud querían conocer y comprender el arte contemporáneo.

Antonio Alcaraz, comisario de la exposición y autor de la investigación publicada en el catálogo, cuenta que José Llopis Dasí (Liria, Valencia-1926) fue el introductor de la serigrafía artística en nuestro país. Su historia es muy interesante. Había emigrado a Brasil en 1954 intentando salir de las dificultades de la postguerra. Allí trabajó en lo que pudo, consta que lo hizo como dibujante o como fotógrafo entre otras cosas, hasta que conoció y aprendió la técnica de la serigrafía. De Brasil pasó a Uruguay donde trabajó en una floreciente empresa dedicada a tal fin, pero la antesala de la crisis de aquel país le hizo replantearse el futuro y regresó a España con su familia. En su pueblo natal, Liria, creó un modesto taller de serigrafía donde hizo trabajos sencillos (banderines, tarjetas de empresa, y cosas similares) hasta que contactó con Ibero-Suiza a través de los distribuidores que le suministraban material serigráfico. Esta relación sería clave, puesto que con el tiempo,  José Llopis acabaría asociándose con Ibero-Suiza cuando el suizo Karemer salió de la compañia.  Una vez metido en esta empresa, Llopis  desarrolló todo su potencial profesional. Era meticuloso y exigente con los colores. Un amante de su trabajo. En 1966 entró en contacto con Valdés, Toledo y Solbes, y poco después pasaron a producir obra con él, además del propio Equipo Crónica, el Equipo Realidad, Andrés Cillero, Manolo Boix, Yturralde, Teixidor, Zobel o Armengol entre muchos otros.

La exposición está compuesta por una interesantísima selección de serigrafías y de documentos originales para su producción. Algunos con anotaciones clarificadoras para rectificar o definir colores y dimensiones de la obra a producir por Llopis, como es el caso de un boceto de Yturralde que además de un testimonio documental, es una pieza de incalculable riqueza estética. También destaca, un cartel que anuncia un Exposición del Equipo Crónica en la Galería Luis Adelantado, o la serigrafía de Andrés Cillero “Fate l’Amore non la guerra” (1966) que ocasionó problemas de censura y registros policiales a Ibero-Suiza.

Para el proyecto e investigación, Alcaraz, ha contado con la colaboración de Verónica Palomares, amiga personal de la familia Llopis.
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