Lo bello y lo siniestro de Crajes

Crajes
Plastic Murs
C / Dénia, 45. Valencia
Hasta el 21 de octubre de 2016

‘Lo bello y lo siniestro’ es el título de un libro de Eugenio Trías que, para el caso que nos ocupa, viene que ni pintado. Arranca el texto con dos citas igualmente pertinentes. La primera, de Rilke, dice así: “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. La segunda, de Schelling, apunta: “Lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Crajes, sabiéndolo o no, sigue el rastro dejado por ambas citas en su exposición de la galería Plastic Murs. Y lo hace añadiendo otro aspecto primordial: el humor.

Con el humor o ironía a veces tierna y otras macabra, presente en sus trabajos en forma de adorables dibujos animados o escatológicos instantes amorosos, Crajes logra amortiguar lo siniestro haciéndolo soportable. Trías viene a decir que la repulsión que provoca lo siniestro, encuentra en el humor su antídoto: “Contracarga de placer opuesta a la sobrecarga de violencia con la que el sujeto reacciona al objeto que suscita en él el sentimiento de lo siniestro”.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Carla Rendón y Jessica Ruiz, es decir, Crajes, muestran lo femenino como objeto de esa doble experiencia en torno a su imagen: por un lado, la belleza que encandila, y que ambas artistas recrean de forma glamurosa, y, por otro, el cuerpo que asusta por su destilado de sangre y asociación letal con el esqueleto y la muerte. “Nos interesa la dualidad”, dicen. Romper con el estereotipo de la mujer bella de la que se nutre la publicidad, para que aflore su reverso oscuro como parte indisoluble de la propia mujer. “Lo femenino como concepto de belleza es algo muy vacío, por eso lo contraponemos con algo macabro”, explican estas jóvenes artistas.

De manera que el esqueleto, tan presente en su obra, les sirve para mostrar esa parte macabra de lo femenino, al tiempo que desembraga lo siniestro para que aparezca lo fantástico. “El esqueleto siempre lo asociamos con algo malo y es algo que tenemos dentro”, señalan, para remachar: “Lo bueno y lo malo están dentro de nosotros”. Crajes lo que hace es mantener “una conversación” entre ambos aspectos, sirviéndose en ocasiones de la imaginería religiosa cristiana. De ahí el ejemplo que ponen de María Magdalena y la Virgen María: “Socialmente siempre se entiende como la una o la otra”. Crajes ve ambos aspectos de lo femenino como partes indisociables de la mujer.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

El largo título de la exposición, ‘Accipite et manduca ex hoc omnes: hoc est enim corpus meum, quod pro vobis tradetur’, que remite a la eucaristía cristiana (Tomad y comed todos de él, este es mi cuerpo, que será entregado por todos vosotros), evoca también esa violencia que anida en lo humano desde tiempo inmemorial. Violencia sacralizada que, en el caso de Crajes, aflora desprovista de representación simbólica, para someterse a la pura ficción. “No queríamos sangre realista, sino artificial”, dicen con respecto a las lágrimas rojas de algunas de sus obras.

El rojo también lo asocian al universo del cineasta Stanley Kubrick, por el que sienten predilección. “Los óleos tienen composiciones de corte cinematográfico”, resaltan. Al igual que por Courbet, de quien hicieron una versión de su polémica obra ‘El origen del mundo’, y al igual que le sucedió al pintor también ellas sufrieron críticas ahora vía internet. “A raíz de aquello, ahora mostramos el sexo de forma más explícita”. Lo cual les lleva a manifestar cierta perplejidad: “Estamos insensibilizados ante imágenes hiperviolentas mostradas en los medios y luego ven sangre en una exposición y se escandalizan”. Como tampoco entienden el “tabú que todavía existe en torno a la sexualidad de la mujer”.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

La exposición también incluye algunos bordados (“es la primera vez”) y porcelanas con imágenes alusivas a esa sexualidad incomprendida. Crajes lo que hace es poner sobre el tapete esa incomprensión que, después de todo, remite al origen mismo de la vida. De manera que Carla Rendón y Jessica Ruiz utilizan el cuerpo femenino para rendir cuentas de esa dicotomía entre lo bello y lo siniestro, poniendo el acento en este último. “Es una exposición sobre la maldad humana”, concluyen. Una maldad diluida en ácido como agente provocador.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Salva Torres

¿Las apariencias engañan?

I Am a Cliché, de Natacha Lesueur
Espai Tactel
C / Denia, 25. Valencia
Hasta el 5 de agosto de 2016

“Dentro de la ornamentación encuentro una violencia que me interesa”, dice Natacha Lesueur, Premio Ricard en 2000 y cuya obra figura en las colecciones públicas y privadas más prestigiosas de Europa. En su primera exposición en nuestro país, la artista nacida en Cannes muestra en Espai Tactel esa violencia revelada por medio de la ornamentación. Lo hace a través de una serie de rostros y figuras femeninas reveladores de lo que anuncia el título de la exposición: I Am a Cliché. “Cliché en el doble sentido fotográfico y de estereotipo”, aclara Lesueur.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Fotografías y estereotipos en torno a la mujer, unas veces retratada con pelucas de época o impresiones sobre la piel a modo de tatuajes modernos, y en otras evocando iconos de la cultura como Carmen Miranda. “Es representativa de muchas cuestiones ligadas al problema de la identidad”. Y Lesueur señala la condición de portuguesa que se fue a Brasil para después triunfar en Hollywood, donde se explotó su folclorismo (famosos fueron sus peinados rebosantes de frutas): “Pasó de la fantasía a la tragedia”, subraya la artista.

Esa conjunción de imágenes aparentemente seductoras, en las que aparecen huellas de cierta degradación o violencia, constituye el sello del trabajo que presenta en Espai Tactel. “Me interesa la ornamentación como huella, ya sea a través del pelo, las joyas o la ropa, en tanto marcas identitarias impuestas a la mujer”. Ahí estaríamos hablando de cierta imposición externa, a la que se superpone otra que bien pudiera ser interna, como en esas pelucas quemadas de dos mujeres gemelas. “Agresión interior o exterior”, cuestiona la propia artista, para aceptar que pueda ser “de los dos”.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

De hecho, las pelucas, que remiten al barroco y a los tiempos de María Antonieta, fueron moda francesa impulsada por la propia reina de la corte gala. De manera que la ornamentación tiene una doble cara que Lesueur indaga en su trabajo. “Voy de la superficie a la profundidad y a esa lesión corporal focalizada en la peluca”. Y en la superficie de su obra se pueden contemplar rostros, nucas y figuras que atraen a primera vista, al tiempo que afloran señales inquietantes quebrando la imagen. “Es una crítica a la mujer como objeto de consumo”.

De ahí la importancia de Carmen Miranda: “Quedó encasillada y perdió su esencia real, acabando mal”. Lesueur rescata su imagen a través de una modelo que viene a revelar su carácter manipulable por los mass media. “Se ha utilizado su imagen como modelo de la carta del pantone, porque refleja su piel y los diversos colores de la fruta en sus peinados”. La artista toma esa referencia y le da una vuelta de tuerca: “Una mujer reinterpretando a otra mujer”. El caso de Carmen Miranda sería el de “la imagen superando al personaje”.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

I Am a Cliché reúne una decena de fotografías, dos intervenciones en la propia sala y dos videos en torno a esa mujer estereotipada que, de tanto repetirse, termina por ofrecer una imagen degradada de sí misma. Degradación que Natacha Lesueur inscribe en su obra mediante ornamentos igualmente ambiguos, tan pronto impuestos, denotando la agresividad que ello supone, como asumidos para mostrar cierta diferencia. “Ambigüedad acerca de lo que quieres y lo que no”.

El rostro de una mujer cuya cabellera cumple la función del velo ofrece de nuevo la idea de “lo que aparece y desaparece”. También hay un paisaje hecho con una cámara especial de infrarrojos, sobre el cual destaca un rostro ambiguo sobre una peana. La figura y el fondo revelando una vez más esa doblez tan del gusto de la artista francesa, que en los videos explora las posibilidades de la imagen estática y en movimiento, del rostro con unos ojos saltones de Barbie. Lesueur acoge en la superficie de su obra ese gusto por lo femenino, repleto de huellas que orientan la mirada hacia capas más profundas. Capas, en todo caso, a flor de piel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Salva Torres

La construcción del estereotipo femenino

I Am A Cliché, de Natacha Lesueur
Espai Tactel
C / Denia, 25-B. Valencia
Inauguración: viernes 24 de junio, a las 20.00h
Hasta el 5 de agosto de 2016

Decía Salvador Dalí que lo mínimo que se le debe exigir a una escultura es que no se mueva. Quizás, seguro, porque el tipo de escultura al que se refería era la representación de un cuerpo vivo a través de un material duro. Siguiendo el ideal clásico, ese carácter escultórico detenía, según Hegel, una figura espiritual en plena expresión corporal para mostrar al ser humano tal y como es. Pero quieto, detenido, inmóvil. Estático, como nosotros cuando el fotógrafo nos pedía que no nos moviéramos para salir bien en la foto.

La naturaleza de nuestro cuerpo es limitada —aunque ya dijo Spinoza que nadie sabe lo que puede un cuerpo— y primero la escultura y después la fotografía han pretendido la universalidad de los cuerpos, el reconocimiento de la diferencia, frente a lo antinatural que supone la instauración de un canon, de un molde, a lo que también han colaborado paradójicamente.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

El trabajo de Natacha Lesueur (París, 1971) aborda estas cuestiones haciendo énfasis en la construcción social del estereotipo y denunciando el diseño cultural de los clichés de género. Sus fotografías subrayan una serie de usos, de huellas, de marcadores de la identidad femenina (gesto, maquillaje, vestuario, peinado) sobre los que interviene para señalar el artificio de la apariencia.

A través de estas obras podemos entender cómo la fotografía se ha acercado mucho a la escultura en la (re)presentación de las cosas y, también, en el retrato del cuerpo como algo performativo. Sus fotografías son la evidencia crítica de una realidad, de un volumen (el cuerpo, las cosas) que se muestra bajo una apariencia y esgrimiendo una actitud determinadas, detenidas en la foto, que ponen en cuestión los arquetipos establecidos.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Cierto carácter barroco en el manejo de alimentos ajustados al cuerpo, el gusto por exagerar el color y su contraste, del pop al tropicalismo, los juegos con las prendas, el maquillaje o el arreglo del peinado, y hasta una ironía a veces melancólica, a veces sarcástica, han marcado una trayectoria de la que se entresacan para esta exposición un conjunto de obras que recoge trabajos iniciales de los años noventa y otros más actuales, haciendo especial hincapié en un hecho acromático, en un continuum en blanco y negro que, además, acentúa el efecto estatua y el vínculo entre fotografía y escultura, entre el retrato y la naturaleza muerta.

Dos fotografías de 1996 nos muestran fragmentos de un cuerpo andrógino en el que la piel de los brazos (como guantes largos) y las piernas (como medias de encaje) está marcada por la huella de una impresión que es, por un lado, ornamentación y, por otro, prueba del dolor, de lo que cuesta. Lo más profundo que tenemos —como escribió Paul Valéry— es la piel, una profundidad camuflada de superficie.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Otras tres piezas, más bodegones que retratos, se centran en la agresión a unos peinados esculturales, decadentes. Dos gemelas idénticas, Carine y Barbara, y otra modelo, Anita, exhiben recogidos extravagantes que recuerdan la peluquería de la generación de nuestras madres y abuelas. Ese arreglo del cabello que marcaba el rigor y la honra, la rectitud y lo decoroso de la mujer, se muestra “herido” por las quemaduras de un cigarro, símbolo del machismo.

La serie central pone de relieve la norma en la construcción de los estereotipos femeninos al jugar directamente en las fotografías con la conversión del cuerpo en escultura. La asertividad del blanco y negro como índice de realidad en la imagen fotográfica —como declara la misma Lesueur: su valor de memoria, de informe— confunde nuestra mirada, que cree estar ante estatuas de piedra. Apenas un resquicio de naturalidad, de color abajo en la espalda, revela la verdad de lo aparente: se trata de cabelleras modeladas y cuerpos reales pintados en un falso blanco y negro que sugiere el mármol o ese yeso documental donde ha quedado solidificado el paso del tiempo y las modas para la historia. Un video completa esta magnífica idea presentando todo el bulto redondo de una de las modelos/estatuas girando en bucle.

El contrapunto, cambiando de canon, lo pone un jarrón con forma de busto que, apuntando a la negritud y al tropicalismo sobre el horizonte de un paisaje mural, contendrá una docena de hortensias, símbolo de obstinación y dignidad, que quién sabe si se irán marchitando a lo largo de la exposición.

Obra de Natacha. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Natacha Lesueur. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Ricardo Forriols

El inconsciente carcelario de Louise Bourgeois

Estructuras de la existencia: Las celdas, de Louise Bourgeois
Museo Guggenheim
Avenida de Abandoibarra, 2. Bilbao
Hasta el 4 de septiembre de 2016

Hay en ‘Celdas’ de Louise Bourgeois una poesía visual y narrativa que sobrecoge al observador hasta el estremecimiento. ‘Celdas’ es una serie compuesta por 68 insólitas instalaciones realizadas a lo largo, prácticamente, de toda la vida creativa de la artista. La primera pieza, ‘Guarida articulada’, fue creada en 1986 y la última, titulada simbólicamente ‘La última subida’, en 2008, dos años antes de su muerte a los 98 años de edadEn esta exposición del  Museo Guggenheim Bilbao se pueden ver 28 de ellas, además de apreciar juntas las celdas numeradas del I al VI que no se habían expuesto agrupadas  desde 1991.

Estas misteriosas piezas son habitáculos construidos, a modo de espacios penitenciarios o psiquiátricos, con puertas y ventanas de madera, rejas o mallas metálicas, y están habitados por objetos variopintos y esculturas creadas por la propia artista.

Spider, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

Spider, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

Louise Bourgeois depositó, en estos oníricos habitáculos escultóricos, con una poética siniestra, los objetos que poblaban sus sueños más terribles: arañas, camas y sillas desvencijadas, guillotinas, la maqueta de la casa familiar, reclinatorios, prótesis, tapices rasgados, ropas y telas ajadas, espejos, frascos de perfumes, el cuerpo humano convulsionado histéricamente o fragmentado -manos, penes, cabezas, piernas, pies- agujas, escaleras de caracol… Objetos metafóricos o metonímicos que desplazan o condesan toda la galería de imágenes que forman el inconsciente del artista.

“Las conexiones que hago en mi obra son conexiones a las que no puedo enfrentarme. En realidad, son conexiones inconscientes. El artista tiene el privilegio de estar en contacto con su inconsciente, lo cual supone un verdadero don.”1

Las imágenes inconscientes de Louise Bourgeois proceden de una infancia que atormentaba a la artista hasta arrebatarla en el acto creativo. Una infancia convertida en su impronta de identidad artística.

“Mi nombre es Louise Josephine Bourgeois. Nací en París el 24 de diciembre de 1911. Mi infancia ha representado a lo largo de los últimos cincuenta años la fuente de inspiración de toda mi obra. (…) Algunos estamos tan obsesionados con el pasado que morimos sepultados en él. Cada día has de abandonar tu pasado o aceptarlo. Si no lo puedes aceptar, te conviertes en escultor.”

La destrucción del padre, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

La destrucción del padre, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

La infancia traicionada

La estructura arquitectónica de ‘Celdas’ está pensada para mirar y ser mirado, para penetrar en su interior y ser penetrado por ella, para ser atraído por el exhibicionismo íntimo de la artista y para ser repudiado por el voyeurismo del observador.

En la obra de Louise Bourgeois hay un desvanecimiento de los límites que imposibilita la inscripción de cierta diferencia. Una ausencia de límite llevada al paroxismo en la escultura titulada ‘Destrucción del padre’ (1974). La artista describe con estas palabras el contenido: “La mesa está puesta (…) Los niños lo agarran y lo colocan encima de la mesa. El padre se convierte en la comida; lo trocean, lo desmiembran y devoran. Y al final nada queda de él. Asunto terminado. Ésta es una fantasía, cierto, pero a veces vivimos nuestras propias fantasías.”

La imaginería de la artista está inscrita por la fusión de lo masculino y lo femenino, de lo activo y lo pasivo, de lo fálico y lo vaginal, de lo destructivo y lo seductor, de lo femenino-uterino y lo animal arácnido.

Esta disipación del límite en la obra de Louise Bourgeois produce en el observador un sentimiento siniestro. Entendiendo lo siniestro como lo definió Freud con las palabras del poeta Schelling: “Todo aquello que debiendo permanecer secreto, oculto…no obstante se ha manifestado.” Y aquello que se ha manifestado afecta de manera angustiosa a los deseos más íntimos del sujeto. Unos deseos que  deberían haber permanecido ocultos, pero han sido reanimados por un suceso exterior.

Celda II, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

Celda II, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

‘Celdas’, al igual que el resto de la obra de Louise Bourgeois, exhibe de manera impúdica reminiscencias de una infancia vivida por una triple traición: la del padre, la de la amante de su padre y la de su madre.

Bourgeois relata de este modo esta traición: “Entró en mi familia como profesora, pero se acostaba con mi padre y estuvo viviendo con nosotros durante diez años. Su trabajo era enseñarme inglés. No sólo fue traicionada por mi padre, maldito sea, sino también por ella. (…) Madre, tú me utilizabas para saber los pasos de tu marido. A eso se le llama abuso infantil.”

Unas palabras que manifiestan un angustioso conflicto edípico relacionado con  el estrago materno, el amor incestuoso hacia el padre y los espeluznantes celos histéricos hacia su profesora por arrebatarle al padre.

Pero hay una pregunta que interroga a la artista: “¿Cómo puede ser que en una familia de clase media esta amante fuera considerada como una pieza más del mobiliario? Pues bien, la razón es que mi madre lo toleró, y este es el misterio”.

La última subida, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

La última subida, de Louise Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

El misterio alrededor de esa relación entre el padre, la madre y la amante, donde ella estaba fuera de la escena, no sólo ha atravesado toda su obra, sino que ha sido el motivo de su arte.

“La inspiración de algunas de mis obras es una reacción negativa en contra de ella. Este hecho demuestra que es la ira lo que en realidad me motiva a trabajar. Si sientes la necesidad de no abandonar el pasado, entonces debes recrearlo.  Y eso es justo lo que yo he estado haciendo”.

La obra de Louise Bourgeois se adentra en lo incognoscible, insoportable, de lo reprimido para darle un sentido y no caer en la angustia del vacío.

1 Todas las declaraciones de la artista provienen del libro de Louise Bourgeois,  ‘Destrucción del padre/reconstrucción del padre’, Madrid, Sintesis, 2008.

Habitación roja, de Louis Bourgeois.

Habitación roja. Padres, de Louis Bourgeois. Museo Guggenheim Bilbao.

Begoña Siles

Algunas mujeres no quieren ser musas

La Academia de las Musas, de José Luis Guerín
Cines Babel
C / Vicente Sancho Tello, 10. Valencia

José Luis Guerín define su película La Academia de las Musas, presentada en los Babel, como “un soliloquio”. Soliloquio de un profesor de filología (Rafaelle Pinto) que busca, mediante cierto proyecto educativo, alcanzar la verdad contenida en la posición femenina de la musa. Sus alumnas lo cuestionan, al igual que su desengañada mujer, que ve en esas clases otras intenciones ocultas. Planteado como “un documental”, que va decantándose hacia la “ficción estilizada”, ese soliloquio inicial también deriva en una película “muy dialéctica”.

¿Soliloquio? ¿Dialéctica? Guerín lo explica: “”Cada vez entiendo más el deseo de hacer cine como una forma de descubrir la propia película”. De manera que lo que en un principio parece una cosa termina desembocando en otra, fruto del propio desarrollo de la trama. Es lo que el director de En la ciudad de Sylvia entiende como la conjunción de “motion y emotion (movimiento y emoción)”. “Revelación que no llegaría a conocer si no hago la película”, concluye.

Fotograma de 'La Academia de las Musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las Musas’, de José Luis Guerín.

Algo parecido le pasa al protagonista de La Academia de las Musas, que arranca dominador de sus clases para terminar revelándose frágil. “El profesor es el personaje más patético de la película”, dice. Aún así, Guerín asegura que trata de evitar “la posición de cineasta moralista que juzga a sus personajes”. Y añade: “Los cineastas suelen hacer películas para denunciar cosas o lanzar mensajes; yo lo hago para descubrir cosas”. Subraya igualmente que se acercó al documental “buscando otras formas de contar historias”.

Y la historia que cuenta, repleta de diálogos entre el profesor y sus alumnas, no deja de transmitir la extrañeza derivada del confuso límite entre documental y ficción. Diálogos muchos de ellos tomados en el interior de un coche o de una vivienda, pero con la cámara desde el exterior, de manera que se suceden los reflejos que provocan los múltiples cristales. “Trato de preservar el espacio privado quedándome yo en el exterior, de ahí la veladura de los reflejos sobre los rostros”. Rostros que Guerín no deja de confrontar, al igual que ocurre con los diálogos.

Fotograma de 'La Academia de las Musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las Musas’, de José Luis Guerín.

“No son actores profesionales, pero son grandes actores”, dice de las alumnas que participan en esa “academia de las musas” que da título a la película. Entre ellas, Emanuela Forgetta, Rosa Delor Muns, Mireia Iniesta o Patricia Gil. Todas ellas encarnando “situaciones de ficción, aunque los sentimientos son verdaderos”, agrega Guerín. Sentimientos que tienen que ver con esas discrepancias surgidas a raíz de las consideraciones del profesor en torno a su condición de musas. Algunas cuestionan la validez de ese papel inspirador de la mujer. Otras aceptando en principio su validez, encarnada en sus propias veleidades amorosas, para ir desencantándose a medida que avanza la película.

“Vemos juegos de poder, de manipulación, y juegos de seducción, de amor y de celos”, explica con parsimonia Guerín, como deleitándose con cada respuesta. “Quizás es mi película más popular con En construcción”, reconoce, tras advertir la ausencia de logos comerciales en La Academia de las Musas. “Fue una decisión personal, que me ha permitido construir la película con la misma libertad con la que un escritor hace su novela”.

A pesar de la falta de ayudas y de haberla hecho con una cámara doméstica y con las herramientas técnicas que tiene en casa, “se ha comprado en muchos países”, señala sorprendido. “En Barcelona está ahora en tres salas”. Los cines Babel la acaban de estrenar en Valencia. Una oportunidad para “redescubrir la cotidianeidad desde una forma completamente nueva”, y de ratificar una máxima del propio Guerín: “El cine de ordenador jamás podrá reemplazar la emoción que produce el rostro humano”.

Ver la noticia en El Mundo Comunidad Valenciana

Fotograma de 'La Academia de las musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las musas’, de José Luis Guerín.

Salva Torres

Eyes Wide Shut, la infidelidad a debate

Cinefórum sobre Eyes Wide Shut
Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana
C / Alberique, 35. Valencia
Jueves 18 de junio, a las 19.30h

Eyes Wide Shut (en Hispanoamérica Ojos bien cerrados) es el decimotercer largometraje dirigido por Stanley Kubrick, protagonizado por Tom Cruise y Nicole Kidman y estrenado en 1999. Fue la última película de Kubrick, así como su obra póstuma, ya que el director murió pocos días antes de poder acabar el montaje definitivo. Está basada en la novela Relato soñado, de Arthur Schnitzler, y su guión fue escrito por el mismo Kubrick y Frederic Raphael.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick. Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick. Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Hasta aquí la introducción de la película en torno a la cual el Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana organiza el jueves 18 de junio un cinefórum que tiene por objetivo “analizar la película desde distintos enfoques psicológicos, técnicos y musicales, la tortura de los celos, la infidelidad, la seguridad del matrimonio frente a los peligros del sexo furtivo, lo onírico y lo real, el drama psicosexual…”, según explica el Colegio en su web.

Para desentrañar lo que encierra Eyes Wide Shut, que gira en torno a las confesiones sexuales de una pareja tras acudir a una fiesta y las consecuencias que traen consigo ciertas revelaciones secretas, el Colegio de Psicólogos reúne a una serie de expertos. Los encargados del análisis de la obra póstuma de Kubrick son: Begoña Siles, profesora agregada de la Universidad CEU Cardenal Herrera; Daniel Gascó, crítico de cine; Ricardo Bonet, licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia; Francisco Campos, psicólogo clínico y psicoanalista, y Óscar Cortijo, vicedecano del Colegio.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick. Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick. Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Stanley Kubrick narra en Eyes Wide Shut el extraño trayecto de Bill Harford (Tom Cruise), médico que ha vivido de manera acomodaticia pero que, tras la confesión por parte de su mujer Alice (Nicole Kidman) de un deseo secreto, se verá envuelto a lo largo de una noche en una serie de aventuras y amenazas. Los sueños ocupan un lugar fundamental en la película, ya que son los que permiten aflorar los auténticos deseos de Alice (Albertine en la novela de Schnitzler), a partir de los cuales su marido detecta ciertas lagunas en su vida matrimonial.

Como apunta Luis Martín Arias, en el ‘Escritos’ dedicado a Kubrick, “las eternamente fracasadas aventuras sexuales del marido revelan –como sucesión de actos fallidos- su propia inseguridad sexual, sus dudas respecto a ser capaz de satisfacer lo que se demanda desde el lado de lo femenino”. De ahí que su doble recorrido nocturno sea, según Martín Arias, “también una búsqueda de reafirmación de su propia identidad, la cual es inseparable de la crisis que cierto fracaso sexual ha hecho emerger”.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick.

En las malas relaciones de Stanley Kubrick con su padre, médico que siempre deseó que su hijo ejerciera su misma profesión, diversos comentaristas de su obra fílmica han visto un condicionamiento biográfico que se habría reflejado en su cine, tal y como señala el propio Martín Arias. “De tal modo que se ha mencionado con insistencia la ausencia de la figura paterna en muchas de sus películas”, destacando en este sentido El resplandor, “donde la disolución del núcleo familiar corre a cargo de un monstruoso padre enloquecido”.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick. Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

El controvertido Jeff Koons en el Guggenheim

Jeff Koons: Retrospectiva
Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2. Bilbao
Hasta el 27 de septiembre de 2015

El Museo Guggenheim Bilbao acoge una amplia retrospectiva del artista norteamericano Jeff Koons, mostrándose por primera vez todas las series que ha realizado a lo largo de su carrera. En opinión del propio autor, algunas de sus obras “nunca han estado más elegantes” como en esta instalación bilbaína, según Europa Press.

La muestra recoge 35 obras de un artista “clave” en el arte contemporáneo que, en palabras de Juan Ignacio Vidarte, director del Guggenheim Bilbao, es además “muy especial” para el museo bilbaíno, ya que es autor de ‘Puppy’, una de las primeras obras que adquirió para su colección permanente y que se ha convertido en “un símbolo” del museo y “un icono querido para toda la ciudad de Bilbao”.

Jeff Koons junto a su obra Balloon Dog (Magenta), en el Museo Guggenheim Bilbao. Foto: Europa Press.

Jeff Koons junto a su obra Balloon Dog (Magenta), en el Museo Guggenheim Bilbao. Foto: Europa Press.

La retrospectiva del Guggenheim es “la más completa” realizada hasta el momento, ya que recoge por primera vez “todas y cada una de las series” que ha realizado a lo largo de su carrera, en la que ha desarrollado “una trayectoria muy coherente pero, sin embargo, sorpresiva porque los mismos conceptos que trata desde la primera de sus series los va traduciendo a través de materiales y lenguajes muy diversos”, según explicó la comisaria Lucía Agirre.

En sus obras se incluyen conceptos antagónicos como vida y muerte, pasado y presente, sexualidad e inocencia, lujo y austeridad, eterno y efímero, o femenino y masculino. El también comisario Scott Rothkopf destacó la “amplitud” de los temas tratados y el “dominio” de los medios utilizados. Jeff Koons explicó que, en sus trabajos, pretende “celebrar un diálogo del arte”, sobre “la vida interna y el mundo externo”, con “una mirada intuitiva”, con la que pretende “absorber el ambiente, reflexionar y avanzar en las cosas que me interesan”.

Koons repasó también sus referencias artísticas desde Salvador Dalí, al que conoció con 18 años, hasta el barroco y el rococó, al tiempo que consideró al “observador” como aquel que siempre es quien “acaba la obra de arte”. Además, restó importancia al valor que alcanzan sus obras en el mercado e insistió en que “la recompensa del arte es algo totalmente distinto” al valor económico.

'Tulipanes', en 'Jeff Koons: Retrospectiva'. Cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

‘Tulipanes’, en ‘Jeff Koons: Retrospectiva’. Cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

Además de las obras recogidas en el interior del Museo, el Guggenheim cuenta en su colección propia con ‘Puppy’, que fue adquirida en 1997 para la Colección Propia del Museo Guggenheim Bilbao. Asimismo, la terraza exterior del Museo alberga ‘Tulipanes (Tulips)’, también expuesta de forma permanente.

La exposición del Guggeheimm comienza con ‘Hinchables, Antes de Lo Nuevo, Lo Nuevo’, donde se muestran las primeras obras de Jeff Koons, que en 1976 se instaló en Nueva York y comenzó a trabajar el objeto escultórico “reflejando la vida de la ciudad”. En una segunda sala, se reúnen las obras de la serie ‘Equilibrio (Equilibrium)’, pertenecientes a la primera exposición individual que realizó en una galería, en 1985, y que abordan el tema del equilibrio personal y social.

La serie ‘Lujo y Degradación (Luxury and Degradation)’ fue presentada en 1986 por Jeff Koons con la intención de mostrar “cómo las campañas de publicidad de bebidas alcohólicas contribuyen a perpetuar los roles sociales”. Para la serie ‘Banalidad (Banality)’, Koons visitó diversos talleres europeos especializados en tallas de madera religiosas y estatuillas de porcelana y encargó la realización de una serie de esculturas sobre temas icónicos de la sociedad contemporánea y otras referidas a postales de felicitación comerciales, souvenirs de las tiendas de aeropuerto o de iconografía religiosa.

'Rabbit', en 'Jeff Koons: Retrospectiva'. Cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

‘Rabbit’, en ‘Jeff Koons: Retrospectiva’. Cortesía del Museo Guggenheim Bilbao.

La muestra continúa con una serie de esculturas realizadas en acero inoxidable con acabado brillante, que Koons presentó en 1986 en la galería Ileana Sonnabend de Nueva York bajo el título de ‘Estatuaria (Statuary)’ y que reflejan arquetipos e imágenes de diferentes personajes de la historia. Dentro de ella, se encuentra una de las más reconocidas imágenes de Koons, ‘Conejo (Rabbit)’.

‘Hecho en el Cielo (Made in Heaven)’ es una de sus series más controvertidas, según recordaron sus comisarios, por su explícito contenido. Su origen está en la invitación que el Whitney Museum of American Art cursó a Jeff Koons en 1989 para crear una obra destinada a la exposición colectiva Image World, centrada en la relación entre el arte y los medios de comunicación. Koons concibió para la ocasión un gran cartel publicitario en el que Ilona Staller -más conocida como Cicciolina y con quien después contrajo matrimonio- y él aparecían como protagonistas de la película ‘Made in Heaven’, nunca realizada y cuyos temas continuó abordando en la serie homónima. En diferentes obras realizadas en impresión al óleo sobre lienzo, la pareja se muestra como “la encarnación de unos modernos Adán y Eva, en poses sexuales y rodeados de arquetipos que hablan de fidelidad y amor, de naturaleza humana y domesticación”.

La exposición, que podrá ver hasta el 27 de septiembre, fue presentada en el museo bilbaíno por Jeff Koons junto al director del Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte, los comisarios de la muestra Scott Rothkopf y Lucía Agirre, y el director de la Fundación BBVA (entidad que la patrocina), Rafael Pardo. ‘Jeff Koons: retrospectiva’ está organizada por el Whitney Museum of American Art de Nueva York en colaboración con el Guggenheim Bilbao y el Centre National d’Arr et Culture Georges Pompidou de París.

Antiquity 3, en 'Jeff Koons: Retrospectiva'. Museo Guggenheim Bilbao.

Antiquity 3, en ‘Jeff Koons: Retrospectiva’. Museo Guggenheim Bilbao.

 

Mad Max: Giro al infierno

Mad Max: Furia en la carretera, de George Miller
Con: Charlize Theron, Tom Hardy, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Zoë Kravitz

Habíanle encerrado en contra de su voluntad debido a su condición de esclavo. Le ofrecieron una mujer como divertimento pero le negaron intimidad. El ‘Espartaco’ de Kubrick (1960) asía con fuerza los barrotes de su celda y gritaba, con rabia primero y con tristeza después, que no era un animal. “Tampoco yo”, respondía ella.

Sería absurdo afirmar que el sentimiento que genera esta frase en ‘Espartaco’ es el mismo que despiertan las Reproductoras del dictador Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) en Max Rockatansky (Tom Hardy). En primer lugar, porque el solitario, lacónico y traumatizado policía, únicamente desea recuperar su libertad sin importarle el resto –aunque finalmente cambie de parecer− y, en segundo lugar, porque Max no es el verdadero protagonista, sino Imperator Furiosa (Charlize Theron).

Tom Hardy en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Tom Hardy en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

El gran acierto de la última película de George Miller consiste, precisamente, en ese giro. Por supuesto, más allá del aire ecologista con el que cuenta la mayoría de las películas postapocalípticas, persiste la crítica a un totalitarismo feroz que domina los recursos naturales necesarios para la subsistencia de la humanidad, la cual queda reducida a mero producto útil para el sistema.

Ahora bien, la novedad estriba en quién ejecuta la revolución que permite el cambio, en quién exilia esa cosificación y derroca el antiguo régimen permitiendo el empoderamiento de quienes habían permanecido en la esclavitud tanto narrativa como cinematográfica.

'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

No cabe duda de que los escasos y breves momentos de calma frente a la velocidad extrema de la película, la puntería en el apartado musical –ese guitarrista infernal al que amarán los metaleros−, lo cuidado del atrezo, y esos paisajes simbolistas de fondos yermos a lo Delvaux, Khnopff, Spilliaert o Kubin, resultan grandes virtudes de ‘Mad Max’.

Sin embargo, esta cuarta entrega trascenderá por Furiosa y el papel concedido a las mujeres –de todas las edades y en todos los estados−, mucho más cercano a los de Sara O’Connor y la teniente Ripley que al tradicionalmente otorgado por las testosterónicas películas de acción.

Desconocemos si Miller o sus guionistas escuchaban el ‘Woman is the Nigger of the World’ de John Lennon o se hallaban bajo la influencia de Beavouir mientras diseñaban la nueva ‘Mad Max’; en cualquier caso, se agradece el viraje.

Charlize Theron en un fotograma de 'Mad Max: Furia en la carretera', de George Miller.

Charlize Theron en un fotograma de ‘Mad Max: Furia en la carretera’, de George Miller.

Tere Cabello

 

VLC…Negra seductora

VLC Negra
III Festival de Género Negro de Valencia
Del 7 al 17 de mayo de 2015

Tres años. Sólo tres años han bastado para que el Festival Valencia Negra eche profundas raíces y desarrolle una frondosa copa que da sombra a todo tipo de crímenes imaginarios generadores de ríos de sangrienta tinta. Nacido en plena crisis y sin apenas apoyo institucional, VLC es ya un referente en el circuito de encuentros de este tipo que jalonan la geografía española. Nada menos que 30 y en Francia se duplica esta cifra. Sin duda hay una insaciable sed de ‘mal’ de ficción, ansia de explorar el lado oscuro de la naturaleza humana, y el resultado es una seductora negra que, con mil caras, seduce a todos por igual.

Del 7 al 17 de mayo, en plena efervescencia primaveral, el festival concentra a 40 autores españoles y extranjeros, un tercio valencianos y organiza un mosaico de actividades complementarias y paralelas. Desde teatro y exposiciones fotográficas a talleres de escritura o infantiles. Una fiesta a la que todos están invitados.

Detalle de la portada del libro 'La ciudad de la memoria', de Santiago Álvarez. Editorial Tapa Negra.

Detalle de la portada del libro ‘La ciudad de la memoria’, de Santiago Álvarez. Editorial Tapa Negra.

“El éxito de la novela negra se explica porque se trata de un género contemporáneo sobre temas contemporáneos”, dice Santiago Álvarez, uno de los organizadores que se ha estrenado este año con ‘La ciudad de la memoria’. “Creo que nuestra mirada ha regresado, tristemente, a nuestra realidad social y personal de cada día. La novela negra nos ayuda a dar testimonio, a denunciar, a ser un escenario donde sacar a la palestra los problemas que más nos importan”.

Un hecho significativo de esta edición es la presencia de autores valencianos, varios de los cuales usan Valencia como escenario de sus tramas. “Hace cinco años se decía que los escritores valencianos de novela negra eran como francotiradores, que desde las azoteas disparaban palabras en la clave del género”, comenta Álvarez. “Esto ha terminado, y precisamente Valencia Negra es un buen instrumento para articular todos estos solistas y conseguir una buena banda”.

Otro objetivo de Valencia Negra es ser aglutinante cultural para los valencianos. “Queremos sacar el género negro de los rincones de los especialistas y plantarlo en la calle, que la gente lea, que escuche conciertos, que visite exposiciones, que se encuentre con nosotros y los artistas para hablar ello. En tiempos de crisis la cultura se convierte en uno de los pocos asideros para cultivar el pensamiento crítico”, concluye Álvarez.

Detalle de la portada del libro 'La mujer que no bajó del avión', de Empar Fernández. Editorial Off Versátil.

Detalle de la portada del libro ‘La mujer que no bajó del avión’, de Empar Fernández. Editorial Off Versátil.

Ellas también ‘matan’

Hace no muchos años Alicia Jiménez Bartlet era la única escritora española que firmaba en negro, como recordó en su reciente visita a la Fira del Llibre. Hoy las damas oscuras ocupan buena parte del damero de juego. Entre ellas destaca Dolores Redondo que estará en VLC el miércoles 13, la que más vende, pero ni mucho menos la única.

“Creo que el género negro permite una especie de cómodo voyeurismo, facilita poder abrir una ventana al lado oscuro que el lector puede cerrar a conveniencia”, dice Empar Fernández, autora de larga trayectoria que visitará VLC el próximo sábado 16. “En ese sentido satisface la curiosidad y te permite pensar que lo malo siempre les pasa a los demás”.

“No me gusta mucho diferenciar la novela escrita por hombres de la escrita por mujeres”, apunta. “Si debo destacar algún aspecto, creo que nosotras trabajamos mejor las emociones y la personalidad de nuestros protagonistas, intentamos dar más profundidad a los personajes y a sus reacciones. En ese sentido aportamos verosimilitud. También tocamos mejor los conflictos de origen doméstico y los secretos familiares”.

En cuanto a la finalidad de estos eventos, considera que sirven a los autores “para intercambiar experiencias de todo tipo y, muy a menudo, para compartir desdichas y lamentarnos por el mal momento que atraviesa el sector editorial. A los lectores, para conocer tendencias y novedades y, en ocasiones, para abordar a sus novelistas preferidos. Contribuyen a mantener vivo el género y a proporcionarle oxígeno”.

Detalla de la portada del libro 'L'any del devorador', de Emili Piera. El Petit Editor.

Detalla de la portada del libro ‘L’any del devorador’, de Emili Piera. El Petit Editor.

‘Arros Negre’

“La fascinación por la novela negra tiene muchos afluentes y causas,  y no es que su atractivo aumente en períodos de crisis, es que es entonces cuando parecen ‘cargarse de razón”, dice Emili Piera, uno de los autores que enriquecen el catálogo de novela negra en valenciano cuyo máximo exponente, Ferran Torrent, también publicó este año ‘Un dinar un dia qualsevol’.

“Hay tantos tipos de novela negra como autores, aunque como siempre digo, la novela es un artificio, un juguete, una paciente y larga máquina digestora”, añade Piera. “Cuanto más poseído esté el autor por la indignación y la voluntad de denuncia, más debe acercarse, me parece, a la crónica. Es lo que yo he hecho con ‘L’any del devorador’, un mural sobre el tiempo político que sufrimos vestido de novela más o menos policíaca. Con elementos de ciencia ficción y una geografía inventada para que no se lea, sólo, en clave valenciana”.

Detalle de la portada del libro 'El retornode l'Hongarés', de Anna Moner.

Detalle de la portada del libro ‘El retorn de l’hongarés’, de Anna Moner.

Otro título reciente en valenciano es ‘El retorn de l’hongarès’ de Anna Moner, que se ha documentado sobre las técnicas forenses del pasado para construir un relato peculiar que se acerca a la novela gótica. Un lugar común del género es que el protagonista salte de un libro a otro convirtiendo las obras sucesivas en un serial. Lo hace Juli Alandes con ‘Miquel O’Malley’ y Xavier Aliaga con ‘Dos metres quadrats de sang jove’ protagonizada por el inspector de origen guineano, Feliu Oyono.

A Rafael Melero no le hace falta documentarse mucho ya que como mosso d’esquadra conoce las técnicas policiales, además de consagrarse con su segunda novela, ‘La penitència de l’alfil’. Juli Alandes ganó el premio Octubre de novela con ‘Trencatenebres’ una investigación policial que tiene como trasfondo la historia del movimiento libertario.

Premio ‘Cosecha Roja’

El argentino Fabio Nahuel Lezcano acaba de ganar el premio de novela negra Cosecha Roja, en su primera edición organizada por la librería valenciana del mismo nombre. Su obra ‘Crímenes apropiados’ desarrolla, mediante el empleo de diversas estrategias narrativas, una apasionante trama en la que un asesino a sueldo y un periodista devenido en detective se verán inmersos en turbios episodios relacionados con el tráfico de bebés, la estafa, el fraude o la desaparición de personas en plena democracia y todo ello inscrito en el marco histórico de la convulsa historia argentina de las últimas décadas.

Detalle del cartel de VLC Negra.

Cartel de Valencia Negra, obra de Gustavo Ten. Cortesía de VLC Negra.

Bel Carrasco

¿Qué queremos? Igualdad y pluralidad

Hace justo una semana aparecía publicado en la revista MAKMA un artículo de Alberto Adsuara bajo el título “¿Qué quieren?: miradas de mujeres”. El título ya dice mucho de lo que posteriormente será el contenido del mismo, pues a través de esa pregunta, más su posterior respuesta, es presentada en palabras, una opinión sobre una cierta acción que visibiliza el trabajo de las mujeres artistas en nuestro país.

Según el autor, las mujeres no dejamos de quejarnos. Y quejarnos, junto con llorar, es algo que para el patriarcado ha sido muy femenino. Nos quejamos por quejarnos, sin razón y además con vacío de inteligencia. Pues yo le digo, como feminista y progresista, que esto es mucho más que una simple queja, como usted lo plantea, esto es un cabreo. Un cabreo a través del cual exigimos igualdad situando además la idea de diferencia en el centro de nuestra actividad, de ahí que nuestras miradas sean plurales, como también lo son nuestros cuerpos. De esta manera es como dejamos de ser “la mujer”, cuya falta de diferencias, nos equipara a una serie, y cuya singularidad y falta de individualidad, usted nombra en el artículo.

Las mujeres han creado desde el inicio de los tiempos. Otra cuestión es que sus obras hayan sido reconocidas y su huella haya sido respetada por las generaciones siguientes. Y a la vista está que esto no ha sido así porque la historia de cualquier disciplina ha sido escrita desde el punto de vista masculino. La cuestión no es tener un pene o una vagina para poder ejercer o no de artista, porque el feminismo es plural, como lo son nuestros cuerpos, sino que es una cuestión mucho más peliaguda donde intervienen otros intereses. La mirada masculina ha sido la que ha dominado y preservado su estatus dentro de la Historia del Arte, plasmando en los lienzos cuerpos de mujeres desnudas para su propio deleite y disfrute erótico, algo que podemos comprobar a través de un paseo por las salas de un museo como el Prado. Nosotras no hemos entrado a los museos como artistas por derecho propio sino como mujeres desnudas objetualizadas, algo que muy bien denunciaron a partir de los años setenta del siglo XX las Guerrilla Girls y que continúan denunciándolo.

A lo largo del artículo usted coloca a las mujeres en una posición subordinada e incluso nuestras demandas de igualdad las pone en entredicho al cuestionarse que no sabe muy bien lo que perseguimos, si presencia o poder. Yo le digo que ambas cosas. Presencia para que nuestros trabajos sean visibles, y poder, o mejor dicho y utilizando un lenguaje feminista, que el arte sea una herramienta a través de la cual podernos empoderar visibilizándose nuestros trabajos y las diferencias con el patriarcado en los diferentes ámbitos artísticos. Pero no se crea que por tener una vagina nuestro trabajo está vacío de contenido intelectual y que por este motivo para el día 8 de marzo las salas se tengan que abrir para que expongamos únicamente a lo largo de ese mes. No, para nada, pues nuestro trabajo es mucho más que arte hecho por mujeres con toda la carga de negatividad que el patriarcado ha otorgado a la palabra femenino, porque nuestro trabajo es político, combativo y resistente.

Cada mes de marzo se nos recuerda que la igualdad, aunque pensemos que no es una utopía, no es real. Sí, ese mismo día, junto con el 25 de noviembre, en el que aparecen diferentes estadísticas sobre brechas salariales y de cifras de violencia de género y de feminicidio que nos estampan contra la cruda realidad y que nos recuerdan que todavía nos queda mucho camino por recorrer. ¿Nos estamos quejando también?

Como usted sabrá el artículo 26 de la Ley de Igualdad del año 2007 plantea acciones positivas, que no discriminaciones positivas que fomenten la participación de las mujeres en una sociedad que no es igualitaria. Una de esas acciones positivas ha sido el Festival Miradas de Mujeres que usted nombra en su artículo, así como el resto de festivales sobre mujeres artistas y diferentes exposiciones y conferencias que favorecen nuestro empoderamiento. Pero vayamos por partes. Esas acciones positivas, que usted considera que nosotras las imponemos (por cojones) y que nos las paga el papá estado, fomentan la igualdad partiendo de la base de que existe una desigualdad, y a través de la misma acción positiva se pretende que no se prive a la población de un país de poder disfrutar del trabajo realizado por mujeres artistas. Estas acciones positivas abren nuevos caminos, nuevas perspectivas y también nuevas miradas. Nosotras no llevamos ningún tipo de etiqueta en la que se nos identifique como mujeres discriminadas. Para nada, sino que consideramos que nuestro trabajo también es una herramienta para visibilizar la desigualdad de una sociedad patriarcal que impide que nuestras miradas se renueven. Y de eso se trata, de renovación, de regeneración y de que lenguajes anquilosados en el pasado, den paso a fuerzas performativas que produzcan nuevos efectos en la sociedad para dejar de ser lo otro del sistema.

Dentro del mismo artículo usted nombra que tras la finalización del franquismo las mujeres galeristas fueron las que ostentaron el poder en el arte, las mismas que subvirtieron aquello que Dalí consideraba de nosotras y que manifestó en presencia de Juana Mordó: “las mujeres no pueden hacer nada en materia de arte porque les faltan los testículos”. Pero que haya mujeres galeristas importantes en este país, no significa que la igualdad reine en el mundo del arte. Por ejemplo le recuerdo que los grandes museos de nuestro país siguen siendo dirigidos por hombres como es el caso del IVAM, dirigido por José Miguel García Cortés, el Reina Sofía, dirigido por Manuel Borja-Villel, el Museo del Prado dirigido por Miguel Zugaza o la dirección artística del Museo Thyssen que le corresponde a Guillermo Solana. Y sí, las mujeres formamos parte de sus equipos directivos de conservación y de restauración, pero los grandes puestos de trabajo les corresponden a ellos, por lo que tal vez le suene qué es el techo de cristal, tan sutil, apenas perceptible, pero muy duro de romper.

Una asociación como MAV (Mujeres en las Artes Visuales) a la cual le remito, y organizadora del Festival Miradas de Mujeres, cada año publica diferentes informes sobre el panorama artístico actual en el que las mujeres todavía jugamos con bastante desventaja, a pesar de ser muchas más las alumnas matriculadas en las facultades de Historia del Arte y de Bellas Artes. Sin ir más lejos, solamente un 23% de mujeres artistas han expuesto este año en ARCO[1]. Por lo tanto, desde el Festival Miradas de Mujeres y desde el feminismo estamos llevando a cabo prácticas que nos permitan alcanzar una cultura democrática de la que nutrirnos todos y todas. Nosotras ya tenemos claro que tanto nuestros cuerpos, como nuestras miradas son plurales, son diversas, pero en concreto usted no, porque como feministas y plurales no nos califica, sino, más bien y esto es mío, como hembristas, como lo opuesto a machismo porque usted ve quejas femeninas donde yo veo masculinidad herida y molesta. Así que para aclarar términos y posturas, le remito a la definición de feminismo, a su diversidad y a su pluralidad y a sus ganas de expansión.

Teresa Legarre, Irene Ballester y Lucía Peiró, junto  a Álvaro de los Ángeles (de espalda), Salva Torres y José Luis Pérez Pont. Foto: Consuelo Chambó.

Teresa Legarre, Irene Ballester y Lucía Peiró, junto a Álvaro de los Ángeles (de espaldas), Salva Torres y José Luis Pérez Pont. Foto: Consuelo Chambó.

Irene Ballester Buigues


[1] Informe MAV nº 14: presencia de mujeres artistas en ArcoMadrid 2015
http://www.mav.org.es/index.php/observatorio/informes-y-propuestas