IVAM: acogedor e inhóspito paisaje

El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM
Instituto Valenciano de Arte Moderno
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 15 de febrero, 2015

“El paisaje es antropomórfico. Por eso la belleza –o su reverso, la fealdad- es uno de los parámetros primeros de todo paisaje. Y por eso, junto a esa belleza o fealdad del paisaje, postulamos enseguida su habitabilidad o inhabitabilidad, su carácter acogedor o inhóspito”.

El paisaje del que habla Jesús González Requena en ‘El paisaje: entre la figura y el fondo’ posee los emblemas del sujeto que lo habita. No hay paisaje sin mirada que se haga cargo del espacio abierto ante sus ojos, ya sea para sentirse acogido por lo que ve o sobrecogido por aquello que hiere su visión. Todo sujeto expuesto al paisaje siente en sus carnes alguna vez ese temblor propiciado por la visión acogedora o hiriente del espacio exterior.

Fotografía de Robert Doisneau en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Robert Doisneau en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’ ofrece un amplio muestrario de ese carácter acogedor o inhóspito de las ciudades, en tanto naturaleza domeñada por el hombre. Pero naturaleza al fin y al cabo. De ahí que sus edificios, calles, avenidas y parques, al tiempo que se doblegan al urbanismo, a su tejido arquitectónico, muestren igualmente su fuerza telúrica, aquella que sobreviene de la tensión entre sus luces y sombras.

Fotografía de Robert Frank en 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Robert Frank en ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Ana Lozano, comisaria de la exposición, ha seguido el trayecto propuesto por Italo Calvino en ‘Las ciudades invisibles’. Más o menos. De manera que las 75 imágenes de ese paisaje urbano se hallan divididas en apartados como ‘Las ciudades y los ojos’, ‘Las ciudades y la memoria’, ‘Las ciudades y el deseo’, ‘Las ciudades y los signos’ o ‘Las ciudades escondidas’, por citar algunos. Y siguiendo a Calvino, diríase que esas ciudades expuestas van desvelando sus misterios contenidos, como las líneas de una mano, “en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras [o] en las antenas de los pararrayos”.

Fotografía de Dis Berlin en 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Dis Berlin en ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Misterios que nos devuelven ese carácter antropomórfico del paisaje, en tanto conformado por líneas, rectas o curvas, transversales, objetos y figuras que dejaron huella indeleble en nuestro inconsciente. Serán por tanto bellos los paisajes que acolchen el fondo opaco del que procedemos y serán feos aquellos otros cuya visión desgarre ese tejido de signos y de imagos placenteras, para mostrar su fondo hiriente, angustioso.

Fotografía de Franco Fontana en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Franco Fontana en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Hay signos, y muchos, en las imágenes de Carlos Cánovas, Gabrielle Basilico, Horacio Coppola, Franco Fontana o Robert Frank. Signos industriales (puentes, trenes, grandes edificios) y signos urbanísticos del trazado de sus calles, ya sea a pie de asfalto o a vista de pájaro. Los hay igualmente en Walker Evans, Kineo Kuwabara o Lee Friedlander. Pero todos esos signos, que Italo Calvino atribuye al carácter redundante de la ciudad, repitiéndose “para que algo llegue a fijarse en la mente”, no dejan de lindar con ese otro carácter de los signos conformadores de una lengua, “pero no la que crees conocer”.

Fotografía de Carlos Cánovas en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Carlos Cánovas en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

De manera que, si bien en apartados diferentes, esas otras imágenes que apuntan hacia lo ininteligible de ese lenguaje de signos terminan confundiéndose con aquellas otras. Gilbert Fastenaekens, Francisco Gómez, Ian Wallace, Grete Stern o Manuel Esclusa movilizan esos signos urbanísticos en la dirección del misterio que la ciudad redundante en apariencia escondía. Si exceptuamos los casos de Eduardo Arroyo, Dis Berlin y George S. Zimbel (Billy Wilder y Marilyn Monroe), en los que la ciudad es sobradamente pictórica o nostálgicamente cinematográfica, ‘El paisaje urbano de la Colección de Fotografía del IVAM’ diríase toda ella penetrada por la melancolía.

Fotografía de Lee Friedlander en la exposición Colección Fotográfica del IVAM.

Fotografía de Lee Friedlander en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Salva Torres

Escario: espacios para la felicidad y la salud

La arquitectura de Antonio Escario, por Javier Domínguez
Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia
Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla La Mancha
Biblioteca TC

La arquitectura es una de las Bellas Artes, sin embargo lo artístico brilla por su ausencia en la mayor parte de las ciudades, ruidosos monumentos a la fealdad. Hay sin embargo héroes esforzados que luchan en el bando de la belleza, como el arquitecto Antonio Escario (Albacete, 1935) que ha dejado su impronta en edificios emblemáticos como La Pagoda, el Hotel Bali de Benidorm o la Facultad de Farmacia de la Universitat de València.

Escario se define como un arquitecto de acción. “Cada vez que hay que hacer un trabajo es para dar un servicio”, decía en una entrevista. “No concibo que se hagan esculturas para vivir, sino que de la consecuencia de lo que te pide la sociedad, tienes que dar el servicio y además sacar partido formal porque va a durar muchos años. Con ese planteamiento los proyectos te salen, por lo menos, vitalistas”.

Museo Arqueológico, Enológico y de Bellas Artes de Albacete, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Museo Arqueológico, Enológico y de Bellas Artes de Albacete, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Obra cumbre

Con motivo del nombramiento de Escario como Mestre Valencià d’Arquitectura en 2013, máxima distinción a la trayectoria profesional que concede el Colegio de Arquitectos, el también arquitecto que fue su discípulo, Javier Domínguez, ha publicado una monografía sobre su prolífica obra que resume cinco décadas de incansable actividad.

Merecen atención especial el Museo Arqueológico de Albacete y el Oratorio de San Felipe Neri, ópera prima del arquitecto, construida en 1963, cuando tenía sólo 28 años. Domínguez  la considera  su obra más relevante, expuesta en el Pabellón de España de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2014 como uno de los ejemplos de la arquitectura española del siglo XX.

Javier Domínguez, autor del libro 'La arquitectura de Antonio Escario'. Imagen cortesía del autor.

Javier Domínguez, autor del libro ‘La arquitectura de Antonio Escario’. Imagen cortesía del autor.

«Los Filipenses es una obra magnífica que evoca referencias, como la capilla de Notre Dame-du Haut de Ronchamp (Corbu), o The Unitariam Church de Shorewood Hills (Wright). Inspirándose en Ronchamp, Escario concibe la techumbre como analogía del barco de la salvación judeo-cristiana. La envolvente asemeja un cascarón revestido de madera que flota sobre la nave y se distancia de los muros de mampostería laterales dejando entrever una fina rendija de luz».

Escario se mantiene fiel a su concepto arquitectónico, «la  búsqueda constante de un espacio construido al servicio de la felicidad y la salud de las personas». Domínguez resalta «sus continuos aciertos tipológicos, su mimo en la austera concreción constructiva, y su capacidad para poner en valor un elemento tan natural y sostenible como el ladrillo, en la mejor tradición de la escuela holandesa».

Antonio Escario se adelantó a su tiempo y de ahí la presencia y actualidad de muchas de sus obras como el Museo Arqueológico, Etnológico y de Bellas Artes en Albacete, la Facultad de Farmacia de la Universitat de Valéncia (Premio Nacional de Arquitectura 1992) o el Hotel Bali en Benidorm, el más alto de Europa.

Detalle de la portada del libro 'La arquitectura de Antonio Escario', de Javier Domínguez. Cortesía del autor.

Detalle de la portada del libro ‘La arquitectura de Antonio Escario’, de Javier Domínguez. Cortesía del autor.

Enseñanza y rehabilitaciones

La monografía de Domínguez analiza la particular visión de la enseñanza de la arquitectura de su maestro. Destaca su contribución a revalorizar sin excesos el hábitat, la vivienda moderna. «Espacios íntimos de la vida cotidiana que dignificó, demostrando que lo contemporáneo es perfectamente compatible con lo vernáculo».

También las rehabilitaciones de La Nau y el Rectorado, antigua Facultad de Ciencias, que Escario afronta en plena madurez y que Domínguez juzga como las mejores de su carrera. «En ellas precisa un diagnóstico exacto, tanto técnico como histórico del perfil biográfico de ambos monumentos. Formuló soluciones integradoras que asumen los atributos tipológicos, constructivos y funcionales en su totalidad», concluye Javier Domínguez.

Otras proyectos significativos de Escario son: el Hospital Siquiátrico de Albacete, el Edificio Hispania en Murcia, con Vidal y Vives (Premio a la Calidad en la Edificación 2004), la Facultad de Farmacia (Premio Nacional de Arquitectura 1992 ), el Instituto de Investigaciones y Actividades Deportivas, la Tesorería de la Seguridad Social de Sevilla, con Francisco Candel, la Oficina de Armonización del Mercado Interior –OAMI, en Alicante, el edificio Santa Margarita, el Hotel Bali de Benidorm, la Torre Ripalda (La Pagoda) o el aeropuerto de Vigo.

La Pagoda de Valencia, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

La Pagoda de Valencia, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Bel Carrasco