Cómo salirse del cuadro

‘Niños del Mundo’
Sala de la Junta Municipal
C / Micalet, 1. Valencia
Hasta el 23 de octubre de 2016

Del barro al bronce. De la madera al mármol. De la piedra al hierro. La materia inerte se ofrece voluntaria para adquirir categoría de obra de arte en la mano de los creadores. El material que cada uno elige para expresarse lo define, no sólo como artista, sino también como persona. Simboliza su talante y personalidad.

María Gómez ha escogido uno muy original, ligero y maleable, cartón piedra, un soporte vinculado a la tradición fallera que convierte en seña de modernidad y universalidad en sus últimas exposiciones, y que, como ella dice, le “permite salir del cuadro”. Bajo el título ‘Niños del Mundo’ sus obras más recientes pueden verse en la Sala de la Junta Municipal, en la calle Micalet, 1, hasta el día 23 de octubre.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

“El tema de esta exposición son los niños que padecen la tragedia de las guerras”, dice Gómez. “Llevo años trabajando el mundo interior del ser humano. Me interesa mucho la comunicación de la obra con el  observador. Pienso en el diálogo que establecen, porque cada espectador tiene sensaciones y percepciones distintas, según su personalidad. Lo importante es que nadie queda indiferente, de una manera u otra los conmueve. Me interesan los profundos silencios de los observadores durante largo tiempo al observarlas. ¿Qué piensan? Quizás asocien similitudes de estadios paralelos, pensamientos, o bien, reconocerán en ellas retazos de ellos mismos.  El expresionismo, tal y como lo trabajo, me permite deformar levemente lo que me interesa para evidenciar,  estimular o prescindir de elementos, según el objetivo de lo que quiero expresar”.

El ser humano está siempre presente en el trabajo de Gómez, “expresando lo intangible, por eso sus actitudes o gestos son estáticos, no hacen nada en concreto pero sus cuerpos tienen una presencia rotunda. Muestran algo que no podemos descifrar claramente pero que penetra de un modo inconsciente.  Me centro en las miradas que ni acusan ni demandan, sólo producen inquietud”.

María Gómez, en pleno proceso creativo. Imagen cortesía de la autora.

María Gómez, en pleno proceso creativo. Imagen cortesía de la autora.

Gómez utiliza la técnica de cartón piedra desde hace cinco años, un proceso muy antiguo utilizado tanto en escultura de gran nivel como en ornamentación que hoy día se identifica con la llamada escultura ligera. “Es la misma técnica que usaban antiguamente los artistas falleros”, explica. “Se trata de encolar entre sí pedazos de cartón en el interior de un molde, hasta que toma el grosor adecuado. Una vez seco queda una estructura escultórica bastante resistente, a la que se le puede añadir pigmentos en la superficie. Hay ejemplos de gran calidad en escultura religiosa antigua”.

Ella sólo utiliza papel y colas, “no hago ni modelo en barro, ni molde de yeso. Realizo la escultura directamente en el aire, es decir, sin molde. El proceso es complejo pero, a pesar de ello, es más libre en la gestualidad y evito los pasos anteriores del modelado en barro y la realización de los moldes de yeso. Así pues, comienzo el trabajo pegando el papel en un mástil de madera y poco a poco  aplico los papeles a medida que van secando y tomando cuerpo formando al mismo tiempo, la anatomía y los rasgos de la escultura. Las formas de los cortes, orientación y colocación del papel son los que marcan los volúmenes anatómicos de la escultura. A medida que va tomando forma, refuerzo el interior y exterior en pequeñas capas. Finalmente, en el interior adhiero telas para mayor consistencia y un varillaje o estructura interna en madera que arma la figura, quedando muy resistente a los golpes y al deterioro como cualquier otro material”.

María Gómez junto a su 'Niños del Mundo'. Imagen cortesía de la autora.

María Gómez junto a su ‘Niños del Mundo’. Imagen cortesía de la autora.

Las posibilidades expresivas de este material en su caso “son extraordinarias porque se adapta a mi modo de trabajar debido a que acorto parte del proceso  permitiéndome manejar a mi antojo la anatomía según me sugiere cada forma, cada músculo, cada gesto. Así, construyo poco a poco la figura visualizándola a medida que emerge a partir de un pequeño trozo de cartón. Por ello, cada escultura es un mundo de exploración, que en su comienzo, aunque la idea está en la mente, su proceso creativo puede llevarte por derroteros muy interesantes en cuanto a la expresión de los rostros y la gestualidad del cuerpo”.

Gómez combina su faceta creativa con la actividad docente como profesora en la Facultad de Historia del Arte y restauradora especializada en la recuperación de cuadros quemados. Realizó un extraordinario trabajo en el retablo de San Miguel del maestro Gabarda en la Catedral de Valencia.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Niños del Mundo, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

En la muestra se pueden ver también fotografías de Alfredo G.Carbonell y obra pictórica de Antonio Camaró.

Bel Carrasco

Allan Poe se hizo verbo en Jack Mircala

Jack Mircala and The Art of Extraordinary Tales
Librería Estudio 64
C / Benicolet, 2. Valencia

El mundo es injusto. Eso es algo que todos conocemos, una frase manida sin demasiado sentido, pero que cuando la aplicas a tu día a día cobra un especial significado. El arte es injusto también. Triunfan, en el sentido más crematístico, los que mejor saben adaptarse a las demandas del mercado o los que generan ese mercado, tal vez inexistente antes. Crear algo de la nada es prácticamente imposible en nuestros días, donde parece que tras Warhol o Pixar poco se ha creado; pero no, a veces, aunque muy pocas, la campana de la creatividad aparece, y suena en algún lugar, en alguna cabecita.

El nicho creativo se descubre a sí mismo, y es uno quien lo explora, a veces con miedo, otras con pasión. ¿Dioramas realizados con cartulinas de colores, representando imágenes bucólicas de Poe?¿Quién habría pensando eso? Primero, ¿existía la técnica? Si no existía, había que crearla y rodearla de unos códigos estéticos, trazar una imaginería, en cierta parte adoptada de Tim Burton y en otra de cosecha propia. Inventar el lenguaje con el que transmitir, algo difícil cuando la obra es estática, pero a la vez se mueve entre las neuronas de forma abstracta e inquietante. Explicar la técnica, algo que parece caminar por el desierto en un país aborregado. ¿Es sólo cartulina y mis ojos hacen el resto?

Jack Mircala edifica un estilo, una técnica, la moldea a su gusto, creando un universo de lenguaje poético, con aire dramático y que supura la esencia de su creador hasta límites insospechados. Inventa un mundo vaporoso, iriscente, regado de iconografía funesta, pero mágica. La primera vez que mis pupilas enfocaban hacia su obra, algo palpitaba en mi interior, ¿estaría sintiendo lo mismo que aquel que vio por primera vez ‘El Grito’ de Edvard Munch, sin saber de qué iba eso del expresionismo?

Jack Mircala junto a dos jóvenes fans. Fotografía: Lorena Riestra.

Jack Mircala junto a dos jóvenes fans. Fotografía: Lorena Riestra.

Jack ha venido a Valencia, un acontecimiento para la ciudad, no viene un creador, viene el padre de la técnica. Su fundador y ejecutor. Su presencia se la debemos a dos fans, de esas que rebuscan en insólitas aventuras de recortables y pegamento, y descubren el tesoro de Mircala. Unas chicas que siguen a un autor casi de culto, no por su obra, que lo debería ser, sino por ser minoritario, una injusticia en toda regla. ¿Cómo puede ser minoritario un genio?

Jack Mircala es un genio. Un artista sin parangón, porque su obra es única y en cierta medida transgresora. Nos muestra su mundo interior sin miedo a escenificar sus referentes, como bien hacía Dalí con su admirado Velázquez. Un universo extraño para el común de los mortales, que no aprecian detalles que denotan su amor por el clasicismo en obras como ‘El nacimiento de Venus’ de Botticelli o  Peter Pan y sus humeantes tejados londinenses.

Necesitamos que llegue lejos, no por él, que sin duda, ya os lo digo yo, se lo merece, sino por la humanidad. Por esa humanidad que dejó de soñar con mundos fantasiosos y que se creyó aquello de que todo estaba inventado ya. Tiene que convertirse en un autor de referencia para que la gente aprecie y disfrute de su obra, para que el público conozca un artista diferente, arriesgado e inusitado. Ha de llegar más lejos, no por él, repito, sino por mucha gente que precisa en conocerlo, en disfrutarlo, en saber de su obra para admirarla.

Dejarse llevar por los sentimientos que evocan sus imágenes detenidas en el tiempo, de colores pastel y brillos subacuáticos. Los genios no deben estar ocultos, solo un esnob diría tamaña imbecilidad, no deben ser minoritarios, deben abarcar cuanta más gente mejor. Necesitamos arte, cultura y creatividad.

Jack Mircala junto a Javier Caro y Lorena Riestra.

Jack Mircala junto a Javier Caro y Lorena Riestra.

Jack presentaba su última obra ‘Jack Mircala and The Art of Extraordinary Tales’, un libro que resumía su trabajo para la película ‘Extraordinary Tales’ (2015) de Raúl García. El lugar elegido para dar a conocer los entresijos de tan admirable trabajo de animación fue la librería Estudio 64. La película está dividida en cinco segmentos o historias, cada una con una animación diferente (un trabajo muy arriesgado), a Jack le tocó vertebrar esas historias (‘La caída de la casa Usher’, ‘El corazón delator’, ‘La verdad sobre el caso del señor Valdemar’, ‘El pozo y el péndulo’ y ‘La máscara de la muerte roja’), que son de Allan Poe, a través de sus dioramas. Una película donde participó Christopher Lee, en el que fue su último trabajo, poniéndole la voz a la narración.

La casualidad hizo que Raúl conociera a Jack y que ambos pudieran llevar adelante este film, que todavía no ha encontrado distribución en España, aunque en otros países con un público más maduro en la animación sí. La librería estaba llena, algo que preocupaba mucho a Vanessa Vaquer y a Isabel Hernández (así, con apellidos, porque son gente importante); comprensible, siempre produce un poco de vértigo la insuficiencia de público a un evento donde has puesto todo tu cariño.

La presentación fue amena, Jack parecía el cuervo de Poe mientras hablaba, tranquilo, impávido, viendo el gentío, viendo las miradas curiosas por esas inquietantes figuras de cartulina y pegamento que parecen mirarte de forma inmutable. Fue un placer cómo Jack, con su habitual amabilidad y cercanía, departía con los asistentes, cómo las botellas de vino eran ingeridas entre risas y charlas, y cómo The Cure sonaba aderezando la tarde de un modo cuasi hipnótico. Tras la presentación, muy bien acompañada por Javier, uno de los dueños de la librería, la firma, y tras asegurarnos que en esa fabrica de ideas que tiene por cabeza, todavía hay sitio para más proyectos, nos marchamos a cenar con el autor y su grupo, muy agradable, de fans/amigas a un bar cercano.

La charla versó sobre su viaje a EEUU para presentar la película de la mano de Raúl, y sobre la exposición de los materiales artísticos desarrollados para el metraje en el Center Stage Gallery de Los Angeles. Descubrimos su pasión por la horchata, ¿qué tendrá ese brebaje que atrae tanto a los forasteros?, por Sisters of Mercy y por un buen chivito. Entre tanta conversación a uno le invade la rabia, una rabia porque es conocedor de lo que se está perdiendo el público, ese público al que a veces hay que darle las cosas a cucharadas y por televisión, pero que suele admirar la belleza cuando la tiene a pocos palmos de la cara.

Duele comprobar que no sabemos reconocer el arte y la creatividad cuando sale de nuestra cantera, cuando es parte del ADN de tu pueblo, lo buscamos fuera, apelamos a la grandiosidad de otras culturas, de otros artistas, de otros conceptos y nos olvidamos de lo que se cuece aquí. Viendo una obra tan interesante como la de Mircala uno se pregunta, ¿cómo es posible que alguien no entienda la fuga de cerebros y creatividad de España? Estamos matando al padre.

Jack Mircala junto a Vanessa Vaquer e Isabel Hernández.

Jack Mircala junto a Vanessa Vaquer e Isabel Hernández. Fotografía: Lorena Riestra.

Javier Caro

Del análisis al desgarro: vanguardias en el IVAM

Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)
IVAM
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 10 de abril de 2016

José Miguel Cortés ha decidido, desde que se puso al frente del IVAM, airear sus fondos. Y como posee uno de los mejores, se trataba de dotarlos de coherencia argumental para exhibirlos a modo de brillante buque insignia del museo valenciano. Ahora le toca el turno a las vanguardias históricas, cuya selección de un millar de obras pertenecientes a la Colección del IVAM ocuparán durante todo un año las salas 3 y 4. Clasificada en torno a diez ejes temáticos, la exposición ‘Construyendo Nuevos Mundos. Las Vanguardias Históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’ muestra las dos vías que las llamadas por Ramón Gaya “artes marciales de vanguardia” dibujaron en la primera mitad del siglo XX.

Obra de la serie Utopía y revolución en 'Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)'.

Obra de la serie Utopía y revolución en ‘Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’.

Cortés, que junto a Josep Salvador es a su vez comisario de la exposición, subrayó que la muestra no se presenta de modo cronológico, sino de forma sincrónica uniendo las piezas mediante cierta trama argumental. De manera que lo que les une a Marcel Duchamp y Man Ray, con los que se abre el recorrido, Raoul Hausmann, André Kertész, Moholy-Nagy, El Lissitzky, John Heartfield o Josep Renau no es la temporalidad, sino la experiencia que proyectan sus visiones hermanas.

Carteles de la serie 'Utopia y revolución' en la exposición 'Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)'.

Carteles de la serie ‘Utopia y revolución’ en la exposición ‘Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’.

Visiones que los comisarios de ‘Construyendo nuevos mundos’ dividen en dos: una más poética y onírica, y otra de orden más analítico, a las que acompañan otras creaciones relacionadas con el arte de propaganda o crítica social. Todo ello bajo epígrafes temáticos del tipo ‘Entre la experimentación y las sombras’, ‘Cuerpos soñados’, ‘La fascinación por las máquinas’, ‘Utopía y revolución’, o ‘El misterio de las formas’, hasta completar los diez capítulos argumentales que conforman el recorrido expositivo.

Tostadora (Alemania, 1930) de la colección Alfaro Hoffman en la exposición 'Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)'.

Tostadora (Alemania, 1930) de la colección Alfaro Hoffman en la exposición ‘Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’.

Dos grandes vías o visiones, pues, de unas vanguardias artísticas que, como señala Jesús González Requena en ‘Occidente: lo transparente y lo siniestro’, tienen en común, a tenor de los mil manifiestos de sus diferentes movimientos, el rechazo de los discursos verosímiles, convencionales, en tanto faltos de autenticidad. De ahí el gesto de rebelión con el que los artistas vanguardistas construían su obra con radicalidad y vehemencia. En ese contexto de repulsa hacia el canon perfilado desde la Ilustración (de hecho el Romanticismo ya es un precedente de las vanguardias), los artistas seguirán esas direcciones apuntadas por Cortés y Salvador.

Cartel dadaísta en la exposición 'Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)'.

Cartel dadaísta en la exposición ‘Construyendo Nuevos Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’.

En una, más analítica, los artistas afirman la “dimensión cognitiva de su tarea” (González Requena): poéticas de la deconstrucción entre las que pueden reconocerse al cubismo, el constructivismo, el funcionalismo, el informalismo y el arte conceptual, entre otros. En la otra, más pasional, frente al análisis se levantaría la expresión, de manera que la experiencia se enfrenta al orden sintáctico, al entendimiento científico y racional, como serían los casos del fauvismo, expresionismo, dadaísmo, surrealismo y cierto futurismo; poéticas éstas del desgarro.

Imagen del video 'El retorno de la razón', de Man Ray en 'Construyendo Nuevos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)'.

Imagen del video ‘El retorno de la razón’, de Man Ray en ‘Construyendo Nuevos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945)’.

Dos visiones sustentadas entonces por un Yo analítico, “que se quiere protagonista racional tanto de su discurso como de la eficacia ulterior en la arena social” (de ahí la alineación de esta corriente con los movimientos de revolución social), y por un Yo desgarrado, heredero del “lacerado gesto romántico”, que rechaza toda pretensión de control y eficacia “para volcarse a la expresión dramática de su experiencia subjetiva”. Así es como van desfilando por la exposición ‘Construyendo Nuevos Mundos’, Duchamp, Ray, Marinetti, Richter, Kertész, Rodchenko, la Bauhaus alemana, Grosz, Delaunay, Arp, Masson, Renau, Torres-García u Óscar Domínguez, entre un largo etcétera de artistas vanguardistas de cuya intensa conciencia de escritura se hace eco la colección del IVAM.

Obra de Óscar Domínguez en la exposición 'Construyendo Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945).

Obra de Óscar Domínguez en la exposición ‘Construyendo Mundos. Las vanguardias históricas en la Colección del IVAM (1914-1945).

Salva Torres

Tiepolo y sus retratos de fantasía

Giandomenico Tiepolo
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 20 de abril, 2015

¿Pueden convivir las obras de arte sean de la época que sean? ¿El mural más reciente de Banksy o la última ilustración de Pawel Kuczynski por ejemplo con un grabado de Goya? Las afinidades y divergencias entre las obras podrían tener que ver, más que con el tiempo, con la manera de ver el mundo de los artistas. Miró puede ser más afín a un artista pictográfico de hace doce mil años que a cualquier expresionista de su época.

Los que se interesan sólo por lo último de lo último, o los que consideran que arte es sólo lo que hicieron los clásicos, o sea, que murió antes del impresionismo, creen en la idea de la evolución (o involución) del arte. Pero puede ser que no tenga nada que ver con eso. Que las obras simplemente coexistan.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Al fin y al cabo, la evolución es una idea que afirma la existencia de un punto fijo desde el cual arranca todo el proceso. Pero el caso es que aquí no hay ningún punto fijo, ningún centro sobre el que gire nada. Por tanto, no hay proceso lineal. Parece más bien que en el arte el punto es móvil y se desplaza con cada obra que se crea. Como si no pudiera parar quieto. Los estilos se suceden recogiendo elementos de los otros estilos, modificándose y envolviéndose continuamente. Es como un ADN en el que todo está en todo.

Por esas afinidades y divergencias, el tiempo, en el arte, se esfuma, y en su lugar aparece la simple comunicación entre las obras, que parecen hacerse confidencias, como invitados en una fiesta con ganas de conocerse, o que discuten y, al hacerlo, se revelan sus tensiones íntimas, como en una cena de navidad −aquello que más les preocupa o que precisamente mejor (o más dolorosamente) las define.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Bingyi, por ejemplo, con su pandemonium de luces y sombras, tendría mucho de qué hablar con Turner, pero también, por contraste, con su actual coetánea He Zhihong. Los poéticos paisajes de esta, a su vez, convivirían perfectamente con los de Constable, Friedrich o incluso Cézanne, pero se destacarían sobre todo si se encontraran con los de Van Gogh. O en fin, si los retratos en lejía de Barceló tuvieran delante los de Giandomenico Tiepolo que el Museo de Bellas Artes de Bilbao acaba de presentar en su nueva exposición, en colaboración con BancaMarch y Consulnor.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Cortesía de Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Cortesía de Museo de Bellas Artes de Bilbao.

No son retratos de personas concretas, sino de fantasía, es decir, son inventados. Y lo que Tiepolo ha inventado son tipos genéricos –tres hombres maduros con toque oriental y ocho mujeres jóvenes pintados con un estilo que recuerda a Rembrandt-. Están fechados alrededor de 1768 cuando aprovechó su estancia en Madrid, a donde había ido con su padre y su hermano para pintar al fresco varios techos del Palacio Real.

Al no representar a nadie en concreto, este artista se decide por pintar tipos, como si dijéramos a la manera de Jung, es decir, arquetipos. Su preferencia son los filósofos de la antigüedad, en cuanto a los hombres, y su ideal de belleza femenina en el caso de las mujeres (inocencia, austeridad, personalidad, decisión, bondad). Temas estos que, por sí solos, abren un sin fin de interrogantes.

Completa la exposición doce aguafuertes cedidas por la Biblioteca Nacional de España.

Retrato de mujer de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de mujer de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Pedro Paricio, rayos y centellas

Pedro Paricio
Galería Muro
C / Corregería, 5. Valencia
Hasta finales de noviembre

A Pedro Paricio lo descubrió Basilio Muro, poco antes de que pasara como un rayo por Halcyon Gallery de Londres. Cuenta el veterano galerista valenciano que Paricio le envió su obra por Internet en 2010. Como quería verla al natural, Paricio se vino desde Tenerife a Valencia y enseguida entró en una colectiva. “Le vendí lo que trajo”, recuerda Muro. Como recuerda que, al año siguiente, lo que valía 1.900€ pasó a venderse por 90.000. Corría, y de qué forma para Pedro Paricio, el año 2011. El año en que vendió en Halcyon Gallery toda la obra expuesta el día de su apertura.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Desde entonces, la obra de Pedro Paricio no ha hecho más que seguir la trayectoria que deja el rayo y la centella de que se nutre su propio trabajo. Porque rayos hay muchos en sus piezas de apabullante color y geometría. Como centellas golpean contra ese cielo arrebatado en forma de expresivos gestos. Y a base de rayos y centellas, o lo que es lo mismo, a base de chispazos eléctricos y cortocircuitos que parecen tejer insospechadas conexiones neuronales, la obra de Pedro Paricio ha ido tomando un extraño cuerpo.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Quizás se deba a la naturaleza propia del artista que siempre ha querido ser. “Cuando eres artista, la sociedad te permite hacer cosas que, de no ser por el arte, harían que te tacharan de loco. Escogí el arte porque quería vivir una vida diferente”. La máquina racional que supuestamente somos, y que en su obra diríase plasmada en esas formas geométricas, enseguida deja paso al deslumbrante color de alucinados gestos. De manera que toda su pintura se arrebata en torno a líneas que se quiebran por la fuerza de un fondo que, como si fuera un cráter, amenaza con destruirlo todo.

Basta fijarse en la pieza del Cardenal, que apunta hacia su admirado Bacon. La cabeza, todo lo geométrica que se quiera, descansa sobre unos hombros que van triturando esa geometría, en torno al pecho incandescente que alberga cierto rostro, cierta criatura. A la altura, pues, del corazón, algo inquietante provoca el desparrame formal de esa cabeza. Una vida, sin duda diferente, alojada en el interior mismo de esa otra vida más cuerda, más colorista, más geométrica.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Pedro Paricio no deja de trasladar a su obra ese vaivén entre los rayos, o corrientes eléctricas del cerebro, y las centellas que, a modo de fogonazos, vienen a perturbar la conexión lógica entre la causa y su efecto. Las obras expuestas en la Galería Muro, coincidiendo con el ‘Elogio de la pintura’, cuya muestra en el Museo Tenerife Espacio de las Artes (TEA) se inauguró al tiempo que la de la Valencia, reflejan esos dos mundos en conflicto que el artista acoge como revelación del ser. “Cuando estoy contento, voy a ver arte. Cuando estoy triste, voy a ver arte. El arte da sentido a mi vida”.

Una vida que Pedro Paricio, por ser diferente en tanto artista, muestra con toda sus contradicciones. La del ser racional próximo a perder la cabeza, y la del loco que se salva por la campana de un último gesto pletórico de sentido. Las referencias al cine (The Sopranos), la propia pintura (Cardenal) y, sin duda, también el humor (Helado atómico), convierten su pintura en un caleidoscopio de sensaciones tan pronto alegres por el arrebatado color, como alumbrando cierta tristeza al colisionar la geometría contra un fondo matérico.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Salva Torres

Rebeca Plana, en un lugar de la mancha

Top control, de Rebeca Plana
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Hasta finales de junio

Singular y plena de sentido la frase de Markus Lüpertz destacada en una de las paredes de La Gallera: “Tengo el deseo de la luz, pero estoy en la sombra”. La frase viene a expresar bien a las claras, que en su caso es bien a la sombra, lo que la propia Rebeca Plana muestra en su exposición ‘Top control’, serie de pinturas, algunas sobre colchones, dominadas por el intenso color, el trazo rotundo y las manchas. Singular y plena de sentido porque, al igual que Lüpertz, Rebeca Plana se deja llevar por cierta luminosidad interior, producto de su visceral forma de pintar, para reflejar las sombras de tan febril experiencia plástica.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Notorio, en este sentido, la utilización del colchón como soporte para algunas de las obras expuestas en La Gallera. La propia Rebeca Plana lo explica sin ambages: “El colchón porque ahí nacemos, dormimos, follamos y morimos”. Y por si hubiera alguna duda acerca de su directa forma de expresarse, verbal y plásticamente, agrega: “Me considero visceral. No me gusta la ambigüedad”. La visceralidad de su trabajo procede literalmente del lugar del cuerpo que la artista considera primordial a la hora de crear: “Pinto desde el estómago, más que desde el corazón”. Y a las pruebas hay que remitirse.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

‘Top control’ es una sucesión de obras, pensadas para ocupar el lugar que en su día fue recinto de peleas de gallos, en la que Rebeca Plana expresa su particular lucha con la materia. Una lucha, en cualquier caso, exenta de abismos interiores: “No creo en el pintor atormentado”. De manera que Rebeca Plana, dejándose llevar por las contracciones de su estómago, va soltando gruesas y rotundas pinceladas como expresión de esa visceralidad. Son obras, por tanto, producto más del cuerpo que de la mente; más fruto de los ácidos estomacales que del torrente sanguíneo impulsado por los latidos del corazón.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

Al no ser “pintora de caballete” (Rebeca, dixit), sus obras escapan al control del marco establecido, para expandirse por telas y colchones al modo en que lo hacen los sueños y, puestos a desear la luz encontrando la sombra, las pesadillas. De ahí ‘Top control’: “Yo no lo tengo, pero hay que pararse aquí en La Gallera”. De manera que Rebeca Plana, siempre atenta a esa “primera pincelada”, porque en su opinión “nunca hay una última”, pierde el control dentro de la seguridad de su taller, para terminar volcando tamaña visceralidad en el espacio expositivo que en cada caso ejerce de fin (provisional) de trayecto.

Diríase que a Rebeca Plana le duele el mundo y lo aplaca en sus trabajos mediante “saturación de color” y “manchas fuertes”. Los colchones en posición vertical, explicitando su imposible acomodo tradicional, son objeto de esa visceralidad plástica que deseando la luz se topa con el reino de las sombras. El gesto enérgico, abriéndose paso en la vida, es derroche de caudal en la obra de Rebeca Plana. Fiel a los dictados de su estómago, La Gallera arde en deseos motivados por tan efusivas manchas. ‘Top control’, a la espera de las próximas y siempre primeras pinceladas. La luz no encuentra forma de dar sentido a las sombras.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición 'Top control' de La Gallera.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición ‘Top control’ de La Gallera.

Salva Torres

Fuentes Fuertes con Alba Cabrera en Art Madrid

Rubén Fuentes Fuertes
Galería Alba Cabrera
Art Madrid’ 14 One Project
Galería de Cristal de Cibeles
C/ Montalbán, 1 Junto a Plaza de Cibeles. Madrid
Del 19 al 23 de febrero

Es la estética de la sinceridad y el desenfado de la que acaso fuera precursor Andrés Nagel en aquella caótica primera posmodernidad que vivió la España postfranquista, vacía de poder y ávida de alegría y transgresión: el arte como juego, como máxima expresión del triunfo de lo imaginativo y lúdico -e incluso de la cotidianidad como comedia, en el Almodóvar de aquellos años-, se impone sin dificultad sobre el arte riguroso y árido de la generación conceptual, como si no fuera el tiempo de pensar, sino el de lo impulsivo e irreflexivo.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

También se ha relacionado a Rubén Fuentes Fuertes (Valencia, 1979) con otros artistas expresionistas post-brut como Leiro o David Lechuga, amantes ambos de la talla directa, de los ecos primitivistas, del policromado, de lo figurativo y totémico, y en su obra pueden buscarse influencias de Baselitz, Richard Deacon o el mismo Arroyo quien, como Fuentes, cultiva un Pop peculiar e inconfundible.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de alba Cabrera.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de alba Cabrera.

En el proyecto que ha preparado para el programa One Project de Art Madrid’ 14, muestra su faceta más analítica y deconstructivista: si bien toda su producción se fundamenta en la reutilización de materiales desechados -en consonancia con lo que podríamos definir, en sentido Kraussiano, como una poética póvera impura- que en cierto modo afirman su condición de desechos desde las entrañas de la forma pura y sensual de la escultura, en esta instalación se lleva a cabo una separación radical de las diversas capas de realidad o de sentido, como diría Hoffmann, de suerte que los distintos componentes conceptuales, formales y matéricos de la escultura aparecen fragmentados, compartimentados, dispuestos incluso (materiales exhibidos en urnas, dibujos explicativos…) para la reconstrucción de un análisis museológico ficticio, irónico y poético.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

Obra de Rubén Fuentes Fuertes. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

 

Alonso y Gadea: mano a mano desvanguardista

Gabriel Alonso y Antonio Gadea. Mano a mano

Estudio Gabriel Alonso

C / Denia, 23. Valencia

Hasta noviembre

Gabriel Alonso (Ceuta, 1969) y Antonio Gadea (Valencia, 1965) hace ya tiempo que decidieron colgar los guantes de boxeo al que parece abocar el arte de vanguardia (Ramón Gaya lo llamó artes marciales de vanguardia), para explorar viejos territorios figurativos, actualmente en decadencia por el exultante dominio de la abstracción, ya sea analítico racionalista o pasional y desgarrada. Porque hubo un tiempo, sobre todo Gadea, en que ganaban incluso premios practicando cierto informalismo. Hasta que decidieron que el arte contemporáneo, brillando con una luz cegadora que impedía ver sus alargadas sombras, lejos de ofrecer libertad al artista, lo constreñía.

Siringe y Pan, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Siringe y Pan, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Así lo reconoce el propio Gabriel Alonso, valedor de lo que ha dado en llamar la “desvanguardia”, que vendría a ser lo siguiente: “El progresivo afán de muchos artistas de nuestra generación en pintar cada vez más figurativo, como si de lo que quisiéramos liberarnos fuera de la “libertad” que nos daba la abstracción (o exhibición del lenguaje en sí mismo) que por entonces imperaba en las aulas de bellas artes”. Y como “desvanguardia” sonaba, como le hizo ver un amigo, a desbandada, Gabri Alonso, en lugar de enmendarle la plana al amigo, metió más el dedo en la llaga: “Efectivamente lo es, porque somos muchos los que prefiriendo hacer a explicar hemos ido haciendo nuestro lenguaje pictórico cada vez más “legible” o “descifrable”, actuando de un modo paralelo al público en general, cada vez más indiferente hacia el arte contemporáneo”.

Obra de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Obra de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Si no fuera por lo poco dados que somos a la reflexión, la “desvanguardia” daría pie a un interesante debate. Porque lo cierto es que esa brecha entre lo figurativo y lo abstracto existe, sin encontrar vías productivas que grapen la herida. De momento, valga ese Mano a mano que sostienen Gabriel Alonso y Antonio Gadea, en el estudio del primero sito en la calle Denia del barrio valenciano de Russafa, para ir abriendo boca. Mediante una figuración entre grotesca (Alonso) e irónica (Gadea), ambos artistas nos confrontan con cierto clasicismo, pero revisitado. Así, la mitología occidental, que aparece mediante figuras reconocibles y títulos explícitos, acaba siendo volteada por la mirada acerada y siempre en alerta de estos dos “marginales” artistas.

Nacimiento de Baco, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Nacimiento de Baco, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Como apunta Gabriel Alonso, en relación a su partenaire, su obra giraría en torno al tema de “cómo la vanguardia ataca al viejo oficio de la pintura, personificado en héroes de la mitología clásica”. Esa tensión arrojadiza entre lo clásico y lo moderno es lo que hace saltar chispas en el Mano a mano entre Alonso y Gadea. No es un duelo en el O.K. Corral del clasicismo forastero enfrentado a los desmanes de la vanguardia mayoritaria, sino un toque de atención para extraer de los incomunicables senderos del arte un productivo diálogo. A no ser que el arte contemporáneo haya decidido separarse de una sociedad que necesita recuperar los espacios simbólicos del arte para articular su siempre conflictiva experiencia.

Antígona esterilizada, de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Antígona esterilizada, de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

  

Salva Torres