Recuperando la entropía

Entropía, de Araceli Carrión
Imprevisual Galería
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Inauguración: viernes 12 de febrero, a las 20.30h
Hasta el 31 de marzo de 2016

La obra que presenta Araceli Carrión pertenece a una serie que ella ha titulado Entropía. En un principio nos sorprende el título, porque nada en esta obra puede provocar en el espectador significación alguna de energía degradada. Al situarnos enfrente de su cuadro, de inmediato nos surge que bien podría titularse entropía recuperada.

Y esto sí que es lo más propio, lo más peculiar, de Araceli. Hace ya tiempo que seguimos con atención su obra, y durante todo este tiempo lo que hemos visto en ella, lo que la caracteriza, es la habilidad para recuperar objetos declarados insignificantes, tomados de acá y de allá, de ese lejano, y a la vez cercano, lugar donde habitan los objetos olvidados.

Osímoron, de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Osímoron, de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Ella recoge, con cariño minucioso, esos trozos de la realidad que han dejado de tener sentido, objetos dejados caer, objetos a, como diría Lacan, expulsados de la circulación significante.

Araceli ordena ese caos al que han sido desterrados, tal como Freud hizo con los restos declarados insignificantes por nuestro yo consciente, no tanto para darles sentido, sino para volver a tejer la trama del sujeto, un sujeto que tantas veces,  más de las que sería deseable, queda cercenado por criterios de normalidad.

Hace tiempo, más de un siglo, que la pintura se alejó de esos criterios oficiales, dictados por una norma, para recuperar no el sentido sino el gesto, el gesto primitivo que, en los albores de la humanidad, intentó alzar, por medio del arte, la carga pesada con la que la cría del homo sapiens hizo su aparición en el mundo.

Obra de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Obra de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

La pintura, en cierto modo, siempre labora en sentido contrario a la entropía. Es a ello a lo que llamamos sublimación. Desde Longino sublimar significa hacer de lo grave algo ligero, algo que nos levante el ánimo, que produzca en el otro, en el espectador, un más de energía. Es por ello por lo que el artista puede ser premiado con el reconocimiento de los otros; satisfacción, gratitud por ese aporte que nos llega sin esfuerzo alguno por nuestra parte.

Agradezcamos, pues, a Araceli su vocación, no sólo de artista, sino de trabajadora del arte. Agradezcamos esa pulsión, tan presente en ella, que se ejerce en sentido contrario a la pulsión de muerte. Recibamos con alegría esa mirada suya que busca, entre todos aquellos objetos que tantas veces miramos sin ver, aquellos que van a servirle para realizar su obra. Collages en los que, como en la presente obra, ella combina botones, papeles, caritas de muñecas de la infancia, rocalla, con elementos pictóricos, para crear un paisaje que evoca en nosotros un océano de formas primitivas que nos retrotrae al origen de la vida.

Nina, de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Nina, de Araceli Carrión. Imagen cortesía de Imprevisual Galería.

Maria Amparo García del Moral (Psicoanalista)

 

Rocío Villalonga. Éxodo o genocidio

Rocío Villalonga. El extraño flujo de la monarca
Galería Alba Cabrera, Valencia
C/ Félix Pizcueta, 20, bajo. Valencia
Inauguración: 12 de noviembre de 2015, 20h.

Reproducimos un fragmento del texto del comisario de esta exposición, acerca del proyecto de Rocío Villalonga, en el que la artista aborda la actual crisis humanitaria, que transita entre el éxodo o la migración, el destierro o el genocidio. Se trata de un nuevo trabajo de Villalonga, en el que destaca una gran instalación realizada ex profeso, que bien merece una visita.

«(…) Para abordar la cotidianidad no es posible abstraerse conscientemente de lo político, pues la lectura de un trabajo artístico no puede realizarse desligada de la realidad social que representa una determinada geografía y un determinado tiempo, pues de lo contrario nos quedaríamos en la superficie, en la anécdota. Rocío Villalonga, con su exposición en la Galería Alba Cabrera de Valencia, centra su atención en los desplazamientos no voluntarios de personas. Los movimientos migratorios no son un problema nuevo, ni es la primera vez que la artista lo trabaja en su obra. En esta exposición apuesta por formatos cargados de simbolismo, que trasladan al soporte artístico los aspectos múltiples de esta realidad fragmentada.

La ONU[1] planteó en el año 2000 la necesidad de combatir los desastres del mundo enunciando 8 objetivos de desarrollo para el Milenio, poniéndose como meta para lograr resultados el año 2015. La propia organización siempre ha reconocido el retraso que se cernía sobre el plan de trabajo establecido y la dificultad de cumplir con las previsiones. El ejercicio de la doble moral hace que los mismos estados que han contribuido a determinar una política de “tierra quemada” a favor de sus intereses, sin considerar las consecuencias humanas, ambientales y culturales, sean los que pretendan expiar sus culpas representando la figura del “donante”. Bien está que contribuyan económicamente a paliar los efectos de su codicia, pero mejor estaría si reconsideraran y modificaran los medios de explotación que emplean, para de verdad transformar la realidad del planeta. Tres cuartas partes del mismo agoniza claramente, pero en el mundo desarrollado, en la zona de privilegio, han estallado ya las alarmas que evidencian el fin de una era. La angustia humana, retransmitida por televisión durante años, provenía de lugares que nos resultaban lejanos pero, en una magnitud infinitamente menor, se ha trasladado ahora a nuestro propio escenario, para que entendamos un poco mejor su significado.

Las mariposas monarcas (Danaus plexippus) migran desde México a Canadá, y en años con vientos favorables llegan al suroeste de Gran Bretaña, a España, a Marruecos y a Rusia, siendo uno de los pocos insectos que logra realizar travesías transatlánticas. Pero lo más llamativo es que durante esos desplazamientos la mariposa se reproduce, muere y es su descendiente la que continúa el viaje sin haber recibido las enseñanzas parentales.

Rocío Villalonga toma como referencia el ejemplo de superación de esta especie para abordar la larga y dolorosa crisis humanitaria que obliga a millones de personas a abandonar sus entornos vitales para emigrar, para huir, buscando ponerse a salvo, persiguiendo el sueño de una vida mejor ante el fracaso de unos derechos humanos universales que, en realidad, no son más que tinta seca sobre papel.

Explica Enzensberger[2] que en todas las épocas ha habido grandes masacres y pobreza endémica; los enemigos eran enemigos, y los pobres eran pobres. Pero sólo desde que la historia se ha convertido en historia mundial se ha condenado a pueblos enteros declarándolos superfluos. Y curiosamente los autores de tales sentencias se mantienen despersonalizados: se llaman “colonialismo”, “industrialización”, “progreso tecnológico”, “revolución” o “colectivización”; las sentencias se dictan en voz alta y se ponen sistemáticamente en práctica, de modo y manera que a nadie le puede quedar la menor duda del destino que le ha sido asignado: éxodo o emigración, destierro o genocidio.

¿Por cuánto tiempo? ¿Por cuántas vidas?»

Rocío Villalonga. El extraño flujo de la monarca, 2015. Cortesía Galería Alba Cabrera.

Rocío Villalonga. El extraño flujo de la monarca, 2015. Cortesía Galería Alba Cabrera.

José Luis Pérez Pont


[1] http://www.un.org/spanish/millenniumgoals/
[2] ENZENSBERGER, Hans Magnus. La gran migración. Anagrama, Barcelona, 1992.

Heridas abiertas de la Guerra Civil

Trauma y Transmisión
Efectos de la guerra del 36, la postguerra, la dictadura y la transición en la subjetividad de los ciudadanos
Anna Miñarro y Teresa Morandi

La guerra civil española es uno de los episodios históricos sobre los que existe más bibliografía. Sin embargo, hasta ahora no se había publicado ningún estudio sobre el impacto psicológico que tuvo en quienes la sufrieron y sus descendientes. Es el objetivo de ‘Trauma y Transmisión. Efectos de la guerra del 36, la postguerra, la dictadura y la transición en la subjetividad de los ciudadanos’, un trabajo de Anna Miñarro y Teresa Morandi, que se presentó recientemente en la Universitat de València dentro de unas jornadas  sobre la memoria histórica.

“No hay ningún ciudadano del Estado español que no tenga marcas de la guerra civil, lo sepa o no, lo acepte o no, porque todos los que la vivieron han sido transmisores, incluso contra su voluntad, de las huellas y secuelas que les dejó el conflicto”, dicen las autoras.

¿Cómo afectó a la salud mental de los españoles la guerra civil y sus secuelas? 

Las guerras causan siempre un gran impacto, pero en el caso de la civil española, pese a  sus importantes  daños y efectos traumáticos, agudizados en la época dictatorial, fue imposible reconocerlo simbólicamente. Más tarde,  tampoco hubo una adecuada atención con el fin de que los ciudadanos desarrollaran sus propios recursos y evitaran sufrimientos que, al enquistarse, fueron transmitidos  a las generaciones siguientes. Este significativo silencio es un  síntoma más del trauma que aún se arrastra en nuestros días. Cuando no hay elaboración ni representación de la violencia sufrida, se produce una ruptura, y una pérdida de transmisión de la historia familiar y social. Así, el horror se inscribe, como un exceso innombrable, en el psiquismo de los padres, en el cuerpo y en las generaciones siguientes. La guerra provocó un viraje radical de lo familiar, lo íntimo hacia su contrario. Lo extraño, lo inquietante y lo siniestro, que introdujo profundas confusiones y transformaciones a nivel psíquico y en el entorno social y cultural, con lo que se perfiló un contexto social siniestro.

Portada de libro.

Portada de libro ‘Trauma y Transmisión’, de Anna Miñarro y Teresa Morandi.

¿Estos traumas incidieron más en el bando de los vencidos?

No se trata de ver quiénes sufrieron más, sino de reconocer que el golpe franquista y la dictadura atentaron contra los derechos humanos, y ese atentado recayó más del lado de los que lucharon por la República. Cuando acaba la guerra, no cesa el conflicto. Es decir, no acaba para todos igual,  porque no hubo paz, sino victoria de unos sobre otros y la dictadura lo hizo sentir con un ensañamiento que desató una violencia y humillación sistemática, especialmente en las clases bajas. Los vencidos se vieron forzados a renunciar a sus ideales, a esconder sus duelos, incluso dentro de sus propias familias,  a sufrir en silencio el sentir vergüenza y culpa por los suyos. la transmisión de lo traumático a sus hijos y nietos.

En muchos ciudadanos lo experimentado, vivido y sufrido por la primera generación ha quedado sin elaborar, e incluso enquistado, produciendo malestar psíquico, e incluso psicosomático, en ellos  y en sus descendientes.  La oleada de asesinatos, desapariciones, exilios y destierros, no permitió hacer duelos. En cambio se instaló el silencio, la voz de los sin voz, de los vencidos metáfora de todos los horrores sufridos por una sociedad secuestrada por el terror, rota por el dolor y por la pérdida de todo lo valioso.

¿Todavía se detectan en la sociedad española actual síntomas de esos trastornos?

La amnesia colectiva, aquella que pretendía anestesiar la sociedad durante la Transición, fue en sí misma la constatación de que las heridas del pasado no han cicatrizado psicológicamente hablando. El trauma perdura, no sólo en los ciudadanos que lo sufrieron, sino en el imaginario social. La primera generación  y una parte de la segunda, recibió de lleno el impacto de la guerra y la represión, y en ellos se produjo un vacío aunque el dolor estaba presente y no podía mostrarse mediante palabras lo que  generó un gran desmantelamiento a nivel psíquico y afectivo.  La segunda y la tercera generación heredaron parte de las secuelas por el duelo inacabado, pues los duelos no cerrados son como hemorragias abiertas. Los no elaborados por una generación tienen consecuencias en las siguientes. Sin embargo, a pesar del sufrimiento, muchos ciudadanos han hecho el difícil camino de volver narrable su experiencia por diferentes vías: testimonios, análisis, terapias, asociacionismo, militancia política, creación artística y escritura. Se trata de encontrar formas de sublimación, porque cuando el horror y el dolor se traducen en un relato, alguna cosa de la transmisión de vida entre generaciones se puede recuperar.

Anna Miñarro y Teresa Morandi, autoras del libro.

Anna Miñarro y Teresa Morandi, autoras del libro ‘Trauma y Transmisión’. Imagen cortesía de las autoras.

Bel Carrasco