La difracción y memoria de Manuel Olías

‘Alumbramientos, redibujo y fata morgana’, de Manuel Olías
Galería Color Elefante
Sevilla 26, València
Del 25 de abril hasta el 14 de junio de 2019
Inauguración: jueves 25 de abril a las 20:00

Manuel Olías inaugura el próximo jueves 25 de abril en la galería Color Elefante, del barrio de Ruzafa de València, ‘Alumbramientos, redibujo y fata morgana’. Hacía tiempo que Olías no exponía individualmente en la ciudad. En los últimos años solo nos ha llegado el eco de su trabajo a través de exquisitos adelantos que asomaban en muestras colectivas como las que tuvieron lugar en la sala Manuela Ballester de la Universitat de València, Doce Islas o en distintas citas artísticas celebradas en la ciudad como el Festival del Libro SINDOKMA –de la mano del Museo del Ruso–, el festival conFusión o en Enfocarte.

Desde su estudio de Benimaclet, este artista alérgico a lo convencional, empapado de transgresión y tecnología, que se mueve con soltura de poeta entre los mitos de la contracultura y la belleza permanente de sus referentes clásicos, nos habla en esta entrevista de sus años de infancia, sus inicios, influencias, trabajo y vida.

¿Te gustó siempre pintar? ¿Te recuerdas dibujando desde pequeño?

Me recuerdan siempre dibujando en casa, en clase, en la pizarra y… repartiendo mis historietas en distribución clandestina entre los pupitres. Sí, me recuerdo dibujando e incluso jugando con óleos de mi padre aun siendo pequeño. En mi casa había a veces olor a trementina que venía de un pequeño estudio en medio del pasillo. Lo ocupé. Me hice fuerte allí a lo largo de mi juventud desplazando el lugar de recreo paterno. No solo me recuerdo pintando, también compitiendo, ya contra las habilidades de mi padre, ya contra las pinturas que colgaban de las paredes, inspirado como un niño hiperestésico por reproducciones de pintores geniales que me hablaban desde los libros.

Imagen de la obra ‘El acuerdo’, de Manuel Olías. Fotografía cortesía del artista.


¿Y cómo son tus inicios en el mundo del arte?

En el mundillo del arte entré por la puerta de Lae.Sferazul bastante joven de la mano de la escritora Olga Lucas. Buscábamos dónde presentar ‘El Taller de los Etcéteras’, un taller literario que por entonces hacíamos en Radio Klara. Fuimos por curiosidad a visitar un club de artistas del que nos habían hablado. ¡Aquella época!… algo así como un matrimonio místico del sol y la luna, alianza fresca y que parecía eterna entre el underground y la tradición de galería de vanguardia que ya tenía recorrido en la ciudad. La Esfera no solo nos abrió las puertas ese día para aquellas lecturas, sino que pronto se convirtió en el lugar donde presenté alguno de mis primeros trabajos. Me acogieron increíblemente entre aquella gente diversa, simpática como prefiero, alegres, educados. Estupendos artistas como Marisa Casalduero, Paco Bascuñán, José Plà, Monique Bastiaans, Vicente Talens, Quique Company… me gusta reconocer que me influyeron, mayores que yo, pero que aún eran muy jóvenes, eran asequibles y cercanos y estaban en fresca y plena evolución… Sí, yo creo que entré en ese mundillo por una puerta buena, chaflán de una mítica avenida del Oeste de la que a veces era también el portero en su surrealista cabaret subterráneo. En modo artistas adolescentes, como los puros Estridentistas de ‘Los Detectives Salvajes’, de Roberto Bolaño. Luego, con el cambio de milenio, nos marchamos. Pasó lo que pasó. Crisis y PP, Louis Vuitton e ingeniería punta…

Si tuvieras que resumir en pocas líneas tu trayectoria, ¿qué exposiciones, proyectos… destacarías de aquellos años?

Hablaría de la primera individual que hice. Fue en el 96, ‘La mirada estratosférica’, en el Círculo de Bellas Artes de València. Colgué piezas enormes de hasta cuatro metros que mostraban paisajes aéreos y retratos imaginarios. Poco después, en Lae.Sferazul, hice otra individual con una serie de buceadores, pinturas de gran formato y pequeños dibujos, y algunas buenas colectivas con el grupo que allí se formó. En aquellas primeras exposiciones el trabajo que presenté era sobrio, pero de corte colorista, una figuración expresionista muy matérica. Aún había mucho por hacer, pero creo que estas fueron, aunque tempranas, dos buenas primeras exposiciones.

Además de pintar, te iniciaste en el diseño gráfico y fuiste pionero en el manejo del ordenador en el ámbito artístico. Este camino profesional te llevó a instalarte en Madrid. ¿Qué supuso ese cambio en tu carrera?

Hacía carteles y decoraciones para discotecas de la ruta, dibujaba cómics y escribía cuentos y poesías, o algo parecido. Luego llegó el fin del siglo y me marché a Madrid. Fui a pasar cinco meses y me quedé trece años como freelance e iniciando proyectos, exposiciones y colaboraciones. Me fui para trabajar como director de arte de una compañía que implantaba software libre. Nada que ver con mi película, pero era ese momento y allí estaba rodeado de la muchachada de la big-bang theory generation. Niños que manejaban la red de las administraciones públicas y ya tenían perfiles online de todo, descargaban, eran piratas y hackers. Súper friqui. Nada que ver, pero tan cutting-edge que me obligó a la inmersión. Me aportó una gran variedad de habilidades técnicas y la incorporación muy temprana a internet.

Imagen de la obra ‘Fata Morgana’, de Manuel Olías. Fotografía cortesía del artista.

Además, iniciaste colaboraciones relacionadas con el vídeo y la danza contemporánea.

Sí, Madrid fue una época muy rica. Seguí pintando y dibujando al tiempo que hice incursiones en el ámbito del net art o en el de la danza contemporánea. A este respecto, presenté junto a la coreógrafa norteamericana Camille Hanson un conjunto de piezas de vídeodanza en el Teatro Pradillo de Madrid.

Y de arte en red…

Monté un colectivo de artistas, el ‘Manklared cultural kollective’, colgábamos información online en una plataforma propia cuando aún nadie lo hacía, un blog muy activo en presentaciones y colaboraciones. Esto nos dio mucha visibilidad. Muchísimas visitas de Hispanoamérica que buscaban en la capital colectivos de artistas. Fuimos de los primeros que contamos con el poder de las metatags. De esta sinergia surgieron piezas de exhibición web como ‘Arts against war’, stopmotions súper cachondas, o vídeos que se hicieron virales antes de la propagación sistemática de los memes.

En esa época te embarcaste también en varios proyectos fuera de España, cuéntanos en qué consistieron esas experiencias.

Viajé a Canadá y EE.UU. Recién caídas las Torres Gemelas aterricé en Nueva York con los bastidores y telas grandes enrolladas para hacer una muestra en un espacio híbrido (Arts & Appetizers) del barrio de Brooklyn. A Andy Deck, net artist de la ciudad con quien participé en varios de sus webrings, le resultaba completamente inverosímil, con el control que había caído sobre todo, que me hubieran dejado pasar con material susceptible de presentarse como mercadería artística. Me parece interesante porque fue ejercicio de autoproducción y autorepresentación un poco punk, pero que salió muy bien. Unos años después volví a la NY Studio Gallery en New York, donde se presentó la expo ‘Blind traces’. Exhibición producida y comisariada por Cristel Copland.

Estuve en 2007 y 2008 con un par de proyectos en San Francisco, California. Una colección de’Los dibujos a ciegas’, y “Todo disfraz está hecho de recuerdos”, un vídeo loop proyectado de forma continua durante el festival de cine experimental ATA Film & Video Festival. En 2008, en Vancuver, realizo dentro de un ciclo de exhibiciones que llamaron ‘Bilocation’, una expo junto a James Whitman, dibujante canadiense, en relación doppelgänger planetaria. Fue la primera vez que mostré dibujos murales hechos con lápiz multicolor, procedimiento que sigo utilizando.

Y al mismo tiempo, en Madrid, comienzas a exponer en Columpio…

Sí, al margen de exposiciones puntuales como la de la Galería Larra, Columpio se convirtió en el kindergarten de mis dibujos. Una galería que bajo el epígrafe ‘Dibujo contemporáneo y obra en papel’ fue pionera en España, poniendo el foco en el dibujo actual. Estupendos dibujantes y artistas con los que participé de este proyecto son, entre otros, Pepe Medina, Paula Fraile, Pedro Núñez, Sao Torpez, DAI.K.S.,Yuko Kayumi, Tamara Arroyo, Tania Tsong y Theo Firmo. También tuve oportunidad de exponer en varias individuales. El conjunto de dibujos Darger, de la serie ‘Uñas de mandarín sobre fuego espiritual’, fue proyectado y exhibido en Columpio dentro de una instalación planteada por la comisaria y galerista Susana Bañuelos. Entre 2010 y 2012 estuve muy implicado con el proyecto, desarrollando numerosos trabajos en el campo del dibujo y del libro de artista.

Imagen de la obra ‘When in China’, de Manuel Olías. Fotografía cortesía del artista.

El conocimiento de los trabajos de Henry Darger ha marcado mucho tu obra. ¿En qué sentido?

Su obra me inspiró, de hecho, la serie que llamé en su homenaje ‘Los dibujos Darger’. Henry Darger y sus Vivian Girls, aunque en la actualidad ya rescatado y bastante celebrado, es el paradigma del artista outsider. Fue una figura que se colocó al margen de su época y que realizó fuera del perímetro del mundo uno de los conjuntos de trabajo más personales de los que me he encontrado. En su proceso introduce los procedimientos de copia que tanto tienen actualmente que ver en mi propio proceso, así como la imbricación con lo narrativo –que en Henry Darger es una total inmersión–.

¿Qué otros artistas han sido referentes en tu obra?

Mi fascinación, al menos la inicial, tiene que ver con las obras de arte, no con los artistas. No me importan las modernas hagiografías, las vidas de los santos varones de la historia, sino aquello que pese a todo se trasluce en las marcas producidas en el trabajo, en el uso o desuso de su técnica. Artistas que tienen en su producción piezas que me llegaron son, por ejemplo, Léger, Vlaminck o Monet, cuando descubrí sus nenúfares en presencia. Toulouse-Lautrec, Corot, Marquet, Schiele, Grosz, Otto Dix, Kirchnner, Erich Heckel, Torres García, Dufy, Velázquez, Muñoz Degrain, El Bosco, Lucas Cranach o Joachim Patinir, con su pintura ‘El paso de la laguna Estigia’, que está en el Prado. A Picasso me lo tuve que sacar con petróleo y había acabado prefiriendo a Matisse frente a su devorador, hasta que abrí la puerta de la Twenty Century del Metropolitan para descubrir delante de mis ojitos perplejos el retrato de Gertrude Stein.

También la mirada pictórica de directores de cine como Werner Herzog, y al poeta de la imagen casi quieta, Tarkovsky, nada menos. Eduardo Arroyo es muy grande, es de un lenguaje pictórico rico y catalizador como pocos. Mavi Escamilla, nuestra artista mexica, es para mí de lo mejor que hay en pintura en València. Descubrí a Juan Uslé… y los trabajos brutales de Martin Kippenberger. David Salle al principio, pero cada vez menos. Yayoi Kusama es todo lo que este mundo merece, no es emocionante ni mucho menos, pero representa bien el estado de esquizofrenia discotequera.

Nombras a Kusama, ¿qué línea sigues hasta ella?

Yayoi Kusama pinta… pero, vamos, poco más. No la conocía hasta que la descubrí en la muestra del Reina. Por entonces yo estaba con la serie ‘Uñas de Mandarín’ y me encontré con sus apéndices invasivos. Me tuve que plegar ante su creatividad esquizofrénica, mucho más auténtica que la mía. Los sillones de pollas son aberrantes. Comuniqué con ella por Twitter. Le gustó y reenvió el tuit.

Como ves, la lista de referentes que hago es muy dispersa, pero sobre todo son clásicos que manejaron de forma personal y muy sugerente la plasticidad de la materia. La materia intelectual, emocional o física. Son muchos más. En los últimos tiempos me fijo en pintura que jamás me había interesado.

¿Qué puedes contarnos de la exposición que presentas en la galería Color Elefante?

La he llamado ‘Alumbramientos, redibujo y fata morgana”. Este título funciona como una triada propagandista y explicativa. Se refiere a aspectos concretos del trabajo. Estoy en los últimos tiempos proyectando imágenes para redibujarlas. Fotografías o fotogramas de vídeos. ‘Alumbramientos’ se refiere a esto, jugando con el término que alude al de iluminaciones. Una linterna mágica doméstica, un viaje por mis favoritos de YouTube y el juego del falso lápiz multicolor es todo lo que encierra la sugerencia. Presento dibujos murales sobre papel que son al mismo tiempo libros de artista desplegados. Papel liso, sin textura, donde la luz refracta suave hasta el siguiente pliegue. Material básico como soporte, sobre el que he trazado líneas hechas con lápices de colores, pasteles y rotuladores. Dibujos murales. Un formato grande para inducir a la inmersión al espectador dentro de la superficie del papel. El trazo es una línea de colores cambiantes que transita entre zonas de luz y sombra. Esa es la ‘fata morgana’. Una irisación del trazo como si fuera un efecto atmosférico o un fenómeno meteorológico.

Manuel Olías posa delante de la obra ‘Fata Morgana’, que forma parte de la exposición que tendrá lugar en la galería Color Elefante. Fotografía cortesía del artista.

Marisa Giménez Soler

“Me interesan las historias al límite de lo creíble”

Con el frío, de Alberto Torres Blandina
Aristas Martínez

“Un día los animales desaparecieron de las ciudades. Los periódicos dijeron que huían de algo. Conjeturaron con un escape de gas, con el epicentro de un futuro seísmo, con la posible caída de un meteorito (…) los animales están confundidos, que por ello los pájaros  los peces han modificado sus rutas migratorias. Hacia el norte”.

Así comienza Con el frío (Aristas Martínez) última novela del valenciano Alberto Torres Blandina. Desde Valencia a Asilah (Marruecos) pasando por Vancouver o el desierto del norte de Australia, el relato recorre 16 países de los cinco continentes para contar, a través de otros tantos personajes, la reacción global del ser humano ante una anomalía que modifica los patrones climáticos perturbando la realidad. Nueva York, Dubai, Japón, Kenia, Laos, Chile y Bolivia son otros escenarios de este atlas del fin del mundo, la mayoría lugares conocidos por Torres, avezado trotamundos.

El viaje se intercala con el periplo de una antigua nave trirreme de nombre Esperanza que conduce hacia el norte a un grupo de personas que desconocen su misión y su destino. “Con el frío es una reflexión sobre el mundo actual y los mecanismos que generan las ‘verdades’ y la compleja red que teje este mundo hipercomunicado y, a la vez autista”, dice Torres. “Mi pretensión es que el lector de mi novela, cuando vea las noticias de la tele, piense en ella y le parezca que entiende un poco mejor cómo funcionan los odios y los fanatismos. Es mucha pretensión, pero con conseguirlo solo un poco me conformo”.

Miembro del colectivo Hotel Postmoderno, Torres se dio a conocer, en 2007, con Cosas que nunca ocurrirían en Tokio. Un año más tarde quedó finalista del Premio Café Gijón con Niños rociando a gatos con gasolina. Tras ser traducido a cinco idiomas, vender 25000 ejemplares de su obra en Europa y ganar dos premios en Francia, “me resulta curioso descubrir que la mayoría de los periodistas culturales de Valencia no saben ni quién soy”, ironiza. “Espero que, en mi siguiente novela, al menos no se equivoquen al citar mi nombre”.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Cuáles  son los principales peligros que realmente  amenazan a la Tierra?

Supongo que el peor peligro es el ser humano. Está convencido de que la Tierra le pertenece y puedo servirse de ella como quiera. Pensamos que la Tierra existe por nosotros y ni nos planteamos lo contrario: que nosotros existamos por ella.

Todo el mundo habla de calentamiento climático y la obsesión de viajar al sur. En su libro ocurre lo contrario, frío y norte.

La novela plantea una situación que escapa a nuestras expectativas, que no hemos sido capaces de prever y por lo tanto no sabemos cómo abordar. Necesitaba narrar esa anomalía, esa crisis que lleva al ser humano a buscar nuevas respuestas, relatos que expliquen qué está ocurriendo, pues lo que creíamos saber ya no sirve. En el fondo, la novela plantea cómo se construye la realidad, cómo diferentes versiones de “la verdad” luchan por imponerse, por ordenar el caos.

¿Hay un buque llamado Esperanza para la Humanidad? Una posibilidad de redención y supervivencia.

No me lo he planteado, la verdad. Mi novela se centra más bien en lo sociopolítico, en mostrar cómo funcionan las sociedades en épocas de crisis: fanatismos, lobbies empresariales, nacionalismos rancios… todos quieren sacar tajada. Sólo hay que mirar la televisión para darse cuenta de esto.

Se declara no animalista, pero su libro destila amor hacia los animales.

No soy animalista en un sentido militante pero no me gusta la prepotencia con la que el ser humano se ha autoproclamado guardián de la naturaleza, como si le perteneciera. Deberíamos conectarnos más a la tierra, no en un sentido hippie-new-age, sino simplemente escuchando a nuestro cuerpo. Nos altera la luna llena y la primavera, nos duele la cabeza cuando cambia el viento y el índice de suicidios y de crisis mentales aumenta en otoño. Es un hecho que estamos más conectados al universo de lo que parecemos creer…Hemos dado la espalda a nuestra parte animal.

Portada de la novela 'Con el frío', de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Portada de la novela ‘Con el frío’, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Ha visitado todos los lugares que aparecen en su novela? 

He visitado casi todos los países que cito y la mayoría son lugares que me han fascinado por una u otra razón. Las minas de Potosí o Dubai, por ejemplo, me parecieron mundos extraños, inquietantes. En Vancouver me fascinó cómo la sociedad occidental había acabado en unos años con las tribus indígenas: rascacielos creciendo al lado de tótems. También conozco Bamako, he viajado en el tren Shinkansen de Japón y he subido a la colina de Luang Prabang igual que hace mi personaje. Nunca he estado en el desierto de Australia, por ejemplo, pero me interesaba hablar de los aborígenes y por eso elegí ese lugar para uno de los capítulos.

¿Cómo se mete en la mente de personajes de culturas y geografías tan dispares?

La novela habla de la globalización y al mismo tiempo de la imposibilidad de ella. Ocurre como en cualquier traducción: siempre hay algo que se pierde, matices más grandes cuanto más alejadas están las lenguas. Desde siempre me ha interesado la transculturalidad, la forma en que diferentes culturas interpretan la realidad. Cuando viajo presto mucha atención a la visión religiosa y mágica del mundo, por ejemplo. Aunque no hay que viajar mucho. Sin salir de España podemos encontrarnos mundos muy diferentes. Una vez entré por casualidad al Facebook de un amigo católico y nacionalista español de derechas y me asusté de lo diferente que puede ser la realidad para dos personas. Su Facebook y el mío parecían habitar realidades (visiones de la realidad) distintas.

¿Cómo ha evolucionado desde Niños rociando gatos con gasolina?  

La realidad es una ficción colectiva con muchos likes. Me interesan las historias que se desarrollan en los límites de lo creíble. Historias que podrían ser ciertas pero ponen en entredicho nuestro sistema de creencias. Los niños índigos son una de esas historias a mitad camino entre la ciencia ficción y el realismo. Yo ni siquiera creo que existan los niños índigos, pero mucha más gente de la que creemos está convencida de ser uno de ellos. Son grietas en nuestra sociedad racional, igual que el curanderismo, las religiones o el miedo a los fantasmas.

¿Cómo ve el panorama literario actual?

-Creo que se están haciendo cosas muy interesantes en España y, concretamente, en la Comunidad Valenciana que es donde vivo. Autores, la mayoría nacidos en la década de los 70 y 80, trabajan con un modelo de novela diferente al de la generación anterior. Un modelo menos apegado a la historia (ese conflicto que debe resolverse al final) y mucho más contaminado por el cómic, el ensayo, las series, los videojuegos, etcétera. Literatura que difícilmente puede llevarse al cine porque su pretensión va más allá de contar una ‘película’.

Alberto Torres. Imagen cortesía del autor.

Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

Historias de gemelos en Palau de Cerveró

Gemelos en el cine
Aula de Cinema de la Universitat de València
Sala de actos del Palau de Cerveró
Plaza de Cisneros, 4. Valencia
Lunes de junio de 2015, a las 18.00h

La sala de actos del Palau de Cerveró acoge un nuevo ciclo de proyecciones del Aula de Cinema de la Universitat de València, ‘Gemelos en el cine’. Este junio, se proyectarán tres títulos que aprovechan el potencial dramático de las relaciones entre gemelos, películas que exploran sus problemas de identidad, que se preguntan por la disparidad de caracteres entre quienes comparten genes o que fantasean con supuestas conexiones telepáticas entre hermanos.

La existencia de gemelos monocigóticos, hermanos genéticamente idénticos al nacer, es un fenómeno poco tratado en el cine. A menudo, las historias de gemelos han servido tan solo para demostrar la versatilidad de un actor al interpretar dos papeles distintos dentro de un mismo relato, normalmente una variación ligera del tema del doble, que explota las posibilidades cómicas de la confusión entre personajes.

En algunas ocasiones, sin embargo, el cine se ha interrogado más seriamente sobre los posibles vínculos entre genética y carácter, ha profundizado en los conflictos psicológicos que implica tener un hermano prácticamente idéntico o ha contribuido a consolidar toda una mitología en torno al carácter sobrenatural de las relaciones gemelares, insistiendo en la idea de conexión y comunicación incluso a distancia.

Chris Udvarnoky en un fotograma de 'El otro', de Robert Mulligan. Imagen cortesía de Aula de Cinema de la Universitat de València.

Chris Udvarnoky en un fotograma de ‘El otro’, de Robert Mulligan. Imagen cortesía de Aula de Cinema de la Universitat de València.

A medio camino entre la reflexión científica y la pura ciencia-ficción, este nuevo ciclo del Aula de Cinema se inaugura el lunes 1 de junio, a las 18.00 horas, con la perturbadora ‘El otro’ (The Other, Robert Mulligan, 1972). Una obra que parte del género fantástico y el terror psicológico para componer un retrato poético y macabro de la tortuosa infancia de dos hermanos gemelos, la rivalidad existente entre los cuales producirá terribles consecuencias en un pequeño pueblo durante los años 30.

Jeremy Irons y Geneviève Bujold en 'Inseparables', de David Cronenberg. Imagen cortesía del Aula de Cinema de la Universitat de València.

Jeremy Irons y Geneviève Bujold en ‘Inseparables’, de David Cronenberg. Imagen cortesía del Aula de Cinema de la Universitat de València.

El lunes 8, a la misma hora, será el turno de una de las grandes obras maestras de David Cronenberg, ‘Inseparables’ (Dead Ringers, 1988’). Pese al carácter dispar de los dos hermanos interpretados por Jeremy Irons, ambos son confundidos constantemente por el resto de personajes, circunstancia que aprovechan para intercambiar sus personalidades y disfrutar así de las mismas oportunidades.

Nicolas Cage en un fotograma de 'Adaptation', de Spike Jonze. Imagen cortesía del Aula de Cinema de la Universitat de València.

Nicolas Cage en un fotograma de ‘Adaptation’, de Spike Jonze. Imagen cortesía del Aula de Cinema de la Universitat de València.

El ciclo concluirá el lunes 15 de junio con la proyección de la excéntrica ‘Adaptation. El ladrón de orquídeas’ (Adaptation, Spike Jonze, 2002, 114’), en la que un inseguro guionista tiene que afrontar la difícil tarea de adaptar un libro sobre flores y la difícil convivencia con su despreocupado hermano gemelo, que a la postre también se convierte en escritor.

Como es habitual en la programación del Aula de Cinema de la Universitat de València, cada sesión contará con una presentación previa y un coloquio posterior, en el que podrá participar el público asistente. Todas las proyecciones se realizan en versión original con subtítulos en castellano y la entrada es libre hasta alcanzar el aforo permitido.