Tricicle, a todo gags

Hits, de Tricicle
Teatro Olympia
C / San Vicente Mártir, 78. Valencia
Del 19 de octubre al 11 de diciembre de 2016

‘Hits’ -el nombre no engaña- contiene lo mejor de lo mejor de Tricicle, o casi, porque por fuerza han tenido que dejar a un lado sketches que seguramente alguien encontrará a faltar a pesar de que será el más largo de todos los espectáculos que hayan hecho, cien minutos rellenos de gags en los que quizá no estén todos los que son pero sí que son todos los que están.

‘Hits’ -acrónimo de Humor Inteligente Trepidante y Sorprendente- reúne doce sketches mínimamente reducidos y un amplio resumen, que cierra el espectáculo, compuesto de gags cortísimos que dejan al espectador al borde del colapso respiratorio. Casi todos aparecen tal cual fueron estrenados ya que el paso del tiempo -salvo aspectos tecnológicos que han obviado o variado- no les ha afectado para nada.

‘Hits’ -acrónimo de Hilarantes Individuos Tragicómicos y Solazosos- gustará (mucho) a los que les conocen de toda la vida y sorprenderá (muchísimo) a los hijos de sus hijos, ya que, afortunadamente, cada nueva generación les ha traído más público.

¿Último espectáculo? Dicen que de momento.

Tricicle. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Tricicle. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

 

«¡Estrellas Michelín, con tanto hambre infantil!”

‘Maná’, de Daniel Ramón y Pedro Uris
Editorial Carena

Un grupo de científicos de distintos países sueña con elaborar el alimento universal que acabe con el estigma del hambre en el mundo. Veinte años después varios de ellos mueren en extrañas circunstancias. El científico español que estuvo presente en aquella reunión es el único superviviente y será el protagonista de un trepidante thriller biotecnológico, ‘Maná’ (Editorial Carena), escrito al alimón por Daniel Ramón y Pedro Uris, que se presentó en La Nau.

Un científico holandés muere al caer por un acantilado en un paraje desierto del norte de Europa. Aparentemente, es un accidente. En Helsinki, un científico chileno es asesinado por un chapero. Aparentemente, es un crimen de móvil sexual, pero esa misma noche un grupo de vándalos arrasa sus laboratorios y llena las paredes con pintadas contra los alimentos transgénicos. En Berlín, un científico alemán pierde la vida en un atentado contra sus laboratorios, que la policía atribuye a un grupo de radicales antisistema. Aparentemente, una trágica coincidencia. Antes de morir, el científico alemán ha enviado un mensaje a su hija, una activista con la que ni siquiera se hablaba, en el que pide que contacte con un colega español.  Es, en síntesis, el argumento de una historia que combina el  ritmo cinematográfico y la intriga con la divulgación científica, y que aborda temas polémicos de actualidad, como los transgénicos.

Portada de la novela 'Maná', de Daniel Ramón y Pedro Uris. Editorial Carena.

Portada de la novela ‘Maná’, de Daniel Ramón y Pedro Uris. Editorial Carena.

¿Cómo se han repartido el trabajo?

De la única manera posible para que la novela tuviera esa imprescindible condición de obra única, sin repartírselo. Participando ambos de todos los apartados del proceso de creación y de escritura, aunque a cada uno de nosotros siempre se le pidiera un poco más cuando se trataba de sus habilidades particulares.

En la hipótesis de que el maná de la Biblia existiera, qué tipo de alimento sería. ¿Tal vez paella valenciana?

El maná de nuestra novela no tiene valor gastronómico, aunque entendemos la ironía de la pregunta al asociar el término con la gastronomía. La paella es un excelente maná, pero sabemos que todos los pueblos tienen su maná particular y que siempre es exquisito, simplemente porque todo un pueblo no se puede equivocar y disfrutar de un plato nacional que carezca de valor gastronómico. Sólo hay que tener la mente lo suficientemente abierta para encontrarlo.

¿Llegará un día en que se podrá realmente elaborar ese alimento universal  y que nadie pase hambre?

Para que ese día llegue hará falta que los dirigentes de los países ricos tomen las medidas sociales y políticas oportunas para ayudar a los países donde hay hambruna. Sin eso, la ciencia, transgénica   o no transgénica, no tiene nada que hacer. Cuando esas medidas se tomen, la investigación en biotecnología será una potente herramienta de apoyo, pero no la única.

¿Son los transgénicos un camino hacia ese futuro ideal o un peligro para el equilibrio medio ambiental?

Son sin duda un camino que no se abrirá hasta que se tomen las medidas previas de las que hablamos. También pueden dar solución a muchos problemas agronómicos en países ricos, incluyendo reducción del impacto ambiental. Esto ya ocurre con alguno de los desarrollos transgénicos que ya se cultivan y que han conseguido reducir un 90% el uso de pesticidas. Pero hay que controlar su cultivo, como habría que controlar el de los cultivos orgánicos o los convencionales hasta asegurar que su uso se da en el marco de un desarrollo sostenible.

Pedro Uris, en el estrado, y Daniel Ramón, sentado de blanco en el centro de la mesa, presentando su libro 'Maná', Editorial Carena. Imagen cortesía de los autores.

Pedro Uris, en el estrado, y Daniel Ramón, sentado de blanco en la mesa, presentando su libro ‘Maná’, Editorial Carena. Imagen cortesía de los autores.

La acción se desarrolla en lugares muy variopintos. ¿Cómo se han  documentado para ambientar los escenarios?

Hemos estado en todas  las ciudades en las que sucede la historia: París, Wageningen, Berlín, Helsinki, etcétera, y también en los espacios concretos de la acción. Hemos estado en la habitación de hotel en la que tiene lugar uno de los clímax de la novela, o en el edificio Tacheles donde se concentran los movimientos alternativos. Hemos buscado y fotografiado los domicilios de nuestros personajes e incluso nos sentamos en el mismo banco de parque en el que muere uno de ellos.

Todo el mundo está a favor de la Ciencia y a la hora de la verdad, al menos en España, los científicos se ven obligados a emigrar. ¿Por qué esta absurda paradoja?

Por una falta de altura de miras de nuestra clase política. Hasta que la investigación científica no sea considerada una cuestión de estado, como lo debería ser también la educación o la sanidad, no tendremos nada a hacer. Parece mentira que para cuestiones tan importantes no se pueda llegar a un mínimo consenso, pero desgraciadamente es así.

¿La tecnología nos salvará del colapso o habrá que colonizar otros planetas para que la humanidad pueda sobrevivir?

No podemos sobrevalorar a la ciencia. El colapso lo debemos de evitar analizando lo que estamos haciendo mal y empezando a tomar medidas para evitar esos fallos.

¿No les parece obscena esa obsesión actual por la gastronomía cuando millones de personas en el mundo pasan hambre?

No tanto obscena como deprimente. Contrasta hablar de estrellas Michelín en nuestro país cuando somos el segundo país de la UE en hambre infantil.

Doctorado en Ciencias Biológicas, Daniel Ramón es director científico de Biópolis,  miembro asesor de la Càtedra de Divulgació de la Ciència de la Universitat de València, y fue galardonado con el Premio Europeo de Divulgación Científica Estudi General con la obra ‘Els gens que mengem’. Pedro Uris es escritor, crítico y realizador cinematográfico. Colaborador habitual de  la Cartelera Turia, es el autor de la novela ‘Cita con la eternidad’.

Pedro Uris (izquierda) y Daniel Ramón, autores de 'Maná', Editorial Cariena. Imagen cortesía de los autores.

Pedro Uris (izquierda) y Daniel Ramón, autores de ‘Maná’, Editorial Carena. Imagen cortesía de los autores.

Bel Carrasco

Díez Alaba y sus paisajes de lo imposible

Transitando un tiempo, de Mikel Díez Alaba
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 27 de abril

Pararse a mirar. Es un acto simple, un principio del que mana toda creatividad. En situaciones como la actual donde una inundación de imágenes anega todos los medios, la mirada rebota de una en otra –en una relación de espejos- agotándose en ese desplazamiento estéril e inmunizándose contra la atención, que es lo que precisamente toda imagen reclama. El sentido de la imagen permanece ignorado, desconocido e intacto. La imagen queda a la deriva, sumergida en la corriente del puro intercambio consumista, en una circulación incesante y letárgica donde se mira sin que se vea nada, sin que se sienta nada y sin que nada sea real.

Obra de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando el tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando el tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Para encontrar ese sentido –real- que la imagen tiene, es necesario pararse a mirar.  Pararse a mirar es ver. Esa detención de la corriente del tiempo del mirar sin ver, pone en marcha precisamente la imaginación, que es un movimiento, el sentimiento, que es un valor, y la intuición, que es una brújula. En estas dimensiones, pensar es lo mismo que descubrir, un presente activo. Si algo debemos a los artistas que se han rebelado en todos los tiempos contra la continuidad imitativa, es el intento de quemar esa imaginería sin sentido, vacía y muerta.

En este punto nos encontramos con la pintura de Mikel Díez Alaba (Bilbao, 1947), cuya exposición “Transitando un tiempo”, tiene lugar estos primeros meses en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Paisajes imposibles, encendidos, oníricos, alucinantes y extraños. Mares de brasas en cielos en ascenso, perfiles insinuados de arqueros de todas las épocas, las hembras millón y su rara descendencia rasgando el aire en una danza ebria, manchas oscilantes del oro al fuego y al púrpura y al azul y al verde en los rostros que se adivinan, las canciones del invierno que transmigran a los vientos furiosos de mayo, parece concebirse algo más misterioso que la nada y sus bordes de cuchilla.

En sus paisajes reverberan las superficies crepusculares, la exfoliación de sueños dentro de otros sueños en una armonía simple, todas las degradaciones de la luz edénica y la transparencia espectral, sombras monstruo rodando en escenas interminables, como atravesadas por algún rayo inconsciente y apasionado, peces anfibio, juncos azotados por la tramontana, playas desiertas, veladas en sfumato por brumas que amenazan con borrarlo todo, como si lo que vemos fuese accidental, siendo lo habitual estar oculto.

Obra de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando el tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando el tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La paleta es rica, con pastas suaves sobre fondos líquidos que sujetan como un bastidor cromático el salpicado del dripping. La pintura se deja caer, se arrastra o se sopla, haciendo que la luz se extienda o se encrespe o se oculte en veladuras oníricas que evocan a Turner. Porque para el autor el acto de pintar es el acto de una mano que intuye, y al hacerlo se acerca al lenguaje de un arte que en sus propias palabras “escribe misterios para despertar evidencias”.

El paisaje, ese género tan manoseado y devastado, expuesto al gusto ñoño de generaciones enteras en occidente, es en esta exposición rescatado y vaciado de los adornos que la han consumido durante décadas. El paisaje recupera su forma original donde la naturaleza se revela tanto en los fondos telúricos como en los detalles sutiles y alados, en la profundidad y en la delicadeza, haciendo que lo natural vuelva ser asombroso, un vibrante signo de interrogación.

Detalle de una de las obras de Mikel Díez Alaba, en 'Transitando un tiempo'. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Detalle de una de las obras de Mikel Díez Alaba, en ‘Transitando un tiempo’. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres