Only Two: Mariona Brines y Martí Rom

Only Two, de Mariona Brines y Martí Rom
Galería del Palau
C / Palau, 10. Valencia
Hasta el 6 de junio

Only Two ofrece la apasionante experiencia de dos artistas tan distintos como Mariona Brines y Martí Rom, que, a partir de su propio mundo estético-sugestión espiritual de Brines, materialidad humanizada de Martí Rom- han confluido en una obra conjunta, turbadoramente bella, original y unitaria. Una serie de seis espléndidos collages es el resultado de este juego dialógico. Cada elemento del collage, cada trazo ajeno es como si fuera una pregunta que hay que saber oír para contestar con acierto. Podríamos decir, sin alterar en lo sustancial las palabras de Rimbaud, que «el pintor se hace vidente». Un cuadro así sólo es factible si hay una «videncia» inteligente de sus ocultas posibilidades. Y ahí están ‘El puente’ o ‘Antes de la tempestad’, por citar sólo dos de la bella serie obtenida, para confirmar que este proceso de adivinación se cumplió con plenitud.

Mariona Brines collages

Junto a esos collages compartidos, otros ya de la exclusiva autoría de Mariona Brines (Valencia, 1962) lucen con sus enigmáticas ensoñaciones de cipreses y con sus noches de estilizadas lunas. Arte psicológico de delicado temblor, de recuperación de cosas que se creían perdidas, y de callado y compasivo dolor. Mariona Brines sabe despertar en quien contempla su obra todo un universo de sugestiones. Su serie ‘Montañas’ sorprende por la estilización y esbeltez de sus figuras, de tal manera que las formas que allí se aprecian, fácilmente reconocibles, parecen, por su impulso ascensional, lenguas de un fuego silencioso y purificador. El ciprés se ha convertido en una llamarada blanca. La mole de la montaña ha quedado liberada de su pesantez y se ofrece como un resguardo acogedor para los animales que la pueblan. He aquí, una vez más, la naturaleza esforzándose por volverse incorpórea. No es materia, es una vibración de orden espiritual. Mariona coloca sus finos papeles de arroz, casi traslúcidos, sobre la madera o la tela con el cuidado de quien trata de curar una herida. No hay sangre en sus cuadros, pero sí, del blanco al negro, toda la escala cromática de la melancolía.

Martí Rom escultura

Se ha dicho muchas veces pero conviene no olvidarlo: el arte de Martí Rom (Barcelona, 1955) sería inexplicable si él no hubiera pasado largas temporadas de niño en contacto directo con la naturaleza. El paisaje, los animales, la tierra misma, fueron su mejor libro de aprendizaje. Quizás su amor por los sencillos y nobles materiales que vemos en su pintura, y sobre todo en sus piezas escultóricas, nace de esa tierra con la que él ha convivido tanto. La madera, la piedra, los diversos metales que utiliza en delicadas láminas, como si se tratara de un collage, son de extraordinaria pureza y remiten al encanto de la materia primordial, madre y origen a la vez. La escultura de Martí Rom mantiene una visión antropocéntrica del mundo, hay una búsqueda incesante en su obra de la medida humana: unas veces son rostros de poderosa y delicada expresión (‘El faune’, ‘La jove negra’); otras, animales libres de la naturaleza (‘800 de Tassili caminant’, ‘Cavall del Puig’), pero que han sido espiritualizados hasta reducirlos a ágiles siluetas. Se dirían figuras de la simbología mística. Porque él sabe que la materia, que está en la base de toda creación, es sólo el primer peldaño de una escala que aspira a la expresividad de la forma. Realidad y espíritu, presencia y misterio, se dan cita, a partes ‘iguales, en su humanísima creación.

Mariona Brines y Martí Rom, 'Only Two' en Galería del Palau. Fotografía: Xavier Deltell

Mariona Brines y Martí Rom, ‘Only Two’ en Galería del Palau. Fotografía: Xavier Deltell

Alejandro Duque

Javier Romero. Código compartido

Javier Romero. Código compartido
Comisario: Jordi Navas
Arte en la Casa Bardín
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert
C/ San Fernando, 44, Alicante
Inauguración: 14 de mayo, 20h.
Hasta el 25 de junio de 2013

Javier Romero. S/t. Serie Still Lifes, 2012. Grafito sobre panel, 41 x 51 x 2 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero. S/t. Serie Still Lifes, 2012. Grafito sobre panel, 41 x 51 x 2 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero se expresa con una voz cadenciosa y trémula. Sus ideas se van desplegando en los oídos del interlocutor como hilos muy leves, puntadas en las que se entrecruzan la memoria personal, el conocimiento de los referentes artísticos, la búsqueda de la experiencia y una aguda conciencia reflexiva de su propia obra.

De este modo, con aparente indiferencia y sin alardes formales o conceptuales, este artista, capaz de prescindir de las cartelas y hasta del título en sus exposiciones, va tejiendo desde el lenguaje una malla tan sutil y heterogénea como los trazos de lápiz y alambre que se confunden en alguna de sus esculturas.

El juego consiste en envolver al espectador de la obra con sugerencias casi imperceptibles. La memoria familiar se congela a través de unos paisajes exteriores proyectados en las estancias del hogar a punto de ser demolido (Crepúsculo). Dibujos con una estética significante propia del grabado se difuminan mediante un borrado gestual, como si un golpe de mar arrastrara a su paso toda la carga histórica y sentimental de la tradición representativa del arte occidental.

Morandi paga un alto precio por la apropiación de sus silencios. Una capa de grafito vela la luz de sus cuadros y traiciona el misterio del color (Still lifes). La arquitectura se convierte en territorio explorado por el arte a través de los tejados (Collage Roofs) que el arquitecto alicantino Francisco Fajardo diseñó para su proyecto de viviendas en Ciudad Jardín.

De nuevo, la imagen coloniza una arquitectura. En esta ocasión las fotografías de jardines anónimos sirven de materia prima para formalizar geometrías ajenas y el fruto de esta meticulosa alquimia entre fotografía y arquitectura deviene en hallazgo pictórico.

Apropiación, deslizamiento de sentido, solapamiento de planos de significación. Recursos que renuncian a la comunicación explícita y abordan una pléyade de vías de revelación para que la mirada sólo atisbe. Nada de deslumbramientos innecesarios.

Las series que confluyen en esta exposición para el proyecto Arte en la Casa Bardín representan un apunte de los trabajos que Javier Romero viene desarrollando en The Elizabeth Foundation of Arts de Nueva York, donde el artista alicantino tiene su estudio. Esta institución desarrolla un programa pionero en Estados Unidos. Se trata de Open Studios, una iniciativa que permite el contacto directo de público y galeristas con el entorno de los creadores. Más de tres mil personas pasan al año por el estudio de Romero y del resto de artistas vinculados a la institución, lo que confiere a estas obras un ámbito de difusión internacional que llega ahora hasta Alicante.

La más antigua de las series, Crepúsculo, enlaza con la exposición realizada en 2007 en la galería Evelyn Botella y tiende un puente entre el discurso que Romero fue urdiendo durante su etapa anterior. Un periodo en el que el artista compaginó su labor creativa con el trabajo como técnico de la Fundación de la Universidad de Alicante. Por aquellos años, su investigación transitaba por los territorios de la memoria, con un constante ir y venir a través de lenguajes y recursos expresivos. La pérdida, la ausencia o el silencio constituían los ejes de un itinerario plástico con parada en las exposiciones que, a principios y mediados de la pasada década, protagonizó en las galerías Aural y Evelyn Botella y en el Centre Municipal d’Exposicions d’Elx.

El mito de Cipariso, convertido en ciprés tras matar por equivocación al ciervo favorito de Apolo, ocupaba por aquel entonces un lugar central en el relato artístico y las formas de aprehensión del motivo introducían un abanico de dispositivos formales, que iban de la fotografía manipulada (cipreses de la Toscana) hasta las proyecciones o la instalación objetual.

De esa etapa, sobreviven las obsesiones, la prolífica búsqueda expresiva, el dominio del lenguaje artístico y la persistente querencia exploratoria hacia la memoria, tan frágil y tan relevante a la vez. Por el camino se han ido quedando los argumentos narrativos que se imponían a la idea y forzaban una cohesión conceptual, a la que el artista ha decidido renunciar. Las series actuales son más abstractas y esquemáticas. La obra se ha ido desnudando para quedarse en meros perfiles insinuantes, que se ofrecen a modo de delgadas pasarelas para liberar al arte de la retórica comunicativa y al espectador del incómodo papel de destinatario. Gana el artista capacidad de experimentación, gana la obra autonomía, gana, en definitiva, el ojo atento.

El título de esta exposición, Código compartido, responde a esta búsqueda de un itinerario libre a disposición del viajero dispuesto a adentrarse en la ruta que se propone. La urdimbre expositiva puede desorientar o guiar por diferentes caminos. No hay certezas. Cada uno dispone de un equipaje que ojalá no se pierda en el camino. Solo resta disfrutar del vuelo.

Jordi Navas

Javier Romero. S/t. Serie Crepúsculo, 2006-07. Fotografía color Lambda, 80 x 120 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert

Javier Romero. S/t. Serie Crepúsculo, 2006-07. Fotografía color Lambda, 80 x 120 cm. Imagen cortesía del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil Albert