Luces y sombras en ‘la ciudad de las estrellas’

‘La ciudad de las estrellas. La La Land’, de Damien Chazelle
Estreno en España: 13 de enero de 2017
Cines Babel
Vicente Sancho Tello 10, Valencia

Con la canción ‘Another day of sun’ La La Land comienza una explosión de música, color y bailarines coreografiados sobre la misma carretera por la que salió volando por los aires el autobús de ‘Speed: Máxima potencia’ (1994) hace ya más de dos décadas. La primera canción es un subidón emocional y algo más que un homenaje a ‘Los paraguas de Cherburgo’ (1964), en el que cantaba y bailaba una jovencísima Catherine Deneuve. Sentados en las butacas del cine, los espectadores esperan un musical de luces y color, brillante como la ciudad de Los Ángeles, soleada en cada una de las estaciones del año… y eso es lo que reciben, o al menos en parte.

Fotograma de la coreografía inicial de 'La ciudad de las estrellas. La La Land'.

Fotograma de la coreografía inicial de ‘La ciudad de las estrellas. La La Land’.

Las luces -artificiales- del mundo de Mia (Emma Stone) iluminan una realidad tan ficticia como la que proponen los diversos juegos metacinematográficos a lo largo de la película. Los mismos escenarios del estudio de la Warner Bros, que Mia le muestra a Sebastian (Ryan Gossling) durante su breve pausa laboral, son a su vez decorados de la película que estamos viendo. Del mismo modo, las fallidas audiciones a las que se presenta para conseguir un papel menor, que le haga creer que mereció la pena mudarse a Los Ángeles, tienen tanta credibilidad y son tan reales como cada una de las frases y gestos de Mia, que realmente no es nada más que un personaje de ficción. Esas mismas luces ocultan, paradójicamente, su realidad, como en la escena de la representación de su obra teatral: ella brilla bajo los focos, mientras que el verdadero público permanece oculto en las sombras del patio de butacas. Una vez que los focos se apagan y se encienden las luces, la percepción del mundo real, del patio de butacas, es parcial, ya que los vacíos llenan más que las presencias.

Sebastian oscurece ese mundo de luces artificiales. Ese mismo jazz que Mia no puede soportar sólo tiene cabida dentro de los oscuros locales que van desapareciendo de la ciudad hasta convertirse en salas de samba y tapas. Frente a los focos que iluminan el mundo cinematográfico de Mia, donde nada es lo que parece, la música jazz se nutre de verdad, de improvisación, de escuchar y saber escuchar, de conseguir que el público se levante de sus sillas, abandone sus bebidas en la mesa y se dejen llevar por el ritmo. Quizá el mundo de Mía necesita ese jazz para salir de esa melodía monótona de audiciones fallidas, fiestas en la piscina en las que no se conoce a gente interesante y sueños que se van desvaneciendo en lo que se ha convertido su vida. Sebastian, por otro lado, necesita esa luz de los focos que le haga conseguir los medios para lograr su sueño y su objetivo en la vida.

Ryan Gossling y Emma Stone durante un instante de la película 'La ciudad de las estrellas. La La Land'.

Ryan Gossling y Emma Stone durante un instante de la película ‘La ciudad de las estrellas. La La Land’.

Los dos pertenecen a un mundo en decadencia -o tal vez en transformación-. El Van Beek, el clásico local de música jazz que Sebastian observa casi como si fuera un acosador, se ha transformado en otro local que ha eliminado cualquier rastro de los grandes artistas que tocaron en él. El cine Rialto, en el que Mia y Sebastian ven ‘Rebelde sin causa’ (1955) y es refugio para aquellos que disfrutan viendo a los clásicos del cine en la gran pantalla, cierra sus puertas. La realidad y la ficción metacinematográfica entran en juego una vez más, ya que el Van Beek es un espacio ficticio y el Rialto lo es actualmente como recuerdo y presencia en las calles de Los Ángeles como lo que en su día fue, ya que sólo se utiliza para organizar fiestas privadas en él. El jazz y el cine, al igual que Sebastian y Mia, han evolucionado y no hay lugar para una nostalgia que nos aferre al pasado. Con una sonrisa de reconocimiento a aquel pasado que pudo haber terminado de otro modo, pero desde un presente que puede que sea mejor o peor, pero que es el que nos hace ser lo que somos.

Ryan Gossling y Emma Stone durante un instante de la película 'La ciudad de las estrellas. La La Land'.

Ryan Gossling y Emma Stone durante un instante de la película ‘La ciudad de las estrellas. La La Land’.

Eduardo García Agustín

 

 

Carteles con sabor a primavera de Praga

Carteles de cine checoslovacos
Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)
C / Quevedo, 10 – Guillem de Castro, 8. Valencia
Hasta el 26 de mayo

Antes, durante y después de que los tanques soviéticos entraran en Praga aquel 20 de agosto de 1968, muchos artistas expresaron su desencanto hacia los totalitarismos a base de una desbordante imaginación. Como las flores que evocaban aquella primavera, sin duda pisoteada por una ideología tan roja como la sangre, algunos artistas checoslovacos sembraron de color la sociedad de su tiempo. De manera que mientras la censura hacia de las suyas, ellos la sorteaban depositando su ingenio en las artes aplicadas. Así fue como el cartel de cine se convirtió en todo un fenómeno plástico en la Checoslovaquia invadida.

Una buena muestra de esa imaginación desbordante se halla en el MuVIM, que acoge estos días una exposición de carteles de cine checoslovacos. Un total de 40, con títulos que van de Belle de Jour (Bella de día), de Luis Buñuel, a Psicosis, de Alfred Hitchcock, pasando por Rashomon (Akira Kurosawa), Andréi Rubliov (Andréi Tarkovsky) o La pantera rosa (Blake Edwards). Carteles con sus títulos en checo y en los que a veces se reconocen las figuras que protagonizan esas películas, como Catherine Deneuve, James Dean, Steve McQueen o Barbra Streisand, y en otros se pone especial hincapié en su tipografía (Roma, Flashdance) o en la más singular de las abstracciones. Rostros conocidos, grafismo, ilustración, tipografía, minimalismo, colorido y barroquismo para, en suma, dejar constancia de “un fenómeno único a nivel mundial”, subraya Pavel Rajcan, comisario de tan sobresaliente colección de carteles.

Rajcan, reconociendo el influjo que igualmente dejó la Escuela polaca, señala a los cartelistas checoslovacos como  protagonistas de ese fenómeno “importante en la historia moderna de las artes aplicadas de Europa”. Ni siquiera el norteamericano Saul Bass, que figura como autor al frente de la lista de los 25 mejores carteles de cine que publicó la revista Premiere, por el diseño de Anatomía de un asesinato (Otto Preminger), puede hacer sombra a la cantidad de artistas checoslovacos que convirtieron su creatividad en fenómeno colectivo.

Nezna (Una mujer dulce, R. Bresson), de Olga Polackova. MuVIM

Nezna (Una mujer dulce, R. Bresson), de Olga Polackova. MuVIM

De nuevo Rajcan: “Mientras en el resto de Europa, los carteles de cine se hacían con las herramientas de expresión tradicionales (fotografías de los protagonistas, títulos grandes, dibujo ilustrativo o descriptivo), en Checoslovaquia, a lo largo de 30 años (1959-1989), surgen obras de destacados artistas gráficos y plásticos que no dudan en experimentar y trabajar con herramientas de expresión modernas”. Aplicaban collages, fotomontajes y ensamblajes, inspirándose en el arte informal, el arte pop y la más moderna fotografía.

En medio de la censura política del momento, los artistas checoslovacos encontraron en los carteles de cine una vía de liberación expresiva. “No existía un mercado del arte, era difícil exponer, así que los carteles de cine pasaron a ser la única posibilidad de presentar las obras propias al público”, destaca Rajcan. Los 40 carteles de cine checoslovacos exhibidos en el MuVIM forman así parte de una larga primavera de Praga de la ilustración cinematográfica. Su gran pantalla en versión original de pequeño formato.

Slameny vdovec (La tentación vive arriba, B.Wilder), de Z.Kaplan. Imagen cortesía del MuVIM

Slameny vdovec (La tentación vive arriba, B.Wilder), de Z.Kaplan. Imagen cortesía del MuVIM

Salva Torres