‘Entre Mitos. Libros de artista.’ Gema Navarro Goig

Entre mitos. Libros de artista. Gema Navarro Goig
Biblioteca de la Universidad Politécnica de Valencia
Camino de Vera s/n. Valencia
Hasta 16 de mayo 2018

La Sala de exposiciones de la Biblioteca de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, Universitat Politécnica de València, acoge una muestra que pretende establecer un vínculo entre el libro de artista y el mito. Los mitos, se transforman perpetuando algunas de sus características esenciales, como el dinamismo y la propia adaptabilidad que encajan en muy diversos lenguajes. Con la recreación artística en formato papel que conforma la exposición, los propios mitos parecen ceder el protagonismo al propio libro de artista, un soporte y forma de expresión artística que está suscitando un creciente interés en el contexto del arte contemporáneo actual, así como en el ámbito del coleccionismo, diferenciándose del libro tradicional por su carácter objetual y la prevalencia de la imagen sobre el texto, hecho que lo distingue de los convencionalismos que delimitan a los otros libros, los que conocemos y usamos, que generalmente son fruto de producción fabril.

Imagen: Cortesía de la comisaria Gema Navarro Goig. Detalle de MEDUSA, libro artista de Rufino de mingo

Imagen: Cortesía de la comisaria Gema Navarro Goig. Detalle de MEDUSA, libro artista de Rufino de mingo

Las obras que componen esta exposición se caracterizan por la diversidad de planteamientos y metodologías, ya que van desde el libro objeto, el escultórico, el desplegable o el tradicional de hojas cosidas, entre otros. La pluralidad se da también en las técnicas que los conforman: grabado, pintura, talla en madera, fotosensibles, collages, soportes poco convencionales, etc.

Imagen: Cortesía de la comisaria Gema Navarro Goig. Fotografía de la obra de Francesca Genna, titulada ' ACTEÓN'

Imagen: Cortesía de la comisaria Gema Navarro Goig. Fotografía de la obra de Francesca Genna, titulada ‘ ACTEÓN’

La muestra deja constancia de 23 artistas con una amplia trayectoria; algunos de ellos profesores de las Facultades de Bellas Artes de Madrid, Valencia y Palermo. La componen también creadores de diferentes países como Francia, Alemania, Argentina e Italia, que gozan de cierta tradición en la creación del libro de artista. Una parte de los participantes pertenecen al Grupo de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid LAMP (el libro de artista como materialización del pensamiento) entre los está Gema Navarro Goig, comisaria de la exposición, conocedora de este ámbito que ha desarrollado en la docencia, actividad artística e investigación.

Imagen: Cortesía de la comisaria. Bestiario, obra de François Maréchal

Imagen: Cortesía de la comisaria. Bestiario, obra de François Maréchal

Comisaria
Gema Navarro Goig
Profesora Titular Facultad de Bellas Artes Universidad Complutense de Madrid

Artistas participantes
José Emilio Antón, Antonio Alcaraz, François Maréchal, Marta Aguilar, Carmen Hidalgo de Cisneros, Mónica Oliva, Rufino de mingo, Gema Goig, Francesca Genna, Gudrun Ewert, Blanca Rosa Pastor, José Manuel Guillén Ramón, Lola Pascual, Santiago Delgado, Carmen Grau, Carolina Maestro, Mariano Maestro, Vivian Asapche, Rosana Arroyo, Sylvain Malet, Emilio Morales, Silvana Blasbalg.

Carmen Grau: El arte como forma de vida

Carmen Grau (Valencia, 1950) nos abre las puertas de su taller mostrándonos sus últimas experimentaciones plásticas. La viveza de sus grandes ojos verdes, su abundante pelo rojo rizado y su risa frecuente contagian vitalidad. Una pintora en continua evolución que se expresa a través de diferentes formatos. Artista comprometida, sus creaciones exhiben una fina ironía en un juego continuo con los materiales. Utilizando el conglomerado como soporte básico surgen propuestas plásticas que incorporan materiales reciclados y objetos encontrados al discurso narrativo. Gubia en mano extrae a la madera su esencia. Su obra se explica, se argumenta, se compone de vivencias, pero es la materia la que sugiere e inspira sus piezas. Profesora de pintura en la Facultad de Bellas Artes desde 1986, para ella la pintura es un oficio que se enseña, el arte es otra cosa. Pintora de reconocido prestigio − el IVAM adquirió su obra Tarot imaginario (1983)−, Carmen es una de las pocas mujeres cuya obra (La prisión, 1988) forma parte de la histórica Colección Martínez Guerricabeitia, que se caracteriza por el compromiso político de sus pinturas. Para Carmen el arte es algo más que una expresión plástica, como ella misma afirma “el arte es una forma de vida”.

Tarot imaginario. (Col. IVAM).22 piezas de 42x29 cts. 1983-84

Carmen Grau. Tarot imaginario. (Col. IVAM).22 piezas de 42×29 cts. 1983-84

¿Cuáles han sido tus últimos proyectos?

Proyectos… ¿de qué tipo? Mi última exposición en Obrapropia en realidad no era un proyecto, surgió de repente, hacía tiempo que no exponía en Valencia, lo preparamos en menos de un mes, me ofrecieron la posibilidad y lo hicimos. Proyecto actual en firme no… hay muchas ideas, varias colectivas en preparación aquí en Valencia. He expuesto muchas veces en colectivas, fuera de España ninguna individual. Expuse en Barcelona, Madrid y Bilbao; en Ulan Bator, Helsinki, Nueva York, Marrakech, Francia, Bélgica, siempre en colectivas, surgían contactos internacionales solicitando obras mías a través de la Galería Punto y Arte Xerea, entre otros.

Nos gustaría que nos contases cómo te iniciaste como artista.

No tengo idea de un momento concreto de inicio. Mi padre era ilustrador −el decano de los ilustradores en Valencia−, José Grau. Trabajaba para Inglaterra y otros lugares donde la ilustración estaba mejor retribuida. Antiguamente los ilustradores no tenían conciencia artística, era algo que se ejercía como medio de vida, sin una consideración de arte, casi infantil. Yo dibujaba desde que tengo recuerdo. Era la única de mis hermanos −dos gemelos y yo− a la que mi padre dejaba entrar al taller. Los gemelos no podían, era un espacio reservado. Mi padre murió en 1998, conoció mis exposiciones. En mi taller está su mesa de dibujo. Una buena mesa que encargó mi abuelo cuando él tenía 17 años y le dijo: seré dibujante. Por otro lado, mis series africanas deben mucho a mi tío, vivía en Guinea Ecuatorial, enviaba tejidos, hasta un mono, tenía especial cariño hacia mí. El bolso que aún cuelga en el taller fue regalo suyo, lo llevé a la Facultad durante mis años de estudiante, lo he dibujado innumerables veces.

Carmen Grau en su taller

Carmen Grau en su taller, con el bolso de su tío. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Muchos artistas consideran que la pintura por sí misma es generadora de pensamiento, que no existe una relación formal entre el pensamiento del artista y el hecho artístico ¿Qué opinas?

La obra es generadora de pensamiento, te hace ir más allá. Cuando creas el esfuerzo mental y físico te hace indagar, aprendes de la vida, del mundo. Había un profesor, don Víctor Gimeno, que decía: “el arte es todos los días”. Es un carrito que va por un camino recogiendo cosas, el carro anda, pero a la que te descuidas tienes que correr detrás de él, se va si no sigues creando. Por eso todos los días hay que ir al taller. Yo así lo hago. Para mí todo es secundario, todo excepto mi trabajo. La facultad es algo accidental, en principio fue transitorio y se ha convertido en continuo. Necesitaba asegurar el futuro, la inestabilidad del artista no se puede compaginar con una familia. Se dio la posibilidad de entrar como docente en una ampliación. Mi idea no era dar clase, aunque fueran solo dos o tres días suponía una distracción de mi trabajo, además yo no pensaba que tendría mucho que decir. Tras la solicitud me devolvieron la instancia desestimada, leer aquello sacó el samurái que llevo dentro y lo impugné. Nadie había impugnado, mucha gente se siente prisionera de las decisiones de otros, pasaron nueve meses, aporté nueva documentación más explícita y fui seleccionada, era 1986.

Tu trayectoria docente ¿piensas que ha ampliado tus horizontes en la investigación plástica? ¿Qué recursos plásticos aportas a tus alumnos?

La investigación plástica se da solo por el hecho de preparar una clase. Te hace estar más atenta. A mí no me interesa profundizar en otros derroteros creativos. Me gusta mi propio camino creativo. Como profesor debes dar lo mejor, debes estar informado. Por supuesto, eso repercute en tu obra, en tu conocimiento de la creación. La relación con los alumnos no es una alimentación, yo tengo mi propio sentido plástico creado, es una rueda que ya está en marcha. Entre los alumnos hay gente interesante como personas, algunos creativamente pueden serlo.

Comenta Horacio Silva que no echa de menos la docencia y que tantos estudiantes que no llegarán a ser artistas es algo desesperanzador, ¿qué piensas acerca de ello?

No echaré de menos la docencia. No está la carrera de Bellas Artes preparada para formar artistas. Antes casi el 95 % éramos pintores o queríamos serlo, un  2 o 3 % ya sabían que iban a dar clases, eran monjas o frailes, profesores de dibujo que ya tenían esa predeterminación; solo un pequeño porcentaje de chicos y chicas que no sabían lo que querían ser. Ahora el porcentaje se ha invertido, es facultad, ahora hay administrativos que les gusta dibujar, muchos estudian por obtener la titulación, no son pintores, en dibujo también se nota y en escultura.

La mayoría de tus obras tienen título. En tus dibujos aparecen personajes polémicos…

En cierto modo los títulos vienen de mi carácter comprometido. Mis temas son la mujer, el medio ambiente… el dibujo –en el que está trabajando actualmente− se inicia con músicos, aparecen personajes que me interesan, Michael Moore, Susan Sarandon, Hugo Chávez, Antich, falta Renau, se genera un caos. Estados Unidos no es un lugar al que me gustaría ir. Renau es un referente, realicé mi particular American Way of life en homenaje a Renau, aparecen citas, su “Hello Stupid”, todas iguales, la calavera. Es una obra del 84 de la que no me puedo deshacer. Realizada con fotocopias, algo que entonces era muy poco habitual, pero yo pensé que no iba a volver a dibujar lo que ya había trabajado otro.

Chillida comenta su sufrimiento creativo… ¿Qué proporción de sufrimiento e ironía hay en tus creaciones?

Creando se disfruta y también se sufre, pero está la satisfacción del resultado. No solo es diversión el trabajo; el esfuerzo, hasta el agotamiento físico se siente. Hay diversión, el montaje de personajes en un dibujo tiene cierta dosis de juego. Se hace con un objetivo claro, pero cuando te introduces dentro de un formato, cuando la técnica ya te ha agotado, pierde emoción el trabajo y, de repente, te entra el pánico, es algo cíclico, suele sucederle a muchos artistas.

Tú dominas el conglomerado…

Es mi material, siempre será mi soporte, le sigo viendo posibilidades, a veces solo como soporte, pero se hace presente en la obra. Ahora estoy haciendo collage con piel. Al llegar a esta casa había retales de piel, el antiguo dueño lo iba a tirar, a mí me había sugerido cosas, le dije ya lo tiraré yo si no le encuentro utilidad. Le fui dando vueltas hasta que me di cuenta de lo que debía hacer, el díptico azul de mi última exposición surgió de ahí. Necesitas aportar a lo que haces, cuando creas el material carece de lo que quieres, el arte es un enamoramiento que acaba apagándose si no se renuevan los estímulos.

En tus ensamblajes se ve una tendencia clara hacia la tridimensionalidad ¿se debe a una vocación escultórica?, ¿son estas piezas las que te llevaron a tu Taller narrativo?

Todo eso funciona. Los ensamblajes tienen incisiones de gubia, máscaras inacabadas. Trabajé en la serie de máscaras a finales de los ochenta. La escultura que hay en el Campus de la Universidad Politécnica de Valencia fue presentada en la exposición del Taller narrativo en el Almudín. Realicé en madera dos obras, en bronce no era posible entonces. El rector invitó a hacer algo para el Campus, le presenté las maquetas y fue aceptado, quiso una de las más grandes. Era el rector Justo Nieto, sincero y humano, escuchaba siempre sin evasivas, si era blanco, blanco, si era negro, negro.

Obras de Carmen Grau en su taller

Obras de Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Un elemento común de tu obra son esos personajes de pequeño tamaño que se pierden en espacios vacíos evocando a los primitivos románticos ¿cómo surgieron en tu obra?

El personaje viene del rastro. A veces es romántico, pero a veces es malo, está en la picota, como los falleros, los quemo, otros están a punto de caer. Me encontré un futbolín muy antiguo, todavía conservo alguno de los muñecos, la varilla era aún de madera. Estaban en el suelo en el rastro, la vendedora me dijo: lléveselos todos, no se arrepentirá. Me los regaló porque se estaban rompiendo. Nada más verlo supe que encontraría algo, eran personajes, lo vi claro. En una primera etapa el personaje formaba parte de un todo repetitivo, entre ellos había uno señalado, a uno le pasaba algo, como la vida misma, el listillo, el que destaca.

Había uno que era el ecológico, un experimento. A mí me interesa el elemento plástico, dependiendo de la técnica surge algo propio, que ya lleva implícito, si lo que creo no es novedoso no me interesa. El ecológico surgió de un problema. Yo había detectado que en toda la historia del arte no aparecía el verde en pintura, nunca en una obra que no fuera un paisaje o bodegón. Es un color que da problema, siempre aparece como complementario si no es en paisaje. Nada me gustaba al componer. De repente puse verdes, vejiga, hiedra, esmeralda, verdes evidentes, con el blanco y el negro y su mezcla, los grises, y las figuritas del personaje como motivo. Ya apareció claramente. La obra fue premiada en Pego y la adquirió el Ayuntamiento.

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Esculturas de Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Tu obra La prisión en la colección de la Universitat de València incluye un texto poético, algo recurrente en otras de tus piezas ¿qué surge primero el texto o la materia?

Fue una compra de la Fundación Martínez Guerricabeitia, esa serie no ha salido a la luz, únicamente esta obra, en ella aparecen textos de poetas vascos. En una exposición celebrada en los ochenta en La Lonja, una colectiva, conocí a unos chicos vascos, yo ya tenía libros de Oteiza, hablé con ellos y me trajeron una antología de poetas vascos. A raíz de esa obra hice la serie, ya tenía la idea desde que leí los poemas de Oteiza. Había uno que describía una cárcel, cómo era, leí el texto y lo vi claramente, surgió la obra apenas en dos sesiones. Fue muy duro, es de las pocas obras que he concluido con esa rapidez. Cuando creo hay piezas que están cerca de lo que quieres, pero a veces el material se rebela y no acaba de quedar tu idea. Normalmente suele salir bastante cercano, mi proceso es lento, se pierde mucho por el camino, son muchas sesiones, pero este salió a la primera y al día siguiente lo acabé. Fuimos a Arco al día siguiente, acudimos unos cuatro años seguidos con Punto, una galería puntera en aquellos momentos. Luego, tras abandonar Punto en los noventa, fui con Arte Xerea durante tres años más. Arte Xerea fue un proyecto ilusionante, pero no acabó de afianzarse. Nunca tuve un catálogo, pero las ventas fueron numerosas.

Algunos pintores afirman que cuando tienen que abandonar su taller les supone una gran pérdida, un divorcio… una muerte… ¿hasta qué punto es fundamental el espacio creativo?

Yo he cambiado mucho de taller, pero lo puedo entender, te quedas mal. Añoro momentos puntuales, obras que hice en el piso donde vivíamos, de allí salieron cosas fantásticas. El espacio habitable estaba ocupado por la obra de los dos, Mariano hizo en el suelo murales, no teníamos ni paredes, aquello no era un estudio, y con un niño por ahí haciendo agujeros en las paredes. Esa época la recordamos con cariño, dentro de la precariedad era ilusionante. Luego nos trasladamos a un piso en la calle Orihuela solo taller, ya teníamos dos hijos. Después alquilamos otro arriba y me quedé yo en el taller, mi pintura ensucia más.

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Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

¿Crees que el hecho de ser mujer ha condicionado tu proyección artística o ya es un tema superado?

No, no es un tema superado, sigue habiendo predominante artistas hombres en las galerías. Condiciona mucho en la vida, es una especie de engaño la igualdad, es una mentira, debemos seguir luchando por ello. Hay más mujeres de las que se hacen visibles. Estudian más chicas que chicos, pero hay de todo. Ahora es la animación lo que distrae, la pintura no tiene actualmente mucho seguimiento. No se imparte la docencia como debe ser. Si te impones vas por mal camino, no es un colegio, ni un instituto, Bellas Artes es otra cosa, aún no podemos explicarnos que sea una titulación, vienen porque quieren aprender a pintar. Yo enseño a alumnos de cuarto y quinto, pintar es un oficio, la creatividad es otra cosa. A veces los docentes no saben ver al artista. Es enseñar un oficio, hay que practicar, atender a las claves, no solo hay una técnica. Pintar es una manera de hacer visual algo que se puede hacer con una foto. Se puede dibujar con proyector, pero a mí me gusta equivocarme, ganarle al dibujo. Si un alumno decide usar el proyector no es mi problema, pero todos los grandes sabían dibujar, Lucien Freud, todos, sus bocetos estaban hechos a mano.

Hacerlo bien como docente es respetar la forma de hacer de cada uno, da igual que sea abstracción, academicismo, Pop Art, lo que hagan yo lo potencio. Da lo mismo lo que se trabaje, mi gusto personal lo dejo fuera del Campus, hacer discípulos sería un error. Siempre algún alumno sigue la estela, pero no necesariamente, eso no se impone. Estoy dirigiendo cuatro tesis, tengo un proyecto de investigación vigente, aunque a nivel institucional está detenido. Tuve subvención de la Generalitat, se hicieron muchas cosas, ahora sin recursos no se puede hacer nada, pero el proyecto está ahí durmiendo. Está la publicación de todos estos años de investigación preparada pero pendiente.

El IVAM tiene obra tuya ¿no es así? ¿Cómo ha sido tu relación con instituciones y galerías a lo largo de tu dilatada carrera?

Mala relación, no he tenido ayuda institucional. Mi obra la compró Carmen Alborch. Vinieron a mi estudio cuando estaba en Arte Xerea, Carmen era vecina mía de pequeña, nos conocemos de hace mucho tiempo, pero no era una amistad. El último año de su mandato −fue ministra en el 90− vino con Todolí a elegir una obra, se iban a llevar el Autorretrato barroco, pero al final se llevaron el Tarot. Me dijeron: ¿no has expuesto aún? Pues vas a exponer. Pero luego se marchó y el proyecto quedó en eso. Este verano se hizo una exposición en el IVAM de Jaime Siles con fondos propios sobre pintores que han pintado poesía. Allí estaba el Tarot (el mago es Borges), se ha expuesto únicamente ese fragmento de la obra en esta exposición, nunca nada más. No hay posibilidades de exponer allí, es algo sabido, siempre ha sucedido así, se ha privilegiado a algunos artistas y se han ignorado otros, desde el inicio ha sido catapulta política.

Eduardo Arroyo comenta que el estado del arte actual le aburre, que está muy burocratizado y que en todos los museos se ve lo mismo ¿qué piensas que se podría hacer para mejorar el empobrecimiento de la cultura en Valencia?

No hay empobrecimiento, hay cantera, pero si solo se potencia a unos cuantos la obra permanece en el estudio, no se hace visible. El arte −no solo en Valencia− no es “los que llevan el arte”, el arte es quien lo hace, es él mismo, no tiene edad, no tiene sexo, es bueno o es malo. Los que lo gestionan, los que parece que lo promocionan, casi todos los que han llevado el arte han sido ineptos, personas que solo han hecho su carrera. No se trata de promocionar solo a la gente joven, hay artistas consagrados a los que se ignora, no todo es emergente, yo sigo contenta, creando cosas nuevas. No hago las cosas pensando en los demás, es todo una mediocracia, no solo en Valencia. Yo no estoy en contra de nadie concreto, yo soy yo misma, más bien estoy en contra de todo, solo creo en las individualidades. Yo encuentro a gente humana y me fascina, pero las masas no las soporto. El arte no es un elemento de consumo, es una forma de vida.

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Carmen Grau en su taller. Fotografía de Mª Ángeles Pérez-Martín

Mª Ángeles Pérez Martín

Bibliofilia, la letra con arte entra

Bibliofilia. Exposición colectiva
Centro cultural Obrapropia
C / Puerto Rico, 40. Valencia
Hasta finales de mayo

Libros de gran formato, libros voladores, libros guardados en los baúles de nuestra vida, libros que buscan la libertad y se escapan de su cárcel de acero, libros que forman una Torre de Babel, libros que se transforman en etéreas páginas que vuelan al viento, libros convertidos en luz, en protesta, en objetos de culto, libros que colgamos en las paredes de nuestra existencia como cuadros o como mándalas con figuras concéntricas. Libros, a su vez, conviviendo con la fotografía, la música, la arquitectura o el cine. El libro, en suma, como universalizador de la cultura. Así es la exposición Bibliofilia que acoge el centro cultural Obrapropia, de la calle Puerto Rico de Russafa en Valencia. Y así la ve al menos el sociólogo Alberto Moncada, de quien hemos tomado prestadas algunas de sus palabras. Como han tomado prestado su libro Crónica de Miami Beach, los 26 artistas que intervienen en la exposición.

Una exposición, Bibliofilia, que Vicente Vercher, responsable de Obrapropia, resume como un compendio de piezas que vienen a “destacar el libro como fuente de herencia principal de inspiración y belleza, legado de la bondad del ser humano, de su espiritualidad y de la sabiduría universal”. Intervenir el libro, con el fin de transformarlo y dotarlo de nueva vida, ha sido el objetivo de los artistas que integran la muestra: Margarita Baixauli, Luis Beltrán, Victoria Cano, Vicente Dobón, Florencia Fergnani, Antonio Fernández, David Furió, Carmen García, Carmen Grau, Carmen Ibarra, Regina Quesada, Clara Palomar, Lluis Pérez, Mª Luisa Pérez, Cristina Peris, Sofía Porcar, Mª José Ramis, Guillen Renau, Mari Carmen Ruiz, Amparo Santamarina, Ana Roussel, Yolanda Tavera, Sergio Terrones, Amparo Tórtola, Karina Vagradova, y Amparo Wieden.

Exposición Bibliofilia. Imagen cortesía de Obra Propia

Exposición Bibliofilia. Imagen cortesía de Obra Propia

De manera que el libro, despojado de su función ordinaria como vehículo transmisor de apasionantes y apasionadas lecturas, se transforma en objeto artístico. Las páginas se sueltan, se liberan, al igual que el volumen mismo que las acoge, para transmitir mensajes y sensaciones que nada tienen que ver ya con su lectura, y sí mucho más con la propia visión del objeto desnaturalizado. El contenido deja paso al continente, para convertirse éste a su vez en contenido de nuevas lecturas a través de una mirada más plástica.

Y ahí es donde el libro se despoja de ataduras para mostrarnos su cara amable ligada a su otro rostro menos afable. De forma que al igual que el protagonista de La naranja mecánica, el polémico libro de Anthony Burguess, que luego dio pie a la película de Stanley Kubrick, escuchaba la Novena de Beethoven para dar rienda suelta a su violencia, el libro como objeto artístico de Bibliofilia también segrega en ocasiones el caos al que convocan sus heridas páginas, sus volúmenes con las tripas abiertas. Porque el libro, al igual que el debate abierto por la citada película, no guarda relación unívoca con la sabiduría y lo bello, sino también con la sordidez del mundo y las bajas pasiones que a veces nos atormentan. Bien haríamos en tomarnos al pie de la letra lo que Bibliofilia nos muestra, para confrontar el lado amable de tanta lectura con sus reflejos sombríos.

El guardián de las palabras, obra de Sofía Porcar para la exposición Bibliofilia en Obrapropia.

El guardián de las palabras, obra de Sofía Porcar para la exposición Bibliofilia en Obrapropia.

Salva Torres