Una abyecta melancolía

Ho Tzu Nyen
La nube del no saber (The cloud of Unknowing, 2011): Videoinstalación de cuatro canales, en color, con sonido, 17 min, con focos. Edición 1/1
Sala Film & Video del Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2. Bilbao
Hasta el 24 de abril de 2016

“Mi única estrella ha muerto -y mi laúd constelado lleva el sol negro de la melancolía” (El desdichado, Gérard de Nerval)

‘La nube del no saber’ (The cloud of unknowing), una instalación de vídeo multicanal creada por Ho Tzu Nyen (Singapur, 1976) en 2011 para representar a su país, Singapur, en la Bienal de Venecia de ese año, lleva ese sol negro de la melancolía al que alude Nerval.

La pieza, presentada a través de cuatro inmensas pantallas y una compulsiva banda sonora compuesta por doscientos fragmentos musicales cuyas letras mencionan a las nubes, sumerge al espectador en el mundo desconsolado y desolado de la melancolía.

Un mundo, como señala Julia Kristeva en su libro ‘Sol negro. Depresión y melancolía’, habitado por un “abismo de tristeza, de dolor incomunicable que nos absorbe a veces, y a menudo duramente, hasta hacernos perder el gusto por cualquier palabra, cualquier acto, inclusive, el gusto por la vida”.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

La cámara de la videocreación ‘La nube del no saber’ penetra de manera indiscreta -al igual que la cámara de Hitchcock en ‘La ventana indiscreta’ (Rear Window, 1954)-, en la habitación donde vive cada uno de los cinco inquilinos de un edificio cualquiera de los suburbios de la ciudad de Singapur. Cinco inquilinos abrumados por una realidad que les absorta hasta la impotencia: un escritor que destruye cada hoja que escribe, una anciana obnubilada por la inmensa naturaleza que imaginariamente emana de la maceta que cuida, un hombre maduro absorbido por la cama, al igual que el agua se hunde en la tierra seca, una mujer madura decaída en una silla, descomponiéndose al igual que los platos de comida que le rodean y, por último, un anciano cuya piel está literalmente quemada por las numerosas bombillas encendidas que cuelgan del techo. Ninguna palabra, sólo miradas devastadas sobre esos objetos que les rodean y les sobrecogen.

La mirada voyeur de Ho Tzu Nyen contempla sin misericordia  a estos personajes: los cuerpos pesados y grasientos, las miradas ojerosas y extrañadas consigo mismas, el color glauco de la tez de sus rostros. Personajes cuyos efluvios emanan un hedor abyecto que impregnan cada habitación donde habitan; personajes más cerca de la muerte que de la vida.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

‘La nube del no saber’ toma su título de un tratado anónimo escrito en inglés del siglo XIV. Un ensayo teológico donde “la nube del no saber” representa la metáfora de la distancia que existe entre el amor inconmensurable de Dios y el  amor humano. Una distancia que se puede acortar a través de la contemplación mística, pero, tal y como propone el tratado, siempre existirá una nube del no saber entre lo divino y lo humano.

La melancolía es ese sentimiento que no quiere saber nada de la existencia de esa distancia. De la distancia como metáfora de lo mensurable, de lo mortal, de la pérdida, de lo ininteligible que configura la existencia humana.

La nube del no saber, que surge constantemente como una bruma, como una niebla en el universo representado de la videocreación de Ho Tzu Nyen, sumerge a los personajes en la impotencia melancólica: “Un estado de ánimo -como decía Freud en ‘Duelo y melancolía’- profundamente doloroso”.

Un estado de ánimo que atrapa al espectador de la instalación. El montaje fragmentado compuesto por las cuatro pantallas, la iluminación tenebrosa al estilo de cierta obra de los pintores manieristas Zurbarán y Caravaggio, y la impulsiva banda sonora introducen al espectador en ese universo de abyecta melancolía donde el sol negro eclipsa la nube del no saber.

Imagen del video de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Imagen de la videocreación de Ho Tzu Nyen. Museo Guggenheim de Bilbao.

Begoña Siles

Los plegamientos barrocos de Javier Palacios

Shit Behind Beauty, de Javier Palacios
Galería Espai Tactel
C / Dénia, 25 B. Valencia
Inauguración: viernes 8 de mayo, a las 20.00h
Hasta el 19 de junio

En las pinturas recientes de Javier Palacios (Jerez de la Frontera, 1985), el protagonista principal es una suerte de minucioso e infinito plegamiento de las superficies, el cual termina por apoderarse por completo de la escena, indistintamente de que ésta consista en el primer plano de una cara -anónima o conocida-, o, ya de manera autónoma, distintos materiales cuya naturaleza y origen deviene secundario en aras de resaltar, precisamente, su completo arrugado, abullonado, arrebujado, plisado…

Plásticos y envases, bolsas y blister, papeles metálicos, de aluminio, etcétera, son el repertorio iconográfico cuya notable técnica los aborda desde primeros planos que vuelven prácticamente irreconocible el motivo.

Beuys, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Beuys, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

La pintura, cuya inercia material (se arruga o se craquela) coincide aquí con los objetos representados, parece instalarse en un movimiento autorreflexivo muy de nuestros días. Pintura sobre las cualidades y los límites de la propia pintura, que indaga un doble límite frente a la abstracción: no sólo las “figuras” representadas tienden aquí, en las imágenes de Palacios, a rozar la frontera de lo irreconocible ahondando en el detalle de la reproducción, en la retórica de la mímesis (en algunos momentos hasta el borde del hiperrealismo), sino que a cada paso parece que lo que anima al pintor es cierta voluntad tautológica en torno a la capacidad de la disciplina de representarse a sí misma a partir de concentrar su figuración sobre los propios medios: el color, la materia, la unción, la capa, la adherencia…

Groov, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel

Groov, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El Barroco es el arte de lo informe por excelencia, y en esta línea, sólo que hoy ya con la ironía fría del distanciamiento, también podemos incluir a nuestro protagonista, quien por su parte ahonda en esa escuela de los pliegues de la materia ya sólo como paráfrasis e imagen-superficie.

Estas pinturas “impecables” de Palacios, que entre la abstracción y la figuración, pues, pero también entre la ventana y el espejo que ofrece tradicionalmente la vieja disciplina, nos dejan con la duda de si hablan del propio medio o se lanzan más allá.

Shroud, de Javier Palacios, en 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Shroud, de Javier Palacios, en ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

(…) El origen de este arrugamiento proliferante es múltiple: un síntoma de la senectud de la gran disciplina pictórica, cuya larga historia y experiencia, resabios y cuestionamiento, simulaciones y disimulos la han llevado al borde de la extenuación. Su cuerpo viejo es un campo estriado y profundo, de una densidad ya ilegible en su totalidad. Los rostros que presenta (y que la representan), ya no pueden aspirar a la inocencia, a decir las cosas por vez primera y con voz ingenua. Pero es también consecuencia de un movimiento de repliegue, que hace oscilar lo exterior frente a lo interior continuamente: la manifestación sucinta de que, casi como estroboscópicamente, lo profundo es la piel y viceversa. Lo más banal, los despojos, adquieren la forma suntuosa del drapeado, del envoltorio del cuerpo y, metafóricamente, incluso del alma; y así, los plásticos y celofanes de deshecho brillan con el tornasolado de los más suntuosos ropajes y telones, de telas damasquinadas, de la alta costura que sólo cubre un cuerpo ideal…

Lujo y luto, pues, como expresión última de cierto impulso barroco que Javier Palacios ha sacado al escenario desde el callejón trasero, donde se acumulan los desperdicios, y que haría las delicias de una sensibilidad como la de Caravaggio, tan atento a las texturas y los pliegues del mundo, de todos los rincones del mundo.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición 'Shit Behind Beauty'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Origen, de Javier Palacios, en la exposición ‘Shit Behind Beauty’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Óscar Alonso Molina

Los Microfilms secretos de Adsuara

Microfilms, de Alberto Adsuara
Editorial RM
Libro presentado en la Fundación Anzo, donde se exponen fotografías del libro
C / Alcalde Albors, 21. Valencia
Hasta el 19 de diciembre

Más que un libro de fotografía es una fotonovela, cuidándonos muy mucho de interpretar este formato al modo tradicional de historia contada con imágenes y narrativa de corte sentimental. Alberto Adsuara se subiría por las paredes si ‘Microfilms’, editado por RM, se confundiera con ese tipo de fotonovela. Nada más alejado de la realidad. La cuidada publicación, por parte de una de las editoriales más reconocidas de América Latina, está pensada para acercarnos las 80 fotografías que contiene el libro como si fueran “micro secuencias narrativas”, término más preciso utilizado por el propio Adsuara.

Una de las marinas de Alberto Adsuara en Microfilms. Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Una de las marinas de Alberto Adsuara en Microfilms. Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Que no es una fotonovela al uso se da uno cuenta nada más abrir el ejemplar. Incluso pudiera decirse, por seguir el símil, que estaríamos hablando de una reinvención de la fotonovela con fines artísticos. Alberto Adsuara quiere contar pequeñas historias con sus desnudas imágenes, para lo cual utiliza literalmente el desnudo como medio de expresión, pero también la desnudez del texto con el fin de que sea el lector espectador quien vista las fotografías con la narración desplegada. De manera que narración, sí, con imágenes, también, pero pensado el relato de forma que las palabras surjan de la relación entre las fotografías. Por eso el diseño y la maquetación juegan un papel tan importante.

Fotografía de Alberto Adsuara del libro Microfilms presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Fotografía de Alberto Adsuara del libro Microfilms presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Microfilms se presentó en la Fundación Anzo acompañado de tres de esas fotografías expuestas en gran formato, que permanecerán hasta el 19 de diciembre. Fotografías pertenecientes a tres series distintas de la larga trayectoria artística de Adsuara. Hay marinas, desnudos (casi todos de mujer) evocadores sin duda de la sexualidad de la que procedemos, y desnudos apuntando hacia el otro extremo final que conduce a la muerte. Alberto Adsuara lo reconoce: “Sexo y muerte”, pero en todo caso, “turbios”.

Fotografía de Alberto Adsuara del libro Microfilms presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Fotografía de Alberto Adsuara del libro Microfilms presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

De ahí las evocaciones a David Lynch. Más concretamente, a ‘Terciopelo azul’. También a Caravaggio. Cuerpos desnudos que lejos de mostrar el glamour del anuncio publicitario, concitan la mirada para perderse por vericuetos no aconsejados a las almas cándidas. O sí, quién sabe, porque como dijo Georges Bataille existe una afinidad secreta entre la santa que, llena de pavor, aparta la vista del voluptuoso. Hay igualmente referencias al “terror japonés”. De ahí la inquietud que provocan las imágenes del libro, incluidas aquellas de paisajes, marinas, escaleras o fachadas que, como explica Adsuara, “vienen a oxigenar los desnudos”.

Fotografía de Alberto Adsuara de su libro Microfilms, presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Fotografía de Alberto Adsuara de su libro Microfilms, presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

A modo de “fotogramas”, las micro secuencias narrativas que aparecen en ‘Microfilms’ dan pie a construir multitud de “historias crípticas”. Incluso “secretas”, en alusión a esos microfilms que Adsuara recuerda como pertenecientes al espionaje de antiguas series televisivas. Crípticas, secretas, enigmáticas, turbias, pero en cualquier caso “siempre narraciones”, porque como desvela Alberto Adsuara su fotografía está ligada a la narración de historias, de ahí las cuidadas escenografías con que presenta sus desnudos.

Con una tirada de 1.000 ejemplares, ‘Microfilms’ se cierra con un cráneo sostenido entre las manos por una mujer. Imagen que el propio artista reconoce a modo de autorretrato. De nuevo el sexo y la muerte. Aquellas vírgenes con niños entre los brazos de antiguas pinturas se transforman en la obra de Alberto Adsuara en turbias diosas, de las que el artista se ocupará próximamente.

Fotografía de Alberto Adsuara de su libro Microfilms, presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Fotografía de Alberto Adsuara de su libro Microfilms, presentado en la Fundación Anzo. Imagen cortesía del autor.

Salva Torres