«El galerista trabaja por amor al arte»

Entrevista a Basilio Muro
Junio de 2017

Basilio Muro, galerista valenciano con más de 30 años de experiencia a sus espaldas, cuenta en esta entrevista algunos de los pormenores de su larga actividad profesional, como la relación entre galerista y artista o sobre coleccionismo.

¿Desde tu punto de vista, hay alguna diferencia entre marchante de arte y galerista? 

Hay diferencias. Un galerista tiene un local, por lo que tiene riesgos y gastos. La muestra al público es también otro aspecto importante, otro factor que toma peso en la galería. Pues un buen galerista, cuando defiende la obra del artista, la muestra al público, lo cual cuesta una inversión. Desde luego, los galeristas arriesgamos por nuestros artistas. El marchante, por otra parte, representa a artistas, sin albergar tantos riesgos como un galerista, puesto que no es común que tengan un local, lo cual le descuenta gastos. Él tiene un punto de vista más bien económico, aunque esto no quiere decir que no le guste lo que está vendiendo y representando.

¿Se suele cobrar al artista por exponer en la galería?  

El galerista trabaja por amor al arte, por pasión. Además, un galerista que se precie no cobra al artista por exponer. Pero, cierto es que otras muchas sí lo hacen, lo cual, desde mi punto de vista, te quita libertad a la hora de exponer, privándote de la elección de la obra que uno quiere mostrar al público.

¿Hay artistas que pidan una recompensa económica por exponer en una galería? 

No se ha dado el caso con nadie en mi galería. Eso sería un handicap para ellos, es como decir “Yo valgo tanto y me tiene que pagar”. No creo que un artista que se precie lo haga.

Basilio Muro.

Basilio Muro. Imagen cortesía del autor.

¿En la galería realizabais certificaciones?  

Normalmente, un galerista no debe de certificar una obra. Eso no quita que tenga que tener conocimientos sobre la obra que tiene entre sus manos y de lo que está vendiendo. Yo, por ejemplo,  cuando he tenido algo de Miró lo he mandado a certificar. También me he encontrado con obras que he comprado en subastas que no eran auténticas, sobre todo obra gráfica, porque en el mundo de la obra gráfica hay bastantes falsificaciones. Cuando he hecho certificaciones, era sabiendo que la obra tenía un 100% de autenticidad, e incluso aún sabiéndolo me surgen dudas sobre si hacerlas o no. Porque hay personas, como por ejemplo el hijo de Jacinto Salvadó que certifica la obra de su padre, que yo también lo podría hacer puesto que es un pintor que conozco y que conocí, sin embargo, su hijo está más cualificado que yo.

¿Crees que los familiares, por ejemplo, hijos o nietos, están cualificados para certificar una obra? 

No siempre, sin embargo, los hay y dichas certificaciones ponen en riesgo la autenticidad y veracidad de las obras.

Y, ante un hipotético caso en el que se presenta una obra de un artista reconocido, y que existen profesionales en dicho artista, ¿prevalece antes la palabra del familiar o la del experto? 

Prevalece la opinión del familiar. Pero afortunadamente existen también las fundaciones que certifican y reconocen perfectamente detalles que a nosotros se nos pueden pasar, en la firma por ejemplo. ¿Cómo lo hacen?, no lo sé, pero si lo supiera no lo diría para no dar datos a nadie. Ya te digo, yo he comprado obras, obra gráfica de Miró en subastas reconocidas de París y las he llevado a certificar a la Fundación Miró. Y, una vez ante el experto, te dicen que si no es auténtica esa obra no sale de ahí, siendo destruida ante notario, lo cual me parece perfecto. Pues, convencido de las cinco que compré, tres no lo fueron.

Entonces, a pesar de estos riesgos, ¿los coleccionistas seguirán comprando? 

Sí. Eso va en el género humano.

Basilio Muro. Imagen cortesía del autor.

Basilio Muro. Imagen cortesía del autor.

Hablando de coleccionismo, ¿piensas que depende de algún país? Es decir, ¿hay un motor que lo haga funcionar? Porque, por ejemplo, en Valencia no hay una cultura tan extensa del coleccionismo artístico como en otras partes de España, a pesar de tener grandes pintores.  

Tenemos buenos pintores y clientes muy preparados. Pero también está el coleccionista que piensa que si va a Madrid o a París y compra allí una pieza, ésta será más relevante, pero eso no es así.

Entonces, ¿dirías que es por el nombre de la ciudad, más que por el arte en sí? 

Sí, de nuevo digo que eso va con el género humano. Sin embargo, hay coleccionistas que encuentran obras maravillosas sin salir de Valencia, tan maravillosas como las que puede encontrar en Nueva York, en París o en Londres.

¿En Valencia crees que el coleccionismo irá a mejor, peor o se mantendrá? 

Tendrá sus lapsus, es como la pescadilla que se muerde la cola, al final volverá a su punto de origen. El coleccionismo está ahí y lo estará siempre.

Pero, ¿qué necesita el coleccionismo para que vuelva a resurgir? 

Pues como resulta en todas las cosas, ha habido una serie de crisis haciendo que el poder adquisitivo mengüe, repercutiendo en la venta. Su futuro también va ligado a la política.

¿Qué podrías decir de la educación visual y el reconocimiento de artistas? 

Los galeristas que tenemos un cierto prestigio amamos lo que hacemos e intentamos exponer a gente importante, y cuando digo importante no quiere decir que sean primeras figuras, porque hay pintores que se pueden llamar de segunda fila con una calidad bárbara. Lo que pasa es que aquellos que han llegado a tener un nombre en la Historia, ha sido por su originalidad e innovación. Y, a pesar de ello, los ha habido que no han sido tan reconocidos, aunque el tiempo los pone a todos en su lugar. Yo he visto y escuchado críticas a Sorolla enormes aquí en Valencia, al igual que Pinazo ha sido durante mucho tiempo olvidado por su ciudad. Y, sin embargo, ambos han tenido una calidad magnífica que se encuentra en el mismo nivel, solo que a unos les gustará más Sorolla y viceversa.

Muñoz Degrain también era un gran pintor del XIX y ahí está, olvidado completamente, pero saldrá. Como estuvo Van Gogh, como estuvo George de la Tour, como muchos pintores, el tiempo les pondrá a cada uno en su lugar, ya lo verás. Siempre digo que los cuadros se leen como se lee una novela. Puedes ir mirando una obra y te impacta enseguida. Y te impactan ¿por qué?, porque hay algo. Eso es una educación que nos hacemos también nosotros mismos con el tiempo. He de decir que cuando conocí la obra de Miró por primera vez no me gustó nada, después, sin embargo, considero que es un pintor buenísimo que logró en el final de su vida pintar como un niño. ¡Qué difícil es ser adulto y niño a la vez!

Basilio Fernández junto a Carolina Fernández. Imagen cortesía del autor.

Basilio Fernández junto a Carolina Fernández. Imagen cortesía del autor.

En relación con la infancia, ¿qué piensas del público que menciona la siguiente frase: “Esto lo puede pintar mi hijo”?

En parte, se debe a la ignorancia con respecto a la evolución de un artista y su aprendizaje, cuando en realidad es muy complicado pintar de esa manera, puesto que no se rigen ni son condicionados por la academia o los cánones impuestos en la Historia del Arte. Y cierto es que un niño puede hacer cosas maravillosas; un niño se deja llevar por el color, por las formas…Por eso te digo que Miró murió pintando como un niño adulto. En este sentido, es muy importante tener una educación y un ambiente en el que enseñen arte, Historia del Arte. De esta forma, habría personas que igual seguirían sin entender muchas de las obras artísticas, pero al menos no se atreverían a decir “esto no vale nada”.

¿Crees que ser galerista es una profesión fácil? 

No es una profesión fácil, tienes que luchar mucho. Pero cuando algo te gusta y te apasiona, no cuesta tanto.

¿Cómo te formaste para llegar a ser galerista? 

Yo me formé en la universidad del hambre, que es la que más te enseña. Recuerdo que cuando viví en París trabajaba como courtier, marchante, dándome cuenta de que luego quería ser galerista, ese era mi siguiente paso. Y así fue, llegué a Valencia y monté mi galería, haciendo lo que más me ha gustado en la vida, mi relación con el arte.

Carolina Fernández
Galerista en Art i Oci

Galería Muro, al rescate de Jacinto Salvadó

Jacinto Salvadó
Galería Muro
C / Verónica, 5 – 2ª. Valencia
Hasta finales de octubre de 2015

Lo poco que se conoce de la vida de Jacinto Salvadó es digna de una novela escrita por Alejandro Dumas. Una biografía que recorre dos guerras mundiales y una guerra civil, el fallecimiento traumático de un hijo, una grave enfermedad cuando tenía 10 años, largos viajes a pie por el norte de España,  problemas con la autoridad, residencia en diferentes países europeos, varios personajes de la vanguardia de principios de siglo, masonería, anarquismo, intrigas entre pintores famosos, un viaje fallido a Hollywood la meca del cine, profundo olvido oficial y merecida posterior recuperación histórica. Todos los ingredientes necesarios para dotar a Salvadó de una fuerte personalidad que cristaliza creativamente, porque todo lo que necesita un pintor  está en los libros, en el taller y en la calle, o sea, en la vida, y a Jacinto la suya le dio para mucho.

Diferente es la suerte crítica que nuestro protagonista ha tenido a lo largo del tiempo y, a pesar de ser muy valorado en algunos periodos, al llegar a la vejez se había convertido en un “transpapelado”. Es solo muy al final de su vida cuando, gracias a la labor de galeristas como Juana Mordó y Basilio Muro, y de críticos como Juan Manuel Bonet,  comienza a fraguar el lugar que la historia reserva a este exitoso pintor español. ¿Y por qué digo exitoso si antes lo señalo como un olvidado?. Porque desde mi punto de vista, uno de las mayores cotas a las que puede aspirar un pintor es, a la de poder y querer pintar hasta el final. Sobreponerse a la incertidumbre, la moda, los contratiempos, el público, el mercado, los críticos, la vida, las responsabilidades cotidianas, las necesidades económicas, es mucho mas difícil de lo que puede parecer.

La prueba fehaciente es que hay muchos artistas, grandes y pequeños, que dejaron de pintar. Algunos por pereza como Sebastian del Piombo (1485-1547), la mayoría porque abandonan antes de tiempo y otros porque delegaron completamente su taller en aprendices o ayudantes.  En cambio están los que como Picasso y Salvadó, pintaron hasta el último suspiro. Si traigo a colación al genio malagueño es por dos motivos; primero porque él es a uno de los pocos a los que se les ha permitido cambiar de estilo sin pagar tributo por ello. Y puede que sea precisamente esto, el estilo, o mejor dicho la falta del mismo, de un estilo unitario, una de las causas que ha desubicado a Jacinto durante tanto tiempo en la historiografía oficial.

Obra de Jacinto Salvadó. Cortesía de Galería Muro.

Obra de Jacinto Salvadó. Cortesía de Galería Muro.

A muy pocos pintores se les deja campar a sus anchas por la pintura sin ser crucificado por ello -¡que le pregunten a Philip Guston (1913-1980)!-, porque como decía el actor Benicio del Toro en la película de Basquiat (Jualian Schnabel, 1996), “para tener éxito tendrás que hacer siempre lo mismo”. Y Jacinto Salvadó hizo siempre lo que le vino en gana; y segundo porque, para bien o para mal, Pablo Picasso ha sido uno de los personajes mas influyentes en la figura de Salvadó. No ya en su persona o en su obra, sino en su nombre, en su recuerdo, en su lugar en los libros. Hasta su restauración como un nombre a tener en cuenta de la escuela de París española, Jacinto era mas conocido por ser el modelo de un famoso arlequín pintado por Picasso y expuesto en El centro Pompidou de Paris, que por sus propios cuadros. Mas nombrado por la anécdota que por el sudor vertido sobre sus obra. Porque esto es al fin y al cabo lo importante, o mejor dicho, estos, en plural, los cuadros, sus cuadros.

Y es que a pesar de que haya comenzado enumerando brevemente alguna de sus aventuras, un pintor no es por lo que vive o deja de vivir, por la cantidad de nombres conocidos que puede poner en la lista, por una biografía, sino por como es capaz de filtrar, transformar, y plasmar sus experiencias, seas estas del tipo que sean, en su pintura. Como técnica, idea y espíritu se objetualizan en la obra de arte. Por eso debemos respetar una obra que tan bien afronta el juicio del tiempo que es, sin duda, el último tribunal. Una pintura con aciertos y errores, con logros y fracasos, pero que desafía abiertamente a todos aquellos que quisieron desplazarlo de un lugar en nuestra memoria.

La mayoría de los críticos aciertan en coincidir que su obra mas lograda es, aquella que realiza al llegar a la vejez, en la década de los 70. Bendita vejez para él. Una obra abstracta, acrílica -¡que acorde para los tiempos!-, mineral pero también orgánica. Una obra que a muchos lleva a otra obra, a otros pintores, pero como decía Balthus: “un pintor usa un pincel y otro también, ahí está la influencia”.

Desde luego que Salvadó, como buen viajante y buen artista, siempre tuvo los ojos abiertos y decidió beberse sin tapujos todo lo que encontraba a su paso, destilado cuadros que siempre tenían algo de aquello y un poco de lo otro. Pero siempre dotando su trabajo con una entidad propia. Una personalidad que finalmente fragua mas allá de su madurez, en los años sabios, al final del camino, dejando para el recuerdo una serie pictórica que entra por derecho propio en esa cadena de conocimiento y experiencia que los seres humanos llaman cultura, y mas concretamente en este caso, en la historia de la pintura.

Obras de Jacinto Salvadó. Cortesía de Galería Muro.

Obras de Jacinto Salvadó. Cortesía de Galería Muro.

Pedro Paricio*

*Texto extraído del catálogo de la exposición del Instituto Cervantes de París

 

El ‘éxito’ de Jacinto Salvadó

Jacinto Salvadó (1892-1983)
Galería Muro
C / Correjeria, 5. Valencia
Inauguración: jueves 26 de marzo
Hasta el 30 de abril, 2015

Lo poco que se conoce de la vida de Jacinto Salvadó es digna de una novela escrita por Alejandro Dumas. Una biografía que recorre dos guerras mundiales y una guerra civil, el fallecimiento traumático de un hijo, una grave enfermedad cuando tenía 10 años, largos viajes a pie por el norte de España,  problemas con la autoridad, residencia en diferentes países europeos, varios personajes de la vanguardia de principios de siglo, masonería, anarquismo, intrigas entre pintores famosos, un viaje fallido a Hollywood la meca del cine, profundo olvido oficial y merecida posterior recuperación histórica. Todos los ingredientes necesarios para dotar a Salvadó de una fuerte personalidad que cristaliza creativamente, porque todo lo que necesita un pintor  está en los libros, en el taller y en la calle, o sea, en la vida, y a Jacinto la suya le dio para mucho.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen cortesía de Galería Muro.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen cortesía de Galería Muro.

Diferente es la suerte crítica que nuestro protagonista ha tenido a lo largo del tiempo y, a pesar de ser muy valorado en algunos periodos, al llegar a la vejez se había convertido en un “transpapelado». Es solo muy al final de su vida cuando, gracias a la labor de galeristas como Juana Mordó y Basilio Muro, y de críticos como Juan Manuel Bonet,  comienza a fraguar el lugar que la historia reserva a este exitoso pintor español.

¿Y por qué digo exitoso si antes lo señalé como un olvidado? Porque desde mi punto de vista, una de las mayores cotas a las que puede aspirar un pintor es la de poder y querer pintar hasta el final. Sobreponerse a la incertidumbre, la moda, los contratiempos, el público, el mercado, los críticos, la vida, las responsabilidades cotidianas, las necesidades económicas, es mucho mas difícil de lo que puede parecer. La prueba fehaciente es que hay muchos artistas, grandes y pequeños, que dejaron de pintar.

Algunos por pereza, como Sebastian del Piombo (1485-1547), la mayoría porque abandonan antes de tiempo y otros porque delegaron completamente su taller en aprendices o ayudantes.  En cambio están los que como Picasso y Salvadó pintaron hasta el último suspiro. Si  traigo a colación al genio malagueño es por dos motivos, primero porque él es uno de los pocos a los que se les ha permitido cambiar de estilo sin pagar tributo por ello. Y puede que sea precisamente esto, el estilo, o mejor dicho la falta del mismo, de un estilo unitario, una de las causas que ha desubicado a Jacinto durante tanto tiempo en la historiografía oficial.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen obtenida de su web.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen obtenida de su web.

A muy pocos pintores se les deja campar a sus anchas por la pintura sin ser crucificado por ello -¡que le pregunten a Philip Guston (1913-1980)!-, porque como decía el actor Benicio del Toro en la película ‘Basquiat’ (Jualian Schnabel, 1996) para tener éxito tendrás que hacer siempre lo mismo. Y Jacinto Salvadó hizo siempre lo que le vino en gana; y segundo porque, para bien o para mal, Pablo Picasso ha sido uno de los personajes más influyentes en la figura de Salvadó. No ya en su persona o en su obra, sino en su nombre, en su recuerdo, en su lugar, en los libros.

Hasta su restauración como un nombre a tener en cuenta de la escuela de París española, Jacinto era más conocido por ser el modelo de un famoso arlequín pintado por Picasso y expuesto en El centro Pompidou de París, que por sus propios cuadros. Más nombrado por la anécdota que por el sudor vertido sobre sus obra. Porque esto es al fin y al cabo lo importante, o mejor dicho, estos, en plural, los cuadros, sus cuadros.

Y es que a pesar de que haya comenzado enumerando brevemente alguna de sus aventuras, un pintor no es por lo que vive o deja de vivir, por la cantidad de nombres conocidos que puede poner en la lista, por una biografía, sino por cómo es capaz de filtrar, transformar, y plasmar sus experiencias, sean estas del tipo que sean, en su pintura. Como técnica, idea y espíritu se objetualizan en la obra de arte. Por eso debemos respetar una obra que tan bien afronta el juicio del tiempo que es, sin duda, el último tribunal. Una pintura con aciertos y errores, con logros y fracasos, pero que desafía abiertamente a todos aquellos que quisieron desplazarlo de un lugar en nuestra memoria.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen extraída de su web.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen extraída de su web.

La mayoría de los críticos acierta en coincidir que su obra más lograda es aquella que realiza al llegar a la vejez, en la década de los 70. Bendita vejez para él. Una obra abstracta, acrílica -¡qué acorde para los tiempos!-, mineral pero también orgánica. Una obra que a muchos lleva a otra obra, a otros pintores, pero, como decía Balthus, “un pintor usa un pincel y otro también, ahí está la influencia».

Desde luego que Salvadó, como buen viajante y buen artista, siempre tuvo los ojos abiertos y decidió beberse sin tapujos todo lo que encontraba a su paso, destilando cuadros que siempre tenían algo de aquello y un poco de lo otro. Pero siempre dotando su trabajo con una entidad propia. Una personalidad que finalmente fragua mas allá de su madurez, en los años sabios, al final del camino, dejando para el recuerdo una serie pictórica que entra por derecho propio en esa cadena de conocimiento y experiencia que los seres humanos llaman cultura, y más concretamente en este caso, en la historia de la pintura.

La galería Muro le dedica a Jacinto Salvadó una exposición a partir del 26 de marzo, que coincide en el tiempo con otras dos en la Sala Dalmau de Barcelona (ya inaugurada el 3 de marzo, que se mantendrá hasta el 20 de abril) y en el Instituto Cervantes de París (del 8 de abril al 30 de mayo).

Obra de Jacinto Salvadó, extraída de su web.

Obra de Jacinto Salvadó. Imagen extraída de su web.

Pedro Paricio

Pedro Paricio, rayos y centellas

Pedro Paricio
Galería Muro
C / Corregería, 5. Valencia
Hasta finales de noviembre

A Pedro Paricio lo descubrió Basilio Muro, poco antes de que pasara como un rayo por Halcyon Gallery de Londres. Cuenta el veterano galerista valenciano que Paricio le envió su obra por Internet en 2010. Como quería verla al natural, Paricio se vino desde Tenerife a Valencia y enseguida entró en una colectiva. “Le vendí lo que trajo”, recuerda Muro. Como recuerda que, al año siguiente, lo que valía 1.900€ pasó a venderse por 90.000. Corría, y de qué forma para Pedro Paricio, el año 2011. El año en que vendió en Halcyon Gallery toda la obra expuesta el día de su apertura.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio expuesta en la Galería Muro.

Desde entonces, la obra de Pedro Paricio no ha hecho más que seguir la trayectoria que deja el rayo y la centella de que se nutre su propio trabajo. Porque rayos hay muchos en sus piezas de apabullante color y geometría. Como centellas golpean contra ese cielo arrebatado en forma de expresivos gestos. Y a base de rayos y centellas, o lo que es lo mismo, a base de chispazos eléctricos y cortocircuitos que parecen tejer insospechadas conexiones neuronales, la obra de Pedro Paricio ha ido tomando un extraño cuerpo.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Cardenal, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Quizás se deba a la naturaleza propia del artista que siempre ha querido ser. “Cuando eres artista, la sociedad te permite hacer cosas que, de no ser por el arte, harían que te tacharan de loco. Escogí el arte porque quería vivir una vida diferente”. La máquina racional que supuestamente somos, y que en su obra diríase plasmada en esas formas geométricas, enseguida deja paso al deslumbrante color de alucinados gestos. De manera que toda su pintura se arrebata en torno a líneas que se quiebran por la fuerza de un fondo que, como si fuera un cráter, amenaza con destruirlo todo.

Basta fijarse en la pieza del Cardenal, que apunta hacia su admirado Bacon. La cabeza, todo lo geométrica que se quiera, descansa sobre unos hombros que van triturando esa geometría, en torno al pecho incandescente que alberga cierto rostro, cierta criatura. A la altura, pues, del corazón, algo inquietante provoca el desparrame formal de esa cabeza. Una vida, sin duda diferente, alojada en el interior mismo de esa otra vida más cuerda, más colorista, más geométrica.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Helado atómico, obra de Pedro Paricio, en la Galería Muro de Valencia.

Pedro Paricio no deja de trasladar a su obra ese vaivén entre los rayos, o corrientes eléctricas del cerebro, y las centellas que, a modo de fogonazos, vienen a perturbar la conexión lógica entre la causa y su efecto. Las obras expuestas en la Galería Muro, coincidiendo con el ‘Elogio de la pintura’, cuya muestra en el Museo Tenerife Espacio de las Artes (TEA) se inauguró al tiempo que la de la Valencia, reflejan esos dos mundos en conflicto que el artista acoge como revelación del ser. “Cuando estoy contento, voy a ver arte. Cuando estoy triste, voy a ver arte. El arte da sentido a mi vida”.

Una vida que Pedro Paricio, por ser diferente en tanto artista, muestra con toda sus contradicciones. La del ser racional próximo a perder la cabeza, y la del loco que se salva por la campana de un último gesto pletórico de sentido. Las referencias al cine (The Sopranos), la propia pintura (Cardenal) y, sin duda, también el humor (Helado atómico), convierten su pintura en un caleidoscopio de sensaciones tan pronto alegres por el arrebatado color, como alumbrando cierta tristeza al colisionar la geometría contra un fondo matérico.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Una de las obras de Pedro Paricio que se puede ver en la exposición de la Galería Muro.

Salva Torres

Anzo: geometría, lirismo y soledad

Homenaje a Anzo
Galería Muro
C / Corretgeria, 5. Valencia
Hasta el 16 de mayo

José Iranzo Almonacid, artísticamente Anzo, nunca halló fácil acomodo en su obra entre la belleza geométrica, fruto de su querencia por la arquitectura y la matemática, y el lirismo apasionado que tiende a desbordar los límites impuestos por el rigor de líneas y formas. Es su caso emblema de la dialéctica entre la razón instrumental, que las ciencias fomentan, y el nervio artístico, incapaz de vivir sujeto a consideraciones de tipo estructural. De manera que Anzo, y ahí está su obra para reflejarlo, no ha dejado nunca de sentir la contradicción entre la hermosura geométrica, racionalista, y las sombras que produce el orden cuando su brillo se transforma en atmósfera claustrofóbica.

Obra de Anzo en la exposición homenaje que le dedica la galería Muro.

Obra de Anzo en la exposición homenaje que le dedica la galería Muro.

Basilio Muro le prometió, cuando cediera la enfermedad que lamentablemente le condujo a la muerte en marzo de hace ya ocho años, una exposición a Anzo. Se la debía, por aquella promesa y porque su obra lo pedía a gritos. Y ahí está, en la galería Muro, una cuidada selección que a modo de Homenaje a Anzo (tal es el título de la muestra) sirve para comprobar las diferentes etapas de su brillante trabajo y, en cierta manera, dibujar el perfil picassiano de esa doble faz geométrica y lírica que confluye en el aislamiento o soledad revelado en su figuración.

'Cuadro dentro del cuadro, de Anzo, en la exposición homenaje que le dedica la galería Muro.

‘Cuadro dentro del cuadro, de Anzo, en la exposición homenaje que le dedica la galería Muro.

Esa divisoria que pudiera compartimentar sus trabajos, entre los puramente geométricos y los más gestuales, pasando por los figurativos del pop o los del aislamiento, también puede aplicarse a cada una de las etapas en sí. De hecho, su geometría lírica pudiera resumir esa tendencia de Anzo a aglutinar en una sola línea, que sin duda puede tomar en su caso diversos derroteros, ambos aspectos de su percepción artística y vital.

Obra de Anzo en la exposición homenaje de Galería Muro.

Obra de Anzo en la exposición homenaje de Galería Muro.

A base de líneas rectas y formas circulares, el artista va dibujando interiores o exteriores, cuyas escenas conjugan ese carácter matemático de la naturaleza a la que aludía Galileo, al tiempo que fluye por dentro cierto lirismo desbordante. Lo mismo sucede con sus cuadros más figurativos, donde ciertos sujetos comprueban la soledad a la que conduce la sociedad de consumo, cuando ésta se reduce a tejido de significación vaciado de sentido.

En el fondo, Anzo lo que no ha dejado de hacer a lo largo de su trayectoria es trasladar esa tensión a su obra. Tensión entre la pregnante maravilla de las formas y su sombrío reflejo; entre la atracción que supone dominar el mundo de lo real con los aparatos que proporcionan las ciencias, y la paradoja de sentirse abrumado por ese control que, en exceso, conduce a la alienación y la soledad. Como buen artista, Anzo ha sabido recoger en su trabajo, del que la galería Muro ofrece una ejemplar muestra a modo de homenaje, la contradicción humana. Geometría lírica, sin duda, por cuanto la razón tan pronto es motor de orden y belleza, como desencadenante de cierta melancolía allí donde la sola razón no basta.

Detalla de una de las obras de Anzo en el homenaje que le brinda Galería Muro.

Detalla de una de las obras de Anzo en el homenaje que le brinda Galería Muro.

Salva Torres