“Mis proyectos surgen de lo que hay a mi alrededor”

Pi, de Asun Noales
Sala Russafa
C / Denia, 55. Valencia
Hasta el 8 de febrero de 2018

Unos artistas cuentan historias a base de encadenar palabras, otros lo hacen con sonidos o con imágenes. Los más osados se valen, únicamente del cuerpo humano, de sus movimientos en el tiempo y en el espacio. ¿Cómo conseguir que una idea, un sentimiento, un argumento cobren vida a través de algo tan sutil? La coreógrafa, bailarina y directora de escena Asun Noales (Elche, 1972) responde a esta difícil pregunta sin pestañear. Al frente de su compañía OtraDanza durante la última década, y a lo largo de su brillante trayectoria profesional ha logrado materializar esa magia en un importante número de espectáculos de danza contemporánea en los que cuenta un sinfín de historias.

'Pi', de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

‘Pi’, de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Noales se inició de la mano del coreógrafo ilicitano Vicente Sáez, autor de ‘Uadi’, y en Barcelona estudió con Guillermina Coll y Angels Margarit. Otros referentes en su carrera son Trisha, Pina y Ohad, aunque hoy día se confiesa fan de Dimitris Papaioannou. Juana, Tatoo, Tierra, Back, Rito, Sacra, etcétera. A su rica nómina de coreografías se ha sumado la de nombre más breve, ‘Pi’, un espectáculo para todas las edades inspirado en el número 3,1416 que pretende descifrar los patrones secretos de la naturaleza (fractales) y transmitir el amor por la armonía que encierra. Hasta el 8 de febrero permanecerá en la Sala Russafa y en primavera volverá a Valencia dentro de la VII edición del Festival Abril en Danza.  A partir de este mes OtraDanza reinicia la gira con sus espectáculos: Pélvico, Sacra, Da Capo, Rito, Clandestino y Eva y Adan. Noales colabora con prestigiosas compañías internacionales y con la nueva Jove Companyia Alacant-Dansa, además de ejercer una actividad docente.

'Pi', de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

‘Pi’, de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

¿Por qué  bautizó su compañía OtraDanza?

Antes, estuve seis años como codirectora de otro bonito proyecto, Patas Arriba y al iniciar el mio en solitario, tuve la sensación de empezar otra vez de cero, de contar otra vez quién era yo, de hacer tabla rasa. De ahí el nombre. Si ha sobrevivido una década  es gracias a haber invertido en ella mucho trabajo y aventuras de todos los colores que se pueden imaginar, sin perder nunca el contacto con la realidad artística de mi tierra.

¿Qué proceso sigue en la gestación de una coreografía?

Soy muy anárquica a la hora de iniciar un nuevo viaje, como me gusta llamar a mis procesos creativos. Unos parten de una imagen, otros de una idea, otros de elementos que no pude profundizar en anteriores producciones y en los que me apetece adentrarme después. También hay algunos encargos. Cada proyecto surge de manera diferente, pero siempre hay algo común en ellos y es la vida, lo que me rodea, lo que acontece a mi alrededor.

¿Cómo sucedió en el caso de ‘Pi’? 

El caso de Pi fue muy claro. Este es mi tercer espectáculo para público infantil y en los dos anteriores, tanto en Eureka como en Eva y Adan abordo preguntas sobre el ser humano, profundizo en la evolución del hombre. En Pi vuelvo a adentrarme en la relación de la vida con la ciencia, en este caso con las matemáticas. Se inspira en el número mágico e infinito 3,141592 y en su relación con la naturaleza. Además, 2018 ha sido proclamado Año de la Biología Matemática, y Pi se inspira en parte en ella.

'Pi', de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

‘Pi’, de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

¿La obra trata de reflejar los fractales? 

Los fractales me parecen fascinantes. La repetición de patrones. Como todos estos elementos matemáticos están en nuestro día a día, desde un girasol, hasta el romanesco que nos comemos o el crecimiento de las ramas de algunos árboles. Los fractales inspiran una de las escenas, donde hay una continuidad constante en el movimiento de tres bailarines, es casi un número circense, los nudos que van tejiendo sus cuerpos dan lugar a formas diversas, sin perder la continuidad ni el ritmo.

¿Hay muchas diferencias entre concebir un ballet para niños y uno para adultos? 

Para mí, no. A nivel coreográfico y de composición musical, la diferencia quizá está en la frescura de la mirada y el interés que ésta pueda tener hacia lo que se les está mostrando.

'Pi', de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

‘Pi’, de Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Parece que la danza está condenada a ser la Cenicienta de las artes escénicas. ¿Alguna propuesta para convertirla en Princesa del baile? 

Dicen que la danza es minoritaria, aunque yo no lo creo. Todo el mundo baila, o casi todo el mundo. Mucha gente practica diferentes tipos de danza como afición. De manera que convertirla en Princesa es cuestión de querer y poner los medios para que lo sea. Si se hablara de ella en televisión más a menudo, si se programara más, si en cada ciudad hubiera un conservatorio de danza, si en cada capital hubiera una compañía, como hay orquestas en muchos lugares. Querer es poder. No creo que la danza deba ser la Cenicienta, pero si no hay interés porque ocupe su lugar, nunca lo ocupará por mucho que unos cuantos nos dejemos la piel porque así sea.

¿Qué consejos daría a los jóvenes que se inician en la danza?

Les diría que se meten en un buen lío porque esta profesión te atrapa, hay que dedicarle muchas horas, mucha vida. Pero si es lo que quieren, que trabajen duro, con rigor y que disfruten, porque disfrutando de lo que uno hace las cosas no cuestan tanto esfuerzo. Y que se formen bien, los referentes son imprescindibles para poder desarrollar tu trabajo. Una buena escuela, unos buenos maestros, una buena experiencia profesional antes de embarcarte a dirigir tu propio proyecto es fundamental.

'Pi', Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

‘Pi’, Asun Noales. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Bel Carrasco

La Volière de Hélène Crécent

La Volière, de Hélène Cécent
Trentatres Gallery
C / Dénia, 62. Valencia
Inauguración: viernes 22 de mayo, a las 20.00h

La volière es el término que designa en francés esas enormes jaulas en las que los pájaros vuelan pero no escapan. Es también el nombre de la exposición en la Trentatres Gallery de la artista francesa Hélène Crécent (Pau,1966).
Fascinación por los pájaros, animal nada domesticable. Solo en el Museo del Prado, el biólogo Gómez Cano contabilizó en su día 729 pinturas con representaciones de aves de 36 especies: de la saga Brueghel al concierto de Jan Fyt.

Más allá de los muros académicos, en las cuevas de sueños olvidados donde nos introdujo el cineasta alemán Werner Herzog, nuestros antepasados ya consideraron importante detener la frágil estructura de las aves en la superficie con memoria de la roca.

La exposición en Trentatres, una de las galerías de arte de referencia más frescas de Valencia, está más cerca de la fascinación primigenia –entre el art brut (expresión acuñada por Dubuffet para referir el arte más allá de la puerta de salida del sistema: trazos de dementes, niños y reclusos) y el pigmento natural de la caverna– que de los híbridos de Max Ernst.

Mirada virginal o primigenia y, sin embargo, la obra de esta pintora, poeta y escultora con aspecto de bailarina de danza clásica está penetrada, versada, por decirlo quizás de forma políticamente correcta, de formación, desde la Ecole des Beaux Arts de Bordeaux a las influencias de la también francesa Annette Messager (Le repos de pensionnaires) o de los mejores representantes del grupo CoBrA (Karel Appel o Asger Jorn).

No hay en esta volière de pájaros arrebatados -como no había en la adaptación hitchcockniana de Daphne du Murier- interés por el último motivo ni voluntad de conocerlos bien a todos. Que lo haga el espectador. Una únicanota basta para caracterizar una de las exposiciones más interesantes de esta primavera: Crécent ha emprendido el regreso, un jalón, en la delirante tarea de deshacerse.

Despojada, con la técnica más rudimentaria, la mirada ahora interrogada, ahora decidida de las aves cuestiona la verja de hierro pero también de auto-concesiones de nuestra propia volière: la danzarina disposición de los pájaros dibuja también el bosquejo de un mapa de salida.

Obra de Hélène Crécent. Cortesía de Trentatres Gallery.

Obra de Hélène Crécent. Cortesía de Trentatres Gallery.

Jesús García Cívico*
*Por cortesía de TrentaTres Gallery

Vecinos inolvidables

Fotografías gigantes de Luis Montolío

Barrio del Carmen de Valencia

Todos los barrios tienen vecinos más o menos ilustres, más o menos frikies. Personajes que destacan del resto y animan el tono neutro y gris de la fauna urbana con una nota de color. Seres pintorescos por su estrafalaria indumentaria, peinado rasta o el perro mutante que sacan a pasear. Todos los barrios tienen su nómina de vecinos inolvidables, pero sólo el del Carmen de Valencia ofrece una especie de museo a la intemperie de algunos de sus habitantes más carismáticos gracias a las tres fotos gigantes, o ‘para masas’ como las llama su autor, el fotógrafo Luis Montolío. «Elegí a estos tres modelos porque tienen una fuerte personalidad, o tenían ya que Poliakoff falleció  hace unos años», dice Montolío. «Fer González es camarero, pero tiene mucho gusto e imaginación para la ropa y él mismo diseñó su atuendo de guerrero prehistórico. Lo del perrito fue para darle un toque de ternura».

Imagen de Olga Poliakoff, junto a la autora del texto, Bel Carrasco.

Imagen de Olga Poliakoff, junto a la autora del texto, Bel Carrasco.

Víctor, el joven sentado entre escombros junto a un cartel: ‘Se prohíbe tirar basura bajo pena de sanción’, también tiene mucho que contar. «Estuvo diez años a la sombra por robar bancos, pero ahora está totalmente integrado en el barrio», comenta Montolío. «Hace trabajos diversos, mudanzas o pintar pisos y se relaciona muy bien con la gente».

La vida de Olga Galicia Poliakoff, conocida como Olga Poliakoff, aunque para mí siempre será Olguita, pues la conocí de niña en la escuela de su madre, fue corta e intensa, marcada por un origen algo exótico y una entrega total a la danza. Su padre, Julián Galicia,  era colono y cazador de elefantes en África y su madre una bella y elegante dama con una estimulante mezcla de sangre rusa y valenciana. Parecen personajes de una novela romántica, pero su historia no tuvo final feliz, pues Julián murió precozmente, como años después lo haría su hija.  A su entierro fue uno de los primeros que asistí  y recuerdo que se celebró un deslumbrante día de verano.

Imagen de Olga Poliakoff extraída del blog oficial de su hermano David Poliakoff.

Imagen de Olga Poliakoff extraída del blog oficial de su hermano David Poliakoff.

En los años sesenta, Doña Olga abrió una de las primeras escuelas de ballet de Valencia en un piso de la calle Salamanca a la que tuve la suerte de asistir y poco después se trasladó a Conde Altea, centro de formación oficial para varias generaciones. Sus festivales de fin de curso en el Principal eran un evento señalado, esperado con ilusión por sus alumnas y padres a cuya preparación se consagraban madre e hija  con entusiasmo. En ese ambiente de amor al ballet creció Olga, que montó una segunda escuela en la calle Turia y combinaba la enseñanza con su carrera artística como bailarina.

Un accidente de tráfico truncó sus sueños y su vida tomó otro rumbo; montó un local en el barrio del Carmen al que desde muy joven se sintió vinculada y se casó con un rumano. Cinco años después de su muerte, el retrato de Montolío, que  la capta en sus últimos años con uno de sus extravagantes peinados, preside uno de los rincones del barrio en la calle Coronas y quienes la conocimos tenemos ocasión de despedirnos otra vez de ella. ‘Adiós, Olguita, que sigas bailando allí donde estés’.

Imagen de Olga Poliakoff colgada en el barrio del Carmen. Fotografía: Eva Máñez.

Imagen de Olga Poliakoff colgada en el barrio del Carmen. Fotografía: Eva Máñez.

Bel Carrasco