Más raro que una escalera verde

El rayo verde, de Fermín Jiménez Landa
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia

La Gallera, que de no mediar solución a su altísimo alquiler, puede cerrar como centro del Consorcio de Museos, aloja estos días una gran escalera de caracol de color verde. Ocupa todo el recinto, de parte a parte y tumbada en diagonal, porque de pie no cabía. Las desproporcionadas medidas, tomadas a conciencia, impiden su posición vertical. De manera que El rayo verde, como ha titulado Fermín Jiménez Landa su instalación de 13 metros de altura, aparece como un tótem caído al que rendir culto hubiera supuesto contravenir los deseos del artista.

Su intención no era levantar acta de la defunción de La Gallera (“ojalá no sea la última exposición para otros artistas”), sino advertir acerca de lo efímero de ciertas experiencias, como la de percibir el fenómeno atmosférico de ese rayo verde que da título a su propuesta. Rayo que únicamente se puede ver bajo condiciones poco frecuentes durante la refracción de la luz cuando roza el horizonte. “Es la atracción por lo que no podemos tener”, subraya Jiménez Landa, que incluye, como aspectos paralelos de esa atracción, la euforia y el fracaso.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación 'El rayo verde'. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación ‘El rayo verde’. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Euforia por haber logrado sostener, sin cables ni fijaciones, la gran escalera de caracol completamente recta, sin panza, entre ambos extremos del interior del edificio. Y fracaso porque, después de todo, aparece tumbada, que es de lo que se trataba. “Me interesa la inutilidad de una escalera que no sirve para ir a otro lugar, porque el peso del público no lo resistiría”. Una escalera rara como un perro verde, a la que Jiménez Landa ha dotado de un “aire industrial” tan pesado como ligero. Esa dicotomía entre lo enhiesto y lo caído, lo duro y lo frágil, forma parte del espíritu de un artista que utiliza su obra para provocar.

Obra, pues, excesiva, al tiempo que dada al guiño humorístico. Pero con matices, ya señalados cuando presentó su exposición 300,4 litros en la galería pazYcomedias: “Odio el exceso de intelectualidad, porque expulsa al público, pero tampoco me gusta que mi obra caiga del lado del chiste o del gag”. De manera que su rayo verde, siendo excesivo a simple vista e inclinado, sin llegar a caer, remite a esa reflexión de la luz y del propio pensamiento desprovisto de falsos aditivos y colorantes, para que el espectador se sorprenda a través de la pura emoción.

Vista general de 'El rayo verde', de Fermín Jiménez Landa en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Vista general de ‘El rayo verde’, de Fermín Jiménez Landa en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

En este sentido, casa perfectamente con el primer rayo verde descrito por Julio Verne y con el posterior cinematográfico de Eric Rohmer. Porque hay ciencia y un sesgo poético en su instalación. “Me gustan las cosas empíricas de la ciencia unirlas con aspectos distintos de la realidad”. De ahí que haya intentado a su vez “hacer un falso verde en el mar, pero no lo he conseguido, lo cual encaja con este espíritu de frustración”. Acostumbrados a que la realidad quepa en la red virtual que propicia la tecnología, la propuesta de Jiménez Landa viene a cuestionarlo con su inútil escalera: “La obra no es la escalera, sino la relación inadecuada entre el objeto y el espacio”.

Esa falta de adecuación se halla igualmente en El rayo verde que atraviesa La Gallera: “La obra tiene mucha presencia física y es al mismo tiempo fugaz”. A mitad de camino entre la arquitectura y la percepción sensorial de un fenómeno atmosférico, entre lo adusto y lo volátil, la gran escalera de caracol remite a la transición permanente entre dos estados que no terminan de ligar entre sí. Una especie de manierismo (“igual por el camino me he ido haciendo manierista”, dice entre risas), al que se adhiere cierto aire surrealista: “Me ha salido muy siglo XX, muy de vanguardia”. En todo caso, como apunta César Novella, comisario de la exposición, “es una reflexión sobre lo visual”. Reflexión inacabada que, tratándose de La Gallera, puede tener su punto y final con El rayo verde de Fermín Jiménez Landa.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación 'El rayo verde'. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación ‘El rayo verde’. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Salva Torres

La seda y la mujer a través de los tiempos

Levedad. La seda y la mujer de todos los tiempos, de María Gómez
Hotel Las Arenas
C / Eugenia Viñes, 22-24. Valencia
Inauguración: viernes 8 de julio de 2016, a las 20.30h

Esculturas en yeso endurecido, talladas hasta llegar a formas sutiles y  evanescentes, inspiradas en las formas flotantes y movimientos de la seda. Ellas, estas mujeres de seda flotando libres, “son como la crisálida en su esplendor cuando se abre a la vida entre el filamento de seda que ella misma creó, trasmutando hacia la Ninfa que saldrá desnuda a la naturaleza. Será ese fino hilo utilizado en su metamorfosis, el que la cubra después como mujer”, explica María Gómez.

‘La Seda y la Mujer de todos los tiempos’ es el subtítulo que acompaña al más genérico de ‘Levedad’, con el que María Gómez presenta en el Hotel Las Arenas la serie de obras en torno a la esencia de los sentidos como un código genético que la acompaña piel con piel desde los tiempos más remotos y seguirá siéndolo mientras exista la Humanidad.

Levedad, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Levedad, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

La seda ha tenido una estrecha relación con lo femenino, en una simbiosis  que la mujer reconoce: la belleza y la sutilidad de esos hilos conjugan y se transmutan con la elegancia natural, sensualidad, levedad y libertad, conectando con la “esencia” de los sentidos, el interior y elevación del espíritu, e incluso, la suntuosidad.

Las esculturas tuvieron su inicio hace varios años, surgido en la observación de la belleza y encantamiento de paisajes pirenaicos, donde la inmensidad y la atmósfera sobrecogieron a María Gómez. “Pudo ser el mismo silencio y la afonía de la brisa, la que me hizo imaginar paños de seda flotando sobre el blanco de la nieve y todos los verdes infinitos. Pensé, entonces, cómo llegaba ese preciado tejido a esos lugares tan duros y difíciles de alcanzar dadas sus barreras naturales”, explica la artista.

“A partir de ahí descubrí el duro camino que hacían los hombres hasta lograr el ‘tesoro de la seda’, que  llevaban consigo hasta los más recónditos rincones de su tierra, entregándolo como una ofrenda, para belleza y deleite de los sentidos. Hay una historia en todo este camino que me cautivó, en el que hombres y mujeres de todas las culturas han sido seducidos por la mágica atracción de la seda”, concluye.

La técnica, continúa señalando Gómez, “es muy dura de trabajar (yeso endurecido con colas animales como antaño) y talladas a bese de cincel y lijas (la idea de dominar la materia hasta que parezca ligera como una nube. Sin moldes ni modelos”.

Levedad, de María Muñoz.

Levedad, de María Gómez. Fotografía de Alfredo G. Carbonell.

La mirada despierta de Sergio Larraín

Sergio Larraín: Vagabundeos
Organizada por el Centro José Guerrero de la Diputación de Granada y producida por
Magnum Photos
Centro José Guerrero
C / Oficios, 8. Granada
Hasta el 27 de marzo de 2016

El fotógrafo chileno Sergio Larraín (1931-2012) atravesó el universo de la fotografía como un meteorito. Su preocupación por la pureza y su atracción por la meditación lo llevaron, después de muchos viajes, a retirarse al campo chileno, donde enseñó yoga para vivir en autarquía. Desde allí escribió mucho, preocupado por la necesidad de transformar la humanidad.

La exposición abarca toda su trayectoria, desde los primeros años de aprendizaje hasta su período Magnum, de las imágenes documentales a aquellas más libres de sus dibujos y los satori. Sergio Larraín tenía un ojo muy vivo, desligado de toda convención. Este enfoque a la vez social y poético hace de Larraín un fotógrafo brillante y un modelo que han seguido las nuevas generaciones.

Fotografía de Sergio Larraín. Imagen cortesía de Centro José Guerrero.

Fotografía de Sergio Larraín. Imagen cortesía de Centro José Guerrero.

La del vagabundeo es quizá la poética con la que el arte entró en la modernidad. Baudelaire y Benjamin valoraron en ella la observación atenta y cabal de la ciudad, la confluencia de los ritmos urbanos y el cuerpo del paseante (la mirada alerta, la escucha). También Sergio Larrain elogió (y eligió) esa actitud. Fue fotógrafo por el placer del vagabundeo, por el deseo profundo de estar en el mundo y por la pureza del gesto. Y sin embargo, pasó gran parte de su vida retirado, practicando yoga y meditación, escribiendo y dibujando. Entre esos dos extremos brilla la estela de su paso por el mundo, intensa como la de una estrella fugaz.

Hijo de una familia de la alta burguesía chilena, Sergio Larrain (1931-2012) se alejó muy pronto del ambiente mundano que se respiraba en casa de su padre, conocido arquitecto y coleccionista de arte. A pesar de las difíciles relaciones que mantuvo con él, llegó a reconocer que gracias a la nutrida biblioteca familiar pudo educar su mirada y acceder a la fotografía.

Tras comenzar los estudios en Estados Unidos, viajó por Europa con su familia. A su regreso a Chile en 1951, se aisló durante una temporada y se inició en la meditación. En Norteamérica había comprado una Leica, y comenzó a hacer fotografías al tiempo que frecuentaba asiduamente el animado ambiente artístico de Santiago. En 1954, deseoso de obtener una opinión sobre su trabajo, envió un portfolio al MoMA de Nueva York y Steichen le compró algunas fotografías, lo que le reafirmó en su deseo de ser fotógrafo.

Fotografía de Sergio Larraín. Centro José Guerrero.

Fotografía de Sergio Larraín. Centro José Guerrero.

Trabajó como free-lance para la revista brasileña O Cruzeiro, viajó por América del Sur y más tarde recibió una beca del British Council para hacer fotografías en Londres, donde residió durante el invierno de 1958-1959. Con ocasión de este viaje a Europa se hizo realidad su deseo de entrar en Magnum: mostró a Henri Cartier-Bresson su trabajo sobre los niños abandonados de Santiago y fue aceptado en la prestigiosa agencia. Se instaló, pues, en París durante una temporada, lugar desde donde partiría para realizar numerosos reportajes de prensa.

Muy pronto comprendió que ese mundo apresurado no era para él y volvió a Chile. Allí culminó su principal trabajo, sobre Valparaíso, junto a Pablo Neruda, antes de volver a la meditación, al yoga y al dibujo. A partir de entonces vivió en un aislamiento voluntario, durante el que mantuvo correspondencia con numerosos amigos, obsesionado con la idea de salvar al planeta de los estragos causados por el hombre. Pasó los últimos treinta años de su vida en Tulahuén, en el norte de Chile.

Fotografía de Sergio Larraín. Centro José Guerrero.

Fotografía de Sergio Larraín. Centro José Guerrero.

Esta exposición, comisariada por Agnès Sire, abarca toda la trayectoria de Sergio Larraín, fotógrafo cuya mirada despierta, desligada de toda convención, y cuyo enfoque a la vez social y poético hicieron de él un brillante referente para generaciones posteriores. En las salas del Centro José Guerrero se distribuye su obra en distintas secciones, con un arco cronológico que va de 1954 a 1977, desde los primeros años de aprendizaje hasta su período Magnum, de las imágenes documentales a aquellas más libres de sus dibujos y los satori.

En la planta baja se muestran las series Isla de Chiloé (1954-1963) y Niños abandonados (1955-1963), a la que acompaña el corto Niños del río Mapocho. La primera planta acoge las series tituladas Bolivia, Perú, Buenos Aires, París y Londres (1958-1975). En la segunda planta se exhiben las obras de las series Italia, Valparaíso y Santiago (1959-1977), además de una muestra de los satori y dibujos de su última época y libros, catálogos y revistas que recogen su obra, así como algunos tirajes originales.

Fotografía de Sergio Larraín. Imagen cortesía de Centro José Guerrero.

Fotografía de Sergio Larraín. Imagen cortesía de Centro José Guerrero.

 

Michael Roy: En busca del placer perdido

The Spirit & The Flesh, de Michael Roy
Espai Tactel
C / Denia, 25. Valencia
Inauguración: viernes 26 de junio, a las 20.00h
Hasta el 7 de agosto, 2015

“Unos pasos crujen en la nieve. Una llamada seca. Es medianoche. Entran como una exhalación Victor, François y una girl morena y viva, a la que cada uno sujeta por un brazo. Sus grandes ojos están llenos de rabia.

Victor: –Te presentamos a Patricia, una amiga. Ha dado un escándalo en el café Brevoort. Y François y yo teníamos cosas que hablar.

François: –Le hemos dado a elegir entre dos sanciones. Un poco de aceite de ricino (…) o tú. Ella te ha preferido.”

Este episodio, con el que Henri-Pierre Roché abre su novela inacabada Victor, narra el momento de lo que será el inicio del triángulo amoroso formado por Victor –pseudónimo de Marcel Duchamp–, Patricia –Béatrice Wood, una chica joven de la “alta sociedad”, apasionada por el teatro– y el mismo Henri-Pierre Roché en la Nueva York de las vanguardias.

Obra de Michael Roy en 'The Spirit & The Flesh'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Michael Roy en ‘The Spirit & The Flesh’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Michael Roy presenta en Espai Tactel ‘The Spirit and the Flesh’, una exposición en la que reinterpreta la historia de autoficción escrita por Roché y construye un guión alternativo a través de la ampliación del relato, de la apropiación de la vida de los protagonistas y de sus obras.

Roy se posiciona como un réalisateur que, a partir de las memorias de Roché, deja entrever cómo era Duchamp en la intimidad de sus relaciones, pero también cómo lo era el mismo autor. Ambos, interesados por la búsqueda del placer, enamorados con frecuencia y amantes de cualquier mujer deseable que pasase a su alcance.

Obra de Michael Roy en la exposición 'The Spirit & The Flesh'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Michael Roy en la exposición ‘The Spirit & The Flesh’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Siguiendo a Jacques-Alain Miller, la causa del deseo o la misma condición de amor –lo que Freud llamó Liebsbedingung–, depende de la singular historia de cada sujeto, respondiendo a detalles aparentemente insignificantes del otro y que catalizan su desenlace.

En este sentido, en el triángulo formado por Duchamp-Wood-Roché nada pudo preverse, ninguno de sus protagonistas podía adivinar la causa de su doble atracción. Pero entonces, ¿cómo sobrellevar una triangulación amorosa? ¿Cuál es el código de esta forma de amor? Roché escribe sobre Victor (Duchamp): “Ante el capitalismo sentimental es preciso un determinado “comunismo” sentimental –¿Se merece uno la exclusividad? ¿Es buena para los dos? En algunos casos sí cuando es natural. En otros no”.

Obra de Michael Roy en la exposición 'The Spirit & The Flesh'. Imagen cortesía de Espai Tactel.

Obra de Michael Roy en la exposición ‘The Spirit & The Flesh’. Imagen cortesía de Espai Tactel.

José Luis Giner Borrull

 

Los secretos de la Señorita Isbel

Los secretos de la señorita Isbel de Isbel Messeguer
Galería Kessler-Battaglia
Pasaje Giner, 2, Plaza de la Reina, Valencia.
Desde el 29 de Noviembre
Hasta el 14 de Diciembre.

Los secretos de la artista Isbel Messeguer.

“La forma de andar, la voz, el aroma que emana el cuerpo o ciertas partes del cuerpo, el odor di femina, resultan importantes y se convierte en causa de una atracción irresistible, como también muchas veces de un rechazo invencible. ¡Cuánto puede un vestido que da plasticidad a los encantos del cuerpo, que hace el pie chico, la cintura esbelta y la cadera opulenta! ¡El apetito que puede despertar la indumentaria, la tela, el corte del vestido, la obra del modisto! Estamos en un camino que no conduce solamente al fetichismo de ciertas partes del cuerpo, sino también al fetichismo de la vestimenta y al de las telas y que, en suma, lleva del fetichismo fisiológico al patológico.”
Eulenburg. Über Sexualle Perversionem (1914)

“Es el perfecto uso de este misterio lo que constituye el símbolo: evocar paso a paso un objeto para mostrar un estado de ánimo, o, a la inversa, escoger un objeto y extraer de él un estado de ánimo, a través de una serie de desciframiento”
Mallarmé (1891)

 

Srta. es término de cortesía que se aplica a hijas de personas de representación y damas solteras y que también se aplica a maestras, profesoras y a otras mujeres que desempeñan algún servicio, incluyendo aquí, aunque más ocasionalmente, los de dudosa moralidad. Por otra parte Srta. Pepis es la supuesta creadora de unos maletines de maquillaje infantil que hicieron furor en los 60 y 70.

Así, Los secretos de la Srta. Isbel presentada esta quincena en la pequeña y recoleta Galería Kessler Battaglia es una suerte de cámara o camerino entre el escaparate y la instalación, donde la profesora de Proyectos de Moulage Isbel Messeguer, coloca un provocador conjunto de objetos de tocador: fotografías y espejos, peluches y collares, dibujos, palabras, caligrafías y autógrafos, que habrán de ser complementadas en loor de la autora con una pasarela de temática isabelina, denominada Desfile Performance Mami Club que tendrá lugar el día de la inauguración entre nubes de almizcle marroquí y un pequeño número de amigos, admiradores, discípulos, devotos, imitadores y alter egos que imaginamos más bien atónita multitud.

La tarjeta simula ser una foto arrancada de una libreta escolar, en la que detrás de la información puntual, lugar, fecha, etc, aparece el espaldar orondo y mollar de la propia modista. El hombro marcado con los azules desteñidos de un tatuaje, picassiano y grotesco, contrasta con la silueta simétrica de una mujer, joven y morena, que esta vez desnuda un hombro virginal, sin mácula. Se trata esta vez del famoso cuadro de Salvador Dalí muchacha de espalda, que retrataba a su hermana Ana María a la edad de 17 años. Aquí está situado en último término, en el pasado, como una imagen de la entereza perdida. Se trata también de una declaración de principios.

Fotógrafa Eva Mañez. Fotografía por cortesía de la Galería.

Fotógrafa Eva Mañez. Fotografía por cortesía de la Galería.

Isbel Messeguer Talens con casa en Les Palmeretes, nació en Sueca en 1964, y en el esplendor de los 80, aún como estudiante, pudo a la vez interesarse por las historietas del Dadaísmo, el pene minúsculo de Dalí, y los prometedores intentos por parte de políticos y empresarios de apuntalar, a través del IMPIVA y las Ferias de Muestras, algo así como un sector industrial potente de moda valenciana. Ahora es una profesional más que competente emperrada en hacer una tesis doctoral sobre la minifalda. Pero la estupenda rubia que yo conocí, henchida de amores, alegría y confianza, inició muy pronto una serie de exposiciones autobiográficas, desde Isbelín (Postpos 1989) a la que ahora comentamos, pasando por Amor Reciclado, cualquiera diría que esto es una
instalación pero es la antología de mi vida hecha de todo corazón (La Llotgeta 2002) y otras muy similares.

Quiero decir con esto que la autora se ha ocupado regular y sistemáticamente de construir un personaje excesivo y sentimental, rebosante de apetitos maternales y que paradójicamente ha carecido, al menos hasta ahora, de misterio. ¡Pero si las cosas de Isbel las sabe todo el mundo! Sin embargo la fabulación ha ido subiendo de tono e incluye ahora fotografías de mujeres humilladas y poseidas, fantasmas que no saben que lo son, y una pequeña prole de muñecos que cobra vida cuando cierra la galería.

Un primer problema sería saber sí este salto cualitativo, desde lo cursi a lo casi siniestro, responde a razones biográficas, a una mayor familiaridad con algunas subcorrientes contemporáneas (arte del cuerpo, arte feminista, de género, queer…) o a la lectura o relectura de fuentes freudianas, o postfreudianas, con las que estas tendencias comparten el mismo diagnóstico respecto a la no-unidad de la conciencia, la enajenación del cuerpo, la perversidad estructural de la familia, y en general sobre la futilidad de la cultura.

Es verdad que los tiempos no están siendo muy buenos, así que será mejor acudir a la fiesta. Los secretos de la Srta. Isbel son los secretos de toda creación.

Luis Armand