Once mujeres recrean el Julio César de Shakespeare

V Festival de Talleres de Teatro Clásico
Julio César, de William Shakespeare, adaptada y dirigida por Chema Cardeña
Sala Russafa
C / Denia, 55. Valencia
Del 9 al 12 de junio de 2016, a las 20.00h

Se dice de él que era un genio y el estreno en 1599 de esta pieza demuestra que, efectivamente, lo era en todos los sentidos. Cuando William Shakespeare escribió la tragedia de Julio César, una de sus obras más oscuras y potentes, se valió de la antigua Roma para dejar constancia de la ansiedad del pueblo inglés ante los problemas de sucesión. Un texto osado y que se atrevió a representar por primera vez ante los ojos de Isabel I.

Elenco de 'Julio César', de Chema Cardeña. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Elenco de ‘Julio César’, de Chema Cardeña. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Cuando se cumple el cuarto centenario de la muerte del dramaturgo inglés, Sala Russafa estrena un nuevo acercamiento a esta pieza dentro del pequeño homenaje que le rinde su V Festival de Talleres de Teatro Clásico, con los estrenos de esta pieza y de una versión de Macbeth el próximo 23 de junio, ambos a cargo de Chema Cardeña.

Del jueves 9 al domingo 12 de junio puede verse Julio César, un montaje valiente en el que once mujeres encarnan a los personajes masculinos. Este curioso intercambio de sexos pretende ser un guiño a la época isabelina en que se estrenó esta pieza, cuando las mujeres tenían prohibido actuar y los papeles femeninos eran encarnados por hombres. Ahora, al contrario que entonces y en un texto con un reparto mayoritariamente masculino, los populares César, Antonio, Bruto, Octavio o Casio cobrarán vida con la voz y sensibilidad de las actrices.

El montaje es fruto de la investigación en los talleres de interpretación para profesionales impartidos por Cardeña en Sala Russafa. Rocío Ladrón de Guevara, Irene González, Lucía Poveda, Rocío Domènech, María Pérez, Patricia Sánchez, Mónica Zamora, Ruth Palones, María Asensi, Alejandra Beltrán, Sara Bonell, Juanki Sánchez y José Torres son los encargados de recrear la conspiración contra el dictador Julio César así como la política y la sociedad donde se desarrolla, la Antigua Roma. Una trama sobre la lucha por el poder tan apasionante como profundamente actual.

Cartel de Julio César. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Cartel de Julio César. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Agustín Serisuelo. Quebrar el silencio

Agustín Serisuelo. Space before place
La Gallera
C/ Aluders, 7. Valencia
Hasta el 12 de enero de 2015

“Soñé que me moría en la calle.
Yo estaba ahí y cómo he llegado hasta aquí, cómo me ha llegado la muerte, es todavía un misterio para mí. En pocas palabras, cuando me di cuenta de que estaba muerto, ya hacía tiempo que estaba muerto en ese lugar (…)”[1].

 

A veces las circunstancias se alían de tal forma, que nuestros sentidos pierden su capacidad para traducir de forma inteligible la realidad que nos rodea, en otras ocasiones simplemente nos dejamos llevar por las pautas de nuestro entorno. En cualquier caso vivir con los ojos cerrados, o en una especie de trance hipnótico, no nos exonera de responsabilidad en las acciones que llevamos a cabo ni en las omisiones en las que incurrimos, de la misma forma que el desconocimiento de la ley no nos libera de su cumplimiento.

La realidad se compone de múltiples capas que van incorporando aspectos constitutivos de un panóptico abstracto que, según Deleuze, logra “imponer una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera”. Esa es la capacidad de la elaboración de relatos, donde lo principal no es contar historias, sino ocultar la realidad con un velo de ficciones engañosas a la vez que se comparte un conjunto de creencias capaces de suscitar la adhesión o de orientar los flujos de emociones, creando un mito colectivo constrictivo. “Las historias pueden ser prisiones –escribe David Boje-. Una vez inscritos en historias, con unos personajes y una intriga, estamos implicados con otros que esperan que reaccionemos, hablemos y evolucionemos de una cierta manera. (…) Mejor que el control y la disciplina, compartir supuestamente una historia colectiva. (…) Las historias y el storytelling pueden compartir la mirada panóptica y la hegemonía del poder”[2]. Así es el capitalismo de las pasiones, capaz de trascender los objetos y los servicios puestos a disposición de los consumidores para introducirse de lleno en la mente y dirigir la proyección de las emociones y los deseos personales, haciéndonos partícipes de historias en las que nos transformamos en figurantes de una entretenida ficción. De la vida a la pantomima, del espejo al espejismo. Las redes sociales explotan en buena medida el concepto de la narración como argumento constitutivo de una colectividad, en la que los integrantes despliegan un papel que los representa y que se desenvuelve con cada historia incorporada al conjunto. Por esos caminos discurren las técnicas de control social del poder, entremezclándose el entretenimiento con el filtrado de ideas y la creación de unas necesidades que el mercado está dispuesto a satisfacer.

El insaciable deseo

Lipovetsky apunta que la “civilización del deseo” se construyó durante la segunda mitad del siglo XX. “La vida en presente ha reemplazado a las expectativas del futuro histórico y el hedonismo a las militancias políticas; la fiebre del confort ha sustituido a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución”[3]. El autor apoyaba sus apreciaciones en la “nueva religión” de la incesante mejora de las condiciones de vida, convertida en la tendencia general, en el principal objetivo de las sociedades democráticas, una sociedad que “funciona con hiperconsumo, no con desconsumo”. Pero los mecanismos macroeconómicos que ordenan los tiempos de crisis no están al alcance del consumidor, por muy entusiasta que éste pudiera ser. Consignar la “felicidad” a expensas de las satisfacciones del consumo y la posesión de bienes se antojaba atrevido, pero es innegable la creencia desarrollada durante décadas por la población alrededor de esta promesa.

Otras líneas de pensamiento apuntan a la necesidad de repensar los ritmos económicos sometidos al crecimiento, derivados de esa lógica del progreso que va aparejada al consumo compulsivo, fungible, que no solo nos da señas del modelo de sociedad por el que se ha apostado sino de las consecuencias personales y medioambientales que le suceden. Se han dedicado todo tipo de descalificaciones a los sectores sociales que han advertido y anticipado los efectos que, sobre las personas y el entorno, tendría el modelo económico imperante. Pasado el tiempo, tenemos ante los ojos algunos de los efectos visible de esa política depredadora, basada en la especulación, que ha sembrado el paisaje de ruinas presentes y futuras, llevando consigo a la quiebra a empresas y familias. Esa realidad se ha extendido en el Estado español, como si de una pandemia sin remedio se tratara, con hitos destacables en la Comunitat Valenciana. Agustín Serisuelo toma como ejemplo su entorno cercano, en la provincia de Castellón, para contribuir a enriquecer la narración de una época que sin duda requiere ser pensada y analizada, aún con la posibilidad de ser repetida en un tiempo como parte de nuestra escasa capacidad de aprendizaje.

Muchos de los principales enunciados y pensamientos expresados por destacados teóricos tienen su base en el más absoluto sentido común, ese que por algún motivo ha desaparecido de la vida cotidiana en algunos entornos sociales y especialmente en los escenarios del poder. Es como si las cabezas de quienes adoptan las decisiones que tanto afectan a la población, se hubieran girado 180º y no tuvieran la capacidad o la voluntad de mirar la realidad de frente. Las consecuencias de primar otros intereses por encima del interés general debiera tener efectos sobre los responsables públicos, pero lo cierto es que esos efectos pocas veces llegan; un aspecto más que contribuye a la desconfianza en las propias estructuras del Estado, por la relación de subordinación y dependencia que a menudo se evidencia entre los tres poderes.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Desigualdades uniformes

La mayoría de los estudios sobre geografía urbana contemporánea comparten la opinión de que la intensificación de las desigualdades económicas es algo inherente a los procesos de urbanización. “La pobreza urbana será el problema más significativo y políticamente más explosivo del siglo XXI, pues supondrá la generalización de la criminalidad, las tensiones raciales, los levantamientos populares y las revueltas callejeras (…). Las causas de la pobreza urbana responden a inputs propulsados por la lógica tardocapitalista (precarización del empleo, reducción de los servicios sociales, etc.), en los círculos intelectuales se está imponiendo una especie de normalización de la desigualdad social que supone aceptar que el conflicto es algo inherente a la ciudad contemporánea, es decir, que sus males son crónicos”[4]. García Vázquez considera que afrontar esos males supone implicarse con los desheredados de la ciudad, de manera que la ciudad enferma se convierte en la ciudad de los resistentes, de los comprometidos.

Creer que el bienestar –no me refiero al lujo- es posible solo para unos pocos es una posición debilitadora, pues abre innumerables campos de batalla e inestabilidad con consecuencias en todos los niveles de la estructura social. Bauman lo expresa de un modo muy gráfico, empleando una reflexión asentada en la lógica: “así como la resistencia de un puente no se mide por la fuerza promedio de sus pilares sino por la del pilar más débil, y la resistencia total crece a medida que aumenta la de este último, la confianza y los recursos de una sociedad se miden en función de la seguridad, los recursos y la confianza de sus sectores más débiles, y crece junto a ellos”[5].

La aplicación de una especie de principio de uniformidad se ha ido desarrollando desde que Taylor propuso su cadena de montaje, y con ella el modo más rentable de que los obreros llevaran a cabo la realización de cada trabajo. Una vez que el mercado adquirió importancia, la uniformidad fue más allá de las botellas de refresco y las bombillas, parasitando desde las formas de vida a los deseos personales. También se hizo notar su influencia en el modo de entender la intervención humana en el territorio, su dominio sobre el paisaje y la licencia casi infinita para alterarlo. Al fin y al cabo una ley solo necesita de otra posterior para dejarla sin efecto, como sucede con los planes urbanísticos y las posteriores recalificaciones municipales, que han ido acomodando las características del territorio a los ritmos y las necesidades de la omnívora maquinaria económica del sector de la construcción –en ocasiones con efectos en el enriquecimiento ilícito de quienes disponían de potestad política para la toma de tales decisiones-.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Estado de autocombustión

Agustín Serisuelo procede de un entorno familiar relacionado con la arquitectura, por lo que su vinculación con esta disciplina tiene raíces personales capaces de aportar un punto de vista formado a partir de la proximidad y el conocimiento de experiencias en tiempo real. Por otra parte Castellón, como tantos otros lugares, ofrece un catálogo de ejemplos arquitectónicos aberrantes, por lo que sin duda ha sido un entorno que inevitablemente ha estimulado la reflexión del artista acerca de los modos con los que la arquitectura ocupa su espacio. Lo cierto es que desde que en los años 1990 se diera en el Estado español el disparo de salida en la carrera por la ejecución de obras arquitectónicas emblemáticas, se han ido sucediendo las estrategias de imagen a través de la creación de marcas de ciudad para acaparar el interés turístico e inversor. Los efectos discutibles de apuestas en eventos multitudinarios como los impulsado en 1992 en Sevilla y Barcelona, a través de la Expo y las Olimpiadas, pues en el primer caso la falta de planificación para el día después dio al traste con muchas expectativas y, en el segundo caso, el éxito del “modelo Barcelona” ha alterado el modo de habitabilidad de la ciudad y ha generado no pocas críticas.

La Comunitat Valenciana, que se sintió desairada por quedar al margen de aquellas apuestas estatales, creó su propia hoguera de las vanidades a modo de enterramientos de hormigón a los que destinar millones y más millones de euros. A la vez, los gobernantes elegidos por el pueblo alentaban a las masas con estimulantes consignas, repetidas durante más de una década, acerca de lo ilimitado de las posibilidades que el futuro deparaba. Mientras, las entidades financieras competían por abrir oficinas y daban préstamos e hipotecas a cualquiera que se acercara y les preguntara la hora. La realidad estaba en estado de autocombustión. De la ilusión de la riqueza y las posibilidades ilimitadas se ha pasado a la imposibilidad y la negación tajante de las oportunidades más básicas.

La decepción que se ha instalado en la ciudadanía es en realidad una respuesta serena ante la mala gestión de los recursos públicos. Cuando la población veía esos desfiles de coches oficiales y guardaespaldas, creía que sus ocupantes eran personas capacitadas que ocupaban altos cargos de representación política e institucional para poner lo mejor de sus conocimientos y experiencias profesionales al servicio de los intereses generales. El tiempo ha demostrado que no era así. En términos generales se trataba de gentes hábiles para surcar por los ríos de la política y posicionar los intereses particulares de determinados grupos, valiéndose de la legitimidad otorgada por las urnas. La verdadera crisis no son solo los millones de personas sin empleo, sino el fraude producido a la sociedad a través de los órganos de poder representacional; un asunto pendiente de resolver. Los desempleados, los recortes y la miseria que poco a poco va engullendo a las familias son las consecuencias que sufre la población, mientras aumenta exponencialmente la riqueza de un reducido grupo. ¿No supieron leer los indicadores que anunciaban el cambio de ciclo económico o algunos encontraban un mayor beneficio con el desplome del sistema?

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

El espacio antes que el lugar

Space before place es un proyecto específico desarrollado por Agustín Serisuelo para intervenir en La Gallera, como resultado coherente de una investigación artística de la que se han ido mostrando resultados en proyectos anteriores. El artista parte de la idea de transitar el lugar como experiencia que comparte con el espectador, un espacio del que se apropia mediante la construcción de elementos que replican simbólicamente esos lugares situados a cincuenta kilómetros a la redonda de su lugar de residencia, convertidos en tributos contemporáneos al recuerdo de la inmolación a la que se vio abocada toda una sociedad tras sus devaneos con un flautista de Hamelín cualquiera.

El litoral es el espacio común donde más se ha explotado el territorio, lógicamente también es donde más edificaciones se han quedado a medio construir. La explosión de la burbuja inmobiliaria cogió a muchos edificios en proceso de construcción, en algunos casos completamente acabados pero embargados por las entidades financieras, y así continúan; cerrados, sin uso, como monumentos a la memoria de la historia reciente. Las personas nos habituamos con cierta facilidad a los cambios, quizás sea esa capacidad de adaptación un requisito necesario para la perpetuación de la especie, pero para aprender de los errores no debiéramos pasar por alto los signos que quedan impresos en nuestro entorno, pues de lo contrario pasarán a formar parte de nuestro paisaje como elementos habituales, sin haber aprendido nada de esa experiencia. Serisuelo quiere poner ante el público una realidad conocida, incómoda, que corre el riesgo de ser normalizada y descargada de significado. Esos lugares son espacios en construcción, impersonales, inacabados, que se contraponen al lugar antropológico en el que se desarrolla la vida.

Las urbanizaciones, como entramado horizontal importado de EEUU, ha engullido numerosas extensiones de terreno y con ello la memoria de esos lugares, además de traer consigo un modelo dependiente del vehículo privado, de los macrocentros comerciales y de ocio o de los servicios de seguridad privados para garantizar el sentimiento de alto standing. Son elementos que se han ido incorporando progresivamente a nuestro paisaje e incorporándose a los modos de vida, creando periferias envueltas de un aura de privilegio. El artista, con este proyecto, lleva a cabo el ejercicio de traer al centro de la ciudad la problemática de las nuevas ruinas inmobiliarias de las periferias, presentando en La Gallera –una construcción tan cargada de historia en el centro de la ciudad de Valencia- la imagen de esos otros lugares que carecen por completo de una historia vital propia, por estar inacabados. Esta contraposición entre el continente y el contenido es la fórmula mediante la que el artista lleva esa realidad periférica al centro social, político y económico de este territorio.

En esta sociedad de la imagen, las imágenes han perdido su valor iconográfico por la cotidianidad de su uso y la desmaterialización del soporte derivada de los dispositivos digitales. Agustín Serisuelo inserta imágenes en su instalación bajo la premisa de materializarlas, tratándolas como material escultórico, haciéndolas formalmente presentes para que accedamos a su significado. Bajo la premisa de que la realidad se compone de fragmentos, con su práctica artística reproduce ese modo fragmentado de representación para hacer partícipe al espectador en la narración de la obra.

La arquitectura es un elemento de memoria, los arqueólogos recurren a las ruinas para estudiar el pasado, para conocer datos de civilizaciones que nos precedieron. El artista se interroga acerca de la perdurabilidad de nuestros restos y la narración resultante de los mismos. Con este trabajo se aborda un análisis del formato económico y social globalizado, para el que se toma como caso de estudio una realidad próxima que ejemplifica características del modelo que se ven indistintamente replicadas en otras latitudes.

“El tiempo, ese gran saqueador, nos roba continuamente; pero una cosa es que nos desvalijen a lo grande y envejecer con la conciencia de haber tenido una vida plena, y otra que nos quiten todos los días pellizquitos miserables de cosas que ni siquiera hemos vivido. El infierno de nuestros contemporáneos se llama insipidez. El paraíso que buscan, plenitud. Los hay que viven y los hay que duran”[6].

 

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Orden salomónico

El eje principal de la intervención de Agustín Serisuelo en La Gallera es una pieza de composición helicoidal que, a modo de columna salomónica, produce un efecto de movimiento, fuerza y dramatismo alrededor del que giran el resto de piezas creando un sistema propio. El conjunto se ve rematado por una cúpula suspendida que nos remite a la idea de una realidad volátil, sin cuerpo, que se suma al simbolismo de la columna salomónica como elemento arquitectónico central, destinado tradicionalmente a la ornamentación más que a la función tectónica.

Esta torre se compone a partir de la superposición vertical de estructuras de madera con forma de cubo, con un giro de 45º sobre su eje, con tres imágenes cada uno de ellos en su interior. Las fotografías han sido tomadas desde el interior de un edificio en construcción, uno de los muchos que han quedado abandonados, mostrándonos tres miradas desde cada una de sus plantas: las vistas hacia el interior del edificio, el exterior y su fachada desde una ventana y el paisaje al que se enfrenta. El artista nos muestra así la mirada íntima, la mirada de espejo y la mirada pública, interpelando al espectador a mantener una actitud activa que se asemeje a su propio deambular dentro del esqueleto de este inmueble en ciernes, envueltos por el sonido del viento que lo azota e invade toda la sala.

La traslación de esta atmósfera va acompañada de un conjunto de torres y una grúa de obra –“Torres vacías”-, todo en estructura de madera, reforzando la idea de artificio y ocupación volumétrica del paisaje, junto a la pieza “Palomar” y las torres “Vistas vecino” y “Vistas al mar” –estas últimas proceden de un proyecto anterior y son el eslabón que da continuidad a la línea de trabajo del artista-.

La fotografía como obra autónoma toma cuerpo en “Sin nombre”, reforzando la ausencia de moradores en estos complejos arquitectónicos, esta imagen muestra los buzones sin identificaciones personales de uno de los edificios. Completando la distribución radial de la planta baja de la sala, la pieza “Re-urbanizaciones” se extiende como una lengua desde el suelo sobre la pared. La ferocidad con la que el territorio ha sido ocupado responde en cierta manera a la necesidad de dar satisfacción al consumidor, pues “de ordinario, su motivación es un deseo de actuar en conformidad con el uso establecido, evitar observaciones o comentarios desfavorables, vivir de acuerdo con los aceptados cánones de decencia en lo que se refiere a la clase, cantidad y nivel de los bienes consumidos (…)”[7]. La propia clonación de las unidades constructivas, que se apoderan del espacio sin importar el lugar donde se ubica, nos da la clave del gusto social por sumarse a lo normalizado, de acomodarse a las señas de identidad aceptadas para formar parte de un determinado grupo o clase.

“El planeta Tierra vive un período de intensas transformaciones técnico-científicas como contrapartida de las cuales se han engendrado fenómenos de desequilibrio ecológico que amenazan, a corto plazo, si no se le pone remedio, la implantación de la vida sobre su superficie”[8]. Esta cita de Guattari nos sirve para referirnos a la cúpula suspendida por Agustín Serisuelo, compuesta por módulos individuales que acaban componiendo una cartografía en las nubes, como una nueva esfera de construcciones dispuesta a ocupar nuevas superficies, por imposibles que estas fueran. La pieza, estéticamente evocadora, tiene su origen en fotografías aéreas de zonas periféricas de gran masificación urbanística, ahora convertidas en murales tridimensionales creando un cielo abigarrado.

La primera planta de la sala corre circularmente alrededor de una balconada que nos permite una mirada aérea de las piezas que componen la instalación de la planta baja, a la vez que ofrece al espectador una perspectiva nueva de la cúpula flotante. La fotografía, empleada de diferentes modos, forma parte intrínseca de la obra de Agustín Serisuelo, cuya presencia aumenta en este segundo espacio de la sala. En el recorrido circular encontramos trabajos como “Look at me”, que recrea la ventana de un edificio en construcción desde el que observamos un edificio enfrente en similares condiciones de construcción interrumpida. “Closed building” e “In process building” parten de un collage de imágenes que pierde protagonismo bajo una capa de pintura blanca y la superposición de una intervención de dibujo que añade un estado vibrante a la obra. Estas imágenes representan dos formas diferentes en la situación de abandono que el artista ha ido mostrando. En un caso se trata de un edificio completamente finalizado pero que permanece deshabitado, en el otro un edificio que muestra la desnudez de su estructura de ladrillo y hormigón.

El uso de la luz juega un papel fundamental en la puesta en escena de este proyecto, pues el artista parte de la base de interpretar la luz como un agente creador y a la vez erosionante. Esa doble función se inserta en la concepción de los trabajos, que en ocasiones incorpora el uso de tubos fluorescentes para acentuar serena y sostenidamente el dramatismo de la realidad representada. El juego de contraluz empleado en “Panorámica”, la pieza que cierra el recorrido, nos quiere mostrar las generosas vistas desde lo alto de uno de estos edificios en ciernes, situados en lo que quería ser un ático de lujo cerca del mar. Esta composición de imágenes se sostiene sobre una estructura mural que nos anuncia, como si de un eslogan visual se tratara, el fracaso colectivo de un sueño ahogado por la codicia.

“(…) Yo no podría vivir en una sociedad donde todos cantaran las mismas canciones, canciones que hablan de gente predestinada a ganar o a perder, pero es en este mundo donde vivo (…)”[9].

Algunos consideran que la base de la convivencia es el silencio, pero para otros no hay convivencia si está desprovista de la posibilidad de ejercer la libertad. El arte es una herramienta de pensamiento y comunicación que algunos, como Agustín Serisuelo, emplean para releer aspectos del presente, quebrando el silencio.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space Before place. Foto: Juan Vicent

José Luis Pérez Pont


[1] XUN, Lu. La mala hierba. Bartleby, Madrid, 2013.

[2] SALMON, Christian. Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Península, Barcelona, 2008.

[3] LIPOVETSKY, Gilles. La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo. Anagrama, Barcelona, 2007.

[4] GARCÍA VÁZQUEZ, Carlos. Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI. Gustavo Gili, Barcelona, 2004.

[5] BAUMAN, Zygmunt. Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2007.

[6] BRUCKNER, Pascal. La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz. Tusquets, Barcelona, 2008.

[7] VEBLEN, Thorstein. Teoría de la clase ociosa. Alianza, Madrid, 2004.

[8] GUATTARI, Félix. Las tres ecologías. Pre-Textos, Valencia, 1990.

[9] ORIHUELA, Antonio. Todo el mundo está en otro lugar. Baile del Sol, Tenerife, 2011.