Fallece el coleccionista Vicent Madramany

Vicent Madramany (L’Alcudia, 1946). Coleccionista y mecenas
Director de À cent mètres du centre du monde, de Perpignan (Francia)
Sábado 31 de marzo de 2018
Con motivo de su fallecimiento el 29 de marzo, reproducimos la entrevista realizada en la Fundación Chirivella Soriano como parte responsable de la exposición de Artur Heras.
Descanse en paz.

“Coleccionistas de verdad hay muy pocos”, advierte Vicent Madramany. Le faltó añadir que él es uno de ellos. Director del museo de arte contemporáneo de Perpiñán, que lleva el significativo nombre de À cent mètres du centre du monde, en alusión a Dalí, Madramany se acercó a Valencia como parte responsable de la exposición de Artur Heras en la Fundación Chirivella Soriano. De las 44 piezas exhibidas, 42 pertenecen a su colección; las otras dos son propiedad del propio artista. Piezas de gran formato que, a modo de antológica, permiten contemplar 50 años del trabajo de Heras, los que van de 1964 a 2013 (Ver: https://www.makma.net/seduccion-iconografica-elegante-protesta/).

Aunque “lo importante son los artistas”, razón por la cual Vicent Madramany prefirió mantenerse en un segundo plano durante la presentación de la antológica, lo cierto es que su trayectoria como coleccionista bien merece un aparte. Su trabajo de importación y exportación de frutas le llevó, entre otros lugares, a Perpignan, donde fue barruntando la idea de crear un museo de arte contemporáneo. Idea que dio sus frutos (nunca mejor dicho), tras la compra de un viejo almacén de frutas y verduras, que se hallaba muy cerca de la estación de tren de Perpignan, a la que Salvador Dalí dedicó una de sus obras tras delirante visión: “El universo, que es una de las cosas más limitadas que existe, sería –guardando las proporciones, similar por su estructura a la estación de Perpignan”.

Vicent Madramany, junto a la obra 'Consum nacional brut' de Artur Heras. Foto: MAKMA

Vicent Madramany, junto a la obra ‘Consum nacional brut’ de Artur Heras. Foto: MAKMA

Madramany, haciendo uso explícito del delirio daliniano, bautizó su museo tomando como referencia esas palabras y los aproximadamente 100 metros que lo separaran de la estación de tren: À cent mètres du centre du monde. Museo del que provienen la 42 piezas de Artur Heras y donde Madramany acumula y exhibe obras principalmente de artistas valencianos y franceses. “El coleccionista es la persona que intenta hacer un homenaje a los artistas coleccionando su obra para que perdure en el tiempo”. Nada que ver con los coleccionistas que, como champiñones, brotaron a causa del esplendor inmobiliario. “Hay quienes han comprado arte por una finalidad especulativa, como un producto financiero”.

Madramany entiende que esa “especulación del producto artístico” ha terminado por “marear mucho” el mercado del arte. “Ha habido un exceso de artistas y de obras”, lo mismo que “hay muchos museos que son almacenes de obras mediocres”, y pone como ejemplos el Hermitage de San Petersburgo o el Louvre de París. “Prefiero el Museo del Prado o la National Gallery de Londres”. Para Madramany, “la pintura, salvo milagros, no es una inversión”. Y como “el olvido” suele ser a su juicio el “destino normal de la mayor parte de la obra creativa”, la función del coleccionista es la de poder “rescatar” de ese olvido a los artistas.

Vicent Madramany, junto a la obra 'Consum nacional brut' de Artur Heras. Foto: MAKMA

Vicent Madramany, junto a la obra ‘Consum nacional brut’ de Artur Heras. Foto: MAKMA

“Hay mucha gente que invierte, pero coleccionistas de verdad, los que lo hacen por placer, no abundan, y no es el principal motor del mercado del arte”. Conjugar ese placer, que permite dar testimonio de la “obra bien hecha”, con la justa proporción de rentabilidad derivada del valor creativo, es lo que Vicent Madramany persigue con su colección de obras en À cent métres du centre du monde. Casi medio centenar está ahora en la Fundación Chirivella Soriano. Piezas de gran formato, porque “una obra cuando es buena tiene más fuerza a tamaño grande”. Que es lo que le suceden a las 44 piezas de Artur Heras. Madramany está de enhorabuena.

Vicent Madramany, al lado de la obra 'El sueño del capitán España' de Artur Heras. Foto: MAKMA

Vicent Madramany, al lado de la obra ‘El sueño del capitán España’ de Artur Heras. Foto: MAKMA

Salva Torres

Monjalés, ¡qué bueno que viniste!

Monjalés, una trayectoria artística: 1953-2014
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 29 de junio y 7 de septiembre, respectivamente

Tiene 82 años muy bien llevados. Quién sabe si fruto de una vida dedicada con pasión al arte. Cuando habla de su obra, que arranca a principios de los años 50, la mirada parece regresar al instante de cada creación, emanando un brillo que diluye las tinieblas del pasado proyectando un gran chorro de luz hacia el futuro. La represión franquista, que le obligó a un exilio prolongado durante 46 años, apenas ha dejado huella en su figura, que se mueve impulsada por esa energía interior depositada en su dilatada producción. De hecho, diríase que ha salido indemne de tan tristes avatares, gracias al vital combate sostenido en cada una de sus obras. Ahora, de vuelta en Valencia, Monjalés (Albaida, 1932) puede disfrutar de la amplia retrospectiva que le dedican al alimón el Centro del Carmen y la Fundación Chirivella Soriano.

Obra de Monjalés en el Centro del Carmen de Valencia.

‘Casi que por ensalmo’, obra de Monjalés.

Josep Soler Vidal, Monjalés, comenta sus obras una por una, deteniéndose en aquellas que mejor explican cada etapa pictórica o marcan el salto hacia una nueva. Y la palabra salto es fundamental. “Cuando un pintor está sujeto a perpetuar la inutilidad de un momento en su día vivo, está condenado a morir”. Por eso Monjalés ha ido saltando de serie en serie, renovándose a cada instante, para no caer en esa trampa de la repetición a la que suele abocar cierta docilidad comercial. ¡Y eso que pudo hacerlo! Tras la Bienal de Venecia de 1960, en la que participó, la prestigiosa galería Marlborough quiso montarle una exposición que él rechazó. “Querían que hiciera el tipo de obra que había presentado en la Bienal, cierta abstracción revolucionaria, pero yo estaba en otra cosa y les dije que no volvía a la abstracción”.

Obra de Monjalés de su serie Pacto de las premoniciones.

Obra de Monjalés de su serie Pacto de las premoniciones.

Los seres aterrados que aparecen en su serie sobre la lucha, los vencidos y los torturados destilan idéntico terror al que manifiesta Monjalés por la repetición y el acomodado encasillamiento. Por eso en la retrospectiva de más de un centenar de obras, repartidas entre el Centro del Carmen y la Fundación Chirivella Soriano, se recogen las diversas etapas por las que ha ido saltando Monjalés: desde sus primeros paisajes de Albaida (“fuera de lo manido”), a sus últimas producciones en homenaje a la expedición botánica del Nuevo Reino Granada dirigida por Mutis, pasando por su serie El pacto de las premoniciones, en torno al jardín de las delicias de El Bosco, sus Itinerarios, su serie negra más constructivista, los mapas ibéricos, los derrotados o vencidos, ya más figurativos, o sus Hijos de España.

Obra de Monjalés de su serie Los hijos de España.

Obra de Monjalés de su serie Los hijos de España.

El Centro del Carmen acoge las 54 obras que van desde sus inicios paisajísticos al cuadro La paloma de la paz (1960), que Monjalés señala como el último de su serie plenamente abstracta. Cuando en 1954 viaja a Madrid, se queda impresionado con El jardín de las delicias de El Bosco, del que se sorprende que no fuera a la hoguera por esa obra repleta de provocativas escenas sexuales. Monjalés agrega elementos de ese cuadro a sus figuras en la serie sobre las premoniciones, dando como resultado un conjunto de piezas igualmente sorprendente. Otro viaje posterior a Bélgica le introducirá de lleno en el informalismo. “Entonces no había nadie informalista y hoy, en cambio, se hace mucho, lo cual me parece ridículo porque significa estar muerto”. Alain Robbe-Grillet, escritor y teórico del nouveau roman, o el poeta Paco Brines, figuran entre los compradores de sus obras informalistas.

Obra de Monjalés de su serie Los hijos de España.

Obra de Monjalés de su serie Los hijos de España.

Siempre en la búsqueda de nuevos caminos, ideas o formas de expresar lo que muerde por dentro, Monjalés empieza a enseñar la patita figurativa por debajo de la puerta de la abstracción, que es donde arranca la muestra de Chirivella Soriano. Allí, las figuras aparecen dolidas, derrotadas, vencidas o en abigarrada lucha contra la falta de libertad que por aquellos años 60 representaba el franquismo. “Son figuras suspendidas en el aire, que representan lo más denigrante, el sometimiento del ser humano a lo peor”. Obras que, como subraya Monjalés, están impregnadas de cierta lucha (pictórica y representacional) por “hacer y deshacer”. Pintura que, más que social, el artista entiende de “lucha y protesta contra el franquismo”.

Obra de Monjalés de su serie La lucha.

Obra de Monjalés de su serie La lucha.

Su serie Los hijos de España tiene el complemento idóneo del poema de Antonio Machado escrito sobre la pared, elegido por el propio Monjalés: “Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

Las cerámicas de la última planta, con fragmentos de Gaudí y referencias picassianas, su serie de sellos, nuevas sombras (con los pífanos de Manet), las oraciones comparativas y las “Adveraciones taléticas” completan el recorrido. “Siempre he pensado que la función del ser humano es hacer algo significativo o denunciar algo”. Ahora está enfrascado en su serie botánica, como “apología de la conservación de la naturaleza”. De manera que Monjalés, lejos de regresar a Valencia a lomos de cierta nostalgia, sigue mirando el futuro con insistencia creativa. Su inquietud no encuentra límite alguno en retrospectivas por amplias que éstas sean.

Detalle de una de las obras de Monjalés.

Detalle de la obra de Monjalés ‘Los derechos humanos’, de su serie Los sellos.

Salva Torres

Seducción iconográfica, elegante protesta

Artur Heras. Antológica
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 5 de enero de 2014

Hay artistas que llevan impreso en su figura la propia obra. Como si los años de pertinaz trabajo, de interrogación constante, hubieran penetrado de tal forma los poros de su piel, que ya fueran indisolubles el genio y la figura. Es lo que le sucede a Artur Heras (Xàtiva, 1945). Su obra, aunque posee sin duda múltiples capas, se construye principalmente alrededor de dos: una seductora, tejida con signos iconográficos de indudable atractivo plástico, y otra más radical, elaborada a partir de elementos y objetos cuya elegancia formal atenúan la carga de profundidad presente en su trabajo a lo largo del tiempo. Seducción y elegante protesta extensibles a su figura y al discurso del que se nutre.

L'etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

L’etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Recorriendo junto a él la exposición A cent metres del centre del món, en referencia al Museo de Arte Contemporáneo de Perpiñán dirigido por Vicent Madramany, de donde proceden las 44 piezas de la antológica (“sí, yo diría que es una antológica”), se percibe rápidamente esa mezcla de seducción y protesta disparada con silenciador. Seducción por la abundancia de elementos iconográficos, cromatismos,  y esos grandes formatos que invitan al espectador a meterse dentro. Y protesta, porque la obra de Artur Heras está salpicada de agujeros, desgarros, crítica social en forma de elocuentes collages y una tensión dramática propiciada por el continuo balanceo entre lo amable y lo áspero.

“LA POLÍTICA CULTURAL ES UN POCO PATÉTICA”

“Hay piezas que tienen sin duda un componente de protesta, de grito, pero no sólo vinculado a un momento determinado –el franquismo-, sino que es un hilo conductor que aparece y desaparece a lo largo de mi trabajo”. Artur Heras lo vincula también a su pintura gestual, aunque matiza que más que crítica del momento “hay un ejercicio de memoria”. Y haciendo memoria conviene recordar que Artur Heras fue director de la Sala Parpalló durante 15 años. Una Sala Parpalló ahora “aparcada y disuelta” en el MuVIM. Como disuelta parece la cultura en la actualidad. “La política cultural es un poco patética; está todo mal, con el 21% del IVA y un cierto viraje hacia la superficialidad, aunque Russafa parece estar vivo”.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Artur Heras recuerda aquellos años 80 del pasado siglo “más solidarios”, donde había cierto “entusiasmo social” ahora desaparecido. “Ahora la voz social está más anestesiada”, en el marco de una ciudad como Valencia donde “no se deberían permitir ciertas barbaridades, tanto desde el punto de vista urbanístico como desde el cultural”. Salen a relucir ciertos nombres de la política valenciana, aunque no merezca la pena insistir en ello por el vuelo rasante al que conduce tan bajo perfil ilustrado. De manera que volvemos A cent metres del centre del món, en alusión al museo de Madramany, tan próximo a la estación de tren de Perpiñán.

“LA IDEOLOGÍA NO ES BUENA CONSEJERA”

“El límite del cuadro es un código cerrado”, por eso Artur Heras suele salirse de él, así como utiliza grandes formatos “para poder meterte dentro de la pintura, como en los murales, a modo de capilla”. Se trata de salir del “espacio bidimensional del muro” y volar lejos, muy alto. “Necesito que el cuadro me apasione; me tire hacia algún sitio”. Nada más lejos de su voluntad que saber de antemano las ligazones que promueven esa tensión dramática en su obra. “La abstracción es más un pozo, un objeto enfocado, mientras que cuando utilizas otros elementos iconográficos, incluso ruidos y sonidos, la obra se va por otros derroteros”.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Y siempre lo hace, incluso en aquellas piezas más explícitas de la exposición que hasta enero acoge la Fundación Chirivella Soriano. Por ejemplo: la que alude al encuentro de Franco con Hitler en la estación de Hendaya, con tren eléctrico incorporado a tan espectacular obra. “No es buena consejera la ideología, por eso no me preocupa que alguien quiera ver crítica social. Yo me nutro de historias para crear”. Al igual que se nutre de la “confluencia de lenguajes plásticos”, incorporando “distintos elementos de la cultura pop y de factura más realista”, que van a desembocar en esa “pintura gestual” dominante en el conjunto de su trabajo.

Las 44 piezas de la colección de Vicent Madramany (“bueno, hay dos de mi propiedad”) abarcan desde las primeras de 1964 a las últimas de 2013, y eso que Artur Heras dice producir “de manera lenta”. Para qué correr cuando de lo que se trata es de admirar el combate que libra la naturaleza humana en los trabajos de Artur Heras. Combate entre el reino amable de la seducción iconográfica y el más turbio desgarro interior que amenaza con destruir la estabilidad del cuadro. A cent metres del centre del món. Incluso menos.

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Salva Torres