El gran hotel Budapest, entre dos Europas

El gran hotel Budapest, de Wes Anderson
Gran Premio del Jurado del Festival de Berlín 2014

La película “El gran hotel Budapest”, además de la hermosa historia de amistad y amor que se narra, es un homenaje a un acto esencial y diferenciador de la especie humana: el hecho de contar y de escuchar historias como experiencia trascendental del ser humano. Esta es la esencia de la película de Anderson, basada en un cuento de Stefan Zweig, cuya obra de ficción o biográfica, de este autor, es ante todo una reflexión sobre la importancia de ese acto, de contar y de escuchar historias, como vehículo para comprender la esencia del sujeto.

La historia de ‘El gran hotel Budapest’, reciente Premio del Jurado en el Festival de Berlín, empieza como todas las historias: con una interrogación existencial provocada por cierta sorpresa que viene a quebrar el orden de la anodina realidad cotidiana. En la película de Anderson todo se inicia cuando un joven escritor, interpretado por Jude Law, huésped del decrépito Hotel Budapest, se queda fascinado por la presencia de otro huésped: ¿Quién es ese hombre mayor, de mirada melancólica, sentado en el hall?, pregunta al botones.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Ese hombre (Mr. Moustafa / Murray Abraham) es el actual dueño del hotel, cuya historia dará a conocer el pasado tanto del propio hotel como del singular director que lo precedió. Será la figura de éste, Gustave (Ralph Fiennes), el centro de una narración que desvelará cierto acto heroico fundador del relato moderno. Esto es, el relato de valores tales como la racionalidad y el impulso artístico, base de la civilización europea, que tendrá su correlato siniestro en forma de totalitarismo.

Gustave representa la figura del hombre que, en medio de la barbarie, logrará con sus actos preservar la vida del emigrante Moustafa, botones del hotel, posibilitando que éste continúe su digna labor al frente del Gran Hotel Budapest junto a su esposa Agatha (Saoirse Ronan). He ahí la importancia del relato, en tanto espacio de transmisión de experiencias que merecen la pena ser vividas.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Contada en tono de comedia esperpéntica, muy del gusto de Anderson, tal y como ya demostrara en ‘El viaje a Darjeeling’, ‘El gran hotel Budapest’ sigue las peripecias de Gustave y su botones Moustafa, en medio de la guerra europea, para reflejar lo que cuesta mantener la dignidad humana cuando se desata la pasión bélica. Gracias al coraje, tan ingenuo como genuino, de Gustave, el emigrante Moustafa logrará salvar la vida.

Y como corresponde a la cadena de tareas que envuelve al relato, Moustafa corresponderá a tamaña actitud heroica de su jefe, continuando su labor al frente del Hotel Budapest, por el que dará la fortuna heredada con el fin de mantener en pie un hotel amenazado por la voracidad destructora del comunismo radical. La amistad, una vez más, privilegiando el recuerdo del amigo muerto y de la mujer amada, por encima de consideraciones crematísticas hoy tan en boga. La Europa ilustrada, entonces, como ahora, amenazada por intereses espurios: del totalitarismo bélico al económico. Siempre nos quedarán los relatos como antídoto frente a la devastación.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Begoña Siles

Un Russafart ‘apoteósico’

Balance de Russafart 2104
Más de 80 espacios del barrio de Russafa en Valencia
Del 30 de mayo al 1 de junio

“Se han superado con creces las expectativas”. Arístides Rosell, coordinador de la bienal artística Russafart, valoró esa superación en torno a los 60.000 visitantes que acudieron a los cerca de 90 espacios abiertos al público durante los tres días. En la anterior edición, rondaron los 40.000. Pintores, escultores, fotógrafos, videoartistas y performers, que abrieron las puertas de sus estudios y talleres, pudieron sentir ese interés de la gente por el arte que se hace fuera de los circuitos comerciales. Ya sea directamente en sus espacios de producción e incluso a pie de calle, los miles de visitantes (“público diferente, respetuoso e interesado por el arte”: Arístides) comprobaron la agitación artística de un barrio cuya bienal no para de crecer.

Imagen tomada en el estudio de Anna Sanchis durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada en el estudio de Anna Sanchis durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

“Ha sido apoteósico”, recalca el coordinador de Russafart, que ha tenido como lema este año ‘Comunicando arte’. Galeristas, gestores culturales y coleccionistas pudieron tomar nota de esa ingente comunicación, difícil de cuantificar económicamente, dada la discreción en las ventas, pero que Rosell valora muy positivamente a nivel de contactos y futuros proyectos. “Se han tramitado exposiciones con artistas y el menudeo del mercado se ha movido”.

Obras del estudio de Miguel Ángel Aranda. Fotografía: Maite Bäckman.

Obras del estudio de Miguel Ángel Aranda. Fotografía: Maite Bäckman.

La participación, por primera vez en Russafart, de artistas internacionales invitados, en esta ocasión procedentes de la Asociación Llave Maestra de Río de Janeiro, también ha contribuido a elevar la capacidad de intercambio cultural de la bienal. “Es un proyecto que se gestó hace tres años y del que ahora se recogen sus frutos”. Los 10 artistas brasileños participantes, que llevan 24 años haciendo su Russafart en el barrio de Santa Teresa, aportaron sus obras y su experiencia en la organización de un evento similar.

Imagen tomada del estudio de Araceli Carrión en Russafart. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada del estudio de Araceli Carrión en Russafart. Fotografía: Maite Bäckman.

Tráfico “colapsado” durante los tres días de la bienal (“no se podía aparcar”, subraya Arístides), estudios abiertos de par en par, gente entrando y saliendo de los diferentes espacios, animación cultural en todo el barrio, dejan la sensación, apuntada por el catedrático Román de la Calle, de hallarnos ante “un proyecto inductivo, no institucional”. Un proyecto que nace de abajo hacia arriba y que sirve de “imán para ayudar a la transformación” de un arte que De la Calle entiende como esencial para el enriquecimiento social, lejos del carácter decorativo que suele atribuírsele.

Acto de clausura de Russafart 2014 en Sporting Club Russafa con Julio Montalvo Collectiva. Fotografía: Maite Bäckman.

Acto de clausura de Russafart 2014 en Sporting Club Russafa con Julio Montalvo Collectiva. Fotografía: Maite Bäckman.

Con un presupuesto exiguo, más que integrado por dotación económica compuesto por ayudas en la producción o en materia de seguridad ciudadana, Russafart sigue haciendo valer el altruismo de cuantos colaboran, cuyo “ingente trabajo” Arístides Rosell recordó que no tenía precio. “Todo esto si se cuantifica son miles de euros, pero finalmente es low cost”, señaló durante la presentación de la bienal. La tarea pendiente de alcanzar (el presupuesto necesario para que tamaña creatividad tenga la recompensa que se merece) resulta complicada. “Cada año partimos de cero; es como volver a empezar”, concluyó Rosell. He ahí la apuesta, de nuevo sobre la mesa, de la próxima bienal. Porque Román de la Calle lo tenía claro: “El año que viene alzaremos la mano”. La quinta edición de Russafart ya está en marcha.

Artistas brasileños de Asociación Llave Maestra durante Russafart. Fotografía: Maite Bäckman.

Artistas brasileños de Asociación Llave Maestra durante Russafart. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada en el estudio de Miguel Ángel Aranda durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

Imagen tomada en el estudio de Miguel Ángel Aranda durante los días de Russafart 2014. Fotografía: Maite Bäckman.

Salva Torres

Martí Anson, arquitectura anónima y sencilla

Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo
Nivell Zero de la Fundació Suñol
Rosselló, 240. Barcelona
Hasta el 6 de septiembre

El Nivell Zero de la Fundació Suñol presenta ACTO 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo, un proyecto que toma como punto de partida la casa de vacaciones que Joaquim Anson ideó y construyó para su familia en los años setenta. Su hijo Martí la ha reconstruido con el objetivo de reivindicar la arquitectura anónima y sirviéndose del icono de los pabellones nacionales de las exposiciones universales. El Pabellón catalán se presentó por primera vez en el Palais de Tokyo de Paris en 2013.

Obra de la exposición 'Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo. Imagen cortesía de la Fundación Suñol.

Obra de la exposición ‘Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo’. Imagen cortesía de la Fundación Suñol.

A principios de los años 60, Joaquim Anson se dedicaba a la creación de muebles de madera de manera altruista en Mataró. Su objetivo era hacer muebles a un precio asequible, siguiendo una cierta tendencia de la época centrada en la cooperación entre profesionales de diferentes disciplinas. Arquitectos, abogados, administradores, gestores y artesanos trabajaban conjuntamente en varios proyectos, apostando por las prácticas comunitarias y rompiendo con el sistema jerárquico de la dictadura.

Siguiendo el espíritu de la edificación barata, Joaquim Anson, que no era ni arquitecto ni constructor, se planteó la construcción de una casa de vacaciones para su familia. Después de comprar un solar en las afueras de un pueblo de La Garrotxa, se lanzó a la construcción pensando que era posible disponer de una casa a bajo coste utilizando el mínimo necesario de materiales. Por esa razón, diseñó una casa en que la construcción con ladrillos cubría todas las necesidades, tanto a nivel de estructura como de mobiliario, que se incorporaba directamente a la obra de ladrillo. La economía del espacio era uno de los puntos esenciales de la edificación. Un edificio como un mueble.

Montaje de la exposición 'Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo'. Imagen cortesía de la Fundación Suñol.

Montaje de la exposición ‘Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo’. Imagen cortesía de la Fundación Suñol.

En el año 2013, con motivo de la presentación en el Palais de Tokyo de Paris, su hijo Martí Anson decide reconstruir la casa. Se trata de una estructura de madera desmontable, que se puede volver a montar en pocos días y sin la ayuda de profesionales. La construcción de Anson rinde homenaje a los constructores anónimos que realizaban proyectos que se concretaban en edificios sencillos, funcionales y asequibles.

De esta manera, pone en valor los conocimientos y el know how del patrimonio local, como hacen los pabellones nacionales de las exposiciones universales e internacionales, que representan las ideas de un país a partir de la forma arquitectónica en que se concretan. Así pues, la casa familiar es también un “pabellón catalán” y adquiere así un cierto significado político, aquel que reivindica una forma de acción anónima y cooperativa.

Obra de la exposición Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo. Imagen cortesía de Nivell Zero de la Fundació Suñol.

Obra de la exposición Acto 29: Martí Anson. Pabellón catalán, Arquitecto anónimo. Imagen cortesía de Nivell Zero de la Fundació Suñol.