La sociedad hueca de Juan Cuéllar

Distopía, de Juan Cuéllar
La Nau de la Universitat de València
C / Universitat, 2, Valéncia
Hasta el 22 de julio de 2018

Distopía es el título de la exposición de Juan Cuéllar en la Sala Oberta de La Nau de la Universitat de València. Una distopía, aunque general, centrada en el aspecto laboral que luego se va extendiendo como una mancha de aceite por el conjunto. “Empecé trabajando las obras y me di cuenta que la chispa que lo movía todo era la precariedad laboral de los artistas”. Precariedad que le parece “más estructural, del entorno en el que vivimos”, y que hace extensible “a vuestra profesión también”. Habla de un cambio en esa estructura del trabajo, “que sigue siendo alienante y que nos va a frustrar más”.

Alienación, domesticación y hueco son palabras que se repiten en ese universo utópico creado por Cuéllar, quien ya se hizo eco de él en una muestra en la extinta galería Walden Contemporary de Valencia. Sus rostros vaciados, característicos de sus dibujos, se mezclan en esta ocasión con los agujeros que vienen a taladrar los propios cuerpos, hasta prolongarse al entorno urbano y a los seres animales. “El hueco es lo vacío, lo alienado. De manera que, al vaciar la forma, vacías también el contenido”, explica el artista valenciano heredero de la estética pop.

Dreamers, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Dreamers, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Según el comisario de la muestra, Vicente Pla, esos “puntos ciegos”, o agujeros por los que parece vaciarse el sujeto, “desmienten en última instancia el ideal de la figuración como imagen veraz del mundo”. Y, al desmentirlo, diríase que emerge esa distopía a modo de prolongación de la propia utopía, cuyo anhelo de perfección mostraría su doble siniestro. “La utopía”, dice Cuéllar, “es un proyecto que nunca termina de acontecer, mientras que la distopía sí, pero de forma disfuncional”.

Los óleos y dibujos de la exposición se completan con un video realizado por el propio comisario, que el artista denomina “ensayo audiovisual” sobre esa distopía. Desdibujados los rostros, taladrados los cuerpos y sometido el entorno urbano a un mismo peligro de progresivo vaciamiento, las escenas representadas por Cuéllar destilan un aire inquietante. “Va desde lo familiar, que lejos de ser un colchón o el lugar que te acoge puede ser origen de problemas, al mundo animal, donde se crea igualmente la fábula de la domesticación social”.

Hueco normalización, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Hueco normalización, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Es una domesticación propiciada por uno de los peligros que el artista observa con respecto al régimen de prisas que lo envuelve todo. “Los problemas se suceden y cada vez estamos más anestesiados”. Y lo sitúa en esos momentos de crisis económica en los que “cuanto más hundidos, más en silencio estábamos”. En su obra también aparece la censura, que en ciertos cenáculos críticos traducen como autocensura. “Yo la autocensura no me la planteo. Pienso que los nuevos medios de comunicación, las redes sociales, crean esa amalgama de información que propicia la alienación de tanta saturación de mensajes”.

Cuéllar cifra en esa abundancia la clave de la alienación contemporánea. “Hay tal cantidad de información que no la puedes dirigir”, lo que le lleva a pensar que “somos una sociedad domesticada por sobreinformación”. Y la distopía que supura su obra continúa: “Una sociedad domesticada, vacía, es más fácil de dirigir que una sociedad crítica”. De ahí la explicitud con la que titula una de sus piezas: Huecos, así nos quieren. “Es un auto vaciamiento consciente”, prosigue el artista, que lamenta esa pendiente por la que rueda la vida.

Distopía familiar, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Distopía familiar, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

“El trabajo no nos ha hecho más libres y mejores personas, sino meros consumidores”. La familia que come alrededor de una mesa, literalmente titulado Distopía familiar, viene a ser el símbolo de esa cualidad consumista desprovista de afectos. “Es un escenario indeseable, pero otro de los motivos generadores de la obra”, cuyo conjunto “observa la realidad más cercana y la más universal”. Los soñadores o Dreamers, que también comparecen en su obra, se limitan a mirar por el marco de un cuadro o de una ventana oscura, rodeados de estanterías de libros que parecen limitar el alcance de esa mirada. De nuevo cierta saturación, esta vez sin agujeros de por medio.

El proyecto expositivo está ligado a cierta didáctica, como subraya Cuéllar. “Se trata de hablar de la distopía a nivel visual acompañado de charlas y conferencias” que tiene lugar en La Nau y que coincide, a su vez, con los animales domésticos que presenta en el Gabinete de Dibujos del espacio Gris Enmarcació.  Y puesto que la motivación le vino de la propia situación laboral de los artistas, Cuéllar dibuja un panorama de claroscuros. “Hay un mercado del arte pírrico y no todos podemos entrar en el saco de las ayudas públicas”. Lo cual le ha llevado, como viene sucediendo en otros sectores, a reinventarse: “Ahora tienes que ser artista, además de gestor de tu propia carrera, promotor y comisario”, concluye.

Alienación, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Alienación, de Juan Cuéllar. Imagen cortesía de La Nau.

Salva Torres

Psico, de la alienación al acto criminal

Psico, de Aurelio Delgado
Inspirada libremente en American Psycho, de Breat Easton Ellis
Carme Teatre
C / Gregorio Gea, 6. Valencia
Del 10 al 28 de febrero de 2016, a las 20.30h

A modo de introducción de la novela, Easton Ellis cita a Dostoievski hablando de ‘Apuntes del subsuelo’ cuando dice: … “Individuos como el autor de estos Apuntes no sólo pueden existir en nuestra sociedad, sino que por fuerza deben existir, si se considera las circunstancias bajo las que, generalmente, esta sociedad nuestra se desarrolla”.  Y es esta sociedad mínimamente moral, banal, superficial, donde impera la imagen y que hace posible el personaje de Bateman la que interesa a la obra Psico, inspirada en American Psycho, por encima del sadismo y la narración de los crímenes que el protagonista comete.

Portada del libro American Psycho, de Bret Easton Ellis.

Portada del libro American Psycho, de Bret Easton Ellis.

Más que centrarse en el asesino en serie, aspecto fundamental que desde luego se aborda en el montaje, la obra que nos presenta Aurelio Delgado no se centra tanto en la narración de sus crímenes, como en la presentación de un universo que no sólo corresponde al mundo de los brokers de Wall Street  sino que se extiende por todo el mundo occidental,  donde el capitalismo impone unas normas, que atendiendo principalmente al consumo, sumerge nuestra realidad en esa “sociedad del espectáculo” de la que habla Guy Debord.

Christian Bale en un fotograma de 'American Psycho', de Mary Harron.

Christian Bale en un fotograma de ‘American Psycho’, de Mary Harron.

La representación, dentro de esa sociedad, vacía el personaje de Bateman. Lo convierte en un paradigma, si bien llevado al extremo, del hombre actual, presionado a olvidar la esencia en favor de la presencia, de ofrecer una imagen de sí mismo que lo acerque a un ideal de clase, prescindiendo de la moral para establecerse y, si es posible, convertirse en líder.

La paradoja le sobreviene al personaje, cuando en medio de seres condicionados al igual que él mismo para las mismas finalidades, pierde su identidad frente a los demás y se convierte en anónimo, susceptible de ser confundido con cualquier otro. En este contexto donde nada significa más que la apariencia, donde los valores y el hombre mismo se vacían de contenido, no es descabellado pensar que surja el monstruo.

Cartel de Psico, de Aurelio Delgado. Carme Teatre.

Cartel de Psico, de Aurelio Delgado. Carme Teatre.

Ana Peters y sus estereotipos femeninos

Caso de estudio. Ana Peters: Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta
Instituto Valenciano de Arte Moderno. IVAM
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 22 de noviembre de 2015

¡Ah, la sociedad de consumo! He ahí uno de los latiguillos usados a troche y moche para denostar la manipulación que ejerce la publicidad en los medios de comunicación de masas de las sociedades desarrolladas. Baudrillard, Debord, Lipovetsky, Bauman, Ramonet o Verdú, por citar algunos autores, la han desmenuzado mostrando el poder alienante de esa sociedad de consumo que, al parecer, nos quiere a todos objetos en el marco de la enfervorizada dinámica mercantil. De forma que estaríamos en manos de ese poder narcótico inyectado a través de infinitos estímulos visuales.

Obra de Ana Peters en la exposición 'Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta'. Cortesía del IVAM.

Obra de Ana Peters en la exposición ‘Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta’. Cortesía del IVAM.

Uno de esos estímulos visuales es la mujer como objeto que encandila nuestra mirada. El IVAM dedica su Caso de estudio a Ana Peters bajo el título de Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta, exposición presentada al mismo tiempo que la de Colectivos artísticos en Valencia bajo el franquismo 1964-1976. Y lo hace para mostrar obras de su etapa inicial, precisamente focalizadas en esa crítica a la sociedad de consumo, en tanto potenciadora de ese carácter deseable y objetual de la mujer. El antifranquismo y cierto feminismo compartiendo, pues, parrilla expositiva en el IVAM.

Picas, de Ana Peters, en la exposición 'Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta'. Cortesía del IVAM.

Picas, de Ana Peters, en la exposición ‘Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta’. Cortesía del IVAM.

La treintena de trabajos que conforma la exposición de Ana Peters toma a la mujer como objeto deseable, para revelar lo que se esconde tras ese fondo hipnótico. Y lo que se esconde es un poder de seducción que conviene desactivar, como lo hace Peters, para que ese estereotipo femenino se resquebraje apareciendo el sujeto que la manipulación mediática diluye. De manera que junto a la mujer deseable, o en el contexto mismo de su deseabilidad, aparece la crítica como antídoto contra lo que, sin embargo, insiste en manifestar su poder: precisamente el carácter deseable de muchas de esas imágenes.

Fotograma de 'Margarita y el lobo', de Cecilia Bartolomé, en la exposición 'Ana Peters. Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta' del IVAM.

Fotograma de ‘Margarita y el lobo’, de Cecilia Bartolomé, en la exposición ‘Ana Peters. Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta’ del IVAM.

Ana Peters pone en cuestión esa feminidad objetualizada, para que en otros casos emerja la denuncia social. Denuncia completada por alrededor de 40 documentos, entre publicaciones feministas de la época de los 60, revistas que acogen esas imágenes estereotipadas de la mujer o la película de Cecilia Bartolomé Margarita y el lobo (1969). La comisaria de la muestra María Jesús Folch realizó un recorrido por el conjunto expositivo destacando su relación con el grupo Estampa Popular, los inicios de su modernidad y la crítica realizada por Peters hacia esa “mujer homogénea” que presentaban las revistas de la época.

Obra de Ana Peters.

Obra de Ana Peters en la exposición ‘Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta’. Cortesía del IVAM.

Sorprende la candidez de las imágenes de aquella mujer de los 60 tomada como referencia mediática. En todo caso, Ana Peters dejó pronto aquel periodo crítico de su obra para centrarse con posterioridad en una abstracción de pinturas monocromas. La mujer homogénea no iba con ella. Aquellos estereotipos femeninos en la sociedad de consumo cubrieron una etapa de su vida que ahora el IVAM rescata. Lo hace casi 50 años después de algunas de aquellas creaciones. Creaciones que, pasado el tiempo, incitan a pensar de nuevo acerca de la sociedad de consumo y sus discursos estereotipados.

Obra de Ana Peters en la exposición 'Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta'. Cortesía del IVAM.

Obra de Ana Peters en la exposición ‘Mitologías políticas y estereotipos femeninos en los sesenta’. Cortesía del IVAM.

Salva Torres

¿Somos todos hombres grises?

El hombre gris, de Cayetano Ferrández
Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Hasta el 5 de abril, 2015

“Todos somos hombres grises. Yo, el primero”. Cayetano Ferrández trabaja en la banca (“ahora tan mal vista”), donde asume una labor “monótona, aburrida”. He ahí el hombre gris al que alude de múltiples formas y maneras en su exposición en el Centro del Carmen, titulada, cómo no, ‘El hombre gris’. Pero resulta que ese hombre gris sale de su trabajo, se quita el anodino traje que le angustia por dentro, y se lanza a reproducir como un poseso la serie de figuras, convertidas en personajes de desgarradas historias, que al modo de “madelmans tuneados” le ayudan a quitarse tanto pesar de encima.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen de Valencia. Imagen cortesía del autor.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen de Valencia. Imagen cortesía del autor.

Todo ese existencialismo gris, comisariado por José Luis Pérez Pont, se muestra entre penumbras, para que la escasa luz revele aspectos esenciales de esa angustia que palpita en cada una de las obras de Ferrández. “Reflejo mi forma de entender la vida”. Y la entiende gris, porque ya sea el poder (y señala su figura ecuestre) o el dinero (en forma de dólar que estrangula a uno de sus personajes) así nos lo hacen saber. “Pongo el acento en las personas que nos manejan y nos utilizan”. También lo pone en el “engranaje social al que nos vemos abocados”.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

Y de esos hombres grises está repleta una de las salas del Centro del Carmen, ya sea arrastrando pesadas carretillas, caminando sobre cabezas, congelados, como marionetas o presos de la propia mente. Figuras convertidas en personajes que le sirven a Ferrández “para contar historias”. Historias que Pérez Pont relacionó con la sociedad de consumo, la crisis y el poder, y que el artista extendió “a la totalidad de la civilización y la gente”.

El existencialismo de Cayetano Ferrández se nutre de ese “sistema social que nos oprime unos a otros”. Pero también del Freud que señala al propio sujeto como enemigo de la civilización, en tanto habitado por una pulsión de muerte autodestructiva. Energía que prolifera en la sociedad de Internet. “Hay tantas voces y tanto murmullo que ya no sabes lo que está bien y lo que está mal”, reduciéndolo todo “a una especie de sordera”.

El hombre gris, de Cayetano  Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

‘El hombre gris’ aparece replicado en el Centro del Carmen metamorfoseado en las múltiples caras kafkianas del tedio y la violencia, haz y envés de esa triste grisura. Fotografías, esculturas y videos que sirven al artista para enjugar su angustia y, de paso, conectar con la del espectador. “Si la exposición conmueve, entonces la comunicación es perfecta”. Y conmueve. Conmueven esas figuras que juegan a las sillas, a competir, a martirizarse unos a otros, a doblegarse por el peso de un poder inmisericorde.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

¿Le queda alguna salida al hombre gris? ¿Alguna salida que no sea asistir impávido a su propia esclavitud, antaño forzada y hoy enteramente asumida por el narcótico del consumismo? “Ser consciente de ello ya es suficiente”, subraya el autor de tanta figura gris. Y añade: “Lo que es un impedimento puede ser también lo que te impulsa”. La figura del ‘cucurucho volador’, hombre que parece precipitarse al vacío con un gran helado a su espalda, sería ese signo esperanzador, “de lucha por salir de la situación”. Frente al horror, la ilusión por toda mochila.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

El hombre gris, de Cayetano Ferrández, en el Centro del Carmen. Imagen cortesía del autor.

Salva Torres

“Escribir es un entretenimiento fabuloso”

Donde nunca pasa nada
Elena Casero
Editorial Talentura

Una pequeña comunidad en la que todos conocen las miserias propias y ajenas es una especie de laboratorio de psicosociología. Un Gran Hermano sin necesidad de cámaras, una representación a pequeña escala de lo mejor y peor de la naturaleza humana. La escritora valenciana Elena Casero sitúa su última novela en la atmósfera opresiva de un pequeño pueblo en el que la apertura de un puticlub desencadena una serie de asesinatos. ‘Donde nunca pasa nada’ (Talentura), su última novela, prosigue la historia de Anselmo de la Rúa, protagonista de su novela anterior, ‘Tribulaciones de un sicario’, “un personaje que observa el mundo como si le fuera ajeno”, dice Casero.

Portada de 'Donde nunca pasa nada', de Elena Casero. Editorial Talentura.

Portada de ‘Donde nunca pasa nada’, de Elena Casero. Editorial Talentura.

Quien conozca las historias de Plinio, de Francisco García Pavón, encontrará ciertas similitudes en el planteamiento de esta obra, en la que junto al misterio e intriga se juega con la solidez de unos personajes enraizados firmemente en su entorno y dueños de una rica filosofía empírica basada en la capacidad de observación y la experiencia de la vida. ‘Tango sin memoria’ y ‘Discordancias’ son otros dos títulos anteriores de Casero, publicados también por Talentura. Ha participado también en varios libros de relatos colectivos.

¿Cuándo empezó a escribir y por qué motivo?

Empecé bastante tarde. Me decidí a poner sobre papel lo que llevaba en la cabeza cuando ya tenía treinta años. Hasta ese momento todo se quedaba en nada, en simples ideas o en apuntes. El paso de la idea al papel se debió a la necesidad de verlo escrito para continuar un aprendizaje que, por otro lado, nunca cesa, o por haber llegado a una cierta madurez.

Portada de 'Tribulaciones de un sicario', de Elena Casero. Editorial Talentura.

Portada de ‘Tribulaciones de un sicario’, de Elena Casero. Editorial Talentura.

¿Qué escritores son sus maestros?

Yo creo que más que escritores en concreto, las influencias vienen a través de las lecturas a lo largo de los años. Así como empecé a escribir algo tarde, no ocurrió lo mismo con la lectura. Fui lectora voraz desde bien temprano. En mi casa siempre ha habido libros y tebeos. Fue muy fácil embarcarse en la lectura. Creo que saldría una lista interminable. Empecé con la novela, en su mayoría autores españoles. En aquella época los autores extranjeros nos llegaban con cuentagotas. Continué con el teatro clásico español. Pero lo que recuerdo como gran descubrimiento fue la lectura de cuentos.

¿Cuál es su propósito cuando se sienta ante el ordenador?

Mi principal propósito es divertirme, inventar historias y crear personajes. Para mí escribir es un entretenimiento fabuloso. Una actividad que hace que la mente esté siempre en funcionamiento y no se me oxiden las neuronas. Además, me encuentro muy a gusto cuando logro escribir alguna historia con sentido. El placer es el mismo si se trata de un relato, como de una novela o un microrrelato.

¿Cómo definiría el hilo conductor que engarza sus relatos?

No sé si hay un hilo conductor. Creo más en la existencia de elementos que aparecen en muchos de ellos. Temas que me preocupan o me inquietan y, sin querer, se convierten en recurrentes. La soledad, el desaliento, el desamor o la muerte pero siempre con un fondo de esperanza y sentido del humor.

Portada de 'Discordancias', de Elena Casero. Editorial Talentura.

Portada de ‘Discordancias’, de Elena Casero. Editorial Talentura.

¿Cómo surgió en su cabeza el personaje de Anselmo de la Rúa? 

Anselmo surgió como un personaje que observa el mundo como si le fuera ajeno. Un hombre que está ajeno a todo excepto a sus propios intereses, que son muy escasos. No es una cuestión de inocencia, es más bien de desinterés. A través de vicisitudes y experiencias novedosas, despierta y poco a poco, aunque ya sea algo mayorcito, va descubriendo lo que tiene a su alrededor y se transforma en otra persona. Es un personaje al que le tengo mucho cariño pero, de momento, no tengo previsto que aparezca en ninguna otra novela.

¿Por qué ambientó la historia en el mundo rural?

He situado la novela, que tiene ingredientes policiacos, en un ámbito rural porque no es lo habitual, porque siempre parece que todos los acontecimientos interesantes suceden en las ciudades. Ya en el título lo menciono, Donde nunca pasa nada. Sin embargo, en las sociedades pequeñas se mantienen unos vínculos familiares ancestrales, los odios y las rencillas persisten a lo largo de generaciones, se mueven como un río subterráneo, aunque parezca que la vida transcurre sin altibajos. Mi intención ha sido partir de una situación ficticia, llegar a desvelar lo que sucedió en el pasado de los personajes.

¿A qué cree que se debe que Talentura apueste por su obra?

Es una buena pregunta para la editorial. Supongo que si no creyeran que mi obra tiene algo de interés para los lectores, no se arriesgarían a publicar mis libros. Yo les estoy muy agradecida. Es una buena editorial, pequeña e independiente que mima a sus autores y cuida mucho la calidad de nuestros libros.

Detalle de la portada del libro 'Donde nunca pasa nada', de Elena Casero. Editorial Talentura.

Detalle de la portada del libro ‘Donde nunca pasa nada’, de Elena Casero. Editorial Talentura.

Bel Carrasco

¿Por qué Anzo no está en el IVAM?

Anzo experimental
Sala Martínez Guerricabeitia
La Nau de la Universitat de València
C / Universidad, 2. Valencia
Hasta el 3 de diciembre, 2014

Lo dijeron de forma casi unánime: “No se le ha hecho justicia”. Se referían a José Iranzo Almonacid ‘Anzo’, 16 de cuyas obras recién restauradas han sido presentadas en La Nau de la Universitat de València. El más tajante fue José Pedro Martínez, responsable de Actividades del Patronato Martínez Guerricabeitia: “Es incomprensible que no haya obra suya en el IVAM”. Y remachó: “Es un sin sentido, pero es la realidad”. A su lado estaban el vicerrector de Cultura, Antonio Ariño, la responsable del Institut Valencià de Conservació i Restauració, Carmen Pérez, y el comisario de la exposición ‘Anzo experimental’, Juan Ángel Blasco.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo, de su primera etapa Pop Art, en la exposición 'Anzo experimental' de La Nau de la Universitat de València.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo, de su primera etapa Pop Art, en la exposición ‘Anzo experimental’ de La Nau de la Universitat de València.

Lo dijeron tras destacar las virtudes del trabajo de Anzo. “Su visión vanguardista y rompedora” (Ariño). “No se entendía su obra porque trabajaba con materiales muy novedosos” (Blasco). “Era un pintor distinto” (Pérez). “Fue un precursor del pop art y también un visionario” (Martínez). Con la exposición inaugurada en La Nau, se pretende “recuperar la figura de Anzo”, insistieron. Y, para ello, nada mejor que mostrar una serie de piezas de sus diversas etapas artísticas (Pop Art, Aislamientos, Geometría Lírica), pero restauradas. “Es una belleza que parece recién sacada del taller del pintor”, subrayó Ariño.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo para la muestra 'Anzo experimental' en La Nau.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo para la muestra ‘Anzo experimental’ en La Nau.

Carmen Pérez explicó que para realizar tamaña restauración se ha necesitado un año de trabajo por parte de Maite Pastor. De ahí la justificación y el sentido del título ‘Anzo experimental’. “Porque experimentó con todo tipo de materiales, que luego han obligado al mismo de tipo de experimentación a la hora de su restauración”, afirmó Pérez, quien abundó en la idea del Anzo incomprendido: “Se adelantó a su tiempo y eso es siempre peligroso”.  “Lo raro es que pasado el tiempo no se le haya reconocido”, agregó José Pedro Martínez.

Detalle de una de las obras de Anzo, perteneciente a su serie Aislamientos, en la exposición 'Anzo experimental', en La Nau de la Universitat de València.

Detalle de una de las obras de Anzo, perteneciente a su serie Aislamientos, en la exposición ‘Anzo experimental’, en La Nau de la Universitat de València.

Anzo ya puso en cuestión el poder de seducción de los medios de comunicación de masas, principalmente la televisión, en su etapa Pop Art. Si el director de cine Vittorio de Sica habló de esa televisión como “el único somnífero que se toma por los ojos”, Anzo amplió esa visión utilizando sus iconos para subrayar con ironía el carácter hipnótico del medio televisivo.

De ese carácter hipnótico de los mass media, Anzo pasó al sentimiento de soledad que provocaban los adelantos tecnológicos mediante su serie ‘Aislamientos’. “Previó a lo que la tecnología nos podía conducir, no sólo sus beneficios, sino el grado de incomunicación que a su vez genera”, apuntó Martínez. Sus diminutas figuras en medio de la apabullante tecnología, por muy desfasados que ahora resulten aquellos grandes ordenadores, así lo reflejan.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo, en la exposición 'Anzo experimental'. La Nau de la Universitat de València.

Detalle de una de las obras restauradas de Anzo, en la exposición ‘Anzo experimental’. La Nau de la Universitat de València.

Poco a poco, Anzo fue centrándose en la geometría pura y dura, sin figuras de por medio, para profundizar en la cuestión señalada por Ariño: “¿En qué consiste la realidad auténtica?” Tarea “compleja y difícil” a la que se entregó en cuerpo y alma Anzo. Él mismo lo explicó así: “Yo creo que la belleza surge del equilibrio entre lo matemático y lo lírico”. Según Juan Ángel Blasco, de continuar vivo “Anzo hubiera seguido por ese camino de introspección geométrica, pero con obras muy distintas”. “Le interesaba mucho lo que estaba sucediendo en el mundo de la física, el debate entre humanidad y técnica”, concluyó Ariño.

Obra restaurada de Anzo, perteneciente a su primera etapa Pop Art, en la exposición 'Anzo experimental' en La Nau de la Universitat de València.

Obra restaurada de Anzo, perteneciente a su primera etapa Pop Art, en la exposición ‘Anzo experimental’ en La Nau de la Universitat de València.

Salva Torres

Cherry Pie, a la deriva

Cherry Pie, de Lorenz Merz
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Si Violet, de Bas Devos, nos mostraba el grado de melancolía de un quinceañero abatido por la muerte de un amigo, Cherry Pie, de Lorenz Merz, lleva esa melancolía al extremo. En la primera, la angustia no alcanza el paroxismo porque el joven, aunque a duras penas, siente cierta compañía. Nada de eso le sucede a Zoé (Lolita Chammah), que arranca la película huyendo crispada de un apartamento y su trayecto hacia ningún lugar lo hará en la más absoluta soledad. Ambos directores plasman esa melancolía mediante planos de interiores, paisajes y lugares prácticamente vacíos, fruto del ensimismamiento de sus protagonistas, pero Merz lleva esa poética del alma herida al más hondo desgarro emocional.

Fotograma de la película 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Fotograma de la película ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Cinema Jove.

“Yo soy este lugar”, escuchamos decir a Zoé. También: “Soy una niña que aún no ha nacido”. Zoé, en su huida crispada, se siente parte del paisaje, porque en el fondo ansía alcanzar, aunque se tome su tiempo, ese vacío existencial que antecede al nacimiento y prolonga definitivamente la muerte. De eso, he ahí la angustia, sabemos igualmente en vida; en esos instantes de impotencia que suelen ir acompañados del sinsentido del lenguaje. Por eso Zoé llega a decir: “Lo que oigo no es lo que oigo”. Las palabras que escucha dejan de tener sentido.

Lorenz Merz acompaña a la protagonista de su película en ese trayecto a la deriva. Se pega a ella, para mostrarnos su crispación, abandono, rabia y apatía, mediante inquietos movimientos de cámara y una mirada enfocada toda ella a ilustrar el sinsentido del viaje hacia ninguna parte emprendido por Zoé. Hay momentos en los que no sabemos si la joven está viva o muerta, lanzando pensamientos deshilvanados que parecen proceder de una criatura venida del más allá. En el fondo se trata de eso: de hacernos ver lo que siente alguien que, sin estarlo, vaga como el muerto que ya prácticamente es.

Lolita Chammah en un fotograma de 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Lolita Chammah en un fotograma de ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Tampoco la realidad con la que se va encontrando Zoé ayuda a despejar la incógnita del por qué de su deriva. O sí. Cuando la joven entra de noche en una casa, para sentarse sigilosa junto a un matrimonio que ve la tele sin percatarse de su presencia, sentimos que los fantasmas están por todas partes; que el mundo de los vivos está sospechosamente dormido, alienado, cariacontecido. Lorenz Merz se limita a levantar acta de esa defunción con su cámara, dejando que sea esa cámara la auténtica protagonista de una historia sin relato posible.

Zoé irá de aquí para allá, usurpando incluso el lugar de una mujer desaparecida, dejando que el aire, como a una hoja, la lleve de un sitio a otro. No espera nada de la vida, máxime cuando ésta sólo le va mostrando personajes a los que poco parece importarles esa vida. Personajes abúlicos, suicidas, derrotados, violentos. Sólo el pastel de cerezas (cherry pie) al que alude el título de la película, parece ofrecer cierta tregua en ese trayecto desencantado.

Lo demás es una concatenación de imágenes que, como los pensamientos sueltos y amargos de Zoé, muestran el desgarro existencial de una mujer sin punto de retorno. No hay hogar, ni siquiera casa a la que regresar, porque un tal Toma (al que nunca veremos) ya le advirtió al dejarle que su puerta se cerraba para siempre. A la deriva, sintiendo la intemperie en su cuerpo, Zoé dejará que la cámara de Lorenz Merz la explore en su extrema melancolía.

Lolita Chammah en un fotograma de la película 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Lolita Chammah en un fotograma de la película ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Salva Torres

“La literatura infantil es muy sensual”

La voz del árbol, de Vicente Muñoz Puelles
Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil

Vicente Muñoz Puelles no es uno de esos escritores que se encasilla en un género o registro. Fiel al axioma, en la variedad está el gusto, a lo largo de su larga y brillante carrera ha practicado desde la novela erótica o histórica a la literatura infantil y juvenil en la que se ha concentrado estos últimos años y que le ha valido importantes premios como el Nacional. La pasada semana recibió en Valencia el Premio Anaya por La voz del árbol un relato en el que se mete en la piel de una niña para recrear lo que es su propia vida. La de una familia que vive en el campo rodeada de árboles y animales, enganchada al placer de la lectura.

Portada del libro 'La voz del árbol', de Vicente Muñoz Puelles. Imagen cortesía de Editorial Anaya.

Portada del libro ‘La voz del árbol’, de Vicente Muñoz Puelles. Imagen cortesía de Editorial Anaya.

Vicente Muñoz Puelles (Valencia, 1948) es miembro del Consell Valencià de Cultura, autor de 17 novelas y otras muchas obras narrativas, además de ensayos  sobre literatura inglesa y norteamericana. Sombras paralelas, la historia de dos hermanos siameses unidos por un vínculo de carne fue llevada al cine en 1995. Ha recibido numerosos premios y colaborado con distintos medios de comunicación.

Usted asegura que no hay una distinción profunda entre las novelas y las infantiles. ¿No teme escandalizar a los bien pensantes?

En absoluto. La literatura infantil es muy sensual, aunque para los niños no es sensualidad sino misterio. El niño adivina pero no sabe, tal vez lo presiente. Cuando se pelean con las niñas demuestran que les gusta estar con ellas, aunque no el por qué.

¿Qué significa este premio para alguien que ya tiene el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil?

Un premio es siempre un acicate, un estímulo. Con los años, publicar libros se vuelve rutinario. Miro el listado de los libros que he editado en España, que está en la web del Ministerio, ordenados según el ISBN, y me da la friolera de 183. Y no están todos. Por eso, un escritor necesita de vez en cuando algo más. Es la segunda vez que obtengo el premio Anaya, y me siento muy honrado. Me gustaría ganar el Nacional otra vez.

¿Qué les dice a los niños La voz del árbol? ¿Cómo se le ocurrió esta historia?

La voz del árbol les dice a los niños y a los mayores que quieran leerla o escucharla que hay un momento mágico, cuando uno crece, en el que los libros nos ayudan a entender el mundo, y en ellos podemos encontrar no solo nuestro pasado, sino también nuestro porvenir. En cuanto a la historia, se me ocurrió porque en cierto modo era la historia de mi vida con mi familia y mis animales, y algún día tenía que contarla. Podía dedicar un libro a cada hijo o a cada animal, pero eso ya lo había hecho. Así que decidí reunirlo todo en una sola novela.

Vicente Muñoz Puelles con su gato. Imagen cortesía de Editorial Anaya y del autor.

Vicente Muñoz Puelles con su gato. Imagen cortesía de Editorial Anaya y del autor.

¿Cómo se consigue atraer el interés y sobre todo mantener la atención a los niños súper estimulados de hoy día?

No creo que estén tan estimulados. Yo solo los veo abotargados y absortos en sus artilugios electrónicos. Lo que hay que hacer es despertarles de ese sueño complaciente, estimular su percepción de la naturaleza, proporcionarles una educación sentimental. Como el padre de mi novela le dice a su hija: «Haz que tu vida sea interesante, que tenga sentido».

¿Qué opina de la literatura infantil y juvenil que hoy se consume en España?

No leo literatura infantil y juvenil ni tampoco literatura para adultos, salvo los libros antiguos, que releo a trozos. Prefiero disfrutar con lo que ya conozco, sobre todo porque cada vez me parece distinto. Además, mi relación con los libros es casi física. No me gusta solo leerlos, sino sobre todo tocarlos, acariciarlos, acostarme con ellos.

¿Volverá algún día a escribir para los adultos?

De hecho no he dejado de escribir para los adultos. Hay seis o siete novelas que debería acabar, y voy de unas a otras como un abejorro. Y he de reunir mis cuentos, que son muchísimos, en antologías temáticas. Pero siempre hay compromisos que me interrumpen, porque he de entregar algún libro para niños o jóvenes en una fecha exacta.

¿Cómo imagina el futuro de su profesión? ¿Y el futuro en general?

El futuro de mi profesión no corre peligro. Como al principio de los tiempos, el mundo está lleno de historias por escribir. Respecto al futuro de nuestra especie en general, no soy tan optimista. Creo que, aunque individualmente somos muy creativos, desde el punto de vista colectivo hemos progresado poco. Si ni siquiera sabemos resolver la crisis económica, ¿cómo vamos a solucionar el calentamiento global? Creo que, a la larga, nuestra especie no sobrevivirá al cambio climático. Pero confío en que otras especies, como las hormigas, sí lo hagan.

Vicente Muñoz Puelles. Imagen cortesía de Editorial Anaya y del autor.

Vicente Muñoz Puelles. Imagen cortesía de Editorial Anaya y del autor.

Bel Carrasco

Bichobola o la luz interior de la naturaleza

Naturaleza enmascarada, de Davy Bytrap y Mercedes Mollá
Imprevisual Galería
C / Doctor Sumsi, 35. Valencia
Hasta finales de marzo

Cogen troncos que yacen junto a los lagos y les dan vida. Es la manera que tienen Davy Bytrap y Mercedes Mollá, con su proyecto artístico Bichobola Creativo, de poner en cuestión la naturaleza robada por los múltiples enmascaramientos de la sociedad contemporánea. Hablan, lógicamente, de la naturaleza exterior con la que ellos trabajan, pero incidiendo en la repercusión que tiene sobre la naturaleza humana. Al conjunto expositivo que presentan en la galería Imprevisual lo han llamado Naturaleza enmascarada, porque a su juicio “nuestra esencia queda oculta bajo máscaras sociales que nos convierten en seres neutros”.

Detalle de una de las esculturas de luz de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las esculturas de luz de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Y como queriendo dar cuenta de esa esencia, Bichobola arroja luz al interior de esos troncos, después del adecuado tratamiento plástico de la naturaleza rescatada. De manera que Bytrap y Mollá intervienen las piezas con resina de poliéster, a las que añaden trozos de mecedoras o telas de ganchillo a sus esculturas de luz. El resultado es un inquietante paisaje de restos mortales procedentes de esa naturaleza que los artistas invocan, devolviéndoles la vida tras la inyección de diversos artificios. El desenmascaramiento de esa esencia interior oculta, luminosa, se lleva a cabo mediante la naturaleza enmascarada a la que alude el título del conjunto expositivo.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Así explica Bichobola su laborioso trabajo: “Realizamos esculturas de luz partiendo de estructuras naturales a las que alteramos su carácter expandiendo sus formas y aplicándoles capas de color”. Esta alteración del carácter natural de los troncos de árbol, que luego se convierten en piezas expositivas, tiene algo del enmascaramiento que los artistas denuncian. Por lo que se daría la paradoja de estar señalando cierta recuperación de la identidad perdida, enmascarándola de nuevo. “Transformamos partes de árboles varados en lagos, en objetos atrayentes que enmascaran formas existentes en la naturaleza”, explican Bytrap y Mollá.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Detalle de una de las obras de Davy Bytrap y Mercedes Mollá. Imagen cortesía de Imprevisual.

Lo antiguos griegos lo tenían claro, cuando los actores en sus representaciones de la tragedia clásica utilizaban máscaras, que etimológicamente asociaban con la palabra persona. Y es que para tocar lo real de la experiencia humana, necesitaban esas máscaras que amortiguaban el dolor o el intenso goce narrado. La persona, su identidad, guardaba relación con la máscara, la cual además de ocultar servía para acceder a ese interior en llamas del sujeto. La posmodernidad ha hecho de esa máscara un lugar vacío.

Bichobola retoma ese debate para ofrecernos la posibilidad, mediante sus esculturas de luz, de avivarlo. Así lo proclaman en su proyecto artístico, el cual se anuncia como una “apuesta por establecer conexiones con la naturaleza como medio para recuperar nuestra identidad perdida en la masificación y el gregarismo de la ciudad”. Sus conexiones con esa naturaleza pueden verse en la galería Imprevisual, donde se exhiben sus esculturas de luz con el objeto de proyectar las sombras de nuestra sociedad contemporánea.

Obras de Dani Bytrap y Mercedes Mollá, del proyecto Bichobola Creativo. Imagen cortesía de Imprevisual.

Obras de Dani Bytrap y Mercedes Mollá, del proyecto Bichobola Creativo. Imagen cortesía de Imprevisual.

Salva Torres