Eugénesis: cartografías de la identidad

Juan González: Eugénesis
Ademuz Espai d’Art
En El Corte Inglés de Ademuz (3ª planta)
Av/ Pio XII, 51. Valencia
Hasta el 5 de abril de 2014

CARTOGRAFÍAS DE LA IDENTIDAD

La mirada distópica que Juan González había volcado sobre la transformación del paisaje urbano y sus periferias en las series Dishabitat (2005) y Disurbe (2007), significó un punto de inflexión en su planteamiento de la fotografía. Con Eugénesis (2006), trabajo que realizó en esta misma época, su interés giró hacía el ser humano como algo también en permanente reconstrucción, atravesado por contradicciones y abocado a colisionar con el mundo y con los demás. Esta serie toma el autorretrato como coartada para una reflexión en torno a la identidad personal y las limitaciones del medio fotográfico para aproximarse a un concepto tan aristado. La identidad no es algo dado sino producido, no es tanto una esencia a desvelar sino algo a construir. La identidad de cada individuo, más allá de cualesquiera factores determinantes, es una apuesta abierta sobre el tapete de la vida social, permeable a nuestra interacción con lo(s) demás. Por ello para componer un retrato en vez de fotografiar al sujeto –en este caso a sí mismo–nuestro autor dirige la cámara hacia las personas que han trenzado su vida. Para penetrar mediante la fotografía en la personalidad de alguien no basta, por tanto, con una simple fotografía que aspire a condensarla en su huella física. La expresión de la identidad no se resuelve en un acto fotográfico instantáneo sino en la yuxtaposición de múltiples tiempos de exposición, en el montaje de imágenes fragmentarias de esos otros rostros que son ajenos pero que son uno mismo a la vez.

 Juan González, Mama (Cartografía de lo inicial). Imagen cortesía del artista.

Juan González. Mama (Cartografía de lo inicial). Imagen cortesía del artista.

Eugénesis se articula en tres partes. “Cartografía de lo inicial” en la que presenta las personas que marcaron a nuestro autor en el tránsito de la adolescencia, “Cartografía de lo afectivo” que muestra las mujeres que han llenado su vida sexual y afectiva, y por último, “Cartografía de lo creativo” donde nos descubre las personas que le motivaron para dedicarse a la fotografía como forma de expresión artística. Cada una de estas obras está compuesta por diferentes piezas fotográficas, representaciones parciales de caras y cuerpos, “unidades tipográficas” de un mosaico corporal que aspiran a componer, a partir de sus relaciones internas, un retrato personal. Paralelamente, mediante una instalación de monitores de vídeo, las tres cartografías se funden en un lenta transición de estratos, superpuestos en una imagen final. Este concepto de una fotografía de síntesis, así como el mismo título de Eugénesis, deslizan una alusión a Francis Galton, científico inglés del siglo XIX quien desarrolló una teoría eugenésica para el progreso social de la especie humana a la que dio prueba fotográfica mediante la composición de retratos que sintetizaban visualmente arquetipos sociales, morales e intelectuales. Frente a la genérica “eugenesia” de corte darwinista de Galton, la particular “eugénesis” ideada por Juan González reafirma la inalienable individualidad como (buen) resultado de la dialéctica entre lo inherente y lo adquirido, entre lo esperado y lo fortuito, entre las propias limitaciones y la riqueza del encuentro con otros.

Juan González, Papa (Cartografía de lo inicial). Imagen cortesía del artista.

Juan González. Papa (Cartografía de lo inicial). Imagen cortesía del artista.

Si, de acuerdo con el teórico de la fotografía Vilém Flusser, la función original de las imágenes es la de servir como mapas para hacer que el mundo sea accesible e imaginable, las cartografías trazadas con las imágenes de amigos, familiares y amantes son un medio para retener el pasado, y pensarlo, pero sobre todo constituyen el modo de imaginarse y comprenderse uno mismo desde el presente. Es cierto que, a pesar de nuestros esfuerzos por dotar de linealidad y coherencia a nuestra subjetividad, ésta está conformada por fracturas, pliegues e interrupciones. Y por ello, la identidad lograda a través de la narración resulta siempre frágil y de una estabilidad precaria. Tal vez se encuentre aquí la razón de que nuestro autor considere que las tomas fotográficas de las personas que componen sus cartografías –su narración– no están completas hasta que los retratados, a modo de introspección, dejan un texto manuscrito que se sobrepondrá a su propia imagen fotográfica. Sema sobre soma: como cicatrices de la existencia y del pensamiento. Juego de escrituras, de códigos, no-códigos y meta códigos, un palimpsesto textual de encaje rizomático. El yo, al igual que Dios, es pura gramática, una ficción, el efecto de categorías con las que el lenguaje interpreta el mundo, o así al menos lo creía Nietzsche.

Juan González, Jas (Cartografía de lo afectivo). Imagen cortesía del artista.

Juan González. Jas (Cartografía de lo afectivo). Imagen cortesía del artista.

En la serie Eugénesis se bordea el camino que transita entre la memoria y la ficción, seguramente porque la verdadera aproximación a la historia de uno mismo, el viaje al corazón de lo que uno es y siente, está compuesto de retazos de tiempo que requieren de cartografías diversas. Mediante la yuxtaposición de imágenes del cuerpo, Juan González conjuga el procedimiento del retrato, y del autorretrato, bajo la forma de la constelación, de una imagen no lineal –dialéctica, diría Walter Benjamin– que condensa, experiencias y temporalidades diferentes, consciente de las catástrofes y los sueños de los que estamos hechos.

Enric Mira

Juan González, Ricard (Cartografía de lo creativo). Imagen cortesía del artista.

Juan González. Ricard (Cartografía de lo creativo). Imagen cortesía del artista.

Carolina Gimeno. Luz en el tiempo

Carolina Gimeno. Luz en el tiempo
Ademús Espai d’Art (AEA)
El Corte Inglés Ademús (3a planta)
Av. Pius XII, núm. 51, València

La condición efímera es una característica  evidente y, a menudo, angustiosa de la existencia. De hecho los idealistas clásicos (Platón) ya consideraban la variabilidad y la finitud como una imperfección del mundo material frente a la inmutabilidad y la eternidad de las esencias. El hecho de que las cosas nazcan y mueran, aparezcan y desaparezcan, las vuelve fascinantes en cuanto únicas e irrepetibles; pero también despierta en nosotros el desasosiego de la provisionalidad. Por ello, desde siempre, el ser humano ha tratado de mitigar su condición efímera con los productos más elaborados de su creatividad: la religión, la ciencia y, por supuesto, el arte.

La obra de Carolina Gimeno presenta una dialéctica –en su doble acepción de diálogo y de lucha– entre la desaparición y la permanencia. Su primera serie, Patología pictórica, constituía una investigación estética sobre la desaparición. La autora escogió uno de los retratos de esta serie (Oído) y lo fue fotografiando después de cada sesión de trabajo, a medida que era pintado; posteriormente con este material realizó una animación stop motion Sobre la visibilidad– en el que las imágenes se muestran en un orden cronológico inverso, de modo que en el visionado del vídeo resultante la pintura parece estar afectada por una extraña enfermedad que la lleva a su aniquilamiento. Por otra parte, a muchos de los retratos incluidos en esta serie les falta de alguno de sus sentidos –el gusto/boca, la vista/ojo, etc.– lo que les confiere esa inquietante sensación que produce el tránsito de lo conocido familiar a lo desconocido amenazante que, según Freud, caracteriza lo siniestro.

En su siguiente serie Vapor, esencia, luz –que integran parte de esta exposición– Carolina Gimeno recorre e indaga el camino opuesto, pues se empeña en rescatar los instantes vividos del olvido al que parecían condenados. Las imágenes grabadas en vídeo en la década de los setenta, con una  cámara Súper 8, son ahora el punto de partida, la referencia inicial. A partir de escenas cotidianas, grabadas de un modo no profesional, la pintora realiza en estos cuadros de reducido formato (16 x 22 cm) un proceso de depuración formal en el que todo lo variable y accidental –el cambio, el movimiento– desaparece para que emerja la esencia que sobrevive al paso del tiempo. De este modo, lo individual y pintoresco de cada escena se desvanece, pero no para perderse en el anonimato, sino para que emerja lo universal que todos podemos reconocer. El sujeto particular se disuelve en pura presencia humana.

La pintura se convierte aquí en una alquimia en pos de la permanencia. La porosidad de la tela recuerda la imagen granulosa de las viejas grabaciones en vídeo, a la vez que crea una bruma vaporosa que envuelve a los personajes en el interregno que se abre entre la vigilia y el sueño, entre la consciencia y el olvido: habitan espacios de ambigüedad y parecen haberse escapado del tiempo.

Carolina Gimeno. Revuelo, 2013. Imagen cortesía del Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo

Carolina Gimeno. Revuelo, 2013. Imagen cortesía del Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo

Ciertamente, en esta serie encontramos figuras evanescentes (Frágil huella; Mundo ingrávido; y Sol de otoño) que parecen disiparse de la memoria o, muy al contrario, asemejan espectros recién surgidos del recuerdo. En alguna ocasión, como en Susurro, la figura aparece y desaparece según el ángulo de contemplación como si se tratase de un holograma; y en otras –como su propio título indica– nos hallamos ante una Ilusión desvanecida. También encontramos tenebrismos inquietantes (Luz dispersada; y Luz intensa, oscuridad); y piezas con la tensión incrementada por el aguzamiento de la ubicación de las figuras (Una muñeca; Motas de polvo flotan en el aire; y El poeta). Sin embargo, aunque la atmósfera general de esta serie posea la indeterminación de las zonas de tránsito sin referencias explícitas, la incertidumbre que transmite nunca resulta amenazadora sino poética.

La delicadeza en la pincelada, la ambientación brumosa y la emotividad positiva que se adhiere a sus figuras provoca que el enigma que transmiten estos pequeños cuadros esté desprovisto de toda sensación siniestra. En muchos de estos micromundos afectivos encontramos el halo romántico que transforma un instante cotidiano en el momento crucial en el que el ser humano sopesa su destino, pero se trata de una gravedad intimista que invita a la interrogación, al ensimismamiento acogedor que redescubre los lazos esenciales de los demás con uno mismo.

Respecto a la serie Vapor, esencia, luz, la presente exposiciónLuz en el tiempo– se ha visto enriquecida con un conjunto de obras en las que las figuras y del entorno resultan más patentes: la pincelada se ha vuelto más explícita (Impresión, recuerdo); las referencias espaciales se incrementan (Sala de estar); los grupos de personas aumentan (Costumbrismo);  y también resulta novedoso que el paisaje, ya sea rural (Silencio) o urbano (La espera), adquiera protagonismo. Todo apunta a que la presencia se ha afianzado en la lucha dialéctica que mantenía con la desaparición; y los personajes, después de afrontar la fragilidad de la existencia individual, se abren al exterior para explorar su dimensión social.

Carolina Gimeno. Vida, muerte, 2013. Imagen cortesía del Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo

Carolina Gimeno. Vida, muerte, 2013. Imagen cortesía del Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo

Joan M. Marín

La playlist de una gran ciudad

Keke Vilabelda. Build-up
Ademuz Espai d’Art
Avda. Pío XII, 51. Valencia
Inauguración: 8 de mayo, 19.30h.
Hasta el 1 de junio de 2013

Horizonte gris, ácido centelleo

Las calles desiertas y grises toman el azul oscuro de la noche. Podría ser la madrugada de una gran ciudad. El silencio lo invade todo. El gris oculta el día que vendrá o quizá que ya ha acabado. Todo deviene otra cosa.

Los cimientos grises se elevan como un encaje de fina piedra. Los gigantes de cemento son perforados o troquelados por vanos de geometría simple. El ornato de las grandes arquitecturas clásicas se ha suplido por figuras lisas de cubos tristes, de tonos pardos y antracita. Decenas de ventanas en un edificio, centenares de ventanas que se extienden en un continuum de edificios, forman un todo. Un único edificio de millares de ventanas. Los vidrios trasparentes parecen ahumados por los gases tóxicos que ascienden del asfalto de las aceras; el dióxido de carbono asfixiante de los tubos de escape que los automóviles desprenden; vapores destilados de las alcantarillas.

Podría decirse que esta ciudad es una grisalla, una imitación de relieves sin fondo, un escenario casi fantasmagórico de lo que tendría que ser una ciudad. Pero si nos acercamos más al cuadro fijo, observamos que la escenografía es la de un edificio de viviendas. La vida está detrás de cada uno de esos muros enladrillados y eso es lo que parece que Keke Vilabelda trate de arañar en el cemento cuando tiñe de colores ácidos las ventanas ahumadas.

Para los situacionistas las ciudades, los edificios y los circuitos urbanos eran componentes de un todo decorativo, un escenario festivo y lúdico por el que perderse, por el que desviar el transito dirigido: un lugar lleno de posibilidades en el que renovarse. Sin embargo, las Acid House de Vilabelda están más cerca de un escenario cinematográfico donde ya ha pasado la vida. Una ciudad que ha perdido los hábitos de sus paseantes y habitantes. La lucha de Vilabelda está en ese arañado con el que hiere la grisalla y es en su laceración donde escapa la luz de un habitar el espacio.

A través de las luces que emanan los apartamentos podemos inventar las vidas de los que allí habitan. En ellas se sugiere la percepción interior de la vida. Las ventanas se encienden y se apagan. Y la fachada se asemeja a una pantalla. Una pantalla divida en miles de canales donde cada uno tiene su codificación. Los efectos lumínicos de la vida representados por la pintura ácida son el único registro formal que pone de relieve las variaciones polifónicas de la arquitectura metropolitana. Y la ciudad despierta al sonido de su respiración.

Keke Vilabelda. Imagen por cortesía del artista

Keke Vilabelda. Imagen por cortesía del artista

En la pantalla multiplicada de la fachada es difícil descansar la “mirada indiscreta”, y así es como lo ha previsto Vilabelda. La ciudad y sobre todo los edificios se convierten en pistas de audio, en pantallas, donde samplear sonido e imagen, puesto que aquí el color se identifica con un beat.  Su fin es generar una nueva track: una composición infinita que se despliega por cada una de las fachadas de esta ciudad. Y es la fachada de lo real que se conforma como el mayor simulacro. La playlist de una gran ciudad. La lista de reproducción de los modos de vida de los que habitan estas ciudades.

Ante una pantalla-lienzo pixelada en bruma, Keke Vilabelda modula con el crossfader, scratchea el friso continuo de formas sólidas de la grisalla mediante la tonalidad, el beat y los ajustes del ácido de la luz de los vanos, de las líneas que parten el muro gris, de las figuras geométricas que superponen los significados y las fórmulas de sampleado. Se trata de encadenados musicales de la cultura electrónica – y de la cultura de masas- que en un quiebro del build-up eleva la composición – o la construcción formal de una tradición musical y pictórica- a la programación de un estado de bombeo espasmódico autocontrolado. Por fin parece que el corazón bate en el centro de ese hogar cimentado.

Contemplando las representaciones formales que Keke Vilabelda plantea de esta ciudad, podemos bosquejar que construcción y programación son dos ideas que van de la mano. Las edificaciones parecen abocadas a un consumo y deterioro acelerado como si existiera una intencionalidad de traer la ruina al presente. Esta idea se presenta como una programación hacia la obsolescencia en el que solo pervive el cemento. Si seguimos este hilo llegaríamos a la cuestión de si podemos hablar de vidas programadas. Sin embargo, la exaltación del color ácido en Build-up confirma la posibilidad de una re-programación. Los desvíos programados por Vilabelda son nuevos itinerarios visuales y vitales. 

Johanna Caplliure

Keke Vilabelda. Imagen por cortesía del artista

Keke Vilabelda. Imagen por cortesía del artista

Los brotes verdes de El Corte Inglés

Ademuz Espai d’Art. El Corte Inglés

Josep Albert

Valencia

Avda. Pío XII, 51

Hasta el 27 de abril

Ahora que al capitalismo sólo se le ven las orejas de lobo, conviene recordar que en su origen nace con la piel del cordero. Es decir, nace para ponerle coto a los privilegios de reyes y nobles, en aras de una relación comercial entre iguales. Después, como toda herramienta, ha ido adquiriendo otros usos más innobles, siempre empuñada por el depredador humano que también llevamos dentro. Recuperar su función productiva, frente a la únicamente especulativa, es la tarea que nos aguarda para recuperar tanto crédito perdido.

Es lo que hacen desde hace cuatro años, aunque su origen esté en el cambio de siglo, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, la Universitat de València y El Corte Inglés. Mediante la acción conjunta de los tres, se ha impulsado el Ademuz Espai d’Art para dar a conocer la trayectoria de los jóvenes creadores valencianos. Es una iniciativa pionera en el ámbito estatal de los centros comerciales de El Corte Inglés, que Madrid adaptó el pasado año, para llegar incluso después a tener un espacio en la feria ARCO. Es decir, que la iniciativa valenciana ha cuajado y goza de una prometedora salud.

MECENAZGO EMPRESARIAL

“Fuimos muy románticos”, reconocen fuentes de El Corte Inglés, y con “un punto de mecenazgo”. Un punto al que Román de la Calle, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, le pone su particular acento: “Es importante subrayar la generosidad de El Corte Inglés, que desembolsa 15.000 euros para el Premio Nacional de Pintura que cumple ahora su XIV edición y no se queda con ninguna obra, puesto que todas ellas se depositan en el Museo de Bellas Artes”. “Se apuesta por la gente joven con financiación privada”, señala Ricard Silvestre, coordinador de un proyecto que avala científicamente el Centre de Documentació d’Art Valencià Contemporani (CDAVC) de la Universitat de València.

Esa “complicidad entre el tejido empresarial y las dinámicas institucionales”, tal y como subrayan fuentes de El Corte Inglés, tiene su origen precisamente en el premio de pintura establecido en el año 2000. “Es la parte del león”, afirma Román de la Calle, porque a partir de ahí se fueron estrechando las relaciones entre la Academia de Bellas Artes y El Corte Inglés. Al aval de la academia, y al aval empresarial se le ha sumado después el aval científico de la Universitat de València. Y con esos tres avales, el Premio Nacional de Pintura cumple ya 14 años, Ademuz Espai d’Art está a punto de cerrar su cuarta temporada, al igual que los ciclos de conferencias en torno a “Los últimos 30 años del Arte Valenciano Contemporáneo” que se celebran por cuarto año consecutivo en el Ámbito Cultural del centro comercial de Colón.

ARTE Y NATURALEZA: JOSEP ALBERT

Román de la Calle insiste en reconocer la importancia del “mecenazgo” de El Corte Inglés, “que se mantiene en tiempos tan duros”. Ademuz Espai d’Art nace precisamente en el contexto de mayor dureza de la crisis. Y ahí sigue, a punto de cerrar su cuarta temporada de apoyo a los jóvenes artistas valencianos. “Jóvenes que posiblemente no se conozcan, pero que están trabajando bien”, asegura Ricard Silvestre, que destaca igualmente el catálogo (“con el tiempo serán pequeñas joyas”) que acompaña a cada una de las seis exposiciones anuales del Ademuz Espai d’Art. El artista de Xátiva Josep Albert será quien ponga el broche al cuarto año, después de haber expuesto Clara Monzó, Irina Pérez, Luna Bengoechea y Cristina Fernández. En puridad, habrá una muestra más: la de Keke Vilabelda, como ganador del XIII Premio Nacional de Pintura con el que habitualmente se clausura cada temporada.

Ademuz Espai d’Art, ubicado en la tercera planta de El Corte Inglés de Ademuz en Valencia, tiene cada año una temática. Se inició con una selección de “Académicos 2009”; luego se centró en “El retrato”; el pasado año fueron las “Identidades individuales y colectivas”, y ahora gira en torno a “Arte y Naturaleza”. Josep Albert ha elegido para la ocasión una serie de piezas, que tienen al algodón, la madera, el mármol y la nogalina como materiales protagonistas. Porque Albert tiene como principio, a la hora de trabajar su obra, que el ritmo de la naturaleza y el suyo propio estén acompasados.

Quien se acerque al espacio artístico de Ademuz, respirará a través de los pulmones del arte y la naturaleza que Josep Albert airea. Y lo hace siguiendo el instinto natural de quien observa los ciclos vitales y se pone a la escucha. Como si fuera un demiurgo, Albert rescata materiales inertes y les da vida. Esa amalgama de inquietud por la naturaleza, a la que solemos darle la espalda, y recreación artística es lo que finalmente transpiran esas cortezas de pino, esas ramas retorcidas o esos blancos algodones y mármoles de Carrara que el artista de Xátiva trabaja como si en ello le fuera la vida. Es una prueba más de que Ademuz Espai d’Art late con fuerza, a las puertas ya de su quinta temporada.

Salva Torres

 

Cristina Ferrández. Territorios desheredados

Lo humano y lo onírico

En las imágenes que recordamos de los sueños las narraciones se superponen y la linealidad del relato desaparece. La lógica deja su lugar a una intensa sensación de veracidad que, sin embargo, carece de sentido, por más que nos cueste entender, sobre todo al despertar, que aquello no era lo que parecía ser. El arte busca la imitación de la realidad tanto como la superación de sus límites estancos y de representación, por medio de la invención de nuevos modos de entender lo que nos rodea, que es el material que nos conforma y con el que lidiamos diariamente. De ahí que el intento por representar los sueños haya sido una constante en el arte; una válvula de escape del corsé de la realidad y la ilusión de alcanzar esa liebre siempre huidiza que representa el subconsciente.

La fotografía y el cine han buscado, surgiendo cada cual en diferentes momentos históricos, fijar ese mundo de imágenes en apariencia desordenadas y exentas de lógica. El lenguaje cinematográfico encuentra en el montaje una clara síntesis entre los sucesos que entendemos como reales y su armazón basada en la consecución de escenas espacio-temporales distantes. Es decir, a partir de una serie de imágenes no siempre con sentido, ha pretendido construir narraciones que sí lo tuvieran. La construcción de realidad que supuso la aparición del cine, rápidamente atenuada por los modelos estándares de producción, encontró en el vídeo-arte una continuidad acorde con los tiempos de velocidad e inmediatez en que se convirtieron las sociedades desarrolladas del último tercio del siglo XX; pero también implicó una ruptura formal en diálogo con las Vanguardias históricas tan temprano dejadas de lado como posibles narradoras comunes. La sociedad actual no es sino una versión actualizada de esta dinámica correlativa y sucesoria.

El proyecto de Cristina Ferrández (Alicante, 1974) Territorios desheredados combina elementos propios del land-art y el análisis del paisaje, del poder documental de la imagen y de los límites velados entre la realidad y el deseo. La exposición presenta dieciocho fotografías de formatos pequeños y medianos y una pieza audiovisual titulada Crónica del naufragio (2008), de algo menos de cinco minutos de duración. Los aspectos técnicos de la obra son importantes para esta artista afincada en Asturias, pues las fotografías no se presentan seriadas, sino que cada una implica una obra única. Este aspecto formal, donde un medio como el fotográfico que se desarrolló para ser reproducido sin límites se convierte en obra única, como una pintura o una escultura, vincula su trabajo con el arte, más aún que con la fotografía o el vídeo. Y ahí es donde el análisis de su obra comienza.

En las fotografías, así como en el vídeo, las escenas se desarrollan en escenarios naturales y, más a menudo, con el mar como horizonte y límite. Las imágenes fijas se construyen con la superposición de varias escenas que combinan un plano general del paisaje, una suerte de reflejo lateral que irradia luz hacia toda la superficie, y la inclusión de fotografías de personas insertadas como un collage, en ocasiones con cambios de proporción y escala que aumentan la sensación onírica de estar ocupando un espacio-tiempo distinto. En ocasiones, los títulos señalan un mismo objeto hacia direcciones diferenciadas, como en los casos La huida y Estructura I, donde una construcción realizada con ramas y troncos pulidos por efecto del viento y el mar es también ocupada por una mujer desnuda en la imagen La presa, vinculación a las acciones performativas, pero igualmente con referencias a ciertos roles que la sociedad impone a los seres humanos. La mitología clásica griega queda reflejada en los títulos Aloades, Eirene o Escila, otorgados a los peñascos y rocas de las orillas del mar. La vinculación tiene un doble sentido: mitología del paisaje, por un lado, y construcción de la personalidad de estos dioses a través del presente, es decir, humanizándolos en su actualidad.

El vídeo Crónica del naufragio muestra una acción vinculada con alguna de las fotografías (Our Mist y Estructuras II), donde un grupo de mujeres de diferentes generaciones, recogen troncos y ramas, los agrupan cerca de la orilla y realizan la construcción del esqueleto de una barca varada. El aspecto orgánico de las ramas y la forma final del objeto remiten, con ayuda de la niebla y el mar rugiente, al análisis del individuo (y más concretamente de la figura femenina) en relación al territorio. La música intenta vincular las imágenes a un espacio o lugar oníricos que la acción de las mujeres desvincula, pues los gestos naturales de ellas relacionan sus acciones con la tierra, símbolo donde los haya del nacimiento y el renacer. El vídeo concluye con un poema escrito y leído por Paola León, un texto que reflexiona sobre las causas y consecuencias del naufragio y la aparente inoperancia en buscar soluciones. Las interpretaciones pueden volar todavía más, relacionando la disfuncional construcción de esa barca con la situación claramente estancada del momento presente.

Álvaro de los Ángeles