Sebastian Nicolau

#MAKMAArte
‘El sueño de los Reyes Magos’, de Gislebertus
Cultos y navideños (IX)
Navidad 2025

Cada año repetimos el viaje que nos lleva al mismo lugar.
Entre todas las celebraciones, la de la Noche de Reyes es la que con mayor intensidad nos revela el paso del tiempo.
Asociada a unos años de ilusión de infancia, pasada la nuestra, no nos resistimos a perpetuarla en los demás.

Como un susurro, el dedo índice de un ángel toca la mano de uno de los tres Reyes de Oriente que duermen juntos. Probablemente es Melchor (cabello cuidado y el bigotito atildado. Baltasar: cuencas de los ojos grandes. Gaspar: algo más mayor y barba frondosa). Levemente, apenas un roce, lo justo para hacerle despertar del sueño e indicarle con la otra mano que, mientras ellos descansan, la estrella que los guía sigue surcando el cielo sin detenerse.

Melchor abre los ojos entre asustado e incrédulo. Aún no es consciente de haber salido del letargo. La primera inspiración acompasa la irrealidad que el sopor había conseguido crear. Sabe que ha de avisar a Baltasar y a Gaspar para ponerse nuevamente en camino, pero ¡se está tan bien!

La colcha de punto de lana, ciertamente, parece abrigarlos. La temperatura bajo ella podría decirse densa, cálida. La almohada, mullida. La cama, blanda.

Se acostaron agotados, lo hicieron sin quitarse sus coronas. Estaban tan cansados que no han notado la incomodidad en toda la noche.

¿Cuántos días llevaban durmiendo al raso, al relente, sobre el duro y frío suelo?

La inocencia del sueño los venció antes de invocarlo. Atrás dejaron el rocío en el páramo (inocencia, sueño, rocío y páramo son palabras que aparecen relacionadas en dos frases de ‘Innocent When You Dream’, de Tom Waits).

Se está tan bien que desearían no despertar. Tal vez ese sueño inocente sea la señal que esperaban. Quién sabe si será el sueño el lugar que anhelaban encontrar. Quizá si siguieran durmiendo sin hacer caso al enviado divino…

Ayer por la tarde, al llegar, pudieron asearse, lavarse manos y pies y acercarse a la lumbre del fuego. La chimenea de un hogar concentra la temperatura. El calor, que a campo abierto se pierde, permanece entre el techo de madera y las paredes de adobe calentando la estancia.

Anoche, antes de acostarse, estofado de cabra con garbanzos. Comida caliente al fin. Cenaron bien por primera vez en los últimos días, en los que se han mantenido a base de dátiles y leche de camella. Las pocas almendras que Gaspar llevaba en una cajita de madera con adornos incrustados en marfil se las comieron la noche en que se encontraron ante un pozo seco. Los piñones que Baltasar guardaba en una pequeña bolsa de lino apenas bastaron para distraerlos del hambre una mañana de marcha.

Después de la cena, bebieron el té que los dueños de la posada les ofrecieron en minúsculos vasitos, cada uno diferente a los otros. El aroma a menta quedó suspendido en el ambiente.

Frente al fuego, en silencio, dejaron vagar la mirada sobre el chisporroteo de las llamas. No hablaron de nada. No dijeron ni una sola palabra. Llevan tantos días compartidos que ya se han contado todo lo que de interés podían contarse.

—¿Viajan juntos? —les había preguntado la dueña de la casa al recibirlos.
—Sí, desde que coincidimos atravesando el desierto.
—¿De dónde vienen?
—Cada uno de un país, tan lejanos los tres que no habrá oído usted hablar de ninguno de ellos.
—¿Hacia dónde van?
—Vamos en la misma dirección, pero no sabemos adónde ni a qué distancia está el lugar al que nos dirigimos ni cuánto tardaremos en llegar a él. Llevamos tiempo, mucho tiempo, esperando una señal para detenernos. En realidad, no sabemos siquiera si no estaremos perdidos, caminando en círculo bajo un resplandor hacia ninguna parte.
Como todos, pues —dijo ella.

El sueño de los Reyes Magos. Gislebertus
‘El sueño de los Reyes Magos’, capitel románico del siglo XII del escultor francés Gislebertus, ubicado en la Catedral de San Lázaro en Autun (Francia).

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