Morante de la Puebla

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La pincelada de la muerte: Morante, Manet y Velázquez ante el espejo del azul albero

Baudelaire, poeta maldito y simbolista francés del siglo XIX, solo reconocía la existencia de tres seres respetables: el sacerdote, por su sabiduría; el poeta, por su creación; y el guerrero, por dar muerte. Sin asistir a ninguna corrida de toros, el autor de ‘Las flores del mal’ definió con precisión el toreo eterno con esa mezcla de sacerdocio, poesía y muerte. Morante de la Puebla sabe y oficia, crea y también mata.

Un relámpago violeta en forma de derrote dejó a Morante inerme y casi inerte en el centro del ruedo. Su imagen recordaba al cuadro ‘Torero muerto’, de Manet. Pintura inspirada en la obra anónima ‘Soldado muerto’, perteneciente a la escuela velazqueña.

Morante de la Puebla yacía en la arena no con la mano diestra sobre el torso, sino con la palma de la mano hacia el azul albero. La plegaria se consumó en milagro. Resucitó el soldado y torero muerto para convertirse en sacerdote y rapsoda del toreo.

Montera en mano y con la derecha, brindó sendos toros a la A coronada de Ayuso, muy en Albaserrada, y a la miureña A con asas de Abascal. Dos hierros, dos nombres, uno de reina y otro de santo, que se disputan los votos de los correligionarios del santo y rey de los toreros.

‘Torero muerto’ (1864), de Édouard Manet.

Manet calificó a Velázquez como “el pintor de pintores”. Desde España, reconoció por carta dirigida a su amigo Baudelaire que los toros son “uno de los más bellos, más curiosos y más terribles espectáculos que se pueden ver”. Si el domingo Manet hubiera visto y sentido la obra de Morante en Las Ventas, seguro que lo hubiera bautizado como “el torero de toreros”.

Desde el azul albero, una lágrima de Chenel rasgó el rostro del sevillano. Una lágrima de esparto en la que se confundían torero, poeta, pintor y público. Morante recordaba el verso de Luis Rosales, poeta falangista que protegió en su casa de Granada a Lorca: “La vida es una lágrima testaruda”. Lloraba en el mismo lugar, los medios, donde había resucitado.

Vestido por fuera del color de la sabiduría, y por dentro de luto y pena negra. Saber y sentimiento trágico se fundían en la vida y el toreo de Morante. Resulta curioso que Zuloaga, el pintor más torero con permiso de don Francisco el de los toros, retratase a Domingo Ortega de púrpura y oro y a Juan Belmonte de catafalco y plata. ¿Qué color hubiera elegido Zuloaga para inmortalizar la figura de Morante?

La vida es una lágrima testaruda. Los poetas casi siempre tienen razón. Con su adiós, Morante sabe que, para dominar al toro bravo de la vida, el sabio medita y el poeta tiembla. Con su adiós, nos invita a cruzarnos al pitón contrario para hacer posible lo utópico.

‘Un soldado muerto’, vanitas atribuido recientemente a un artista italiano influido por Velázquez.

Antes de que, mutatis mutandis, se cumpla el pensamiento de Don Quijote –“Señores, vámonos poco a poco pues ya, en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo”, me resisto a leer en un futuro plazas por nidos y aficionados por pájaros; me resisto a leer aulas por nidos y alumnos y Humanidades por pájaros.

Hace más de medio siglo, Gregorio Marañón advirtió que la fiesta de los toros volaba hacia el futuro con plomo en el ala. Es tal su grandeza que, lidiado un cuarto del siglo XXI, todavía mantiene el vuelo con una sola ala, el ala de su afición.

Si desde tiempos de Velázquez y Francisco Romero, fundador de la dinastía rondeña, hasta los años de Manet y Rafael Molina Lagartijo, primer califa del torero, todo ha cambiado menos nuestro corazón, algo falla.

Morante lo sabe. Sabe que la víscera que más tarda en olvidar es el corazón. Y con palabras de María Zambrano en ‘La tumba de Antígona’, recuerda que el corazón, cuando piensa, deja de latir. El Día de la Hispanidad de 2025, el Tarkovski del toreo esculpió el tiempo, de la quietud hizo danza y besó el azul albero.

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