#MAKMAArte
‘Ni animal ni tampoco ángel. Anatomía de la imagen’
Marina Vargas
ADN Galeria
Calle Mallorca 205, Barcelona
Hasta el 23 de mayo de 2026
Navegar por el mundo del arte pasa por aprender sus normas y sus códigos, muchos de ellos sedimentados desde hace siglos. Aunque no formen parte de un decálogo explícito, logramos identificarlos e integrarlos de forma casi inconsciente en nuestras coreografías, para terminar en muchos casos preguntándonos por su naturaleza opaca. Para Marina Vargas, aproximarse a estos sistemas establecidos ha supuesto también encontrar herramientas desde las cuales cuestionarlos, tensionarlos y sabotearlos.
Es precisamente esta capacidad de análisis crítico de un sistema y de sus lógicas la que guía gran parte de la exposición que podemos visitar hasta el día 23 de mayo en la galería ADN de Barcelona: ‘Ni animal ni tampoco ángel. Anatomía de la imagen’.
La artista granadina confiesa encontrarse en una etapa de expansión en su carrera que la está llevando a presentar su trabajo en contextos expositivos cada vez más amplios y exigentes, como fue el caso del Museo Thyssen-Bornemisza en la muestra ‘Marina Vargas: Revelaciones’de 2025. En este contexto, marcado por la limitación de los tiempos de producción, Vargas rompe con una de las normas no escritas del mercado del arte para rescatar bajo una nueva luz un conjunto de obras creadas entre 2015 y 2021.
Para Marina Vargas, su obra no es un objeto cerrado, sino un organismo vivo que no se agota cuando se produce ni cuando se muestra por primera vez. Las piezas tienen lo que ella identifica como “caminos de vida”, ciclos desde los cuales las obras transitan temporalidades distintas a los marcos expositivos habituales, lo que le permite cuestionar la lógica dominante que suele afirmar que “lo visto está muerto”. Traer al espacio expositivo de ADN estas obras le ha permitido revisitarlas, revelar nuevas narrativas y también cerrar un ciclo que se inició con ellas.

Toda la exposición se articula como un gesto de ruptura. Marina Vargas ataca de forma directa el canon escultórico clásico, ese que, tras miles de años, sigue vigente y continúa ejerciendo una autoridad silenciosa sobre nuestros cuerpos.
Al entrar en la sala situada al fondo de la galería, es primero necesario adaptar la mirada a un entorno completamente blanco. Poco a poco, se van identificando una serie de figuras de apariencia marmórea que parecen infectadas y de las cuales no sabemos si emergen secreciones o si, por el contrario, están siendo absorbidas.
Al avanzar, nuestro cuerpo se descubre a sí mismo reflejado en unos espejos que remiten a aquellos que podríamos encontrar en una feria. Completamente distorsionados, nos devuelven una imagen deforme tanto de nosotros mismos como de las extrañas esculturas con las que ahora compartimos el espacio.
Estas esculturas intervenidas fueron concebidas en 2015 en el contexto de una exposición en el CAC de Málaga. El poliuretano que las cubre se presenta como un elemento doblemente antiescultórico: primero, porque impide que estas esculturas puedan habitar el espacio exterior, ya que la luz natural deteriora el material; y segundo, porque, debido a su comportamiento inestable durante el proceso de manipulación, genera formas que escapan al control compositivo.
“Intervengo la parte del cuerpo y, mientras duermo, la escultura se va haciendo” confiesa. En este gesto mediante el cual la artista cede parcialmente el control del resultado final de la obra a la materia, Marina Vargas crea una serie de deformaciones que cuestionan los estándares estéticos.
El canon que la artista decide tensionar es aquel que basa sus estatutos en la belleza tradicional. Una belleza cuya experiencia estética se basa en la comodidad, en generar imágenes complacientes ante las cuales sabemos cómo reaccionar.
Como bien nos señalaron las Guerrilla Girls, estas imágenes son en muchas ocasiones desnudos femeninos, la forma más fácil que ha tenido una mujer para entrar en un museo durante mucho tiempo. Lo que plantea Marina es precisamente crear imágenes que interrumpan esa familiaridad visual para mostrarnos la debilidad de los cuerpos mediante la descomposición del ideal clásico.
Desde ahí, la artista insiste en que los cuerpos existen en multiplicidad, y que la representación artística ha funcionado históricamente como un campo de legitimación que, al mismo tiempo, ha excluido otras formas posibles de encarnar y habitar lo humano.

En este contexto de cuerpos alterados y modelos desestabilizados, la presencia insistente del color rosa (que junto al rojo y al dorado es fundamental en el lenguaje de la artista) introduce un desplazamiento simbólico que complejiza aún más la lectura de las piezas. Lejos de operar únicamente como gesto cromático, este elemento activa una iconografía de la transformación silenciosa del cuerpo desde su interior.
Concebidas años antes de su diagnóstico de cáncer de mama, una enfermedad que marcaría profundamente la vida de la artista, Marina descubre ahora en estas esculturas una dimensión casi premonitoria, como si en ellas hubiese anticipado una reflexión sobre la fragilidad y la mutación de la forma humana.
En este sentido, la intervención sobre el ideal clásico deja de ser únicamente un gesto crítico hacia la tradición para convertirse también en una meditación visual sobre el cuerpo atravesado por fuerzas que lo desbordan.
Ante esta compleja relación con la tradición escultórica resuena inevitablemente la concepción renacentista del mármol como materia viva. Si para Miguel Ángel la figura habitaba ya en el interior del bloque y el escultor debía liberarla, en el trabajo de Marina Vargas asistimos a un movimiento inverso: los cuerpos no están en proceso de emergencia, sino que parecen ser nuevamente invadidos, erosionados o atravesados por una materia que cuestiona su estabilidad. La escultura deja así de ser el lugar de la revelación ideal para convertirse en el espacio de una transformación incierta, donde el canon se descompone y la forma pierde su promesa de permanencia.
En su recorrido de rupturas y revelaciones, surgió también la necesidad de intervenir el espacio expositivo de la galería ADN de Barcelona. Los espejos ya mencionados tensionan el formato del cubo blanco y consiguen recrear una sensación de pérdida de identidad semejante a la que muchos pacientes oncológicos experimentan al enfrentarse a su propia imagen durante el tratamiento.
Con este gesto, mirar deja de ser un acto neutro. La artista habla de un “Narciso esperpéntico” para describir el momento en que el espectador se descubre reflejado, deformado y vulnerable junto a las esculturas. Estos espejos interrumpen la blanquitud aséptica de la galería (que para la artista evoca una atmósfera próxima a la de los espacios hospitalarios) para introducir una especie de anestesia visual donde nada parece completamente rígido.

A estas esculturas se suman las fotografías ‘El Abrazo y La Piedad’(2021), con las cuales Marina continuó su lucha contra el canon de forma paralela a su proceso de recuperación, y ‘Contra el canon’(2021), donde su torso toma como referencia la icónica Venus de Milo para mostrar la vulnerabilidad como acto de resistencia.
También se presentan una serie de obras de nueva producción donde resaltan piezas que recrean bustos antes destinados a la mirada ajena; figuras que ahora poseen agencia propia al estar formuladas mediante texturas que evocan pezones o colonias bacterianas.
Asimismo, destaca ‘Dolor-Dolor’ (2026), una fotografía de gran formato que captura una de las manos que asoma entre el poliéster de una de sus esculturas. A esta imagen la acompaña un poema que la artista escribió durante su convalecencia, periodo en el que comenzó a investigar sobre su patología. Es ahí donde el color rosa se reveló como la antítesis del uso mercantilizado de este tono en los lazos contra el cáncer de mama.
Marina Vargas sigue rompiendo el canon desde una genealogía consciente de mujeres que abrieron esta senda antes que ella. En su trabajo existe además una generosidad que habita en quienes utilizan su voz y su cuerpo para narrar aquello que permanece oculto, pero también hiriente, generando dispositivos de resonancia colectiva desde los cuales otras puedan encontrar reconocimiento.
La granadina se encuentra en un momento de expansión, pero también de afirmación. Este febrero, se inauguró en el Museo Reina Sofía la nueva colección ‘Arte contemporáneo: 1975-presente’, y entre las obras seleccionadas destaca ‘Romper el canon’(2021) de la artista. Próximamente viajará a Ecuador, donde realizará una residencia de investigación junto a neurocientíficos.
“Esto lo trae la expansión, la oportunidad de trabajar de una forma y con procesos que de otra manera no serían posibles”, comenta Marina. En esa misma línea de creación de espacios de representación y cuidado, impulsa junto a Evelyn Joyce PROYECT.IN, una iniciativa social que busca transformar la percepción del cáncer a través de la creatividad y la expresión artística, promoviendo becas dirigidas a personas que atraviesan procesos oncológicos y la construcción de un archivo desde el cual pensar colectivamente las relaciones entre arte, enfermedad y memoria.
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