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En torno a María Beneyto
Obra, figura y centenario
En 2025, se celebró el centenario del nacimiento ficticio o ficcional de María Beneyto, pues no vio la primera luz en 1925, sino en 1920, según las investigaciones realizadas por Carme Manuel. La autora de ‘La dona forta’ se quitaba años por algún motivo desconocido: ¿miedo a represalias, coquetería, error fortuito luego continuado…?
Sea como fuere, se le dedicaron exposiciones, conferencias, lecturas, homenajes, antologías, ediciones… El hecho de que la mayoría de estas (entre ellas, los inéditos ‘Ofelia 25’ o ‘Itinerario’) se produjeran en el ocaso de su efeméride permite prolongar el sonido de su nombre cuando las luces del festejo ya se han apagado.
Antes de María Beneyto, pocos autores han disfrutado de un año dedicado a su vida y obra en esta iniciativa de la Acadèmia Valenciana de la Llengua. El primero fue Vicent Andrés Estellés, en 2012, cuando habían pasado catorce años desde la ley de creación de nuestra institución lingüística. Conviene recordar que la Real Academia Galega instituyó en 1963 el Día das Letras Galegas, en pleno franquismo, y desde entonces no ha dejado de rendir honores a figuras de sus letras.
Aquí, por el contrario, no se ha sido capaz ni de buscar un autor por año, como si no quedaran nombres y obras por difundir. La diferencia radica también en que en Galicia se ha convertido en día festivo y de orgullo: en cualquier librería, el autor o autora se encuentra por todas partes. Aquí es un asunto institucional, sin presupuesto, voluntarista y descoordinado. Y nadie parece tener mucho interés en reeditar sus libros.
Hay algo igualmente llamativo que también sucede en Galicia: la amputación de parte de la obra del autor; o dicho de otro modo: la desconsideración hacia una parte, nada desdeñable, de la producción de ciertas figuras si han escrito en más de una lengua.
Centrándonos en los casos valencianos, puede ser comprensible ese comportamiento sobre la obra de Vicent Andrés Estellés: aparte de los textos periodísticos, que escribía en la lengua en que se la pagaban, su monumental obra poética la compuso en valenciano (salvo un poemario). Si le llegase el día a Xavier Casp, el valenciano también reinaría sin rivales.
La situación, en cambio, no es la misma en María Beneyto, ni tampoco lo sería en Joan Valls, poeta en valenciano y en castellano; ni lo fue en Maria Ibars (obra narrativa en castellano y en valenciano). No se llega a ocultar esos volúmenes, es cierto, pero sí son desestimados, excluidos, como si no merecieran el estudio por parte de los autóctonos, o estuvieran escritos en danés o en ruso.
Y, en el caso de Beneyto, resulta aún más hiriente, pues los libros en valenciano son un apéndice de su enorme producción en lengua española. Será triste o no, será una anomalía o no, pero esa es la realidad: la poesía y la narrativa en valenciano de María Beneyto es muy inferior (cuantitativa y cualitativamente) si la observamos a la luz de la castellana y, además, en un registro de lengua impostado, poco dúctil, como si estuviera manipulada o directamente traducida…
Un presentimiento que tuve cuando trabajé su libro de cuentos ‘La gent que viu al món’ y mantenía largas conversaciones con la autora; impresión que, si no en concreto para ese libro, ha demostrado la mencionada Carme Manuel para ‘La dona forta’: fue traducida por Enric Valor a partir de una novela en castellano, ‘Las amazonas’. Traducción pura y dura de un tercero, por lo cual deja de iure de formar parte de la literatura valenciana.

¿Qué hacemos ahora? ¿Qué harán los guardianes de las esencias beneytianas? ¿Desaparecerá ‘La dona forta’ de la narrativa de posguerra en valenciano? Lo dudo, hay muchos intereses creados y muchas líneas escritas…
Por volver al ejemplo de Galicia, hubo una especie de terremoto cuando se descubrió que uno de los poetas más íntimos y celebrados en lengua gallega, Luís Pimentel, había publicado como gallegos poemas originalmente escritos en castellano, lo que lo expulsaba de la literatura gallega. Y, en su caso, era menos grave, al ser el propio autor el traductor de sus versos y, por tanto, dueño y voz decisoria del resultado final.
En València, en un terreno no tan graciosamente considerado de las letras, Joan Fuster también publicó alguna colección de artículos en valenciano escritos originalmente en español (por ejemplo, ‘Combustible per a falles’), pero esos textos esporádicos y menores no afectan al conjunto de su obra. En el caso de Beneyto, sin embargo, incluso se había construido la falsa imagen –por no haber leído con criterio– de una novela feminista y, además, atenta a las corrientes ideológicas internacionales; ambas cosas erróneas.
Por otra parte, Beneyto fue narradora, pero sobre todo poeta. Y de los veintisiete libros de su ‘Poesía completa (1947-2007)’, solo seis son en valenciano. Anómalamente, María Beneyto es conocida hoy a causa de sus libros en esta lengua; y eso que su obra en castellano disfrutó de un eco y de premios de una importancia insospechada. Como ella misma contó, no tenía problemas para encontrar editor.
Eso cambió a partir de los años 70, y solo a partir de los 90 comenzaron a aparecer poemarios en castellano y en valenciano; la Generalitat le concedió el Premi de les Lletres Valencianes y el Ayuntamiento de València puso su nombre a una biblioteca y a una plaza, y publicó su ‘Poesía completa’ en ambas lenguas, en edición de Rosa María Rodríguez Magda.
La tragedia de María Beneyto, a pesar de ser una poeta extraordinaria y una narradora consistente, es que ahora mismo no es nadie en el centro político de la lengua a la que dedicó casi todo su trabajo.
Su retirada de la escena pública porque su tiempo había pasado (como le escribió Josep Maria Castellet), verse unida a la etiqueta poesía social (algo ya vetusto en los 70), ser una mujer en un mundo dominado por hombres (algunos de los cuales, mitificados, alababan su atractivo físico por encima del lírico) y su retorno a la visibilidad cuando ya era septuagenaria son realidades que han contribuido a su borrado. En síntesis, Beneyto ha sido víctima de un lobby poético, de la misoginia y del edadismo.
La experiencia y la realidad de lo que contemplamos en Beneyto pone de relieve que en tierras valencianas no puede haber cultura en castellano salvo que esta acepte su provincialidad, regionalidad, secundariedad… Y, no, por desgracia València no es ni Luxemburgo ni Suiza.
No recuerdo qué intelectual gallego se jactaba de que, a pesar del retroceso continuo de la lengua en el uso cotidiano, prácticamente no había “cultura provinciana” en la tierra de Rosalía de Castro. Es un término adecuado. Escribes en valenciano y eres un autor valenciano. Escribes en valenciano y en castellano, y esta última será la mitad olvidada por los de fuera (la primera, directamente ignorada), y olvidable por los de dentro que no juegan a ser “Levante feliz”.
Así, la literatura valenciana en castellano, con todos los respetos, es como la literatura burgalesa o literatura riojana, es decir, mera denominación administrativa, algo desactivado de cualquier reivindicación.
Como consecuencia, del tratamiento de la obra de María Beneyto aprendemos una verdad obvia: escribir en la lengua propia de una tierra es la única forma de ser de esa tierra; todo lo demás queda subsumido en un magma mayor y devorador. No significa ascender a la gloria ni ser reconocido, sino pasar a una aceptación relativa. En nuestra miserable y triste patria es el lugar que encontraremos más cercano a aquello que en las metrópolis es neón, lujo y, sencillamente, poder, con independencia de la calidad objetiva de la obra.
Y esta es la paradoja beneytiana: ser recordada por una obra menor, en algún caso no escrita originalmente en la lengua en la que sigue siendo editada, en lugar de asumir y reivindicar su totalidad para considerarla una de las grandes escritoras del siglo XX en la península ibérica.
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