Ilustración de “macho” a “bro”, o de cómo se pierden las lenguas

#MAKMALibros
De lenguas, argots y extranjerismos
‘La mort du français’ (‘La muerte del francés’), de Claude Duneton

Ya hace más de dos décadas, apareció un libro cuyo título no dejaba de ser provocativo: ‘La mort du français’ (‘La muerte del francés’), del escritor y actor Claude Duneton. A la muerte de la lengua se refería, claro, y con un pretendido tono alarmista.

Evidentemente, no auguraba la estricta desaparición del idioma, tan protegido en su país natal, el cual se impuso a golpes (nunca mejor dicho) y reduciendo a vulgares hablas (patois) lenguas más nobles en sus remotos orígenes (como el occitano, cuya lírica asentó las bases de la civilización europea).

Duneton se refería más bien a la degradación del francés ante el avasallamiento de cultura anglosajona procedente de los Estados Unidos, pues en Francia ha llegado a introducirse de manera bárbara incluso en el léxico corriente: el ejemplo de week-end para fin de semana es paradigmático, palabra que, curiosamente, no se usa en Quebec, donde continúan con su fin de semaine, quizá por la misma vecindad del ogro devorador.

Una lengua oficial e internacional no desaparece en parte alguna, y quien lo afirme se dedica a tratar de potabilizar sus turbias aguas mentales, en vez de juzgar con rigor la realidad y actuar, desde luego, donde hiciera falta, si hiciese falta, pues la riqueza lingüística es un bien per se, sin necesidad de ligarlo a ningún otro aspecto social, y menos a ninguno de los políticos.

Claude Duneton. Lenguas

Así que, no, el francés no va a desaparecer ni en el Hexágono ni en Gabón ni en la Polinesia llamada francesa. Primera y principal porque es un dialecto con ejército. Antes pasarán por el ceñudo acomodo de las parcas las lenguas habladas en el Estado cuya capital es París, que la lengua francesa perderá un solo hablante nativo. Otra cosa es que, coyuntural, temporal o sensitivamente parezca lo contrario.

Algunas de las previsiones fatalistas de Duneton en 1999 siguen adelante entrado el siglo XXI. Y es más, la preponderancia anglo se ha extendido a la joven generación de la piel de toro si nos ceñimos a la jerga juvenil, es decir, a cómo un grupo de edad establece relaciones con su mundo circundante. Yo pertenezco, con cierto orgullo, pues fuimos los taoístas occidentales las personas que habíamos vuelto sin necesidad de ir, a la Generación X, la cual, mira por dónde, en Canadá era una cosa, de la mano de Douglas Coupland, creador del término, y en España, mera secuela, les dio porque fuera otra distinta.

La generación norteamericana, como decía, se representaba a un colectivo taoísta: pensaban que el mundo se había congelado y siempre serían jóvenes, o que los años pasarían, pero no por ellos; por contra, la generación española fue pintada como una suerte de borrachuzos y drogatas cuyos padres sobrevivieron a la generación quinqui, e incluso habían hecho un poder, exitoso, para salir de aquel lodazal y tener hijos que ahora, siniestramente, se remozaban en un hastío sin fin.

‘Welcome To A New CommuniCaution’, de José Antonio Campoy, cartel seleccionado en el I Premio Internacional de Carteles MAKMA ‘Comunicación/Incomunicación’.

Esos cambios, apreciables en la sociedad, en la literatura y en el cine, también se dan en el léxico. Cuando vivimos la niñez, o nos vencimos a la adolescencia mediados aquellos 80 que parece que, en el Estado, solo existieron en Madrid, tú repetías cual loro fiel a sus amos las palabras de tu entorno. Así, en València, el nano procedente del valenciano se unía a los más extensivos tío, macho, colega o tronco, en absoluto sinónimos absolutos, como cualquier hablante patrimonial de español sabe, y, a pesar de la jerga juvenil, cada uno de ellos gozaba de su propio registro.

Llegamos tarde al chorvo, aunque no a la chorva (aquel “¡mira qué chorva!”, por chica o chavala), si bien, de acuerdo con Francisco Umbral, el masculino chorvo jamás tuvo forma en femenino, o esta no era legal y de parné. Con chorva o sin ella, y a saber cuál era su etimología, nuestro léxico lo vivíamos en el acervo de la lengua; no nos era extraño, sino entraño.

Con los centennials se ha levantado un escalón, a diferencia de las generaciones anteriores, en cuanto al origen de esos términos que, si no incorporados al lenguaje general, marcan el hito en sus usos temporales, ligados a un momento concreto de la historia.

En ese punto, el temor de Claude Duneton para el francés se torna pavura para los usuarios del castellano, pues la pluralidad enumerada más arriba de tío, macho, colega, tronco… se reduce casi por entero, hoy, a bro (del inglés brother, hermano) y a un resistente tío que, eso sí, pierde su marca de género y se utiliza tanto cuando el interlocutor es masculino, como cuando es femenino, e incluso si son dos chicas las que hablan entre ellas (evolución curiosa esa pérdida del género).

Junto a tal bro, se extiende un vastísimo registro de términos puros procedentes del inglés, o con las adaptaciones morfológicas propias del castellano: tryhard y tryhardear, random, chetao (de cheat, truco), crush, cringe, hype…, al lado de acrónimos procedentes de frases, obvio, en lengua inglesa (goat, lol, pov, ily…).

Esto no sucedía antes. No sucedía ni cuando la generación silenciosa cedía su paso a los baby boomers, y cambiaban colchón nuevo con lana nueva por colchón viejo con Lana Turner, pronunciado así, tal cual, como se escribe en español, despreocupados de correcciones políticas o de una lengua que nunca habrían escuchado ni pronunciar de lejos. Entre un momento y el otro, cincuenta años, arriba o abajo, medio siglo, esa centuria a medias, ese abismo que no ha conocido degradación paulatina, sino salto al vacío. O quizá la edad lo ve de tal modo.

El lerdo bro no va solo por el mundo. Ya de antaño se han de enumerar cesiones que alertan, como si fuéramos una colonia satisfecha o voluntaria: por ejemplo, esa idea de la imperiosa necesidad de saber inglés, las revistas científicas editadas por las universidades españolas solamente en el idioma de Byron, la cerrazón neoliberal de querer convertir la lengua de Jack el Destripador en lectiva en colegios e institutos, o, lo último, que ya sea posible estudiar carreras enteras, en las universidades públicas, en esa lengua global, a fin de incrementar el número del alumnado por criterios meramente crematísticos.

Aquí se extinguirá el valenciano (y el gallego, el vasco, el asturiano, el aragonés…) antes de que dos autóctonos se comuniquen entre sí con algo más que anglicismos. El español, no. El español es la lengua de todo, y en todo seguirá.

No obstante, aquello que puede producirse es una regionalización del idioma a causa del invasivo inglés, convertirlo en algo de consumo interior, cosa que se vería mitigada por su oficialidad y/o uso en países de Europa (es la primera lengua de comunicación en el Principado de Andorra), de África y de América, si bien la existencia de un nuevo latín (el inglés, claro) en la ciencia, religión de la contemporaneidad, le recortará vuelos, y ciertos lenguajes especializados experimentarán mermas de alguna clase.

Entre las personas jóvenes ya se está viendo (aunque siempre flipamos, verdad es, y también pusimos nuestro granito de arena en el proceso). Y una lengua empieza a morir cuando pierde su vitalidad creadora, cuando el argot se reduce o el novedoso se limita a calcos de una lengua mayor. Es algo distinto a la pérdida gradual de una lengua minorizada; es otro tipo de pérdida, pero las pérdidas siempre son pérdidas.

¿Podemos consolarnos? Sí, desde luego: al final, miradas desde una distancia histórica suficiente, todas las lenguas son pidgins, y nunca dejan de cambiar.