#MAKMAEscena
‘Las amistades peligrosas’, de Christopher Hampton
Dirección: David Serrano
Intérpretes: Pilar Castro, Roberto Enríquez y Carmen Balagué
La Rambleta
Bulevar Sur esquina calle Pío X, València
28 de febrero de 2026
Los clásicos de verdad siempre nos interpelan. Sus preguntas nos resultan punzantes, aunque seguramente nos provocan de modo diferente en momentos distintos. Hoy, por ejemplo, la obra de Choderlos de Laclos ‘Las amistades peligrosas’ nos resulta provocadora por el modo como pone en evidencia los tópicos contemporáneos sobre el consentimiento y su centralidad, basados en el menosprecio del poder de las pasiones y en el ocultamiento de las contradicciones entre razón y deseo.
La versión que presenta David Serrano –que podrá verse el 28 de febrero en La Rambleta y el 21 de marzo en el Teatro Principal de Alicante– se basa en la adaptación teatral que realizó Christopher Hampton y que sirvió de soporte, en 1988, hace casi cuarenta años, para la canónica y referencial película de Stephen Frears, protagonizada por John Malkovich, Glenn Close y Michelle Pfeiffer.
Serrano actualiza formalmente la propuesta a través de una escenografía minimalista. Todas las escenas transcurren en un mismo espacio, de naturaleza casi abstracta, protagonizado por una especie de gran diván cama liso que evidencia el protagonismo que el sexo tiene en la historia.
Pero lo más innovador es la idea de que los distintos personajes merodeen alrededor de la escena y vayan entrando según lo pida el relato. Como también la posibilidad de representar simultáneamente, en el mismo lugar, dos escenas diferentes. Por ejemplo, dos personajes hablan en la parte de delante del diván, mientras otros dos retozan por detrás.

También el vestuario se libera de la obligación de fidelidad a la época en la que transcurre la acción original para subrayar la intemporalidad de la propuesta. Y es aquí donde el espectador encontrará más diferencias entre la obra de Serrano y el filme de Frears, que seguramente conozca.
El precio que se paga, sin embargo, es una cierta monotonía. No hay duda de que esta puesta en escena refuerza el carácter abstracto y universal de la propuesta, pero al privarla de otros elementos sensuales que la obra original incorpora –incluyendo una representación menos contenida de las escenas sexuales–, el resultado puede resultar distante por momentos. En su favor hay que decir que la obra va cogiendo temperatura progresivamente.
“No tiene nada que ver con la película y tiene todo que ver”, explica Roberto Enríquez, el actor que interpreta a Valmont. “Los clásicos están ahí y te dan la oportunidad de volver a ellos y hacer algo distinto”. En su caso, quiso interpretar a Valmont desde la herida que se intuye por debajo de su arrogancia y el resultado final es, en efecto, un vizconde más humano y frágil.
“Valmont reconoce que necesita verdadera emoción, que los juegos frívolos ya no le satisfacen. Es un personaje con un vacío existencial que le atraviesa y que necesita llenar. Me lo imagino como a esa gente que practica puenting y salta al vacío en busca de adrenalina”, explica el actor vallisoletano. “Es un personaje que he querido construir desde la herida”.
En este sentido, hay que decir que su Valmont es menos atractivamente despiadado que el de Malkovich, pero más comprensible en su giro final: tanto en su enamoramiento de Madame de Tourval como en su fragilidad emocional ante la marquesa de Merteuil. “Valmont le hace un lío a Madame de Tourval, pero finalmente el lío se lo hace él”, opina Roberto Enríquez, quien destaca, como Serrano, también, la cercanía de la historia con casos como el de Epstein.
Tanto Enríquez como, especialmente, Pilar Castro, que interpreta a la otra despiadada protagonista, resultan más que convincentes en sus papeles, pero Ángela Cremonte no alcanza a dar la mezcla de inocencia, elegancia y desconcierto que requiere su Tourval.
La obra original y la versión de Serrano nos permiten sumergirnos en las aguas ponzoñosas de las guerras de poder afectivas. ‘Las amistades peligrosas’ nos sitúa en ese tipo de contiendas, basadas en la autodefensa frente a los sentimientos. Amar, sentir excesivo afecto, coloca al sujeto en una situación de debilidad. Es manipulable, se puede jugar con él, conducirle para que haga lo que, en verdad, no desea, movido por el vínculo hacia el otro.
También esto nos resulta muy actual, instalados como estamos en una sociedad que, por un lado, nos dice que el amor es lo que puede salvarnos (del vacío, de la insatisfacción de la existencia), pero, por otro, nos advierte vivamente contra los lazos emocionales estrechos porque nos hacen vulnerables. Choderlos de Laclos nos advierte de que el amor puede ser un terreno muy peligroso solo con que uno decida no jugar limpio.
Hemos hablado del consentimiento y el episodio en el que esto se manifiesta con más claridad es el de la seducción de Cecile de Volanges. La propia joven lo confiesa: “Mi boca decía ‘no’, pero mi cuerpo decía ‘sí”. ¿Cuál de los dos deberíamos usar como guía para determinar si el sexo fue consentido? En este caso está claro, pues la continuidad de la relación con Valmont nos indica que el cuerpo estaba más cerca de la verdad que las palabras, pero no siempre es tan sencillo.
El mundo de las pasiones puede ser confuso y tormentoso por mucho que queramos ignorarlo. Y colocar el consentimiento en el centro puede llevarnos a no considerar adecuadamente otros elementos en juego. ¿Cuál es el origen del daño: el comportamiento del otro o nuestras propias contradicciones? ¿Hemos sido liados, nos hemos autoengañado, o el problema es que la posición inicial de los jugadores ha cambiado en el transcurso de la partida? Las situaciones pueden no ser tan evidentes como parecen a primera vista.
Un último apunte, también válido para nuestra actualidad: del personaje de Valmont se nos dice que era tan temido como respetado, gracias a sus majestuosos buenos modales. ‘Las amistades peligrosas’, como otras muchas obras antes y después, nos advierte contra la falacia de que las buenas formas van parejas con las buenas intenciones y propósitos.
Y nos revela que pueden ser un parapeto para esconder propósitos inconfesables o para convencer con eficacia de planteamientos que merecerían ser discutidos. Lucifer nunca exhibe a las claras sus verdaderos objetivos, y acostumbra a camuflarse en los ropajes de la moral.
Choderlos de Laclos nos muestra que la existencia puede ser un campo de minas no apto para espíritus inocentes, pero es cosa nuestra decidir si recurrimos al escudo protector del cinismo o, pese a todo, nos la jugamos y seguimos confiando en el otro.
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