Jorge Lens. Os rótulos da nosa vida

#MAKMALibros
‘Os rótulos da nosa vida’, de Jorge Lens, Ana Cocho y Robert Willemse
Editorial Galaxia, 2025

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”, dijo Confucio. Hay hermosura en lo diario, poesía en los márgenes y formas de mirar que, a través de un objetivo, dotan de una vida extraña a lo que parecía insustancial o inerte.

Así es la observación fotográfica de Jorge Lens, que no es un alias, sino un nombre propio con un apellido poco común, concentrado en Galicia. Un claro designio laboral, sin duda, motivo de preguntas y algún chiste.

En cualquier caso, se trata de una peculiar alineación entre onomástica y geografía que jalona una forma de ver y de crear donde el clima y la morriña condicionan una realidad hipnótica –a veces, incluso cruda– que nos fascina como el espejo de la sociedad que es, fue o podría llegar a ser.

Jorge Lens Leiva (Vigo, 1967) es profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Vigo y un fotógrafo de alma inquieta y callejera. Su actividad docente e investigadora se centra en los entresijos de su profesión, publicando artículos y participando en proyectos relacionados con los vértices de la imagen, la publicidad y el patrimonio gráfico.

Su reconocida y extensa trayectoria –mil veces expuesta– recorre paisajes urbanos junto a quienes los habitan, documentando historias humanas en ciudades entendidas como escenarios narrativos, repletos de matices paradójicos.

En 2019, publicó ‘El Bosque de los deseos’, en colaboración con la escritora Ana B. Gómez, un libro infantil de cuentos ilustrado con obras del propio Lens, editado por Lobito Bueno.

En 2022, recibió el Premio Internacional de Fotografía E CA, organizado por MAKMA, por ‘El jardín olvidado’, una obra que, en palabras del autor, captura “lo delirante, el realismo mágico, lo incomprensible, lo ingenioso, el caos, la vida misma”.

Asimismo, Lens forma parte de la Red Ibérica de Defensa del Patrimonio Gráfico, asociación que agrupa a personas e instituciones comprometidas con la preservación de la gráfica comercial urbana como acervo cultural, histórico y social.

Fruto tanto de su trayectoria profesional como de su vinculación con esta entidad, publica ahora, en Editorial Galaxia, junto a Ana Cocho y Robert Willemse, ‘Os rótulos da nosa vida‘ (‘Los rótulos de nuestra vida’), un libro que documenta y reivindica la imagen de comercios y negocios tradicionales gallegos como patrimonio y memoria colectiva.

A través de una cuidada selección de ejemplos clasificados por materiales y estilos, se nos muestra cómo estos letreros reflejan la historia social y económica de nuestros pueblos, planteando, además, una reflexión crítica sobre la desaparición del pequeño comercio, defendiendo la urgencia de conservar, restaurar o al menos documentar estos vestigios antes de su pérdida definitiva.

Desde su condición heterogénea de creador e investigador, de observador crítico y partícipe activo a pie de calle, la obra y el pensamiento de Jorge Lens ofrecen una mirada especialmente enfocada. Una conversación con él, manda carallo, por tanto, es una oportunidad para hablar no solo sobre el oficio y beneficio de la fotografía, sino también sobre los modos en que habitamos, miramos y construimos visualmente nuestro entorno cotidiano.

Jorge Lens. 'Os rótulos da nosa vida'
Jorge Lens con un ejemplar de ‘Os rótulos da nosa vida’.

¿Cualquier rótulo pasado fue mejor?

No necesariamente los letreros antiguos eran rótulos mejores, pero sí más honestos. Por supuesto que había letreros torpes, redundantes o poco afortunados, pero respondían a un lugar, a una persona y a un contexto concreto. El problema actual no es tanto la calidad como la repetición. En este sentido, los centros de las ciudades no tienen ya una voz propia, como tenían antes; se han homogeneizado tanto que todas hablan igual.

¿En qué momento surge la idea de ‘Os rótulos da nosa vida’ y qué la activa: una inquietud personal, un hallazgo concreto, la asociación, el archivo acumulado?

Al menos por mi parte –y creo que de forma común a los tres autores–, la idea no surge de un hallazgo concreto, sino de una inquietud compartida que cada uno arrastraba desde hacía tiempo. Todos llevábamos años fotografiando rótulos por separado, casi como un gesto natural, conscientes de que formaban parte del paisaje cotidiano, pero también de que estaban desapareciendo a gran velocidad. Era algo que se empezaba a ver en otras ciudades, donde empezaban a surgir proyectos similares con la misma urgencia por documentar.

Cada uno tenía su propio archivo, su manera de mirar y de documentar estos rótulos. Fue Robert quien tuvo la magnífica idea de contactarnos para reunir todo ese material disperso y darle una forma común, convertir una suma de miradas individuales en un proyecto colectivo. A partir de ahí, ‘Os rótulos da nosa vida’ toma cuerpo como un intento de recuperar visualmente un patrimonio gráfico que en un porcentaje muy elevado ya había desaparecido o estaba en vías de desaparecer.

Una de las fotografías de ‘Os rótulos da nosa vida’, de Jorge Lens, Ana Cocho y Robert.

En los agradecimientos habláis de negocios que os abrieron sus puertas y compartieron sus historias. ¿Hay alguna que te haya sorprendido especialmente?

Más que historias concretas, lo que sí hemos detectado es que existe una conciencia creciente alrededor del valor patrimonial y social de estos rótulos. Cada vez más, muchos comerciantes son perfectamente conscientes de su valor y tratan de preservarlos. Cuando el negocio continúa, es habitual que en alguna reforma el rótulo desaparezca de la fachada, pero que se siga conservando en el interior, como un objeto cargado de memoria.

También ocurre con frecuencia que amigos o conocidos nos avisan de que algún rótulo mítico que se daba por desaparecido realmente no se ha perdido, sino que alguien lo guarda en su casa o en el trastero. Estoy seguro que en todas las villas y ciudades hay personas que, de forma discreta, se han dedicado a conservar estos letreros.

Quizá sea la hora de que, desde las instituciones, se promueva alguna campaña para recopilar estas piezas y exhibirlas en los innumerables museos dedicados a las historias de las ciudades. Evidentemente, no tienen el valor patrimonial de otros restos históricos, pero sí forman parte de nuestro pasado reciente y fueron básicos a la hora de configurar la identidad de nuestras ciudades.

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¿Cómo puede la ciudadanía dejar de ver un letrero viejo y empezar a reconocer una pieza excepcional?

Creo que hay, al menos, dos niveles de lectura. Por un lado, está la parte formal: si el rótulo está realizado con materiales nobles como el hierro, el azulejo, el vidrio o la madera, delataría de forma bastante evidente que estamos ante una pieza clásica, pensada para durar, y con un claro valor artesanal y artístico. En esos casos, el hecho de conservarlos es evidente y necesario.

Pero hay otro nivel menos tangible, que tiene que ver con la memoria. Muchos rótulos más recientes, sin un gran valor artístico, acumulan una pátina de historia y de recuerdos que los convierte en piezas relevantes desde el punto de vista patrimonial. Son letreros que marcaron una época en la que cada negocio tenía una identidad propia y en la que cada rótulo era exclusivo.

No todo el patrimonio tiene que ser monumental. A veces, basta con reconocer el tiempo, el uso y la memoria que se han ido quedando pegados a una fachada para dejar de ver un simple letrero viejo y empezar a ver algo que merece ser cuidado.

Una de las fotografías de ‘Os rótulos da nosa vida’, de Jorge Lens, Ana Cocho y Robert.

Has trabajado con Ana Cocho y Robert Willemse en un proyecto coral. ¿Cómo se construye una mirada compartida entre autores con trayectorias y sensibilidades diferentes, y qué aporta cada uno al resultado final?

Aunque cada uno de nosotros tiene una mirada propia y una trayectoria diferente, el propio planteamiento del proyecto hacía posible –y necesaria– una construcción colectiva. En todo momento, el objetivo común estuvo claramente por encima de las individualidades. No se trataba de imponer un estilo personal, sino de generar un cuerpo de trabajo coherente que funcionase como un archivo compartido.

Por otra parte, las características del proyecto tampoco daban pie a interpretaciones demasiado diferentes. Aunque los rótulos, por su naturaleza, remiten de forma inmediata al terreno de lo emocional, la mirada de cada uno de nosotros ha sido lo más aséptica y documental posible. Se trataba de realizar una fotografía directa, sin artificios ni grandes gestos estéticos, más cercana al registro que a la interpretación. Es esta cierta frialdad la que otorga al conjunto de imágenes la coherencia necesaria para articular este proyecto común.

En tu obra se ve que tienes mucha calle. ¿Se le cae la casa encima a Jorge Lens?

[Risas] De momento, la casa aguanta bien. La calle es el lugar donde pasan las pequeñas cosas, donde todo se cruza y surgen historias. En este sentido, me encanta un texto que leí de Rosa Olivares que decía algo así como que la calle es el territorio del espectáculo, la vida en estado puro. Lo remataba, además, con una analogía brillante donde afirmaba que las calles son las arterias y los habitantes son la sangre que pasa por ellas.

La calle es pulsión, es palpitación, es improvisación, te obliga a estar atento, a jugar, a ser uno más en ese gran teatro. La casa es refugio y armonía. Sirve, además, para tomar distancia, ordenar lo visto y volver a salir.

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Tus imágenes suelen estar sazonadas de una cierta extrañeza. ¿Buscas deliberadamente ese toque o surge de manera natural?

Me encanta que haya elementos que sorprendan en la fotografía, que se salgan de lo normal y te peguen un puñetazo en el ojo. En ese sentido, hay una búsqueda consciente de este tipo de situaciones, aunque luego las cosas suceden de modo natural. Decía Cortázar que la fotografía que le entusiasmaba era aquella que se convertía en una “ventana a lo insólito”, y esa idea me resulta muy cercana. Me atrae esta forma de entender la fotografía, donde existen elementos que rompen la armonía y abren el camino a lecturas múltiples.

¿Crees que hoy la fotografía incómoda, honesta o poco amable genera más rechazo?

Creo que no es tanto rechazo como incomodidad, y eso no es necesariamente algo negativo. A nadie nos gusta que nos digan ciertas verdades o hablen de nosotros sin ningún tipo de filtro. Creo que, hoy en día, con el auge de las IA, con las fake news, con los nuevos fraudes informáticos, etc., vivimos todos a la defensiva, con las antenas preparadas para intentar evitar cualquier tipo de engaño. Eso hace que nos resulte sospechoso ver a alguien haciendo fotos en la calle y nos haga activar todas las alertas. En cierto modo, es paradójico porque creo que no hay foto más honesta que la fotografía directa, de calle, sin ningún tipo de filtro.

¿Qué se enseña realmente hoy en fotografía: técnica o la capacidad de desarrollar una mirada propia?

Todo dependerá del ámbito educativo en el que estemos y de la carga docente que tenga la fotografía en el temario general.

En un contexto ideal, me encantaría poder centrarme solamente en la capacidad expresiva de la fotografía y en el desarrollo de proyectos personales. De todas formas, siendo la fotografía una disciplina que requiere el uso de cierta tecnología, creo que es necesario adquirir primero una base que te permita desarrollar esa mirada propia sin ningún tipo de limitaciones de tipo técnico. Sería lo que antiguamente se conocería como aprender el oficio para, una vez aprendido, dar rienda suelta a los impulsos personales de cada uno.

En cualquier caso, con todas las facilidades que nos aporta hoy en día la tecnología a la hora de hacer fotos técnicamente perfectas, lo más difícil, sin duda, no es hacer una buena foto, sino desarrollar un proyecto coherente e interesante. Por eso, lo ideal sería pasar cuanto antes esta fase de aprendizaje para poder abandonarnos realmente a la fotografía y disfrutar del proceso creativo. Todos recordamos aquel anuncio de BMW de “Me gusta conducir”. Eso mismo es la fotografía: conocer la técnica, olvidarnos de ella, saborear el proceso y dejar que las pulsiones te guíen hacia proyectos brillantes.

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¿Cómo se está percibiendo la inteligencia artificial generativa en tu ámbito docente?

Creo que todavía no somos del todo conscientes de la auténtica revolución a la que estamos asistiendo en el ámbito de la imagen generativa. Tanto en el ámbito docente como en la sociedad en general, creo que percibimos la inteligencia artificial como una herramienta llamativa para producir imágenes fantasiosas, memes o escenas claramente irreales; y en ese terreno resulta fácil identificarla y admirar todo su potencial.

El verdadero cambio de paradigma llega cuando la IA opera en el territorio de lo aparentemente real. Ahí es donde se diluyen las fronteras entre documento, ficción y simulación, y donde un posicionamiento crítico ante el modo de creación de imágenes es completamente necesario. En el ámbito docente, lejos de desecharla, pienso que el reto está en aprender a contextualizarla, entender sus límites y posicionarnos éticamente, especialmente en su uso en contextos informativos

¿Qué gana y qué pierde la fotografía cuando los dispositivos móviles y las redes sociales pasan a ser su principal espacio de creación y difusión?

Evidentemente, con nuestros dispositivos móviles hemos ganado inmediatez. Por primera vez, todos tenemos una cámara fotográfica en el bolsillo, por lo que se ha producido –esta vez, sí– una democratización real de la práctica fotográfica. Otra revolución importantísima es que gracias a las redes podemos mostrar nuestro trabajo en cualquier parte del mundo, acceder a públicos que antes eran impensables o hacer llegar nuestras imágenes directamente a editores, comisarios o medios de comunicación sin ningún tipo de intermediario. Esto ha sido vital para ampliar la visibilidad para muchos creadores que antes no tendrían ningún tipo de posibilidad de mostrar sus proyectos.

Pero no todo va a ser positivo. En cuanto a la producción fotográfica, esta inmediatez produce también pérdida de tiempo, de perspectiva y de profundidad. Creo que el hecho de fotografiar con los móviles nos hace perder el foco y la concentración en lo realmente importante. Pero quizá lo peor resida en el consumo de imágenes. Deglutimos fotografías de forma muy acelerada, y muchas veces condicionadas por algoritmos de visibilidad que premian lo reconocible y lo inmediato.

Como en tantas otras cuestiones, el reto no está tanto en el dispositivo o en la plataforma de difusión que utilicemos, sino en cómo decidimos usarlos. Pienso que el auge actual de la fotografía analógica tiene que ver precisamente con la necesidad de recuperar cierta lentitud en todo el proceso fotográfico: ser más consciente de la mirada, seleccionar mucho más cada disparo y alargar los plazos vinculados a los procesos de edición y postproducción.

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¿Qué es una buena fotografía para Jorge Lens?

Uf, se me vienen muchas cosas a la cabeza y, de todas ellas, ninguna tiene que ver con una técnica perfecta o un motivo fotográfico espectacular. A veces, basta con que tenga algo que no se agote en una primera mirada, algo que resista al consumo rápido y siga resonando con el tiempo.

En resumidas cuentas, pienso que una buena fotografía es aquella que consigue llegar al interior, que establece algún tipo de vínculo con quien la mira. No tanto por lo que muestra, sino por lo que sugiere. Me interesa la imagen que transmite, la que contiene una carga emocional y que deja espacio para una lectura abierta.