Château La Coste. Louise Bourgeois

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Château La Coste
2750 Route de la Cride, Le Puy-Sainte-Réparade (Francia)

No es necesario caer en un cliché romántico para constatar las delicias de encontrarse con obras de arte en medio de una naturaleza bucólica. En el sur de Francia, a menos de media hora en coche de la ciudad provenzal de Aix-en-Provence, se encuentra un paraíso para los amantes del arte contemporáneo, la arquitectura, la geografía mediterránea y el vino, a partes iguales.

Seamos doblemente honestos: tampoco es necesario tener demasiadas excusas para visitar la Provenza, ese lugar que encarna tan bien la promesa del disfrute estético y hedonista, una invitación al abandono placentero ante su paisaje y su cultura, y que además ha sido un enclave histórico para muchos artistas. Pero Château La Coste sube la apuesta.

Alejado del circuito más turístico de la zona, este proyecto inició su etapa actual en 2004 de la mano del empresario y coleccionista irlandés Patrick McKillen. Antes de su transformación, el terreno era un viñedo trabajado con técnicas ancestrales donde ya se conservaban algunos vestigios patrimoniales, como un antiguo muro de piedra seca o las ruinas de una antigua capilla, hoy intervenidas.

Con la llegada de McKillen, el dominio adquirió su carácter actual no solo a través de una firme apuesta por la arquitectura y el arte contemporáneo, sino también mediante su consolidación como un enclave de lujo –al que, por supuesto, responden en gran medida las decisiones artísticas–, con hoteles y restaurantes dirigidos por chefs de proyección internacional. Quizá no todos tengamos la disposición (o el presupuesto) para comer o pasar la noche en el viñedo, marcado por una clara vocación de exclusividad, pero sí es una parada obligatoria para disfrutar de las más de cuarenta piezas que dialogan con el paisaje.

Château La Coste
‘Mater Earth’ (2023), de Prune Nourry; ‘Circle Of Riverstones’ (2019), de Richard Long; y ‘Drop’ (2009), de Tom Shannon. Foto: Vincent Agnès, cortesía de Château La Coste.

La fórmula es aparentemente sencilla, pero acertada y cuidadosamente ejecutada: la finca invita cada año a artistas y arquitectos consagrados a crear una pieza site-specific para el enclave que ellos mismos eligen dentro del terreno. Y ahí reside, quizá, uno de sus mayores aciertos: no solo podemos disfrutar de obras de gran monumentalidad, piezas que rara vez encontramos fuera de determinados contextos institucionales, sino que estas se conciben específicamente desde y para el entorno. En muchas ocasiones, nos encontramos con artistas cuyo lenguaje reconocemos, pero que para estas intervenciones desarrollan una investigación particular a partir de los materiales y del paisaje en el que la obra se inscribe.

El recorrido arranca con un auténtico regalo para la vista: una monumental araña de Louise Bourgeois, cuyo cuerpo se refleja en un estanque integrado en la arquitectura del centro de arte diseñado por el arquitecto japonés Tadao Ando. La escultura, símbolo de la doble naturaleza de la maternidad, aparece suspendida en un mundo desdoblado, donde su figura se proyecta entre los verdes del prado y los azules del cielo. Una masa de agua quieta y contenida que atrapa la presencia inquietante de esta emblemática obra de la artista franco-americana.

Tras este punto de partida y con un mapa en la mano, se plantea un recorrido no muy complejo pero que requiere buen calzado y una botella de agua. Un paseo que, según se anuncia en la web, puede realizarse en un par de horas, pero que fácilmente se acerca a las cuatro para quienes nos detenemos en cada punto o entramos en cada uno de sus edificios.

Y es que el camino no cuenta solo con la propuesta escultórica, sino que arquitectos como Oscar Niemeyer (obra póstuma inaugurada en 2022 y que representa su último proyecto antes de fallecer) y Richard Rogers (arquitecto del Centro Georges Pompidou junto a Renzo Piano) ponen su sello en pabellones que albergan una estupenda propuesta de exposiciones temporales.

‘La Galerie’, de Richard Rogers. Foto: Stéphane Aboudaram [Wearecontent(s)], cortesía de Château La Coste.

Sin ánimos de desvelar las sorpresas del camino, cabe destacar algunas de las piezas que se encuentran en él. Anticipando el pabellón póstumo de Niemeyer, se encuentra ‘Psicopompos’ (2011), de Tunga, tres arcos que conjugan el mito y la alquimia en un resultado casi distópico donde el equilibrio parece pender de un hilo. Una fragilidad que contrasta con la elección de los materiales de las obras que son, en definitiva, portales entre el mundo real y de ficción.

Escondido tras el ‘Ruyi Path’ (2017) de Ai Weiwei, se encuentra ‘Dead End’ (2018), de Sophie Calle, una tumba simbólica que invita a los caminantes a enterrar sus secretos más oscuros. No tan oculta se encuentra una pieza de Bob Dylan, ‘Rail Car’ (2022), que rinde homenaje a sus orígenes en Minnesota mientras dialoga con el paisaje y la vía romana en la que se eleva el vagón.

‘Rail Car’ (2022), de Bob Dylan. Foto: Stéphane Aboudrama [WEARECONTENT(s)], cortesía de Château La Coste.

La propuesta satisface también a los amantes del land art. Al transitar junto a la antigua pared de piedra seca, aparece de pronto una pequeña entrada hacia el interior de la tierra, una puerta que se ofrece como acceso a un mundo ancestral y secreto.

Al cruzar su umbral y dejar que la vista se adapte, el visitante descubre que se encuentra inmerso en una de las obras de Andy Goldsworthy, artista con una larga relación con la Provenza, visible también en las intervenciones cercanas a la población de Digne-les-Bains. Casi al final del recorrido, aparece también una pieza de Richard Long, que dialoga en Château La Coste con la monumental ‘Mater Earth’ (2023), de Prune Nourry.

‘Oak Room’ (2009), de Andy Goldsworthy. Foto: Andrew Pattman, cortesía de Château La Coste.

Muchos otros nombres forman parte de la visita, como el de Richard Serra, Yoko Ono o Damien Hirst, integrados en un entorno donde el gesto artístico convive con la espectacularidad del lugar. Lejos de funcionar como una simple acumulación de firmas, el conjunto de Château La Coste propone una experiencia en la que el arte se despliega en diálogo constante con el paisaje, la arquitectura y la propia lógica del proyecto.

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