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‘Arte contemporáneo (para principiantes)’, de Arturo Caballero
Ediciones Trea, 2026
El arte contemporáneo sigue siendo un territorio en disputa. Mimado por los mercados, que pagan cifras obscenas por sus obras, y por las galerías y museos, sigue generando una extendida desconfianza –cuando no desprecio– entre una parte importante del público.
En este contexto, el historiador y crítico de arte vallisoletano Arturo Caballero, que en 2021 lanzó ‘Arte y perversión’, acaba de publicar ahora ‘Arte contemporáneo (para principiantes)’ (Ediciones Trea), con intención de aclarar ideas.
“Ha habido críticas excesivamente amargas sobre el arte contemporáneo que me han llevado a intentar explicarlo a un público amplio”, explica Caballero. “No se trata de defenderlo, porque estas cosas no tienen por qué defenderlas nadie, sino de intentar que la gente sepa de qué hablamos cuando nos referimos a los distintos movimientos de vanguardias y al arte de la actualidad”.
El libro se basa en los apuntes que ha ido confeccionando a lo largo de los años como profesor de Historia del Arte en el bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales, en el IES Delicias de Valladolid; apuntes que ha revisado y reformado, y a los que ha dado forma final de ensayo. El texto culmina con una desconcertante y misteriosa broma final que no desvelaremos, pero que pone de manifiesto cuán poco sólidos son los criterios de valoración del arte contemporáneo, así como los de identificación de la autoría.

El ensayo de Arturo Caballero ayuda a moverse en este mundo incierto y esquivo del arte contemporáneo, y lo hace con una combinación de criterios formales, apuntes sociológicos y testimonios de los propios creadores, partiendo de la base de que, en la inmensa mayoría de los ismos, “como no tengas en cuenta cuál es su lenguaje, el código con el que trabajan, puedes naufragar”.
Como apunte general, Caballero señala que el gran cambio en la pintura de la contemporaneidad se produce con la aparición de la fotografía, que convierte en inútil el criterio de copia de la realidad que había primado anteriormente.
Pero también es muy importante entender la influencia que tiene la consideración de la música como modelo de referencia para todas las artes. Cuestiones como el ritmo, las impresiones emocionales, el color tonal o la sugerencia se imponen a los criterios más objetivos que habían constituido la norma académica del arte anterior.
El libro termina con un decálogo de sugerencias para orientarse, que Caballero resume en dos: por sistema, no otorgues validez absoluta a ninguna obra u opinión. Pero “ni sacralices el arte ni pienses que tal cuadro o escultura es una mierda, porque hasta la basura puede ser arte”, en un mundo que ha extendido la significación del concepto hasta el infinito y más allá.
Y, a todo ello, añade un consejo final: “Si alguna vez tienes que elegir entre el arte y la vida, aunque dicen que el primero es más duradero que la segunda, o tal vez por eso, no lo dudes: elige siempre la vida”. Un consejo valioso viniendo de alguien que dedica tanto esfuerzo a la comprensión y disfrute del fenómeno artístico.
El mayor problema del arte contemporáneo es que no es posible establecer un criterio o un marco de criterios que permitan establecer si una obra es valiosa y por qué. O, por decirlo de otra manera, el valor de la obra viene hoy determinado por su valor de mercado –en el caso del gran arte– o por su popularidad, si nos referimos a otros tipos de creaciones que buscan, por ejemplo, las redes sociales o Internet como canales de difusión y distribución.
“Ahora mismo, cualquiera coge una cámara, hace una fotografía, la altera; o crea con inteligencia artificial lo que le da la gana; lo coloca en la red y tiene a su disposición un público infinito al instante”. Cosa distinta es que cada trabajo encuentre destinatarios. Sin embargo, como el escaparate global es tan amplio, es posible conectar con infinidad de nichos. Casi podría decirse que hay un público (no necesariamente grande) para cada propuesta.
Un buen ejemplo es el caso del pintor e ilustrador Augusto Ferrer Dalmau, que aparentemente va a contracorriente de las modas con la pintura histórica y de batallas que practica desde hace décadas. Pero en un mercado tan amplio como el actual, donde ya no hay normas ni reglas, y donde cada público se reconoce en expresiones artísticas distintas, Ferrer Dalmau ha encontrado su público y ha descubierto, además, que el suyo no es pequeño.
El problema hoy es ser capaz de argumentar lo que diferencia a una obra popular de otra que realmente pueda considerarse valiosa. O, por decirlo en terminología antigua, que sea arte. Arturo Caballero reconoce que calificar a algo como valioso o no “depende del criterio que elijas para decidir qué es valioso o no”, lo que nos sumerge en una telaraña de subjetividades e incertidumbres”.
“Si intentamos buscar elementos que nos ayuden a una cierta objetivación, podemos recurrir a la teoría de la composición”, o de la armonía de los colores “que muchos artistas tienen en consideración, pero no necesariamente todos”, añade.
Esta democratización del arte fue alentada por los artistas mismos. “Una de las líneas de evolución del arte contemporáneo ha sido considerar que la misión del arte era generar más arte, pero no solo por parte de los artistas, sino también por parte del público”.

La idea de que un espectador experimentado es, en cierto modo, también un artista que recrea la obra que mira se ha extendido entre nosotros. Como también la que nos invita ser creativos y originales más allá de la formación profesional que podamos tener. Hoy, cualquiera puede poner a prueba su artisticidad y tentar a la fortuna en la vasta jungla de Internet.
En esta democratización del arte “se pierden cosas, pero se gana en otras; sobre todo se gana en diversidad”, asegura el autor de ‘Arte contemporáneo (para principiantes)’. “Nunca ha habido una variación tan grande en las posibilidades expresivas y visuales. El caso más exagerado es el de la pintura, pero también puede verse en el cine. O en los trabajos creados para TikTok”.
En estos nuevos escaparates “estamos viendo que se van realizando, o creando, multitud de públicos, dispuestos a apreciar obras muy diversas”. El resultado es que “siempre vamos a poder encontrar un fragmento de público al que podemos gustar”.
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